Las ocho vidas de Lucía Capítulo 22
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Capítulo 22

El sobre número seis me lo encontré diferente desde el primer día y lo dejé pasar, y eso es lo que hago con casi todo.

Era el papel. Los otros siete eran de libreta escolar, de bloc cuadriculado o de folio doblado en tres, todos con el doblez vencido y ese amarillo de las cosas que llevan veinte años quietas.

El seis era blanco, más nuevo, más liso, con el doblez todavía firme.

Lo había notado la primera noche, en la cocina, cuando pasé los cantos de los ocho sobres como quien hojea sin permiso.

Lo devolví a su ranura y me dije que ya llegaría.

Llegó el viernes por la mañana.

Lo abrí de pie, con el cuchillo del pan, y me di cuenta antes de terminar de sacarlo. La letra del título era la de ella; el resto era mía. Pero no era mía de las cartas: era mi letra de ahora, la recta, la de trabajo, la que llevaba tres semanas escribiendo en un cuaderno de hule.

Me senté.

Es un folio de bloc de oficina, de esos que llevan el membrete de un hotel o de un banco en la esquina y no lo llevaba, con las líneas grises muy claras. Ocho renglones escritos. El octavo, cortado a mitad de frase.

Y lo peor fue esto: que no me acordaba de haberlo escrito, y que a la tercera línea lo recordé entero.

El verano de mis veintiséis años vine cuatro días.

Cuatro. Fue el último verano que pisé este pueblo, y fue tres semanas antes de la llamada de septiembre, de la operación de cadera, de Lisboa y del resto de mi vida.

Y una tarde, después de comer, mi abuela estaba en la silla con el bastidor y yo estaba en el escalón del patio con un bloc y ella no me dijo nada.

No me dijo «dime quién vas a ser». Hacía diez años que no me lo decía; lo del juego se había terminado solo, como se terminan estas cosas, sin ceremonia.

Simplemente puso un bloc y un bolígrafo en la mesa de fórmica al pasar y se fue a coser.

De aquellos cuatro días me acuerdo de más cosas de las que me conviene.

Me acuerdo de que llegué reventada, con un proyecto entregado la víspera, y de que dormí catorce horas seguidas la primera noche.

De que ella no me preguntó nada del trabajo, y de que yo se lo conté igual, porque a esa edad una cuenta el trabajo como quien enseña unas notas.

De que fuimos las dos a la explanada un atardecer, andando muy despacio porque a ella ya le dolía la cadera —eso lo sé ahora; entonces solo pensé que iba despacio—, y de que se paró a mirar el varadero y dijo «ese chico está haciendo cosas muy buenas», y yo dije «ajá» y miré el móvil.

Y me acuerdo de que la última mañana, mientras yo metía las cosas en la maleta, ella se puso en la puerta del cuarto y dijo: «Podrías venir en octubre. Que en octubre esto está muy bien».

Y yo dije: «A ver si puedo».

A ver si puedo. Tres semanas antes de la operación. Ella ya sabía que la iban a operar. Llevaba desde junio con las pruebas y no me lo dijo ni entonces, en la puerta del cuarto, con la maleta abierta encima de la cama; lo que hizo fue decirme que en octubre esto está muy bien.

Y yo lo cogí.

Escribí ocho renglones y me quedé parada en el noveno, y después arranqué la hoja, la doblé y la dejé debajo del bote de los lápices, que es donde se dejan las cosas que no se saben tirar. Y me fui de aquel patio, y de aquel pueblo, y no volví hasta un entierro.

Ella la guardó. La metió en un sobre, le puso el número seis en su sitio, entre el cinco y el siete, y le escribió el título con su letra: La vida con el chico del astillero. Que era el título que yo no le había puesto porque yo no llegué a poner ninguno.

Me pasé una hora en la cocina con aquella hoja delante.

Hay una diferencia entera entre las siete cartas y esta.

Las siete son de una niña que juega a inventarse vidas: incluso la de los diecisiete, incluso la que le escribí a ella.

