Capítulo 28
Bajé al varadero andando deprisa y llegué sin saber qué iba a decir, que es la única manera en que he entrado en una conversación importante en toda mi vida.
Por el camino iba montando frases. Es lo que hago: en la ducha, en el metro, subiendo escaleras.
Iba probando aperturas —«tengo que contarte una cosa y no va a gustarte», «antes de que te lo cuenten»— y descartándolas por malas, y en algún punto del paseo, a la altura de la lonja, me di cuenta de que todas las versiones que estaba ensayando tenían la misma estructura: todas empezaban explicando por qué.
Nunca había preparado una en la que solo dijera lo que había hecho.
Estaba dentro, con la barca de Salva, dándole aceite a la madera nueva con un trapo.
Supe que lo sabía desde la puerta. No por la cara: por la mano. Estaba dando aceite y no paró cuando entré, y llevaba tres semanas parando siempre.
—Nico.
—Hola.
Y siguió con el trapo.
—Tengo que contarte una cosa.
—Ya me la han contado. —Cambió de zona, se agachó, siguió—. Ha estado Salva a las doce. Y luego mi hermana, que trabaja en el ambulatorio y se entera de todo antes que nadie.
El cobertizo olía a aceite de teca y a algas secas. Fuera hacía un sol de mediodía que entraba por las paredes abiertas a media altura y cortaba el suelo de cemento en franjas.
—Yo te lo iba a decir.
—¿Cuándo?
—Hoy. Ahora. He venido a decírtelo ahora.
—Ya. —Tiró el trapo en un cubo—. ¿Pero cuándo lo ibas a decir? Porque «hoy» es después de que lo sepa Tono, la prima de Tono, Salva y mi hermana.
—Nico, llevo tres días encerrada en una casa sin teléfono porque lo dice una carta de tu amiga.
—No me eches la carta encima, Lucía. —Y ahí levantó la voz por primera vez desde que le conocía, y no fue mucho, y fue horrible—. Llevas tres semanas. No tres días. Tres semanas.
No dije nada.
—El primer día —dijo—. En la notaría. Ya lo tenías. ¿Sí o no?
—Sí.
—Sí. —Asintió despacio, como quien confirma una medida—. Y en la cena, cuando Tono sacó lo de los dos de la tablet y todos hablando del varadero, tú estabas ahí sentada.
—Sí.
—Y el día del mercado. Y en la barca. —Se pasó la mano por la boca—. En la barca, Lucía. Yo te conté lo de mi padre.
—Ya lo sé.
—Yo te conté lo de mi padre y tú me dijiste que tenías once fotos de mi taller.
—No te dije eso.
—Exacto.
Y ahí me atacó por dentro una cosa que no era vergüenza, aunque tendría que haberlo sido: era una defensa subiendo, con argumentos, con estructura, en formación.
—Vale —dije—. Vale. Pues vamos a hablarlo entero, ya que estamos.
—Habla.
—Yo tengo un trabajo. Un trabajo que me da de comer, que me ha costado doce años y que resulta que también consiste en cosas que no me gustan.
—Me oí subir el tono y no lo bajé—. Y sí, vine con un encargo.
Y he estado tres semanas sin saber qué hacer con él, y he escrito un informe entero contra mi propio proyecto y no lo he mandado, y he contado treinta y una casas cerradas en once calles yo sola con un callejero, cosa que no me ha pedido nadie.
—Y luego mandaste el otro.
Me paré en seco.
—¿Qué?
—El domingo por la noche —dijo—. Estuviste con el ordenador hasta las tantas y el lunes por la mañana estaban tus fotos en el ayuntamiento. Yo no sé nada de informes, pero sé sumar. —Se apoyó en la barca—. ¿Mandaste algo el domingo, sí o no?
—Sí.
—Vale.
—¡Pero es que tú tampoco eres el cura del pueblo, Nico! —Y ahí ya estaba yo del todo, con la voz alta, en un cobertizo con eco—. ¿En agosto vino alguien de la promotora a preguntarte si el arrendamiento era traspasable?
Silencio.
—¿Sí o no?
—Sí.
—¿Y te ofrecieron dinero?
—Me hablaron de una indemnización por traspaso.
