Las ocho vidas de Lucía Capítulo 29
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Capítulo 29

Aquella tarde me senté en la mesa de la cocina a las cuatro y media y no me levanté hasta las once de la noche, y lo que hice en esas seis horas y media fue trabajar como no he trabajado nunca.

Empecé por lo evidente: abrí el informe que le había mandado a Olga y me lo leí entero, once páginas, de principio a fin, con el mismo ojo con el que reviso el trabajo de los junior del estudio.

Es impecable. Eso es lo primero que quiero decir, porque si no, no se entiende nada. No hay una sola mentira. No hay un dato inventado ni una superficie falseada ni un adjetivo de más. Cualquier colega mío lo leería y diría que es un trabajo excelente, y tendría razón.

Y no dice absolutamente nada de lo que hay en ese sitio.

Así que hice el ejercicio contrario, que no me ha enseñado nadie y que no existe en ninguna metodología, y que consistió en coger un folio en blanco y escribir arriba: «Qué desaparece».

Lo hice como se hace un inventario, porque es lo único que sé hacer bien: partida por partida, sin adjetivos, contando lo que hay.

Desaparece el varadero, que son cuatrocientos ochenta metros de nave y una rampa de hormigón de los años cincuenta, y con él el único sitio en cuarenta kilómetros de costa donde se puede sacar del agua una embarcación de madera de menos de doce metros para repararla.

Los llaüts que quedan en este puerto son once.

Los conté con Salva en la explanada, uno por uno, con nombre y dueño.

Sin varadero, esos once se llevan a Gandía o a Santa Pola, y las barcas que se llevan a cuarenta kilómetros a repararse no se reparan: se venden o se pudren.

Desaparece el oficio. En la comarca hay cinco o seis personas que saben hacer esto.

Cinco o seis en toda la comarca, y la mitad tienen más de sesenta años, y uno de los que no los tiene es un hombre de treinta y seis que aprendió gratis los sábados en el autobús de las siete durante dos años.

La carpintería de ribera no está en ningún plan de estudios; se transmite estando delante.

Si desaparece el sitio donde se está delante, el oficio no se pierde en una generación: se pierde en una jubilación.

Desaparecen catorce empleos que nadie contabiliza porque son de tres personas cada uno. Salva, que no trabaja allí pero está allí todos los días. Ximo, que ya no puede lijar y va a decir dónde. Los dos chavales que echan una mano en verano.

Desaparece la explanada, que es aparcamiento en invierno y es donde se monta la carpa en las fiestas y donde los críos aprenden a montar en bici porque no pasan coches.

Desaparecen, de aquí a ocho o diez años y de una manera perfectamente legal, once o doce de las casas del carrer de la Mar y de Baix la Mar.

No las tira nadie: se venden. Cuando en un frente marítimo con cuarenta y dos llaves de hotel de cuatro estrellas se pone en marcha la maquinaria, la casa de tres alturas de la maestra deja de valer ochenta mil euros y pasa a valer trescientos, y la nieta de la maestra, que vive en Ondara y gana mil quinientos, no la rehabilita: la vende.

Y quien la compra no vive en ella once meses al año.

Desaparece Berta. Esta la escribí y la taché y la volví a escribir.

No desaparece Berta: desaparece el horno de Berta dentro de doce años, cuando el alquiler del local se revise y el negocio de vender barras de pan a tres mil personas empadronadas no pueda competir con el negocio de venderle café a quinientos huéspedes.

Berta lo sabe. Me lo dijo en el obrador sin darle importancia: en enero cierra dos semanas y se va.

Desaparece la posibilidad de que alguien de veinticinco años que se haya criado aquí pueda alquilar un piso aquí.

Y no desaparece —esto también hay que ponerlo, porque si no el papel es propaganda y no un inventario— la falta de trabajo de octubre a mayo, que es real; ni el hecho de que hay cuarenta personas en este pueblo a las que un hotel de cuarenta y dos llaves les cambiaría la vida a mejor, y que Vicent tiene dos primos en Ondara y no está equivocado.

