Capítulo 31
La videollamada del viernes a las doce duró veintiséis minutos y fue la mejor presentación que he hecho en mi vida.
Las dos cosas son verdad a la vez y en mi profesión nadie las cuenta juntas.
Me preparé como me preparo siempre, que es de una manera obsesiva y humillante.
Me levanté a las seis. Ensayé el guion tres veces en voz alta en la cocina de mi abuela, cronometrándome con el móvil.
Preparé la casa: puse la mesa contra la pared de la cocina, la que tiene el azulejo antiguo, para que en cámara saliera algo con textura; puse el ordenador sobre dos libros para que la cámara quedara a la altura de los ojos; abrí la ventana del patio a mi izquierda porque a las doce de la mañana esa luz es la buena.
Es lo que hago para mis clientes. Es la primera vez que lo hacía para mí.
Me puse la única camisa buena que había traído.
La noche anterior había hecho lo que hay que hacer y que casi nadie hace, que es prepararme las objeciones.
Escribí las siete que iban a ponerme, en el orden en que iban a ponerlas, y la respuesta de cada una en dos líneas.
Acerté seis de siete. La séptima —el calendario— la tenía anotada en la posición cuarta y llegó la primera, que es la clase de error que se comete cuando una quiere creer algo.
También hice lo otro, que tampoco se cuenta: llamé a Ximo.
Ximo es el hombre que le enseñó el oficio a Nico, tiene setenta y tres años, ya no lija, y va al varadero todos los días a decir dónde.
Le llamé el jueves a las siete de la tarde con el número que me dio Salva, me presenté como la nieta de Amparo Serra —que sigue siendo mi mejor carta de presentación en cuarenta kilómetros a la redonda— y le pregunté cuatro cosas concretas: cuántos llaüts quedan en el puerto, cuántas horas lleva una restauración completa, cuánta gente sabe hacerlo en la comarca y qué haría falta para que un chaval de veinte años pudiera aprender el oficio hoy.
Estuvo cuarenta minutos al teléfono. Cuarenta minutos.
Me contó, entre otras cosas, que en 1979 en este puerto había cuatro carpinteros de ribera con taller propio y catorce personas viviendo de eso, y que él aprendió con un maestro que aprendió con otro, y que esa cadena, si se rompe en un eslabón, no se puede volver a montar leyendo libros.
Se lo apunté todo. Metí tres de sus frases en la presentación, sin nombrarle, porque en mi oficio los datos se citan y las personas se usan y eso también hay que aprender a mirarlo de frente.
Eran cuatro más Olga. Los dos del fondo —un hombre de unos cincuenta con la cámara en un despacho y otro más joven que se conectó desde un coche, del que solo se veía media cara y el cinturón de seguridad—, el arquitecto, y la chica de comunicación, que llevaba unas gafas azules y fue la única que tomó notas todo el rato.
Empecé por el dato.
—Antes de nada, un número: setenta y ocho.
Eso lo aprendí en el segundo año: si empiezas con la conclusión que les interesa, tienes cuatro minutos de atención real, que es todo lo que hay.
—El proyecto que ustedes tienen encima de la mesa son cuarenta y dos llaves. Lo que les voy a enseñar son setenta y ocho, en el mismo emplazamiento, con menos obra nueva y con una parte importante de la inversión desplazada de estructura a rehabilitación, que es donde están las ayudas.
El del despacho levantó las cejas. El arquitecto cruzó los brazos.
Y en once minutos les conté el hotel disperso.
Los catorce inmuebles, con las direcciones y las superficies reales porque las había medido yo.
La recepción y la restauración en la lonja.
La calle como pasillo. El precio medio por noche que se paga en este modelo en la costa portuguesa y en el Alentejo, con las fuentes.
La ocupación media fuera de temporada, que es el problema real de este proyecto y que un hotel disperso resuelve mejor porque puede cerrar por bloques.
Y luego el varadero.
—Su plano dice «superficie a liberar». Yo les propongo lo contrario: que sea el único sitio del proyecto que ustedes no toquen.
Y lo defendí como lo que era: como una decisión de negocio.
