Las ocho vidas de Lucía Capítulo 26
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Capítulo 26

Las condiciones de la séptima vida eran cuatro y las leí de pie, a las ocho de la mañana del lunes, con un café que se me quedó frío en la mano:

Primera. Tres días sola. Sin visitas. Segunda. Sin teléfono. Lo dejas en casa de Rosario. Tercera. No trabajarás. Cuarta. Si te aburres, te aburres.

Y debajo, en letra más pequeña, la única vez en toda la caja que se dirigió a mí directamente en una cuartilla de condiciones:

Lucía: esta es la que importa. Las otras son para que llegues a esta.

Llevé el móvil a casa de Rosario a las nueve. Se lo di apagado, con el cargador, y ella lo cogió con las dos manos como si fuera un animal pequeño y lo metió en el cajón del aparador, entre los manteles.

—¿Y si te llama alguien? —dijo.

—Que llame.

—¿Y si es importante?

—Rosario, si se muere alguien, usted sube y llama a la puerta.

—Ay, no digas eso. —Se santiguó un poco, más por reflejo que por convicción—. Bueno. Tres días. Si necesitas algo, das dos golpes en la pared del patio, que se oye.

El primer día fue un desastre.

Voy a contarlo con detalle porque estoy convencida de que a mucha gente le pasaría lo mismo y nadie lo cuenta.

A las nueve y media estaba en casa sin móvil, sin portátil —lo dejé también, en casa de Rosario, para no hacerme trampas— y con la instrucción expresa de no trabajar.

A las nueve y cuarenta ya había fregado la cocina.

A las diez y cuarto había limpiado los azulejos de detrás del fuego con bicarbonato, cosa que no había hecho en mi propia casa jamás.

A las once había vaciado el armario de la ropa blanca entero y estaba doblando por segunda vez unas sábanas que ya estaban dobladas.

A la una menos cuarto me pillé en el patio arrancando hierbas de entre las baldosas.

Y ahí paré, con un puñado de hierba en la mano, y me senté en el escalón, y me dije: Lucía, llevas cuatro horas trabajando.

Porque eso es lo que era. La tercera condición decía «no trabajarás» y yo llevaba desde las nueve y media produciendo cosas: superficies limpias, textiles ordenados, baldosas sin hierbas.

Nadie me lo había pedido. No servía para nada.

Y yo lo estaba haciendo con la misma cabeza con la que preparo una casa para una visita, con la única diferencia de que aquí la visita no venía.

Me pasé la tarde probando a no hacer nada y fue horrible.

Me senté en el patio a las cuatro. A los seis minutos me levanté a por agua.

Me volví a sentar. A los cuatro minutos me levanté a mirar si había cerrado el gas.

Me volví a sentar. A los diez minutos me entró un pensamiento de trabajo —el informe, la visita del miércoles, los cuatro señores a las once— y estuve veinte minutos dándole vueltas con un nudo en el estómago y sin poder hacer absolutamente nada al respecto, que es la definición exacta de la ansiedad.

A las seis me subí a la cama vestida y me eché una siesta de dos horas de las que se despierta una peor.

Y a las nueve de la noche, cenando de pie una lata de sardinas y pan, me pasó lo que tenía que pasar, que fue echarle de menos.

Y fue una cosa muy físicamente concreta y muy poco romántica.

No echaba de menos «a Nico»: echaba de menos tener a quién contarle el día.

Toda la tarde había ido acumulando cosas para contar —la hierba de las baldosas, el bicarbonato, la siesta mala— y a las nueve de la noche me di cuenta de que no había nadie para el volcado, y de que las cosas que me pasan, si no las cuento, me duran mucho menos y me pesan más.

Y eso, exactamente eso, es lo que la cría de diecisiete años estaba preguntando en su carta. A lo mejor todo lo que soy es para que lo vean.

El segundo día ya fue otra cosa.

Me desperté a las siete y no me levanté hasta las ocho, y no pasó nada. Desayuné despacio. Y a media mañana, sentada en la silla baja de mi abuela en el patio, sin ninguna razón, me miré las manos.

Las tenía distintas.

