Capítulo 21
Al día siguiente el pueblo amaneció con barro hasta media pantorrilla y una eficacia que no he visto nunca en ninguna organización con organigrama.
A las siete de la mañana ya había gente en la calle con mangueras.
No convocada por nadie, no coordinada por nadie: cada uno delante de su puerta, empujando el barro hacia el centro del carrer con el mismo cepillo de todos los años, y los que terminaban antes seguían con la puerta del vecino sin preguntar.
Salva dirigía desde una silla, cómo no. Vicent pasó a las ocho con la furgoneta del horno repartiendo pan gratis, «que hoy no cobra nadie», y volvió a las diez con café en dos termos gigantes.
En Madrid, cuando revienta una tubería en un rellano, se abre un grupo de WhatsApp y se discute tres semanas sobre el seguro.
Yo saqué las nueve piezas mojadas al sol antes de las once, tal y como me habían dicho, extendidas en el patio sobre sábanas viejas, y se secaron siete.
Dos quedaron con un cerco marrón que ya no se irá, y una de esas dos era un mantel de los años setenta que ya no le sirve a nadie para poner una mesa, así que técnicamente da igual y no da igual en absoluto.
La exposición se inauguró aquella misma tarde.
Lo pensé mucho por la mañana, con el barro y todo, y estuve a punto de aplazarla una semana; después me acordé de que un aplazamiento de una semana, con las fechas que yo tenía encima, era en realidad una cancelación con buenos modales.
Así que mandé a Tono que corriera la voz, que es un sistema de difusión más rápido que cualquier cosa que yo pueda contratar, y a las siete abrimos.
Fue lo más pequeño y lo más raro que he montado en mi vida.
Vinieron veintitrés personas. Las conté, no lo pude evitar, por vicio profesional.
La sala olía a humedad porque toda la comarca olía a humedad, y en la mitad de las paredes seguían las cajas del ayuntamiento, y la luz de poniente estuvo diez minutos exactos haciendo lo que yo había previsto que hiciera y luego se fue y nos quedamos con los fluorescentes.
Y aun así.
Vinieron señoras. Casi todas señoras, de setenta para arriba, algunas con su hija.
Y no miraron la exposición como se mira una exposición, con las manos a la espalda y esa cosa reverencial de los museos: la miraron como se mira el trabajo de una compañera.
Se acercaban mucho. Comentaban en voz alta, sin bajar el tono, señalando con el dedo a dos centímetros de la tela.
Una discutió con otra sobre si el punto de la cenefa era de festón o de ojal.
Tres de ellas, en momentos distintos, hicieron el gesto de darle la vuelta a la pieza para verle el revés, y las tres se pararon a tiempo, con la mano en el aire, y una dijo «ay, perdón», y yo dije que no pasaba nada y me di cuenta de que en la ficha no había puesto lo único que a aquella sala le importaba: cómo era por detrás.
—Este lo hizo con la mano ya mala —dijo una, delante de la sábana a medio bordar—. Mira aquí, mira el hilván.
—Que va, mujer. Este es de antes.
—Que te digo yo que no. Fíjate en la tensión.
Fue la única vez en mi vida profesional en que un público ha sabido más que yo de lo que estaba viendo.
Y no me sentí desplazada: me sentí, por primera vez desde que llegué, en el sitio correcto haciendo el trabajo correcto, que era estar callada en un rincón mientras un grupo de mujeres de setenta y ochenta años se peleaba por la tensión de un hilván.
Rosario iba y venía como si fuera la comisaria, y en cierto modo lo era. La oí decir cuatro veces la misma frase: «Y esto lo ha montado la nieta, ¿eh?». No «la nieta de la Serra». La nieta.
Berta vino a las siete y media, con el delantal quitado y el pelo todavía con harina en la raya, y estuvo doce minutos exactos. Recorrió las tres piezas sin decir nada, se paró más rato del que yo esperaba delante de la sábana a medio bordar, y al salir se me acercó.
