Capítulo 25
Me desperté a las siete y cuarto y no me moví.
Es la primera vez en mi vida adulta que me despierto antes que la persona que tengo al lado y me quedo quieta.
Normalmente me levanto: hago café, contesto correos con el móvil apoyado en la encimera, me lavo la cara, pongo la habitación en su sitio.
Aquella mañana me quedé de lado, mirando la pared donde le da el sol a las siete y cuarto, escuchando el pueblo.
Y el pueblo, aquel domingo, sonaba así: el camión del hielo a las siete y veinte, un perro, una moto, la campana de las siete y media —que aquí toca cuatro segundos tarde desde siempre y que ya nadie corrige—, y en el patio, muy cerca, el limonero.
Nico se despertó a y veinticinco y tampoco se movió. Tardé un rato en darme cuenta de que estaba despierto porque no cambió nada: sigue respirando igual, no se estira, no suspira, no hace ninguno de esos ruidos con los que la gente anuncia que ya está aquí.
—Buenos días —dije.
—Buenos días.
Y ya está. Diez minutos así.
A los diez minutos me giré.
Y ahí quiero contar dos cosas y no más, que es lo que me corresponde.
La primera es que a la luz de las siete y media de la mañana, en una habitación con la ventana abierta, aquel hombre no se parecía nada al de la notaría.
Le vi cosas que no le había visto en veintiún días de mirarle de reojo: que tiene una cicatriz vieja en el hombro derecho, tres centímetros, de las de puntos mal dados; que la línea del sol le llega hasta la mitad del brazo y de ahí para arriba es de otro color; que tiene el pelo mucho más gris de cerca.
Y la segunda es lo de las manos.
Porque me pasó una cosa rara, que fue quedarme mirándole la mano izquierda encima de la sábana —los nudillos, la cicatriz blanca del dorso que le cruza dos dedos, el borde oscuro de las uñas— y darme cuenta de que llevaba tres semanas construyendo una idea de cómo serían y de que la idea se había quedado corta por el lado que no esperaba.
Yo pensaba que serían ásperas. Y lo son, en las yemas y en los cantos, con una dureza de lija de grano grueso en la base de los dedos.
Lo que no había previsto es que fueran lentas.
Un hombre que se pasa la vida trabajando con cosas que se rompen si aprietas no tiene prisa con nada, y eso, en una cama, a las siete y media de la mañana, con la ventana abierta y el limonero haciendo su ruido en el patio, es una información que se recibe entera y de golpe y que no se olvida.
Le cogí la mano y me la puse en la cara, la palma contra la mejilla, que es un gesto que no he hecho en mi vida y que hice sin pensarlo.
—Estás fría —dijo.
—Tú estás caliente.
—Yo siempre.
Y se giró.
Del resto no voy a decir nada, salvo que fue distinto que la noche —más despacio, con menos ruido y con mucha más luz— y que a las ocho y cuarto yo tenía el pelo hecho un desastre, la sábana en el suelo y una idea muy clara de que aquello no era una cosa de una noche y de que los dos lo sabíamos y de que ninguno lo iba a decir.
Bajamos a las nueve. Y aquí es donde tengo que contar la mañana entera, aunque no pase nada en ella, porque si no se entiende la mañana no se entiende lo demás.
Él hizo café. En la cafetera italiana de mi abuela, no en mi cafetera de viaje con cápsulas, y lo hizo bien, con el fuego bajo y sin apretar el café, y cuando le dije que yo llevaba tres semanas usando la mía me dijo que ya se había dado cuenta porque la italiana estaba en el segundo estante y eso solo pasa cuando alguien la ha guardado sin usarla.
Yo hice tostadas y saqué el último tarro de mermelada, el que no había vendido ni regalado.
Desayunamos en el patio, en la mesa de fórmica verde, con el sol todavía en la pared de enfrente.
Nico se sentó de espaldas al limonero y yo enfrente, y en algún momento entre la primera tostada y la segunda me di cuenta de que estaba sentada exactamente en la silla baja de mi abuela, la de coser, que sigue ahí, y de que no me había dado cuenta al sentarme.
Hablamos de cosas pequeñísimas. Es lo que más recuerdo de aquella hora y media: el tamaño de las cosas de las que hablamos.
De la humedad de la pared del patio, que él dijo que se arreglaba picando medio metro de zócalo y volviendo a enfoscar con mortero de cal, «un día de trabajo, y el material te lo consigo yo».
De si el limonero necesitaba una poda, que sí, en febrero.
De que la puerta del patio tenía la madera hinchada por abajo, y de que eso era lo mismo que le pasaba a la ventana de arriba, y de que se resolvía igual, y de que teníamos la garlopa.