Se escriben de un tirón, con esa seguridad de la adolescencia.

Esta la escribió una mujer de veintiséis años, un martes de agosto, mirando a un hombre que sacaba una barca con un tractor, y se cortó en el renglón ocho.

Y el renglón ocho decía «y creo que el tercero».

El tercero, ¿qué?

Preciosa. Veinte años esperando y todavía tenía ganas de preguntar.

Yo tampoco lo sé. Es lo que más rabia me da de aquella hoja: que ni siquiera puedo mentir sobre lo que iba a poner.

No lo sé. Puede que fuera «y creo que el tercero me querría ir».

Puede que fuera «y creo que el tercero ya no sabría cómo volver».

Las dos frases caben. Las dos son verdad ahora.

Y la mujer de veintiséis años que escribía aquello se paró justo ahí, en el sitio exacto donde hay que decidir algo, y arrancó la hoja y la puso debajo de un bote de lápices, que es la manera más elegante que existe de no contestarse.

Lo que hizo mi abuela con aquella hoja, en cambio, no tiene nada de elegante y es de una violencia enorme.

Porque ella pudo tirarla. Era medio folio arrancado de un bloc, debajo de un bote de lápices, en el patio de su casa.

Nadie habría sabido nunca que existió. Pudo también dármela, en algún momento de los ocho años siguientes: meterla en un sobre y mandármela a Madrid con dos líneas, «esto te lo dejaste», y yo la habría abierto en el rellano, me habría muerto de vergüenza y la habría tirado a la basura de la escalera.

Lo que hizo fue guardarla. Numerarla. Ponerle un título que yo no le había puesto. Meterla entre la cinco y la siete como si fuera una más, como si aquella hoja de bloc de oficina escrita por una mujer de veintiséis años perteneciera a la misma serie que los sobres de una cría de doce.

Y ahí está lo que tardé una semana en entender: es que pertenece.

Ese es el argumento entero. Mi abuela metió esa hoja en la caja porque para ella era exactamente lo mismo que las otras: una vida escrita y no elegida.

La única diferencia es que las siete primeras las dejé sin vivir por ser demasiado joven, y esta la dejé sin escribir por ser lo bastante mayor como para saber lo que costaba terminar la frase.

La cuartilla con las condiciones estaba dentro del mismo sobre, y era la más corta de las seis:

Primera. Un día entero en el mar. Desde la mañana hasta la tarde. Segunda. Sin teléfono. Tercera. Que te lleve él.

La tercera estaba escrita con la misma tinta que el título.

Aguanté un rato largo mirando esas tres líneas, y luego dije en voz alta, a la cocina vacía:

—Eres una tramposa.

Y sentí una cosa muy rara, que era ganas de reírme. Porque no era una carta de amor lo que aquella mujer había montado. Era una emboscada, con papelería, plazos y un testigo notarial.

Bajé al varadero a las cinco.

Y aquí tengo que confesar la parte más ridícula, que es que me cambié de ropa. Tres veces. En un pueblo, para bajar a pedirle un favor a un carpintero, a las cinco de la tarde de un viernes. Acabé poniéndome lo mismo que llevaba puesto al principio, que es como acaban estas cosas.

Estaba con la barca de Salva, ya con las cuadernas nuevas puestas, dándole a una junta con una espátula pequeña.

—Hola.

—Hola.

Y ahí me quedé. De pie, con las manos en los bolsillos, sin decir nada durante lo que en tiempo real serían seis o siete segundos y en tiempo interior fueron un trimestre.

Lo que pasaba, y lo he pensado mucho después, es que pedirle aquello era imposible sin explicarle por qué.

Y explicarle por qué era leerle la carta.

Y leerle la carta era decirle a un hombre, en su lugar de trabajo, a plena luz, que a los veintiséis años escribí ocho renglones sobre cómo sería mi vida con él y que no llegué al noveno.

—¿Necesitas algo? —dijo, sin dejar de raspar.

