Las ocho vidas de Lucía Capítulo 23
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Capítulo 23

Eso fue lo primero que vi al bajar al pantalán a las siete y veinticinco de la mañana, con mi mochila, mi agua, mi chaqueta y una gorra que había encontrado en el armario de mi abuela y que era, en efecto, de paja.

—Es el mismo azul que la ventana —dije, a modo de saludo.

—Es el mismo azul que todo. —Nico estaba achicando un poco de agua de lluvia del fondo con una garrafa cortada—. Se lo compraba mi padre a un tío de Xàbia por bidones y aquí se pintaba con eso todo lo que hiciera falta. Sube por ahí. Pisa la banda, no el borde.

Subí. Se movió. Me agarré donde no debía y él dijo «ahí no» sin ninguna urgencia y me señaló otro sitio.

Y entonces vino la cosa del teléfono.

Lo saqué de la mochila para ponerlo en modo avión, lo cual es hace la gente civilizada, y él me miró desde el motor.

—La carta dice sin teléfono.

—Está en avión.

—Un teléfono en avión es un teléfono. —Se limpió las manos—. Lo dice la carta, no yo.

Le dije dos o tres cosas sobre la seguridad marítima, sobre las emergencias, sobre que soy una mujer adulta con responsabilidades, y él escuchó todo el discurso con la paciencia de quien ha oído hablar a mucha gente sobre lo mucho que la necesitan en tierra, y luego dijo:

—Yo llevo el mío apagado en la caja estanca, por si volcamos. Que no vamos a volcar.

Dejé el móvil en su furgoneta. Cerré la puerta y me quedé un segundo con la mano en la manilla.

Once horas. Y lo que sentí no fue liberación, para nada: fue un principio de vértigo con síntomas físicos.

Yo llevo el teléfono en la mano incluso cuando no lo estoy usando.

Lo llevo en la mano cuando voy de la cocina al salón.

Es un objeto que me permite estar siempre a punto de irme del sitio donde estoy.

Salimos a las siete cuarenta.

Lo que no me esperaba del día en el mar es que se trabaja.

Yo pensaba que ir en barca consistía en ir sentada.

En una barca de trabajo de siete metros no hay nadie sentado sin hacer nada: hay que amarrar y desamarrar, hay que estar pendiente del rumbo, hay que ir a proa a mirar el fondo cuando te acercas a la costa porque el sondador es de 1998 y miente.

A las nueve ya me había puesto Nico a hacer tres cosas y me había corregido las tres.

—Con el cabo no se tira. Se cobra. —Me puso las manos en el sitio—. Aguantas con esta y recoges con esta. Si tiras, te quedas sin fuerza a la mitad.

—¿Y esto? —El cabo hacía un ruido raro contra el borde.

—Eso es que está trabajando donde no debe. Súbelo dos dedos.

Salimos del puerto a motor, entre los pesqueros que volvían, y él iba saludando con la mano a todo el mundo: a un hombre en la cubierta de una barca azul, a dos que fumaban en el pantalán, a un chaval con un carro de cajas.

La misma manera de saludar, levantar la mano y ya está.

Cuatro de ellos me miraron a mí después de mirarle a él, y uno hizo con la cabeza un gesto que yo, con tres semanas de formación en el idioma local, ya sabía traducir como un titular de prensa.

—Para el lunes lo sabe el pueblo entero —dije.

—Para esta noche.

Fuera de la bocana apagó el motor y sacó vela, y esa parte no la voy a contar bien porque no tengo palabras técnicas suficientes: sé que hay que soltar una cosa y tensar otra y que en el momento en que la vela cogió el viento la barca se inclinó y dejó de sonar, y que el cambio de tener un motor a no tenerlo es el mismo que hay entre una habitación con la tele puesta y una habitación con la tele apagada.

—Ponte a barlovento —dijo—. Ahí, en el borde alto. Y cuando yo diga «orza», te agachas.

—¿Y si no me agacho?

—Te agacha la botavara.

A las diez llegamos a la cala.

