Capítulo 24
A las cinco cambió la luz y él empezó a hablar sin que yo le preguntara nada, que es como habla la gente que no habla.
Estábamos los dos sentados en la banda de estribor, mirando la cala, con la espalda apoyada en el borde y los pies en el fondo de la barca. La distancia entre nosotros era de unos cuarenta centímetros y llevaba siendo cuarenta centímetros desde las cuatro y media.
Yo no dije nada, que fue lo mejor que hice en todo el día.
—Teníamos una de once metros. De pesca, no como esta.
Era de mi abuelo y luego de él, y trabajaba con ella todo el año.
En el noventa y ocho, cuando lo de las cuotas, ya iba mal.
En el dos mil ocho, peor. —Estaba mirando el agua, no a mí, con los codos en las rodillas—.
Yo me metí a estudiar Náutica en Valencia porque él quiso.
Bueno, «quiso» no. Él nunca ha dicho lo que quiere.
Un día, en la cocina, dijo que un chico con estudios podía llevar barcos de otros y no depender de nadie, y lo dijo sin mirarme, así, en general, y a la semana siguiente yo estaba matriculado.
—¿Y?
—Y aguanté dos años. —Se pasó la mano por la boca—.
No era malo. Aprobaba. Es que no podía. Los sábados me venía en el autobús de las siete a estar en el varadero con Ximo, que era el que llevaba esto antes que yo, y volvía el domingo por la noche, y llegaba a Valencia y me metía en la habitación de un piso compartido y me pasaba la semana esperando a que fuera sábado. Dos años.
—Lo dejaste.
—Lo dejé en marzo del dos mil once. —Y aquí paró un momento—. Y en octubre de ese año mi padre vendió la barca.
—¿Por lo tuyo?
—No. —Contestó rápido, y luego se corrigió, que fue lo primero que le vi hacer así—.
No del todo. Iba a venderla igual, eso lo sé, había dos años que no cubría gastos y él ya tenía la espalda hecha polvo.
Pero la vendió aquel octubre. Y aquel octubre a mí me tocaba pagar la matrícula del tercero, que no pagué, porque ya no estaba.
Dejó pasar unos segundos.
—Y no me dijo nunca nada. Ni una palabra.
Ni entonces ni después. —Se rascó la ceja—.
Hicimos la comida de todos los domingos, ese domingo también.
Mi madre puso arroz. Y él dijo que ya estaba, que ya la había vendido, y mi hermana preguntó cuánto le habían dado y él lo dijo, y ya está.
Y a los postres se puso a hablar del Villarreal.
Me quedé mirándole el perfil.
—¿Y tú qué dijiste?
—Nada. —Sonrió con la boca cerrada, sin ninguna gracia—. Yo tenía veinticinco años. Y llevaba seis meses trabajando gratis en el varadero para que Ximo me enseñara. ¿Qué iba a decir?
Yo tenía en la cabeza, con una nitidez incómoda, la conversación de la cocina de tres semanas atrás. Eso no es una virtud, eso es no haberte movido. Se lo había dicho para hacer daño y le había dado en un sitio que yo no sabía que existía.
—Y por eso te quedas —dije.
—Yo me quedo porque me gusta.
—Nico.
Y él se quedó un rato callado, mirando el agua, y luego dijo la frase que yo llevaba tres semanas esperando sin saber que la esperaba:
—Me quedo porque me gusta. Y porque, si me voy, esto que vendió mi padre no lo ha hecho por nada.
—Se frotó las manos, mirándoselas—. Que ya sé que no es una razón.
Lo sé perfectamente. Hace once años un tío de una empresa de Valencia me ofreció un contrato y coche, y yo le dije que no en dos segundos y luego me pasé un mes explicándomelo.
Y todavía me lo explico. Se lo acabo de explicar a una señora de Madrid en un cuarto de costura.
—Yo no soy una señora de Madrid.
—Tú eres exactamente una señora de Madrid.
