Las ocho vidas de Lucía Capítulo 30
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Capítulo 30

El jueves por la mañana, a las ocho y cuarto, había un papel en el buzón.

Antes de eso hubo un día entero de una cosa que no había vivido nunca y que aquí, en un sitio de tres mil personas, tiene una textura particular: el silencio de un pueblo que sabe.

No me insultó nadie. No hubo miradas torvas ni conversaciones que se cortan al entrar, y eso es lo que sale en las películas.

Fue mucho más fino y mucho peor. Bajé a comprar el miércoles por la tarde y el jueves por la mañana y todo el mundo me saludó igual que siempre —bon dia, bon dia— y absolutamente nadie me preguntó nada.

En tres semanas me habían preguntado por la casa, por la humedad, por mi madre, por si iba a vender, por si me quedaba, por si el jueves ponía puesto.

Aquellos dos días no me preguntó nada nadie.

Rosario no subió. Es lo que más me dolió, porque Rosario subía todos los días con cualquier excusa, y aquel jueves no subió, y yo entendí perfectamente que no era castigo: era que no sabía qué decirme y prefería no decirme una cosa mal.

En el horno, Berta me despachó y me cobró y luego, cuando ya me iba, dijo:

—¿Estás bien?

—No mucho.

—Ya. —Pasó el trapo por el mostrador—. Es que le has llamado cobarde.

—¿Eso también se sabe?

—Lucía, eso lo estuvieron oyendo dos hombres desde la explanada. —Levantó las cejas—. Aquí la uralita no es una pared.

Salí sin decir nada más, con la barra de cuarto bajo el brazo, con la cara ardiendo.

Y en la esquina de la plaza me lo crucé.

Venía del puerto, andando, con la caja de herramientas pequeña en la mano, la de las esquinas a cola de milano. Nos vimos a quince metros, con tiempo de sobra para todo: para cambiar de acera, para bajar la vista, para sacar el móvil.

No hizo nada de eso. Yo tampoco.

Anduvimos los quince metros el uno hacia el otro, por una calle de cuatro de ancho, a las ocho y media de la mañana, con la gente del pan alrededor.

—Hola —dijo.

—Hola.

Y siguió andando.

Eso fue todo. Dos palabras, un cruce y el ruido de una caja de herramientas alejándose por el carrer.

Y sin embargo estuve el resto del día dándole vueltas, porque hay una cosa que sí hizo y que tardé horas en poder nombrar: no bajó el paso, pero tampoco lo aceleró.

Un hombre que te odia acelera. Un hombre que quiere hablar contigo frena.

Aquel mantuvo el paso exacto, con la caja en la mano, y me dijo hola mirándome a la cara.

En este pueblo eso es un párrafo entero.

Todo eso fue después. El papel del buzón lo encontré antes, a las ocho y cuarto, al salir a comprar.

Nuestro buzón —el de mi abuela, quiero decir; el de la casa— es de chapa pintada de verde, con la ranura torcida y el nombre en una etiqueta de máquina de aquellas de escribir tiras. Yo llevaba tres semanas sin abrirlo porque a mí no me escribe nadie por correo desde 2011.

Me di cuenta porque asomaba una esquina.

Era un folio doblado en tres. Sin sobre. Sin nota.

Lo abrí en el escalón del patio, de pie, y era una lista de materiales.

Escrita a mano, en esas mayúsculas pequeñas de rotular medidas en una tabla, todas de la misma altura, a dos columnas: a la izquierda el concepto, a la derecha el precio. Y arriba del todo, subrayado con regla: «PENDIENTES CASA».

Mortero de saneamiento, 4 sacos ................

68 € Malla + rincones (zócalo patio) .................

22 € Pintura mineral transpirable, 5 l ...............

41 € Puerta patio: cepillado y ajuste ................

(mano de obra) Herraje bisagra inferior, 1 ud ..................

9 € Canalón: tramo 2 m + gancho .....................

34 € Aceite de teca 1 l (ventana taller) .............

17 € Poda limonero febrero ........................... (Salva tiene escalera)

Y luego, al final, la partida que me hizo sentarme en el escalón:

Colchón 135, viscoelástico ......... 390 € Colchón 135, muelles, el de Ondara ..... 240 €

Tachado con una raya y reescrito debajo, más barato.

Total: 431 €. Y debajo del total, en la misma letra, una sola línea:

Sin la mano de obra. Eso ya lo hablaremos.

Nada más. Ni una palabra sobre lo del día anterior. Ni «hablemos», ni «lo siento», ni «he estado pensando». Ocho partidas de material, una tachadura y cuatro palabras al final.

Y con el papel todavía en la mano me acordé de lo que me había dicho Rosario el día anterior, y se me revolvió el estómago otra vez.

Porque el miércoles por la noche, cuando yo estaba en la cocina escribiendo el inventario contrario, Rosario había subido —sí subió, esa vez sí— a decirme una cosa que había oído en la peluquería.

—Filla, yo te lo digo porque prefiero que lo sepas por mí.