Que la carpintería de ribera en activo a sesenta metros de la recepción es la única cosa de todo el emplazamiento que no se puede construir con dinero.
Que un panel interpretativo lo tiene cualquiera y un hombre dándole la vuelta a una barca de madera a las ocho de la mañana no.
Que el convenio de mantenimiento de las embarcaciones tradicionales del puerto cuesta menos que la partida de decoración del vestíbulo.
Que la escuela taller de dos plazas al año da más titulares que una campaña de comunicación entera —y aquí miré a la chica de las gafas azules, que asintió una vez, muy rápido.
—Perdona —dijo el arquitecto, y era la primera vez que hablaba—. El varadero tiene un problema de ruido y de olor. Yo he estado. Se lija con máquina, se usan disolventes y hay resinas. A sesenta metros de una terraza de hotel eso es una reclamación diaria.
—Se lija de ocho a dos —contesté—. Con máquina, tres o cuatro horas al día, y en invierno menos. La terraza de la que usted habla, en su propio programa, abre a las siete de la tarde.
—¿Y en agosto?
—En agosto no se restaura nada porque la gente está trabajando en el mar. En agosto el varadero está prácticamente parado.
Eso no lo sabía yo hace un mes. Eso me lo dijo un hombre de setenta y tres años por teléfono un jueves por la tarde, y aquel fue el momento —lo tengo clavado— en que noté que el del despacho me miraba de otra manera.
Y al final, la partida cuatro.
—Cuatro de los catorce inmuebles a alquiler residencial estable a precio tasado, quince años.
—Eso no es rentable —dijo el arquitecto, que llevaba once minutos esperando su turno.
—No lo es. Cuesta, en horizonte de quince años, entre el tres y el cuatro por ciento del retorno esperado.
—Lo tenía calculado; lo había calculado a las dos de la madrugada—.
Y es lo que hace que dentro de diez años esto siga siendo el sitio por el que la gente paga por venir.
Un pueblo donde no vive nadie no es un pueblo bonito.
Es un decorado, y los decorados se abaratan solos.
Silencio.
Y entonces el del despacho, el de cincuenta, se echó atrás en la silla, sonrió y dijo:
—Es un trabajo estupendo.
Y yo, que llevo doce años en esto, supe en ese momento exacto que había perdido.
Porque cuando a una propuesta le dicen «es un trabajo estupendo» antes de discutir un solo número, lo que están diciendo es «qué bonito».
Y a lo que es bonito no se le pregunta el coste financiero, ni el plazo de licencias, ni el retorno; se le dice que es bonito y se pasa al siguiente punto del orden del día.
—Muy interesante lo del modelo disperso —dijo el del coche, sin quitar los ojos de la carretera—. En Italia funciona.
—Funciona bien —dije—. Y en Portugal.
—Sí, sí. —Una pausa—. El problema es la gestión, ¿no? Catorce edificios, catorce comunidades, catorce licencias. Los tiempos se te van a cinco años.
—Cuatro.
—Cuatro. —Sonrió—. Nosotros tenemos comprometido un calendario a treinta meses.
Y ya está. Ahí se acabó, en la palabra «calendario», que es donde se acaban todas las conversaciones de este tipo. No en la ideología. No en el paisaje. En un calendario que alguien firmó con unos inversores antes de que yo abriera ninguna carpeta.
El arquitecto dijo dos cosas técnicas, ambas correctas.
La chica de las gafas azules preguntó si me importaba mandarle el material de la escuela taller «para tenerlo».
Olga cerró en un minuto y medio, con esa maestría suya, diciendo que había sido «un ejercicio de una honestidad enorme» y que era «justo lo que necesitábamos oír para afinar el relato».
Se desconectaron a las 12:26.
Me quedé sola con Olga en la pantalla.
Estuvimos un momento las dos sin decir nada. Ella se quitó las gafas, que es su gesto.
—¿Estás bien?
—Sí.
—No estás bien. —Se frotó los ojos—. Lucía, escúchame. Eso ha sido buenísimo. Quiero que lo sepas, porque en dos días vas a decidir que ha sido un ridículo y no lo ha sido. Es el mejor trabajo que te he visto hacer.