—Y no se lo dijiste a nadie. Ni a Salva. Ni a la cofradía. Ni en tu propia cena, cuando Tono lo sacó y todos estaban discutiendo y tú dijiste «lo demás son conversaciones». —Di un paso—. Eso lo dijiste delante de siete personas sabiendo que ya habían venido a verte a ti.
Nico se quedó mirándome. Y lo peor fue que no lo negó.
—Es distinto.
—Es exactamente lo mismo.
—Es distinto porque yo no medía la casa de nadie mientras...
—¿Mientras qué? —Y como no siguió—: Dilo.
—Mientras me lo llevaba a la cama.
Y ahí se acabó la discusión y empezó lo otro.
—Muy bien. —Solté la chaqueta encima de un caballete—. Vamos con lo tuyo, entonces. ¿Por qué no lo dijiste?
—¿El qué?
—Lo de agosto. Lo del traspaso. Eres el arrendatario del único varadero en activo de este puerto y viene una promotora a ofrecerte una indemnización, y tú te lo callas. Aquí, donde se sabe todo. Un mes y medio.
—Porque no había nada que decir. —Tiró el trapo—. Un tío con una carpeta preguntando cosas no es un proyecto.
—Ya. Igual que once fotos no son un informe, ¿verdad?
Se quedó callado dos segundos.
—Vale.
—No, «vale» no. Contéstame. ¿Por qué no lo dijiste?
Y entonces contestó, y contestó de verdad, y eso es lo que hace que aquella pelea siga doliéndome años después.
—Porque en el momento en que yo digo eso en voz alta en este pueblo, ya no hay marcha atrás.
—Se apoyó en la barca—. Aquí en cuanto se dice una cosa, existe.
Y a partir de que existe, hay dos bandos: los que quieren el hotel porque llevan quince años sin poder alquilarle un local a nadie, y los que no.
Y en medio estoy yo, con un arrendamiento de la cofradía, con Salva, con los cuatro que dejan la barca aquí y con toda la gente que este invierno me va a preguntar por la calle qué va a pasar.
—Cogió aire—. Yo lo que quería era otro año.
Otro año de trabajo tranquilo. Y sabía perfectamente que era mentira, y eso lo llevo sabiendo desde agosto. Así que sí. Me lo callé.
Y aquello, que era lo más honesto que había dicho nadie en aquel cobertizo, fue lo que me armó a mí. Porque hay una cosa que se hace en las discusiones y que es de las peores que se pueden hacer: coger la confesión del otro y usarla de munición cuatro frases después.
—Otro año —repetí—. Muy bien. ¿Y luego otro? ¿Y luego otro?
—Lucía.
—¿Y tú qué eres, Nico? Vamos a verlo. Un hombre de treinta y seis años que lleva once diciendo que no a una cosa que le ofrecieron una vez.
Que se quedó porque su padre vendió una barca y él necesita que aquello signifique algo.
Que se pasó ocho años subiendo a una casa a las once de la noche a poner barras en el baño de una señora que no era su abuela, y que en ocho años no fue capaz de coger un teléfono y escribirle dos líneas a la nieta.
—Me lo pidió ella.
—¡No te lo pidió ella! —Y aquí me pasé, y lo sabía mientras lo decía, y lo dije igual—.
Te lo pidió una vez, en abril, cuando ya se estaba muriendo.
Los otros siete años y medio no te lo pidió nadie.
Y no lo hiciste porque así era más fácil.
Porque mientras yo no supiera nada, tú podías tenerme en la cabeza exactamente como te convenía.
Me lo dijiste tú en la barca. Y a mí me pareció bonito, ¿sabes?
Me pareció bonito y llevo dos días pensando en ello.
Y es lo mismo que llevas haciendo con tu vida entera: esperar sentado a que las cosas pasen para que no haya que decidir nada.
—Sí. —Y lo dijo tan bajo que fue peor.
—Eso no es quedarse, Nico. Eso es cobardía con vistas al mar.
Silencio.
Un silencio de cinco segundos en un cobertizo de uralita con la barca de Salva entre los dos y el mar sonando fuera.
Y entonces él hizo la única cosa que yo no tenía prevista, que fue darme la razón y usarla.
—Tienes razón —dijo—. Y ahora te voy a decir yo lo tuyo, ya que estamos repartiendo.
—Adelante.
—Tú llevas tres semanas aquí encantada. —Se separó de la barca—.
Vendiendo mermelada, montando lo de la exposición, lijando ventanas, aprendiendo a hacer arroz con Rosario.