No es una manera de hablar. Tenía dos cortes ya cerrados en los nudillos de la izquierda, de los limones.

Tenía la marca de la primera astilla en la yema del corazón, que ya era solo un puntito más duro.

Tenía las uñas cortas —me las había ido cortando yo con unas tijeras de la cocina, sin fijarme, tres veces en tres semanas, porque las largas estorban para todo lo que había estado haciendo— y el ribete de las cutículas seco, y una mancha de barniz en el pulgar derecho que no se iba, y la piel del dorso más morena y más tirante, y las palmas ásperas de una manera nueva, con la piel de la base de los dedos endurecida.

Son las manos de una mujer que trabaja con las manos.

Y me eché a llorar.

Ahí, en el patio, en la silla de coser, a las once de la mañana de un martes, con las manos abiertas encima de las rodillas, llorando como no había llorado en el entierro de mi abuela, ni en la notaría, ni la noche de la riuà, ni cuando lo dejé con el segundo de los novios guapos que viajaban.

Por las manos. Por unas manos.

Porque yo, en Madrid, tengo hora en una manicura de la calle Zurbano cada tres semanas y en el estudio hay una crema en el cajón de mi mesa.

Porque las manos son lo único que se ve de una mujer en una reunión, y las mías han sido siempre impecables, y las he tenido impecables a base de no tocar nada.

Guantes de algodón para lo delicado, guantes de nitrilo para lo sucio, y para todo lo demás, una carrera entera de decirle a otra gente lo que hay que hacer.

Y en veintiún días en un pueblo se me habían puesto así. Con los dos cortes, y la astilla, y el barniz, y las uñas cortas. Y no había ni una sola de esas marcas que no fuera de haber hecho algo real.

Estuve llorando un cuarto de hora largo y luego me lavé la cara con el agua de la pila del patio, que estaba helada, y me quedé sentada otro rato con las manos secándose al sol.

A las nueve menos cuarto de la noche bajé al horno.

Berta cierra a las nueve, y a las nueve menos cuarto está siempre sola bajando el escaparate y fregando el suelo del despacho con la persiana a media altura. La vi desde la calle, agachada, pasando la fregona por debajo del mostrador.

Toqué en el cristal. Levantó la vista. Y sin decir nada, subió la persiana lo justo para que yo pasara agachada.

—Voy a cerrar —dijo.

—Ya lo sé.

—Vale. —Siguió fregando—. Pues no me pises lo mojado.

Me senté en un taburete junto a la balanza. Ella terminó el suelo. Escurrió la fregona, la sacó al patio de atrás, se lavó las manos, apagó dos de las tres luces —dejó la del despacho— y sacó de debajo del mostrador dos vasos y una botella de vermut abierta.

—Me quedan dos dedos —dijo.

—Con dos dedos vale.

Sirvió. Se sentó en el otro taburete, enfrente, con la espalda contra la pared de azulejos.

Y yo se lo conté.

—Berta, yo no tenía ningún proyecto.

Ella no dijo «¿qué?». Se quedó quieta con el vaso en la mano, mirándome, esperando.

—Cuando lo de la cadera. Cuando mi abuela llamó a Madrid en septiembre y me pidió que viniera un mes a echarle una mano.

—Tenía la voz rara y decidí seguir igual—.

Yo le dije que tenía un proyecto muy grande y que no podía moverme.

Y no era verdad. Yo aquella semana me fui a Lisboa a un encuentro de networking, tres días, en un hotel con azotea.

Me hice fotos. Volví el domingo. —Bebí—.

Y dejé que Rosario, que tenía setenta y un años, le vaciara los orinales a mi abuela durante dos meses.

Silencio.

Berta bebió un trago. Miró la balanza, no a mí.

—Ya lo sabía —dijo.

—Ya lo sé que lo sabías.

—No. —Movió la cabeza—. Lo de Lisboa no lo sabía. Sabía lo del proyecto. Que no viniste porque tenías un proyecto. Eso lo iba diciendo tu abuela y aquí lo sabía todo el mundo.

—Pues ya está: ahora sabes lo otro.