Sardinera es una cala de piedra al norte del cabo, con un pinar cayendo hasta el agua y sin ningún acceso decente por tierra, y a las diez de la mañana de un sábado de septiembre estaba vacía.

Fondeamos a unos veinte metros. El agua tenía ese color de aquí que no sé describir sin ponerme cursi y que en realidad se debe a la posidonia del fondo, que es una planta, y que si la miras desde arriba parece una sombra y la gente cree que es roca.

Nos bañamos. Comimos a las dos: pan, tomate, atún de lata, una tortilla que había hecho él y que no mencionó en ningún momento, y dos melocotones.

Yo llevaba cuatro tarros de mermelada porque no sabía qué llevar y llevar mermelada al mar es una idea idiota, y nos comimos uno entero con pan, que resultó no serlo tanto.

Entre medias hubo cuatro horas de las que no tengo mucho que contar, y esa es exactamente la novedad.

Lo del teléfono, por ejemplo. La primera hora me llevé la mano al bolsillo derecho once veces.

Once; las conté cuando me di cuenta de que las estaba contando.

No para mirar nada: el gesto entero, meter la mano, no encontrar nada, sacarla.

Como una fumadora. Sobre las once y media dejé de hacerlo y sobre las doce me pasó una cosa nueva, que fue quedarme mirando el agua desde la proa durante un rato que no puedo medir, sin pensar en nada concreto, y sin la sensación de estar perdiendo el tiempo.

Yo tengo una alarma interna que salta cuando llevo cuatro minutos sin producir nada.

Aquel día, en algún momento entre las once y la una, se apagó.

Hablamos de tonterías, que es lo que hace la gente que se está gustando: de si el agua estaba fría —no lo estaba y yo dije que sí—, de la manía de los turistas de fondear encima de la posidonia, de un primo de Salva que se compró una moto de agua en 2004 y le duró once días.

Nico me contó los nombres de tres calas y de dos rocas, y los nombres de las rocas de aquí no los ha puesto ningún ayuntamiento: son cosas como «la del muerto», «la plana», «la que se ve desde el faro».

Le pregunté por qué «la del muerto» y me dijo que no lo sabía nadie, que había cuatro versiones y que la mejor era la más falsa.

Y entre las tres y las cuatro de la tarde, con la barca fondeada y el sol arriba y nada que hacer, pasó lo del cabo suelto.

Fue mío. Yo había dejado la mochila abierta y el saco de la carta —lo llevaba encima, no me preguntéis por qué; llevaba la carta seis en una bolsa de plástico dentro de la mochila, como una loca— se movió y se cayó al fondo de la barca, y él lo recogió antes que yo, y lo devolvió sin abrirlo, y se quedó un momento con la bolsa en la mano.

Y entonces dije lo que llevaba desde el mercado sin decir.

—Nico. ¿Tú has leído las cartas?

Él dejó la bolsa en el banco. No hubo pausa dramática, ni respiró hondo, ni ninguna de esas cosas.

—Sí.

—¿Todas?

—Casi todas. Cinco o seis.

Me senté en la bancada de proa, porque me convenía sentarme.

—¿Cuándo?

—El último año. —Se apoyó de espaldas en la caja del motor, mirando la cala, no a mí—.

Ella ya no veía bien de cerca. Podía coser, porque coser lo hacía con las manos, pero leer se cansaba.

Y le daba mucha rabia. —Chascó la lengua—.

Al principio le leía yo las cosas del banco y las cartas del médico. Y un día, en enero, sacó la caja.

—¿Y tú leíste?

—Yo leí lo que ella me puso delante. —Y ahí me miró—. Que fue el uno, el dos, el tres, el cuatro y el cinco. Y algún trozo suelto de más.

—¿Y el seis?

—El seis no lo he leído. —Volvió la vista al agua—. Lo tenía aparte. Lo sacó una vez y lo volvió a guardar. Lo único que me dijo fue que ese lo tenía que abrir tú.

Me pasé las dos manos por la cara.

—O sea que tú, cuando yo llegué a la notaría, ya sabías.

—Sabía lo que hay en cinco sobres.