—Diga.

—Que el chico ha pedido reunión con esa gente. —Se ajustó el bolso—. Con los del hotel. Para el lunes, dicen. Lo ha dicho la mujer de Tono, que lo ha visto en la agenda del ayuntamiento porque la reunión es allí.

Me apoyé en la encimera.

—¿Para qué?

—Ay, hija. Pues para lo que sea que se habla con esa gente.

—Y ahí Rosario, que quiere a ese hombre como a un nieto, hizo una cosa que no le he visto hacer nunca, que fue defenderle antes de que nadie le acusara—: Y tú no pienses mal, ¿eh?

Que ese chico tiene una hipoteca y un padre en una residencia en Pego que cuesta lo que cuesta, y que este invierno no ha entrado ni una barca.

Que aquí todos tenemos un precio y el que diga que no, miente.

Se fue. Y yo estuve dos horas con esa frase encima.

Un padre en una residencia en Pego. Eso no me lo había dicho él. En veintiséis días, en una barca, en un cuarto de costura, en una cocina a las dos de la mañana, aquel hombre no me había dicho que su padre está en una residencia y que la paga él.

Y la cuenta era sencilla y se hacía sola: una indemnización por traspaso de un arrendamiento de cuatrocientos ochenta metros en primera línea son entre sesenta y ciento veinte mil euros, según cómo se negocie. Yo sé calcular eso. Es literalmente mi trabajo.

Lo que pensé, en la cocina, el miércoles por la noche, fue: si lo hace, está en su derecho, y además tiene razón, y además es lo que le conviene.

Y lo que sentí fue otra cosa. Lo que sentí fue el vacío exacto que se siente cuando alguien a quien le has gritado por no elegir nunca nada elige, por fin, y elige lo contrario de lo que tú necesitabas.

Con eso encima llevaba desde el miércoles. Y el jueves por la mañana, a las ocho y cuarto, había un folio doblado en tres en el buzón.

Me leí aquel papel tres veces seguidas en el escalón del patio.

La primera vez lo leí mal: lo leí como se lee una nota de un hombre enfadado, buscándole el filo.

Pensé que era una manera elegante de decirme «págalo tú y que lo haga otro».

Tardé lo que dura leerlo una segunda vez en darme cuenta de que un hombre que quiere cerrarte la puerta no se pasa una tarde buscando el precio de un canalón.

La segunda vez me fijé en la tachadura, lo cual es importa.

Antes de eso me fijé, por deformación, en el documento. Porque aquello es un presupuesto y yo he leído dos mil presupuestos, y hay tres cosas que un presupuesto dice de quien lo hace antes de que lo leas.

La primera: los precios son reales. No están redondeados hacia arriba, que es lo que hace todo el mundo. Cuatro sacos a diecisiete euros son sesenta y ocho, y él ha puesto sesenta y ocho, no setenta.

La segunda: no hay ni una sola partida inflada ni ninguna de esas líneas de «varios» donde se esconde el margen. Ocho conceptos, ocho precios, cero grasa.

Y la tercera, que es la que me dejó sentada: la mano de obra está fuera. Un presupuesto sin mano de obra no es un presupuesto: es una lista de lo que hay que comprar para que otra persona lo haga. O para hacerlo juntos.

Un presupuesto se hace en un rato, y ese lo hizo por la tarde o por la noche, después de que yo le llamara cobarde en su propio taller.

Puso el colchón bueno, el viscoelástico, trescientos noventa euros, que es el que se pone cuando quieres quedar bien.

Y luego, en algún momento entre esa línea y el total, alguien —él, solo, en su casa, en algún sitio donde yo no estaba— pensó en si aquella mujer que se iba a volver a Madrid necesitaba de verdad gastarse trescientos noventa euros en un colchón, y tachó, y puso el de Ondara, que son doscientos cuarenta, y que además es el que hay que poner porque sobre un somier de láminas de 1970 un viscoelástico se estropea.

Es decir: siguió cuidándome la cartera mientras me odiaba.

La tercera vez que lo leí me fijé en la última partida, la del limonero, y en el paréntesis. Salva tiene escalera. Febrero. Ese hombre había puesto en un presupuesto, con toda la naturalidad del mundo, una tarea de febrero.

Y me fijé en otra cosa, que es la que me tuvo un rato con el papel en la mano sin poder tragar.

En la lista que hicimos juntos el domingo, en el cuaderno de hule, había ocho líneas y una de ellas la escribió él: la del colchón. Puso «Cambiar colchón» y al lado, entre paréntesis, «(Rosario)», y nos reímos los dos.

En esta lista están las mismas ocho. Las ocho, en el mismo orden.

Es decir: aquel hombre, después de la peor conversación de los dos, se sentó en su casa con un papel y copió una lista que habíamos hecho una mañana en un patio, partida por partida, y le puso precios.

Doblé el folio y entré en casa, y me senté en la mesa de la cocina, y estuve ahí quieta un rato bastante largo.

