Las ocho vidas de Lucía Capítulo 27
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Capítulo 27

El tercer día empezó bien y a las once y veinte se acabó todo.

Amaneció despejado, con ese cielo lavado que dejan aquí las tormentas cuando ya se han ido de verdad. Me desperté a las siete, bajé, hice café en la italiana —que ya me salía— y me lo tomé en el patio, y estuve una hora y media sin hacer absolutamente nada, y esta vez sin levantarme once veces.

Y fue verdad mientras duró. El tercer día funcionó.

La cría de diecisiete años preguntaba qué queda cuando no hay nadie mirando, y a las nueve de la mañana de aquel martes la respuesta era: queda una mujer con las manos ásperas sentada en una silla baja escuchando un limonero, y no está mal, y no se aburre, y no necesita contárselo a nadie para que exista.

Duró hasta las once y veinte.

Porque los inversores estaban en el frente marítimo a esa hora.

Lo sabía porque lo sabía. Yo estaba en el patio, sin teléfono, cumpliendo la condición primera con una obediencia enfermiza, y a las once y veinte tenía en la cabeza el reloj puesto: ahora estarán en la lonja.

Ahora bajarán a la explanada. Ahora el arquitecto dirá lo de la escala del frente marítimo, y eso es lo que dicen siempre.

Ahora la chica de comunicación hará fotos con el móvil en vertical.

Y ahí se acabó la vida sin nadie mirando, aunque las condiciones se siguieran cumpliendo por escrito. Porque una cosa es no tener teléfono y otra muy distinta es no estar en dos sitios a la vez, y yo llevaba tres semanas siendo experta en lo segundo.

A las once y media me levanté de la silla y me puse a barrer el patio, que ya lo había barrido el lunes.

Llamaron a la puerta a las doce menos diez.

Abrí pensando en Rosario, y era Tono, con la camisa de manga corta metida por dentro y una carpeta de plástico en la mano, y la cara de un hombre que ha ensayado algo por el camino.

—Lucía, ya sé que estás con lo de los tres días —dijo—. Rosario me lo ha explicado. Pero yo creo que esto lo tienes que ver.

—Pasa.

Pasó. No se sentó. Puso la carpeta en la mesa de la cocina y sacó cuatro folios grapados: una lámina de plano doblada en cuatro y tres páginas de memoria.

—Han estado esta mañana en el ayuntamiento.

Los del grupo, con el arquitecto. Reunión con el concejal de urbanismo.

—Se pasó la mano por la nuca—. Yo no estaba, que a mí para esto no me llaman.

Pero han dejado esto encima de la mesa y la administrativa ha hecho copias, porque la administrativa es prima mía y lleva veintidós años haciendo su trabajo.

Desdoblé el plano.

Y ahí estaba. La planta general del frente marítimo con la propuesta encima: la lonja rehabilitada como zona de restauración, cuarenta y dos llaves en dos volúmenes de tres alturas retranqueados, aparcamiento subterráneo bajo la explanada, piscina orientada al sur.

Y el varadero, en gris claro, con una trama de rayas diagonales y una leyenda: Superficie a liberar .

—Ahí es donde está el taller —dijo Tono, señalándolo con el dedo, por si yo no lo veía.

—Ya lo veo.

Lo veía todo, de hecho, y esa es la parte que me revolvió el estómago mientras Tono hablaba: que yo aquel plano lo leía como se lee un idioma materno.

Sabía por qué los volúmenes estaban retranqueados —para no superar la altura de cornisa del carrer y poder decir en la memoria que «respeta el perfil urbano»—.

Sabía por qué la piscina iba al sur y por qué el aparcamiento subterráneo se metía debajo de la explanada, que es suelo público y por tanto convenio.

Y sabía leer la trama de rayas diagonales, que es un grafismo estándar y que en la escuela nos lo enseñan sin ninguna carga emocional, y que significa lo que significa: aquí hay algo que en la fase siguiente ya no está.

Reconocí incluso la fuente de las fotos pequeñas del margen de la memoria. Tres de ellas eran mías. La de la lonja con el rótulo de azulejo era mía, hecha un lunes a las siete de la tarde con el sol bajo, esperando a que pasara un coche.

—Y esto de aquí —siguió Tono, pasando a la última página, a la memoria— dice que la actividad de carpintería de ribera «se integrará en el proyecto como elemento interpretativo». Yo eso no sé lo que quiere decir.

Yo sí lo sé. Un elemento interpretativo es un panel. A veces son dos paneles y una herramienta antigua colgada en la pared del vestíbulo, con un foco.

Y entonces Tono, que es un hombre bueno y torpe y que estaba haciendo lo que le parecía correcto, dijo:

—Y luego está esto, lo cual es yo quería que vieras.

Y me señaló el cajetín. La esquina inferior derecha de la lámina, donde va la información técnica del documento: promotor, arquitecto, escala, fecha, número de plano.

Y una línea, en cuerpo ocho, encima de la fecha:

Levantamiento previo y análisis de identidad del lugar: Atelier Vero, S.L. — L. Serra.

El silencio en aquella cocina duró lo que dura leer siete palabras dos veces.

—Es que yo esto no lo entiendo —dijo Tono—. Serra sois vosotras dos. Tu abuela y tú. Y yo he pensado: aquí hay un error, o alguien ha usado el apellido, o...

—No hay ningún error.

Tono se calló.

Y yo hice, en ese momento, lo único decente que había hecho en tres semanas, que fue no mentirle a un hombre que había venido a mi casa a avisarme.

—Trabajo en ese estudio, Tono. Soy yo.