—El de tu abuela y el de mi madre eran los dos únicos oficios de este pueblo que se hacían sentada —dijo—. Y ninguno de los dos ha salido nunca en el libro de fiestas.
—¿Tu madre borda?
—Mi madre hacía las pastas de las bodas. Cuarenta años. —Se colocó el bolso—. En el libro de fiestas salen los pescadores, los del club náutico y los que llevan la traca. Está bien esto que has hecho. —Y luego, en el mismo tono, sin transición—: A tu abuela le habría dado mucha vergüenza.
—¿Sí?
—Muchísima. —Ya en la puerta—. Se habría puesto ahí en el rincón, y habría dicho «ay, qué exageración» toda la tarde, y luego se habría pasado tres años contándoselo a todo el mundo.
El dechado fue lo que las paró a todas.
Se pararon delante, una por una, y se callaron. No lo comentaron como los otros dos, con esa alegría de tertulia. Se acercaban, miraban el centro, la parte de la restauración, las treinta y una puntadas, y después miraban la ficha, y después se quedaban un momento con la boca un poco apretada.
—Esto no lo enseñó nunca —dijo una mujer altísima y flaca, con un bastón, que resultó ser una prima segunda de mi abuela a la que yo no conocía—. Esto es de cuando ella estaba en aquello.
—¿En qué? —dije.
—Pues en aquello. —Movió la mano, el gesto de «asuntos de otro» que aquí es un idioma completo—. Que iba a estudiar fuera. Se lo dijo a mi madre una vez y luego ya no se habló más.
Estuve el resto de la tarde con eso encima.
Y a las ocho y veinte, con seis personas todavía en la sala, cogí una cartulina y el rotulador, me senté en una caja del ayuntamiento y escribí la ficha nueva.
Tardé tres minutos y me temblaba el pulso, que no me tiembla ni presentando a inversores.
Dechado. Amparo Serra, Dénia, 1974. Realizado para solicitar plaza de aprendiza en el Taller de Restauración de Tejidos Antiguos de Palma, donde fue admitida ese mismo año. No llegó a incorporarse.
Quité la ficha vieja y puse la nueva con dos trozos de cinta.
Las seis personas que quedaban en la sala se acercaron a leerla, porque en un sitio así, si alguien cambia un papel, todo el mundo va a ver qué pone. Y hubo un silencio de esos que se te quedan en la memoria con textura.
—Ay, la Amparo —dijo una.
Y otra, más bajito, que es la frase que me llevé a casa:
—Pues no dijo nada nunca. Aquí, en todos estos años, no dijo nada nunca.
Mi madre llamó a las diez y media, cuando yo estaba fregando el barro del recibidor con una fregona que había comprado aquella mañana.
—¿Cómo lo habéis pasado? —dijo, que en su idioma es «me he enterado de la riuà y llevo doce horas dándole vueltas y no lo voy a decir».
—Bien. Entró agua abajo, pero poco. Lo de arriba se salvó casi todo.
—Ya. Ese barranco. —Un mechero—. En el ochenta y siete llegó al primer escalón.
—Al segundo, este.
—Pues ya está.
Y yo, que llevaba veinticuatro horas con aquello en la garganta, con la carpeta marrón encima de la mesa de la cocina y el billete dentro de su funda de plástico, se lo solté de golpe. Mal. Se lo solté como se sueltan las cosas cuando una lleva demasiado tiempo pensando en cómo decirlas.
—Mamá, he encontrado una cosa de la abuela.
Escúchame. En el setenta y cuatro pidió plaza en un taller de restauración de tejidos en Palma, con un nombre falso para que aquí no se enterara nadie, y la admitieron.
Tengo la carta. Tengo el billete del barco, comprado, sin picar.
Se iba a ir dos años a estudiar. Sola. Y no se fue porque la yaya se puso mala del corazón y le tocó a ella.
Silencio.
Silencio largo, con la tele de fondo, y ese pequeño ruido que hace ella con la garganta antes de hablar.