—Sabías lo de la vida perfecta. Cuando yo estaba montando la cena con el mantel y las flores de la calle y el plano de la mesa, tú sabías lo que estaba haciendo.

—Me levanté, y en una barca de siete metros levantarse es un gesto sin recorrido, así que estuve de pie sin poder ir a ningún sitio, que es la definición de aquella conversación—.

Y me preguntaste cuál de las ocho era. Delante de mi puerta. Sabiendo.

—Sí.

—¿Y lo del mercado? «Quiero un trabajo que se acabe cuando se acaba el día.» Eso me lo soltaste dándome tres cincuenta.

—Sí.

—¿Por qué?

Nico se quedó callado un momento. La barca daba esos golpecitos suaves que dan las barcas fondeadas.

—Porque me daba rabia —dijo.

—¿El qué?

—Verte cumplir las condiciones como si fueran un trámite.

—Se enderezó—. Yo te había leído. En enero yo estaba sentado en tu cocina leyéndole a tu abuela una carta tuya de los catorce años que decía cosas que yo no le he dicho a nadie en mi vida, y ella me escuchaba con los ojos cerrados y luego decía «esa es de las buenas» y se ponía a coser.

Y en septiembre llegas tú y te pones a inventariar la casa con guantes.

—Es mi trabajo.

—Ya lo sé. Pero yo tenía las dos cosas en la cabeza. —Levantó una mano y la otra, como una balanza, y fue el gesto menos parco que le vi hacer nunca—. La de las cartas y la que medía el techo. Y no encajaban. Y quería ver cuál de las dos era.

Nos quedamos callados. Yo tenía en el pecho una cosa caliente que era rabia, y debajo, un piso más abajo, otra cosa distinta que no era rabia en absoluto y que me estaba dando muchísimo más miedo.

Porque esto es lo que había pasado, dicho de una vez: aquel hombre me había leído entera.

No las versiones. No la de teléfono, ni la del piso blanco, ni la de las cinco amigas de brunch.

Me había leído a los doce, a los trece, a los catorce, a los quince y a los dieciséis, en mi propia letra, sin editar, en la voz que una tiene antes de aprender a tener voz.

Y encima me había leído a través de ella, con la mujer que me quiso más que nadie diciéndole en voz alta cuáles eran las buenas.

Nadie en Madrid me ha leído así. Nadie en ningún sitio.

Y por eso, cuando lo mío pasó de rabia a lo otro, lo primero que hice fue atacar.

—Y el chico del astillero —dije—. En la del quince o la del dieciséis, no me acuerdo, hay un chico del astillero.

—En la del catorce y en la del quince.

—Ah, perfecto. En las dos.

—Está subrayado en las dos. —Y aquí lo dijo sin un adorno, sin una coma de más, mirándome a la cara—: Lo leí. Lo subrayó ella, no yo.

Me senté otra vez.

Miré el agua un rato largo. Aquella cala, la posidonia haciendo su sombra en el fondo, la costa vacía.

Y me acordé del margen de la primera carta, la de los doce años, esa que dice ojo ya tienes, lo que se te olvida es mirar , y de la nota de la servilleta con el nombre de la calle de mi peluquería, y de las cuarenta y seis cajas etiquetadas, y de la de «Para Lucía si pregunta».

Aquella mujer había estado trabajando en esto. Durante años. Con la misma paciencia con la que esperaba diez minutos a que el aceite aflojara un tornillo.

—Me ha hecho una encerrona —dije.

—Sí.

—Y tú has ido.

—Yo he ido. —Nico cogió la garrafa cortada y achicó dos veces, por hacer algo con las manos, y ahí supe que él tampoco estaba tan tranquilo como parecía—. Pero no por eso.

—¿Ah, no?

—No. —Dejó la garrafa—. Yo estoy aquí porque me lo has pedido tú el viernes a las cinco de la tarde y has dicho que era un plan.

Y volvió a mirar el agua, y no dijo nada más, y eran las cuatro y veinte de la tarde y todavía quedaban tres horas de luz.