—Gracias.
—Y no va a pasar nada con ello. Cero. —Volvió a ponerse las gafas—. Van a hacer el proyecto que traían, van a coger dos ideas tuyas, probablemente la escuela taller, porque es barata y sale bien en las fotos, y a las otras les van a llamar «aprendizajes del proceso» en la presentación del treinta.
—Ya lo sé.
—Ya lo sabes. —Suspiró—. Entonces, ¿por qué?
Y yo estuve un rato mirando a mi mentora en la pantalla de un portátil apoyado sobre dos libros en la cocina de mi abuela.
—Porque llevo tres semanas comiendo en las mesas de esa gente.
Olga asintió despacio.
—Vale. —Y luego, tras una pausa—: Tenemos que hablar de lo otro.
—Habla.
—El jueves que viene tengo al notario. —No apartó la mirada, hay que reconocérselo. Olga Vero no aparta la mirada nunca—. Y no vas a estar tú.
—Vale.
—No es un castigo. Quiero que quede claro, porque nos conocemos mucho y no quiero que salgas de aquí pensando que te he echado por decir la verdad en una llamada.
—Cogió aire—. La sociedad no era para ti.
Era para la Lucía que cierra proyectos. Yo necesito una socia que el día que un cliente pone catorce millones encima de la mesa entienda que nuestro trabajo es hacer que esos catorce millones queden lo mejor posible.
No que se pregunte si deberían gastarse.
—Ese es exactamente el trabajo, Olga.
—Sí. —Sonrió, y fue una sonrisa triste y de verdad—. Y hasta hace un mes tú pensabas que era el mejor trabajo del mundo. —Se encogió de hombros—. No te equivocas, cielo. Solo dejas de ser rentable para mí. Y esas dos cosas pueden ser verdad a la vez, aunque duelan.
No dije nada.
—¿Te acuerdas de la primera casa? —dijo, de pronto.
—El piso de Vallehermoso.
—El piso de Vallehermoso. —Se rio—. Setenta metros, tres hermanos peleados y una madre muerta hacía un mes. Tenías veintidós años y yo te llevé para que cargaras cajas.
—Y le dije a la hija mayor que dejara las fotos del aparador.
—Y yo te dije que las quitaras. —Me señaló con el dedo a través de la pantalla—. Y tú me miraste con esa cara que pones, y no las quitaste, y esa casa se vendió en once días. Ahí supe que ibas a ser mejor que yo.
—Y ahora me estás echando de la sociedad.
—Ahora te estoy diciendo que no te puedo pagar por lo que has hecho hoy.
Que es distinto y es peor. —Se le quebró un poco, un cuarto de tono, y lo tapó enseguida—.
Yo llevo veintiséis años en esto, Lucía.
Y hubo un momento, hace mucho, en que yo pensaba como tú.
Lo que pasa es que a mí me duró dos años y a ti te ha durado doce, y no sé si eso te hace más fuerte o más tonta.
—Ya somos dos.
—Sigues en el estudio, ¿eh? Tu puesto es tuyo. Tienes el chalet de Aravaca en octubre y los dos áticos. —Miró algo fuera de cámara—. Tómate esta semana. Ya hablaremos.
—Olga.
—¿Qué?
—Gracias por decírmelo a la cara.
—Faltaría más.
Se desconectó a las 12:34.
Y yo estuve sentada delante de una pantalla negra, en una cocina con la ventana abierta a un patio con un limonero, con la camisa buena puesta y el pelo hecho, a las doce y treinta y cuatro minutos de un jueves.
Tenía las manos encima de la mesa, a los dos lados del ordenador.
Y lo único que se me ocurre contar de aquellos diez minutos es eso: que estuve un rato largo con las manos quietas encima de la mesa. Sin ordenar nada. Sin apilar nada. Sin coger un trapo, ni doblar un papel, ni enderezar un objeto que estuviera torcido.
Las dos manos quietas, con sus cortes cerrados, su marca de astilla y su mancha de barniz, encima de un hule que llevaba puesto en aquella mesa desde antes de que yo naciera.