—Sí. —Carraspeé—. Necesito la barca.

Paró.

—¿Cuál?

—La tuya. La que navega. —Me oí decirlo como se dicta un pedido—. La sexta carta dice un día entero en el mar. Desde la mañana hasta la tarde. Sin teléfono.

Nico dejó la espátula en el borde de la barca. Se limpió las manos en el pantalón, despacio, y me miró.

—¿Un día entero?

—Un día entero.

—¿Y quién te lleva?

Y ahí, señores, es donde aquel hombre demostró que llevaba tres semanas leyéndome como se lee una veta a contraluz.

Porque él sabía. Sabía perfectamente lo que ponía en la tercera condición: lo sabía porque no hay otra barca, porque no hay otra persona, porque en un pueblo de tres mil habitantes con un varadero, la respuesta a «¿quién te lleva?

» tiene un solo nombre. Y me lo estaba preguntando igual.

—Tú —dije.

—¿Lo dice la carta o lo dices tú?

—Lo dice la carta.

—Ya. —Cogió la espátula otra vez—. Es que si lo dice la carta, tengo que ir. Soy el testigo.

—Pues eso.

—Y si lo dices tú, tengo que pensarlo. —Volvió a la junta, y con toda la calma del mundo, sin levantar la vista, añadió—: Que también puedo ir, ¿eh? Pero es otra conversación.

Me quedé mirándole la nuca.

—¿Me estás haciendo elegir?

—Te estoy preguntando qué me estás pidiendo. —Raspó dos veces—. Son cosas distintas, Lucía. Una es un favor y la otra es un plan.

En mi vida profesional he cerrado negociaciones de seis cifras.

Sé aguantar un silencio, sé no llenar los huecos, sé que gana el que puede esperar más.

Y estuve a punto de decirle «lo dice la carta», que era la salida segura, la que no me obligaba a nada, la que me dejaba subir a esa barca con la coartada de un testamento en el bolsillo.

—Es un plan —dije.

Nico dejó la espátula. Esta vez sí levantó la cabeza, y se pasó el pulgar por el labio, que ya sabía yo lo que significaba.

—El sábado —dijo—. A las siete y media, en el pantalán de dentro. Trae agua. Y una chaqueta, que a la vuelta refresca aunque no lo parezca.

—Vale.

—Y una gorra, que tú te quemas.

—¿Cómo sabes tú que yo me quemo?

—Porque tienes la piel de tu abuela. —Volvió a la junta—. Se ponía un sombrero de paja para regar el limonero. Con lo que dura regar un limonero.

Subí por el carrer con una sensación en el pecho que no había tenido desde los diecinueve años y que consiste, básicamente, en tener que ir andando a algún sitio porque no cabes en una habitación.

Aquella noche hice tres cosas y las tres me dan bastante vergüenza.

La primera: repasé la conversación entera, palabra por palabra, cuatro o cinco veces, buscando dónde había quedado ridícula. Encontré dos sitios.

La segunda: le mandé un mensaje a nadie.

Es decir, escribí uno —«oye, gracias por lo de mañana»— y me quedé mirándolo veinte minutos y lo borré, porque «gracias por lo de mañana» es una frase que se manda cuando alguien te va a llevar al aeropuerto, y porque llevo doce años sin escribirle un mensaje a un hombre que no fuera de logística.

Y la tercera: a las once y media, en la cocina, saqué el sobre siete de la caja y lo miré por fuera. «La vida sin nadie mirando.»

Quedaban dos días para eso. Dos días.

Lo volví a poner en su ranura, entre el seis, que ya estaba abierto, y el ocho, que era el gordo, el que se ve en el fondo de la caja, el que lleva escrito lo que lleva escrito.

Y me fui a dormir con la ventana abierta y con esa cosa en el estómago que tiene, ahora lo pienso, exactamente la misma forma a los diecinueve que a los treinta y cuatro, aunque una haya tenido en medio dos hipotecas y un máster.