Terminé el folio a las siete y me quedé mirándolo.

Y entonces hice lo otro, lo que no estaba previsto en ninguna parte, y que me tuvo hasta las once de la noche.

Cogí el ordenador y me puse a diseñar la alternativa.

No sé explicar bien por qué. Estaba furiosa, eso seguro, y llevaba cinco horas sin llorar y trabajar es mi manera de no hacerlo.

Pero había algo más: estaba el plano de Tono encima de la mesa, con la trama de rayas diagonales sobre el varadero, y hay una cosa que en mi oficio se aprende pronto y es que un plano no se discute con un discurso. Un plano se discute con otro plano.

Trabajé sobre lo que tenía: la trama urbana, el catastro, mis propias mediciones, las treinta y una casas cerradas.

Y salió esto.

Un programa de setenta y ocho llaves —treinta y seis más que el proyecto original, y esa fue mi primera alegría de la noche— repartidas en catorce inmuebles del casco antiguo en lugar de concentradas en dos volúmenes nuevos.

Hotel disperso. No lo he inventado yo: existe, funciona, tiene veinte años de recorrido en Italia y en Portugal, y consiste en poner la recepción y los servicios en un edificio y las habitaciones en casas rehabilitadas repartidas por el pueblo, con la calle como pasillo.

Se llama albergo diffuso y la primera vez que oí hablar de ello fue en un curso al que fui de mala gana en 2019.

Recepción y restauración en la lonja, que es lo único del proyecto original que me parecía bien.

El varadero, intacto. Y no como decorado: como lo que es.

En mi propuesta el astillero se mantiene en activo, con su arrendamiento y su rampa, y el hotel firma un convenio de mantenimiento de las embarcaciones tradicionales del puerto y una escuela taller de dos plazas al año.

Un huésped que paga doscientos ochenta euros por noche en la costa mediterránea en 2026 no quiere ver un panel interpretativo con una gubia colgada.

Quiere abrir la ventana a las ocho de la mañana y ver a dos hombres dándole la vuelta a una barca de madera de verdad.

Eso no se puede comprar y por eso vale dinero: es lo único de todo el proyecto que no se puede replicar en otro sitio.

Y una condición que no me van a aceptar jamás y que puse igual: cuatro de los catorce inmuebles rehabilitados se destinan a alquiler residencial estable a precio tasado durante quince años. Lo puse porque sin eso el resto es maquillaje.

Hice ocho páginas y tres esquemas a mano, escaneados con el móvil.

A las once en punto lo guardé: PROPUESTA_ALTERNATIVA_DENIA.pdf. Abrí el correo. Escribí «Olga» en el destinatario. Adjunté.

Y me quedé con el cursor parpadeando igual que doce días antes.

No lo mandé.

Esta vez sí sabía por qué, y no era estrategia.

Era que mandar un correo a las once de la noche desde la cocina de mi abuela es una manera de descargarme: lo suelto, se acabó, ya está en el tejado de otro.

Y aquello no se podía soltar por correo.

Un correo lo lee Olga, contesta «uy, qué cosa más bonita, cielo, pero no es lo que nos han pedido», y se archiva.

Aquello, para que existiera, tenía que decirlo yo con la boca delante de las personas que ponen el dinero.

Lo dejé guardado en el escritorio. No lo borré.

Mi madre llamó a las once y veinte.

—¿Estás despierta?

—Sí.

—Ya. —Un mechero—. Me ha llamado Rosario.

Claro que la había llamado Rosario. Rosario y mi madre no se hablan desde hace años, o eso creía yo, y por lo visto ese «no se hablan» significa que Rosario llama a Zaragoza cuando pasa algo grave, que es exactamente lo que significan en este pueblo casi todas las enemistades.

—¿Y qué te ha dicho?