—«Teníamos» —dije.
—Tengo. —Untó mermelada—. Aunque tú ya sabes usarla.
—Yo he hecho una viruta.
—Una viruta entera. Eso es más que la mayoría.
Hicimos una lista. Textual: cogí el cuaderno de hule y en la página siguiente a la del inventario escribí «PENDIENTES CASA» y fuimos apuntando.
Zócalo del patio. Puerta del patio. Poda de febrero.
Revisar los canalones antes del invierno, que en la riuà se vio que uno tira el agua a la pared.
Cambiar el colchón —eso lo puso él, y escribió al lado «(Rosario)», y nos reímos los dos.
Es la primera vez que veo su letra en algo que no sea una casilla de testigo. Escribe en mayúsculas pequeñas, de rotular medidas en una tabla, y le salen todas las letras de la misma altura.
—Falta la humedad del muro norte —dije—. La del taller.
—Esa es más cara. —Se echó atrás en la silla—. Ahí hay que picar hasta el ladrillo, poner un mortero de saneamiento y esperar seis meses a que la pared suelte. No se puede hacer en un fin de semana.
—Seis meses.
—Seis meses. —Untó la última tostada—. Las paredes tardan lo que tardan.
Y lo dijo sin ninguna intención, mirando la tostada, y a mí se me quedó dando vueltas toda la mañana como si me hubiera dicho un horóscopo.
Yo iba escribiendo aquella lista con mi letra recta de trabajo y con una tranquilidad absoluta, sin darme cuenta de lo que estaba haciendo, que era una previsión a doce meses vista de una casa a setecientos kilómetros de mi vida.
Nadie dijo nada de nada, por cierto. Ni una palabra sobre lo de la noche, ni sobre lo que éramos, ni sobre qué pasaba en octubre.
Nada de conversaciones de definición. Lo que hubo fue una lista de tareas de mantenimiento, que en el idioma de aquel hombre —y a esas alturas también en el mío— es una declaración larguísima.
A las diez y media dijo que tenía que ir a por su furgoneta, que se había quedado en el pantalán.
Y ahí me acordé del teléfono.
Bajamos juntos. Hacía ese sol de domingo de septiembre que aquí es todavía verano y el paseo estaba lleno de gente andando despacio. Él abrió la puerta del copiloto, cogió el móvil de encima del asiento y me lo dio.
Se encendió la pantalla al moverlo.
Catorce llamadas perdidas. Nueve mensajes. Todos del mismo nombre.
Lo miré cuatro segundos y noté el cambio en el cuerpo antes que en la cabeza: se me subieron los hombros.
Literalmente. Se me subieron los hombros dos centímetros y se me metió el estómago hacia dentro, y esa fue mi postura por defecto durante los últimos ocho años y llevaba tres semanas sin ponérmela.
—¿Va todo bien? —dijo Nico.
—Sí. —Bloqueé la pantalla—. Cosas de Madrid.
Y esa fue la primera mentira.
Yo llevaba tres semanas ocultándole cosas a aquel hombre, y ocultar y mentir no son lo mismo; lo primero es una omisión y se puede vivir con ella.
Pero a las diez y treinta y siete de la mañana de un domingo, en el pantalán, con el móvil en la mano y aquel hombre delante preguntándome si iba todo bien, yo dije «cosas de Madrid» en un tono ligero, con las cejas, con una media sonrisa incluso, sabiendo perfectamente lo que había en aquellas catorce llamadas.
Se lo dije a un hombre que doce horas antes me había contado lo de la barca de su padre mirando el agua.
Nico asintió y no preguntó nada más, porque él no pregunta.
Me leí los mensajes cuando se fue.
El primero era de las 20:14 del sábado. El último, de las 23:52.
Ordenados, iban así: «Cielo, llámame en cuanto puedas».
«Lucía, es importante.» «Los del grupo adelantan otra vez.
Vienen el miércoles.» «¿Estás bien? Me estoy preocupando.
» «Marcos no puede el miércoles, está en Sevilla.
» «Necesito el informe mañana domingo aunque sea en borrador, tengo que preparar la visita.
» «Lucía.» «Bueno, dime algo cuando leas esto.
» Y el último, a las 23:52, sin signos de exclamación, que en Olga es la señal de alarma: «Espero que no te haya pasado nada. Mañana hablamos».
El miércoles. Tres días de la carta siete, que empezaban el lunes, y los inversores en el frente marítimo justo el tercero.
Me senté en un banco del paseo y llamé.
—¡Estás viva! —Olga tenía la voz de las mañanas de domingo en su casa, con niños de fondo que no son suyos sino de la asistenta, cosa que siempre me ha resultado rarísima—. Me tenías en un ay.