Y me reí. Los dos nos reímos, con ese ruido corto suyo y el mío, y cuando se acabó la risa quedó otra cosa en la barca, y la barca era pequeña, y los cuarenta centímetros seguían siendo cuarenta centímetros pero ya no eran los mismos.
—¿Puedo preguntarte una cosa? —dije—. Y contéstame mal si quieres.
—Prueba.
—¿Tú por qué no me escribiste nunca?
Nico se quedó mirando el agua.
—Pensé en hacerlo dos veces. La primera, cuando lo de la cadera. —Se pasó la mano por la nuca—. Estuve una noche con el móvil, buscando en el Facebook de Berta a ver si te encontraba, y me pareció una cosa horrible. Presentarme yo a decirte que vinieras. ¿Quién soy yo?
—El que subía a las once después de cerrar.
—Eso lo hace cualquiera aquí. —Y lo dijo en serio, sin ninguna falsa modestia, y eso es lo que más me descolocó—. La segunda vez fue en abril. Ella ya estaba muy mal. Y tampoco.
—¿Por qué tampoco?
—Porque me lo pidió ella. —Cogió aire—. Me dijo: «A la nena no la llames tú, que si viene por ti no vale».
Me quedé mirándole el perfil, con el sol de las cinco y media dándole en un lado de la cara.
—Y también —siguió, más bajo, mirándose las manos— porque mientras tú no supieras nada, yo podía saber cosas de ti y no pasaba nada. Eso te lo tengo que decir en algún momento, así que te lo digo ahora.
Y lo único importante de aquella tarde es esto: hasta ese momento, todo lo que había entre nosotros estaba torcido.
Él sabía cosas de mí que yo no le había contado.
Me había leído a los catorce años. Me había visto inventariar la casa de su amiga con guantes de algodón.
Yo tenía en la mochila —en tierra, en una carpeta, en un ordenador— once fotos del tejado de su taller y un informe de seis páginas sin mandar.
Estábamos los dos en una barca fondeada, cada uno con su expediente del otro, y era insoportable.
Y a las cinco y veinte de la tarde, con una historia de un hombre que vendió una barca en octubre de 2011 y se puso a hablar del Villarreal a los postres, aquello se puso derecho.
Porque los dos éramos lo mismo. Dos personas de treinta y muchos con una vida que no habían elegido del todo, defendiéndola cada día con tres argumentos por el precio de uno. Él con un varadero y yo con un piso blanco en Chamberí. Y ninguno de los dos podía ya mirar al otro desde arriba.
—Tienes sal en el pelo —dijo.
—Tú también.
—Yo tengo sal en el pelo desde 1998.
Y no sé cuál de los dos se movió primero.
Lo he pensado muchas veces y no lo sé, y me alegro de no saberlo.
Sé que él tenía la mano izquierda apoyada en la banda y que yo puse la mía al lado, no encima: al lado, tocándola por el canto, que es la manera más cobarde y más clara de decir una cosa.
Sé que se quedó quieto dos segundos exactos mirándome las manos.
Y sé que después subió la suya y me pasó el pulgar por la yema del dedo corazón, justo por la marca de la primera astilla, que ya no era nada, que ya era solo un punto un poco más duro que la piel de al lado.
Y que lo hizo despacio, y que era la cosa más pequeña del mundo, y que yo dejé de oír la barca.
Nos besamos en una cala vacía a las cinco y media de la tarde, con sal en el pelo, con las manos de él llenas de cicatrices de oficio, con esa lentitud rara de dos personas que llevan tres semanas mirándose las manos y saben que a partir de ahí no hay ninguna marcha atrás elegante.
Y luego nos separamos y nos quedamos los dos con la frente pegada un momento y él dijo «vale» en voz muy baja, y ese «vale» me pareció lo más bonito que me habían dicho en cinco años.
Volvimos a puerto a las siete y media, con el sol bajando por detrás del Montgó y el mar de aceite, y no hablamos casi nada en todo el camino, y no era un silencio incómodo: era otro.