—Que estás metida en un lío con lo del hotel. Que ha venido Tono con unos papeles. Y que has discutido con el chico del astillero. —Una calada—. Todo en la misma frase, además, y sin respirar.

Y entonces me pasó una cosa rarísima, que fue que no me defendí.

Se lo conté entero. Todo, en orden, sin adornos, durante veinte minutos, sentada en el suelo de la cocina con la espalda contra el mueble bajo, porque no se puede contar la verdad en una silla.

Le conté lo del proyecto Marina Nord y la carpeta que abrí en Chamberí y la foto aérea con el tejado gris en la esquina.

Le conté que acepté ir a la notaría sabiendo que iba a hacer dos cosas a la vez y que no dije nada.

Le conté las once fotos, y el láser bocabajo debajo del espejo, y las treinta y una casas contadas con un callejero, y el informe que escribí y no mandé y el que mandé el domingo a la una y treinta y siete de la madrugada.

Le conté lo de Nico.

Y al final, porque ya no tenía sentido no hacerlo, le conté lo de Lisboa. Los tres días. El hotel con azotea. Las cuatro llamadas de aquel septiembre y la última, la de cuatro minutos, cortada por el embarque. Los dos meses de Rosario. Las escaleras de Berta con siete meses de embarazo.

Mi madre no me interrumpió ni una vez. Eso, en ella, es un acontecimiento geológico.

Cuando terminé hubo un silencio muy largo. Oí la tele de fondo y luego oí que la apagaba, y ese ruidito de apagar la tele me llegó más que cualquier cosa que pudiera decirme.

—Vaya —dijo.

—Sí.

—Menudo mes.

—Sí.

Otro silencio.

—Lo de Lisboa yo lo sabía —dijo.

Me incorporé del suelo.

—¿Cómo?

—Que lo sabía, hija. Vi las fotos. Estaban en tu Facebook, o en el otro, en el de las fotos.

Con un cóctel y una chica rubia. —Sin ningún énfasis—.

Y aquella semana yo hablé con mi madre por teléfono, que hablábamos cada quince días cuatro minutos, y me dijo que tú no podías venir porque tenías un proyecto.

—¿Y no dijiste nada?

—¿Qué iba a decir? —Ahora sí, un poco de filo—. ¿Se lo iba a decir a ella? ¿Para qué? ¿Para que se le cayera encima la única cosa buena que tenía en la cabeza?

—Me lo podías haber dicho a mí.

—Ya. —Un silencio de tres segundos—. Pues mira, en eso llevas razón. Eso sí te lo podía haber dicho a ti.

Y ahí, en aquella frase, hubo algo que no había habido nunca en veinticinco años de conversaciones con mi madre, que fue una mujer de cincuenta y ocho años reconociendo un fallo suyo sin ponerle una broma detrás.

—¿Y ahora qué vas a hacer? —dijo.

—Voy a intentar una cosa el jueves. Y me va a salir mal.

—Bueno. Eso ya es hacer algo. —Se rio un poco, corto—. Fíjate. Tú te vas a poner delante de unos señores a decirles que no. Y yo me fui de aquel pueblo a los diecinueve años dando un portazo. Y mi madre no hizo ninguna de las dos cosas y resulta que tenía un billete comprado.

—Mamá.

—Qué.

—¿Tú quieres ver la carpeta?

Silencio largo. Muy largo, el más largo de toda la conversación.

—La caja te la dejó a ti —dijo—. A mí me dejó los motivos. —Un ruido de mechero que no llegó a encender—. Y todavía no sé qué es peor, Lucía. Llevo desde el domingo pensándolo y no lo sé.

No colgó de golpe, esta vez. Estuvimos un rato callada cada una en su cocina, a doscientos kilómetros, y luego dijo «anda, vete a dormir» y colgó normal.

Yo seguí sentada en el suelo un rato más, con el folio de «Qué desaparece» encima de la mesa y la propuesta guardada en el escritorio del ordenador.

En la caja azul quedaba un sobre.