—Perdona. Me quedé sin batería y estaba fuera todo el día.
—¿Fuera dónde?
—En el mar.
Un silencio de medio segundo.
—Ay, qué bien. —Y luego, sin ninguna transición—: El miércoles vienen. A las once. Son cuatro: los dos del fondo, el arquitecto y una chica de comunicación. Marcos está en Sevilla y no llega. Así que te toca.
—Olga, hablamos de esto. Yo no...
—Lucía, no me hagas esto ahora. —Bajó la voz y se le puso el tono de verdad, el que usa cuatro veces al año—.
Yo he metido tu nombre en una escritura.
Tengo al notario para el jueves. Y estos señores el miércoles van a estar dos horas en un pueblo mirando una lonja y unas casas bajas y decidiendo si ponen catorce millones.
Alguien tiene que estar ahí para contarles lo que están viendo, porque si no lo contamos nosotros lo cuenta el arquitecto, y el arquitecto ve un solar.
—Cogió aire—. Tú no vas a hacer de guía.
Vas a hacer lo único que sabes hacer mejor que nadie, que es mirar un sitio y decir qué vale. Dos horas. A las once.
—Es que...
—Y necesito el informe. Hoy. Aunque esté a medias.
Miré el mar, que estaba de un azul obsceno.
—Te lo mando esta noche —dije.
Colgamos.
Y estuve sentada en aquel banco, en el paseo de Dénia, un domingo de septiembre a las once y veinte de la mañana, doce horas después de la mejor noche que había pasado en años, calculando.
Calculando de verdad, con los dedos, como calculo yo: el miércoles es el tercer día de la carta siete.
La carta siete dice tres días sola. La condición de la carta siete —que yo ya había leído por fuera, pero cuya cuartilla no había abierto todavía— tenía toda la pinta de ser lo que era.
Si me encerraba en casa tres días, no había visita. Si no había visita, no había sociedad.
Y por debajo de todo eso, más rápido y más sucio, iba otra cuenta que no me atrevo a escribir sin dejar constancia de que la hice: que aquellos tres días de aislamiento me venían de perlas.
Porque me daban una coartada. Porque durante tres días yo no le tenía que explicar nada a nadie de aquel pueblo.
Nico vino a las siete de la tarde a firmar la sexta hoja.
Le puse el cuaderno en la mesa de la cocina, y la hoja encima, y el bolígrafo. Y él, que llevaba veinte firmas de retraso en preguntas incómodas, hizo lo de siempre: puso la fecha, rubricó, y me devolvió el papel.
Y luego se quedó un momento con la mano encima del cuaderno de hule, en la página de PENDIENTES CASA, que seguía abierto por ahí.
—Lo del zócalo te lo puedo hacer el jueves —dijo—. Si vas a estar.
—El jueves estaré.
—Vale.
Se fue a las ocho. En la puerta del patio me besó, y fue un beso corto, tranquilo, de los que se dan cuando ya no hace falta demostrar nada.
Y yo lo recibí como se recibe una sentencia.
Cerré, subí a por el portátil, bajé a la mesa de la cocina y estuve hasta la una y media de la madrugada haciéndole a Olga la versión limpia del informe.
Y esto es lo que hice, técnicamente, para que quede constancia, porque cuando una cuenta estas cosas de manera vaga parece que hubo un momento dramático y no lo hubo: hubo tres horas y media de trabajo de oficina.
Cogí las seis páginas y las convertí en once.
Quité el epígrafe de riesgos entero y lo reduje a un párrafo bajo el título «Condicionantes sociales del entorno», que dice lo mismo en un idioma en el que ya no significa nada.
Quité el recuento de las treinta y una casas cerradas, con su nota metodológica al pie, mi paseo de hora y media y el hombre en camiseta de tirantes; y donde estaba puse una frase sobre «parque residencial infrautilizado con potencial de puesta en valor», que es una manera preciosa de decir que hay treinta y una casas vacías y que eso es una oportunidad.
Y en el bloque de identidad, donde yo había escrito el varadero no es patrimonio: es industria , escribí el varadero constituye el principal activo narrativo del emplazamiento y se recomienda su tratamiento como elemento vertebrador del relato de marca .
Lo leí en voz alta. Suena impecable. Suena a la mejor profesional del sector.
Puse la frase de la primera página, la que ella me había pedido, la que había salido de mi propia boca en un despacho de Chamberí y de mis propios pies en once calles de este pueblo.
El último pueblo que funciona.
Lo mandé a las 01:37.
Después bajé el portátil, lo dejé encima del aparador —debajo del espejo, al lado del medidor láser, que seguía con la lente contra el mármol— y me di cuenta de que ya tenía tres cosas bocabajo en aquella casa.