Se quedó mirándome. Vi el proceso entero pasarle por la cara, que en un pueblo es una cosa que se ve completa: la sorpresa, el cálculo, la comprobación de todas las conversaciones anteriores, el momento en el que se acuerda de mi cena y de lo que dijo él aquella noche sobre los dos con la tablet, y de lo que le contesté yo sobre las tres cosas que miran los inversores.

—Ah —dijo.

—Vine por lo de mi abuela. Las dos cosas son verdad, las dos a la vez. Pero el trabajo lo tenía antes de llegar.

—O sea que lo de la cena, cuando yo dije lo de los dos con la tablet...

—Sí.

—Ya. —Se puso la carpeta debajo del brazo, y ahí fue cuando dejó de ser el Tono de las bromas de Salva y se convirtió, durante quince segundos, en algo bastante parecido a una autoridad—. Pues eso está muy mal, Lucía.

—Ya lo sé.

—No, si yo no me meto en tu trabajo. Cada uno se gana la vida como puede y yo firmo cosas que tampoco me gustan. —Se ajustó la carpeta—. Pero es que has comido en mi mesa y yo he comido en la tuya.

Y ahí es donde una entiende de golpe el sistema en el que se ha metido.

Se fue. Le acompañé a la puerta y se despidió con la mano, no con dos besos, y esa diferencia también la vi.

Rosario llegó veinte minutos después, con mi teléfono en la mano.

—Filla, que ha venido Tono a mi casa antes y me ha dicho... —Se paró en el escalón, me miró la cara y cambió el tono—. Ay.

—Pase, Rosario.

—Yo te lo traigo porque me ha dicho que era un lío del ayuntamiento y he pensado que a lo mejor tenías que llamar. —Me puso el móvil en la mano, apagado, con el cargador enrollado como se enrollan los cargadores en las casas de las señoras: perfectamente—. ¿Es verdad lo que dice?

—Sí.

Rosario se sentó en la silla desparejada, la de Salva. Estuvo un momento callada, mirando la mesa.

—¿Y desde cuándo?

—Desde antes de venir. Me lo dieron en Madrid la misma semana que me llamó el notario.

—Madre mía. —Se tapó la boca un segundo—. ¿Y el chico lo sabe?

—No.

Y en ese «no» se me juntaron los tres días, la carta siete, el vermut con Berta, las manos y todo lo demás, y me tuve que sentar también.

Rosario no dijo nada durante un rato largo. Se puso a alisar el mantel de hule de la mesa con la mano, adelante y atrás, que es lo que hace ella cuando piensa.

—Yo te voy a decir una cosa y no te va a gustar —dijo al final—. Cuando llegaste, el primer día, y te vi con las ventanas abiertas y los guantes esos blancos, yo pensé: esta niña ha venido a vender la casa.

—Rosario...

—Déjame. —Levantó una mano—. Lo pensé. Y me dio una pena horrible, porque tu abuela llevaba un año diciéndome «ya verás, Rosario, ya verás cuando venga».

Y yo pensaba: pobrecilla, la ilusión que tiene.

—Siguió alisando el hule—. Y luego pasaron las semanas y yo dije: pues me he equivocado.

Mira la cena. Mira el mercado. Mira lo de la exposición, que eso lo montaste tú.

Y estos días he estado muy contenta, hija. Muy contenta.

—No he venido a vender la casa.

—Ya lo sé. —Me miró—. Has venido a vender lo otro.

Y a lo mejor eso es peor y a lo mejor no, yo de eso no entiendo.

Pero te voy a decir lo que sí entiendo, que llevo aquí ochenta años: si tú te vas de este pueblo sin decírselo tú a la cara al chico, esto ya no se arregla nunca.

Ni con él ni con nadie. Aquí las cosas se perdonan todas menos una.

—¿Cuál?

—Que se entere el pueblo antes que tú. —Se levantó, se alisó la falda—. Pues díselo tú. Hoy. Antes de comer si puede ser.

—¿Por qué antes de comer?

—Porque esto que traía Tono lo ha visto la prima en el ayuntamiento a las diez de la mañana y son las doce y media. —Cogió el bolso—. Y porque a ese chico se lo va a contar alguien de todas maneras, hija. Y no es lo mismo.

En la puerta se paró.

—Y otra cosa. Cuando lo arregles, si lo arreglas, no le lleves un regalo. —Bajó el escalón—. A los hombres de aquí no se les pide perdón con regalos. Se les pide perdón trabajando.

Encendí el teléfono cuando se fue.

Tardó ocho segundos en vibrar cinco veces. Olga: «¿DÓNDE ESTÁS?». Olga: «Lucía, los tengo aquí». Olga, a las 11:04: «Bueno, ya nos apañamos». Olga, a las 11:52: «Han quedado encantados. Han estado en el varadero, el arquitecto quiere el volumen de la nave para el restaurante. Llámame».

Y el último, de las 12:19:

«Cielo, una cosa. El de urbanismo les ha pedido el plano y se lo han dado sin quitar el cajetín, con nuestro nombre y el tuyo.

Yo creo que no pasa nada, pero por si acaso: si alguien de ahí te dice algo, tú no sabes nada de nada, que el levantamiento lo hizo el estudio. ¿Vale? Un beso, mañana hablamos.»

Estuve de pie en la cocina con el teléfono en la mano.

Tú no sabes nada de nada.

Miré el reloj: las doce y media. Miré la caja azul, con dos sobres de pie, el siete abierto encima y el ocho al fondo. Faltaba día y medio para terminar los tres días de la vida sin nadie mirando.

Cogí la chaqueta y bajé al varadero.