Y todo el mundo en este pueblo te ha abierto la puerta, Lucía, todos, el primer día, sin preguntarte nada, porque eras la nieta de la Serra.
Berta te ha hecho la coca. Tono te ha dejado la mesa.
Encarna te ha enseñado dónde poner el dinero.
—Ya lo sé.
—No lo sabes. —Y ahí sí, con la mandíbula tensa—.
Porque tú te lo has quedado todo. Todo. Y a cambio no has dado una sola cosa que te costara algo.
La mermelada no te costó. La cena no te costó, esa la sabes hacer con los ojos cerrados.
Lo único que te costaba de verdad era decir una frase, una, en tres semanas, y esa te la has guardado.
—Eso es injusto.
—Puede. —Se encogió de hombros—. Pero es que aquí las cosas funcionan de una manera muy tonta: te fías de la gente y luego se ve. Y tú has estado un mes cobrando en confianza sin poner nada en el mostrador.
Y aquello, dicho por un hombre que en su vida ha construido una frase larga, me dio en un sitio del que todavía no me he recuperado del todo.
—Yo te digo una cosa —siguió, y ahora sí estaba mirándome, y tenía los ojos rojos, y la voz completamente plana—.
Puede que tengas razón tú también. Toda.
Yo llevo aquí toda la vida y a lo mejor lo que he hecho es no elegir nunca nada.
Muy bien. —Cogió aire—. Pero yo el sábado te conté lo de mi padre.
En una barca, a la una del mediodía, sin que me lo preguntaras, porque me dio la gana.
Y esa misma noche subimos a tu casa. Y tú, en la puerta, con la llave en la mano, tenías esto en la cabeza.
Lo tenías. Y encendiste la luz y la volviste a apagar.
Me quedé sin aire.
—Y no es lo del hotel, Lucía. —Sacudió la cabeza—. El hotel va a venir contigo o sin ti; eso ya lo sabía yo desde agosto. Es lo otro. Es que yo estaba contándotelo todo y tú estabas calculando.
—Yo no estaba calculando.
—Estabas calculando. —Y aquí me dio en el único sitio donde de verdad se puede dar—: Tú eso lo haces siempre. Le pasó a ella y te lo hiciste con ella también.
Y ahí, señores, es donde se acabó.
—No vuelvas a nombrarla —dije.
—Tú la nombras todo el rato.
—¡No vuelvas a nombrarla! Que tú la tuviste ocho años y yo no la tengo.
Que tú tienes los cruasanes de los sábados y las cartas leídas en enero y la barra del baño, y yo tengo una caja de cartón.
¿Y sabes por qué la tengo yo? Porque era mi abuela.
Porque por mucho que subieras las escaleras, tú eras el vecino.
Fue lo peor que le dije. Y no lo escribo aquí para que se me perdone: lo escribo porque lo dije.
Nico no contestó nada.
Se dio la vuelta, cogió el trapo del cubo y se quedó de espaldas, con las dos manos apoyadas en la regala de la barca de Salva, y estuvo así unos segundos.
Y aquí es donde yo tenía que haber dicho la otra cosa.
La tenía entera, además: que lo sentía, que era verdad todo lo que él había dicho, que llevaba tres semanas calculando y que la única hora del último mes en que no calculé nada fue la del sábado por la tarde en una cala. Estaba ahí. Me cabía en cuatro frases.
Lo que pasa con las peleas de verdad es que llega un punto en el que la única manera de decir lo que sientes es reconocer que has perdido, y a mí eso, con treinta y cuatro años, un máster y doce de oficio, no me sale.
—Tengo que terminar esto hoy —dijo.
Y yo me fui.
Crucé el cobertizo entero, con mis pasos sonando en el cemento, y salí a la explanada, al sol de las dos de la tarde, y me quedé un segundo parada fuera porque no sabía hacia dónde ir.
Había dos hombres en la explanada, sentados en un noray, comiendo un bocadillo. Me miraron el tiempo justo y volvieron al bocadillo, y eso también es una manera de saberlo todo.
Subí por el carrer con el sol en la cara, pasé por delante del horno, que estaba cerrado, y por debajo del balcón de Rosario, que tenía la persiana bajada del todo por primera vez en tres semanas.
Y dentro, a mi espalda, se encendió la lijadora.
Más alta de lo necesario.