Y aquí es donde Berta hizo lo que yo llevaba tres semanas temiendo y necesitando: no me perdonó.

—Es que a mí no me sirve mucho que me lo cuentes, Lucía. —Dejó el vaso—. O sea, está bien. Está bien que lo digas. Pero no me lo tienes que decir a mí.

—Se lo diría a ella si pudiera.

—Ya. Pues eso ya no se puede. —Se pasó la mano por la cara, cansada, y ahí me di cuenta de que llevaba desde las cinco de la mañana de pie—. Mira, te voy a contar yo una cosa y luego bebemos y nos vamos a casa, ¿vale?

—Vale.

—Cuando lo de tu abuela, aquel otoño, yo estaba embarazada de siete meses.

—Se puso una mano en el vientre por reflejo, un gesto de hace cinco años—.

Y mi madre con la espalda ya fatal. Y yo iba a llevarle la compra los martes y los viernes, porque mi madre no podía y Rosario no podía con todo, y me acuerdo de subir esas escaleras con una barriga así y la bolsa.

—Se rio, sin ninguna gracia—. Y no te lo cuento para que te sientas mal.

Te lo cuento porque me tocó a mí. Y me tocó a mí porque yo estaba aquí.

Ese es el sistema entero: le toca al que está.

—Berta...

—Déjame acabar, que esto lo llevo pensando quince años y no lo he dicho nunca.

—Cogió aire—. Todas las que se fueron son estupendas.

Todas. Están en Valencia, en Barcelona, en Alemania, en Madrid, y son estupendas, y vienen en agosto, y son las que traen las ideas nuevas y las que se llevan las fotos.

Y las que nos quedamos somos las tontas que no supimos irse.

Eso es lo que se piensa. Aquí y allí. —Bebió—.

Y luego resulta que el tejido este, este de aquí, el de que a una señora de ochenta años le suban la compra los martes, lo sostenemos cuatro.

Cuatro mujeres y dos hombres, en todo el carrer.

Y nadie nos pregunta nunca si nos apetece.

—¿Y a ti te apetecía?

—Pues no. —Y lo dijo tan tranquila que me dolió más—. A mí me apetecía tener una vida en la que no me tocara. Como a ti. Lo que pasa es que a mí me pillaba a doscientos metros.

Nos quedamos calladas. En la calle pasó una moto.

—Lo que me jodió no fue que no vinieras —dijo, más bajo—.

Lo que me jodió fue que dejaras de contestar.

Porque si hubieras contestado, aunque fuera para decir «Berta, no puedo, estoy fatal», yo te lo habría comprado.

Y no dijiste nada. Desapareciste del grupo.

Y a mí, aquí, subiendo escaleras con una barriga de siete meses, me dio la sensación de que te habías ido a un sitio donde esto no existía.

—No existía —dije—. Ese es el problema. Yo me construí un sitio entero donde esto no existe.

Berta me miró. Y por primera vez en tres semanas no me miró con la cortesía del mostrador.

—Ya lo sé —dijo—. Se te nota.

Bebimos. Nos quedaba medio dedo a cada una.

—Bueno —dijo—. ¿Y ahora qué vas a hacer?

—No lo sé. Me quedan dos sobres.

—No te he preguntado por los sobres.

—Ya.

—Pues eso. —Se levantó, cogió los dos vasos y los llevó al fregadero—. Anda, vete, que mañana me levanto a las cinco.

Salí. Me acompañó a la puerta y bajó la persiana detrás de mí, y ya casi cerrada, desde dentro, dijo:

—Oye. Lo de Nico.

—¿Qué pasa con Nico?

—Que lo sabe el pueblo entero, que no te vayas a creer que sois discretos. —Un silencio—. Y que ese hombre lleva aquí toda la vida y no ha estado nunca con nadie de aquí. Así que a ver qué haces.

La persiana llegó abajo.

Y yo subí el carrer con dos dedos de vermut, las manos ásperas y la sensación exacta de que aquella conversación, que había durado veinte minutos y en la que nadie había abrazado a nadie, era lo más parecido a que te perdonen que me había pasado en la vida.