Yo iba sentada en la bancada de proa mirando la costa —la lonja, la explanada, el castillo del color del pan tostado— y él llevaba el timón, y cada dos por tres me giraba y él ya me estaba mirando.
Amarramos. Recogí mi mochila. Fuimos a la furgoneta a por mi teléfono y ninguno de los dos hizo el gesto de dármelo: él abrió la puerta, lo cogió, lo miró un segundo —la pantalla llena, se veía de lejos— y lo dejó otra vez en el asiento, y cerró la puerta.
—Mañana —dijo.
—Mañana.
Subimos por el carrer sin decir a dónde íbamos, porque no hacía falta.
Por el camino nos cruzamos con dos personas.
La primera fue una vecina de la esquina, que nos dio las buenas tardes con una entonación de dos plantas.
La segunda fue Rosario, en su balcón, con la persiana a media altura, regando unos geranios que a las ocho de la tarde de un sábado no necesitaban absolutamente nada.
—Bona vesprada —dijo, encantada de la vida.
—Bona vesprada, Rosario.
Y no dijo nada más, que en ella es una demostración de contención heroica, y me consta que le costó, y me consta que a las nueve ya lo sabían tres casas.
Abrí con mi llave. Y hubo un momento —el de la puerta, con él detrás, con la casa a oscuras y el olor a cerrado, cera, hilo y limón— en el que estuve a punto de decirle una cosa.
La tenía entera en la boca: que había once fotos de su tejado en una carpeta, que había un informe de seis páginas sin mandar y una fecha, el veinticinco, y unos señores que venían el veintitrés a mirar el frente marítimo con una tablet.
Lo que hice fue encender la luz del recibidor, mirarlo un segundo y volver a apagarla.
Y de lo que pasó en la casa del limonero aquella noche voy a contar tres cosas, que son las que me quedan.
La primera es que no encendimos casi ninguna luz. La segunda es que él, en la escalera, se paró en el rellano y miró la puerta del cuarto de costura, cerrada, y no dijo nada, y a mí me pareció bien que no dijera nada.
Y la tercera es que sus manos —que yo llevaba tres semanas mirando de reojo por partes, los nudillos grandes, la cicatriz blanca del dorso, el borde oscuro de las uñas que no se va— resultaron ser, contra la piel, lo que parecían: ásperas en las yemas, duras en los cantos, cuidadosas de una manera que no se aprende en ninguna parte más que trabajando años con cosas que se rompen si aprietas.
Después, mucho después, con la ventana del dormitorio abierta y el limonero haciendo su ruido en el patio, me di cuenta de que llevaba once horas sin mirar un teléfono, sin pensar en una fecha de entrega y sin ordenar absolutamente nada.
Y hay una cosa más, aunque no le interese a nadie más que a mí.
Yo, en Madrid, después, siempre me levanto.
Voy al baño, bebo agua, recojo la ropa del suelo y la dejo en la silla doblada, compruebo que la puerta esté cerrada.
Lo he hecho toda mi vida y no me había parado a mirarlo nunca: la manera que tengo de volver a poner la habitación en su sitio antes de dormirme, como si al día siguiente fuera a venir alguien a fotografiarla.
Aquella noche no me levanté.
La ropa se quedó donde cayó. La luz del patio se quedó encendida, que se veía por debajo de la puerta. Y en el suelo del dormitorio, encima de mis vaqueros, estaba la gorra de paja de mi abuela, que había traído puesta desde el puerto y que no se me ocurrió colgar en ningún sitio.
Me dormí con la mano de él en la mía, sobre la sábana, sin entrelazar. Las dos con la palma hacia abajo. Su pulgar encima de mis nudillos.
Y a doscientos noventa metros, en la guantera de una furgoneta aparcada junto al pantalán, mi teléfono llevaba desde las ocho de la tarde acumulando llamadas de un número de Madrid.