No me hice ilusiones, que conste. En ningún momento pensé que aquello significara que estaba arreglado; sabía perfectamente que aquel papel no era una reconciliación, y que la reconciliación, si llegaba, iba a costar mucho más que doscientos cuarenta euros y una tachadura.

Lo que hizo aquel folio fue otra cosa, y es la razón por la que lo tengo enmarcado —sí, enmarcado, en un marco de los baratos, en la pared del pasillo, y me da igual lo que parezca—: me ordenó la cabeza.

Porque yo llevaba dos días con el cerebro hecho una sopa: la ruptura, el informe, la sociedad, Olga, mi madre, la caja, el sobre ocho, todo dando vueltas a la vez en esa centrifugadora que se pone en marcha cuando una tiene demasiadas cosas rotas al mismo tiempo.

Y aquella lista, con sus ocho partidas, sus precios y su total, tenía una forma que yo entiendo. Era un plan de trabajo.

Así que cogí el cuaderno de hule, pasé la página de PENDIENTES CASA —la que habíamos escrito los dos el domingo por la mañana, con su letra al lado de la mía— y en la siguiente escribí:

ORDEN. 1. Olga y los inversores. Decirlo. Perderlo. 2. El pueblo. Decírselo yo, a la cara, a los que quedan. 3. El sobre 8.

Estuve un rato mirando la lista y añadí una cuarta línea, y luego la taché, y luego la volví a escribir debajo, con dos palabras menos:

4. Nico. Después de todo lo demás.

Porque la tentación número dos de aquella mañana era coger el folio del buzón, bajar al varadero y usarlo. Presentarme allí con el presupuesto en la mano y decir «he leído esto», que es una manera de convertir un gesto de otro en una conversación mía.

Y no se puede. Ese papel no era una invitación. Era un hombre haciendo lo único que sabe hacer cuando no sabe qué decir, que es trabajar, y bajar allí a las nueve de la mañana a interpretárselo habría sido quitarle también eso.

Además, y esto es lo importante, yo no tenía todavía nada que ofrecer.

Podía bajar y pedirle perdón, y él a lo mejor me lo aceptaba, y a las dos horas yo seguiría siendo exactamente la misma mujer: una que se iba a ir el treinta y uno, con un informe entregado, un plano con una trama de rayas diagonales sobre su taller y una sociedad esperándola en Madrid.

Perdón sin nada detrás es lo más barato que se puede comprar.

Y en ese orden. No al revés.

Porque la tentación, la tentación grande, la que llevaba dos días llamándome a la puerta, era hacerlo justo al revés: abrir el sobre ocho, ver qué decía, y decidir después. Dejar que la caja de mi abuela me dijera lo que tenía que hacer con mi vida.

Y ese era el atajo. Aquella mujer me había pasado el mes entero enseñándome cosas —que el punto de la mermelada se ve, que la madera se lija al hilo, que se riega de noche, que las cosas se guardan sin saber para qué— y ni una sola de esas cosas la había aprendido en una carta. Las había aprendido haciéndolas.

Si abría el ocho antes de plantarme delante de aquellos hombres, cualquier cosa que hiciera después sería suya y no mía.

Además —y esto lo pensé aquella mañana y lo he seguido pensando después— había una cosa que no cuadraba en la mecánica de la caja.

Los siete sobres anteriores tenían dentro una vida escrita por mí y una cuartilla de condiciones escrita por ella.

El ocho era distinto por fuera: más grueso, con el papel más rígido, y con un título que no era como los otros. «La vida que aún no sé que existe.»

Los siete primeros títulos hablan de vidas que yo conocía y que estaba eligiendo o descartando. Ese no. Ese es el título de un sobre que no puede contener ninguna vida, porque la única persona que podría escribirla soy yo y todavía no la he vivido.

Me pasé el jueves entero con esa idea rondándome y sin abrirlo.

Cogí la caja azul, saqué el ocho, lo dejé encima de la mesa, lo tuve delante un buen rato, y lo volví a meter. Después subí a por el cuaderno de hule, escribí las tres líneas del orden en la página nueva y puse la fecha, como hacía ella con los encargos.

Llamé a Olga a las diez.

—¡Cielo! ¿Cómo estás? Oye, el informe es una maravilla, te lo digo de corazón. La parte del relato...

—Olga, necesito veinte minutos con ellos.

Pausa.

—¿Con quiénes?

—Con los del fondo. Los cuatro. Antes de la presentación del día treinta.

—Lucía, la presentación es la presentación. Están cerrando números.

—Veinte minutos. Por videollamada, no hace falta que se muevan. —Cogí aire—. Tengo una propuesta alternativa completa y quiero enseñársela yo.

Silencio de cuatro segundos. Y luego, con un tono que no le había oído nunca, entre curioso y muy serio:

—¿Alternativa a qué?

—A todo.

Otro silencio.

—Mañana a las doce —dijo—. Veinte minutos. Y, Lucía. —Una pausa—. Piénsalo esta noche.

—Ya lo he pensado.

—Piénsalo otra vez.