—¿Y a mí qué me cuentas?
—Mamá...
—Que a mí qué me cuentas, Lucía. —No gritó. Fue peor: le salió una voz que no le había oído nunca, sin filo, sin ironía, una voz desnuda de mujer de cincuenta y ocho años—. Si nunca me lo contó a mí.
Seguí de pie en el recibidor con la fregona en la mano.
—Yo he vivido en esa casa diecinueve años —dijo—.
Diecinueve. Y me pasé la adolescencia entera pensando que mi madre era una mujer que no había querido nada nunca.
Eso es lo que yo veía: una señora sentada donde la luz, cosiendo lo de las otras, que no salía, que no iba a ningún sitio, que se enfadaba si yo decía que me quería ir.
¿Sabes lo que me decía cuando yo hablaba de irme?
«Aquí se está bien.» Nada más. «Aquí se está bien.
» —Cogió aire—. Y ahora resulta que tenía un billete comprado en un cajón.
—A lo mejor no podía contarlo.
—Podía. —Se le rompió la voz una sílaba y la recompuso inmediatamente, que es una cosa que hacemos las dos—. Podía habérmelo contado a mí. A mí, que era la que se quería ir. ¿Tú sabes lo que habría cambiado eso? A mí no me hacía falta que me dejara irme. Me hacía falta saber que ella lo entendía.
No supe qué decir. Es de las pocas veces en mi vida en que no he tenido nada preparado.
—Yo tenía diecisiete años —siguió, y ya no estaba hablando conmigo, se le notaba— y quería hacer Magisterio.
En Valencia. Había una beca. Y me acuerdo de estar en esa cocina con el papel de la beca en la mano y de que ella lo leyó, lo dejó en la mesa y dijo: «¿Y quién se queda aquí?
». —Una calada—. Y a mí eso me pareció, con diecisiete años, la cosa más egoísta que había oído en mi vida.
Estuve treinta y ocho años pensando que aquello lo dijo por no soltarme.
—Mamá, ¿y si no?
—Ya. —Silencio—. Pues eso es lo que llevo doce horas pensando desde que me lo has dicho.
Que a lo mejor no me estaba diciendo «no te vayas».
Que a lo mejor me estaba diciendo «yo tampoco pude».
—Otra calada—. Y no sé qué es peor, Lucía.
Porque si me lo hubiera contado, yo me habría ido igual. Pero le habría escrito.
Aquello se me quedó dentro como una piedra en un zapato.
—Y a ti sí te lo ha contado —dijo, más bajo—. Con su caja, y sus sobres, y su carpetita. A ti sí.
—Mamá, ella no me lo ha contado. Yo lo he encontrado.
—Lo has encontrado donde ella lo dejó, hija. —Una calada—. Esa mujer no dejaba nada donde no lo dejaba.
Se hizo otro silencio. Yo tenía el barro del recibidor a medio fregar y el corazón en un sitio raro.
—Mamá, ¿tú quieres verlo? Puedo escanearlo y te lo mando ahora mismo.
—No.
—Es que...
—Que no, Lucía. —Y otra vez la ironía, subiendo como una persiana, poniéndose delante—. Bastante tengo con lo mío. Que te vaya bien con tus deberes. Y tírate el colchón, que ese colchón lo compró cuando Franco.
Colgó.
Terminé de fregar el recibidor a las once y cuarto. Escurrí la fregona, la puse a secar boca abajo en el patio, me lavé las manos y me senté a la mesa de la cocina, donde estaba la carpeta marrón.
Y entendí, con veinte años de retraso, una cosa que había tenido delante todo el tiempo: que en mi familia hay tres mujeres y las tres nos hemos ido. Mi abuela, hacia dentro. Mi madre, hacia Zaragoza a los diecinueve, dando un portazo. Y yo, a Madrid, con una mentira educada de siete palabras.
Y que ninguna de las tres se lo ha contado nunca a la de al lado.