Las ocho vidas de Lucía Capítulo 20
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Capítulo 20

La riuà entró por el barranco a las once y veinte de la noche del martes, y a las once y veinticinco yo tenía el agua en el segundo escalón de la escalera de mi abuela.

Lo cuento con esa precisión porque la tengo. Lo demás de aquella noche lo tengo desordenado y por trozos, como se tienen las cosas que pasan de verdad.

Había avisos desde el mediodía. En el móvil, en la tele, en la puerta del horno con un cartel escrito a mano.

Aquí la gente sabe lo que es: aviso naranja en septiembre significa que el barranco baja, y el barranco baja por donde bajaba antes de que nadie construyera nada, que es lo que no entienden los que llegamos después.

Rosario me dijo por la tarde que subiera lo que tuviera en la planta baja, «un palmo, con un palmo vas bien», y yo, que había pasado la tarde en la biblioteca colgando fichas, subí cuatro cosas a la carrera y me pareció que exageraba.

Empezó a las diez y media. No es lluvia. Es otra cosa: es un ruido continuo, sin gotas dentro, y una presión en la cabeza, y a los veinte minutos el agua de la calle deja de correr hacia abajo y se queda quieta, subiendo, que es cuando hay que asustarse.

A las once y veinte oí el ruido de la puerta del patio cediendo por debajo. Bajé descalza con la linterna del móvil. El agua entraba por la puerta del patio y por la rejilla del baño, marrón, con hojas y palos dentro, y no venía con violencia: venía sin ninguna prisa, que es mucho peor.

Y entonces me acordé del armario.

El taller está arriba, en el primer piso, y arriba no llega el agua nunca.

Pero el armario empotrado del taller comparte tabique con el patio, y por ese tabique —lo sabía yo, lo había apuntado en el inventario tres semanas antes con mi letra recta de trabajo, «humedad menor en el muro norte, revisar»— llevaba veinte años subiendo la humedad por capilaridad.

Y con el patio inundado hasta cuarenta centímetros, aquel tabique iba a chupar como una mecha.

Cuarenta y seis cajas de cartón apoyadas en el suelo contra ese muro.

Llamé a Nico. No lo pensé. Que a las once y veintitrés de la noche, con el agua entrándome en casa, con dos cargos de dirección en la agenda y cinco amigas de brunch y una madre a doscientos kilómetros, marqué el número de un carpintero de ribera al que conocía desde hacía dieciocho días y que a las once y veinticinco estaba en mi puerta con dos linternas de cabeza, botas de agua hasta la rodilla y un rollo de plástico de burbujas debajo del brazo.

—¿Arriba? —dijo, sin más saludo.

—Arriba.

Subimos.

La balda de abajo ya estaba tocada. Se veía en el cartón, en esa línea oscura que sube desde el canto inferior, dos dedos, tres dedos, y en el olor, que es lo peor y lo primero que llega: olor a sótano, a papel que empieza.

Y ahí, en aquel cuarto, con la luz de dos linternas de cabeza cruzándose, empezó una operación de tres horas que no se pareció a nada que yo haya hecho antes ni después.

Nos organizamos en cuarenta segundos y sin discutir, cosa que no he conseguido nunca en una reunión de proyecto.

Él sacaba las cajas de la balda baja y me las pasaba; yo las abría sobre la cama del cuarto de mi madre, que era la superficie seca más grande de la casa, comprobaba el contenido y separaba: seco a un lado, húmedo al otro, mojado al tercero.

Lo seco volvía a caja y subía a la balda alta.

Lo húmedo lo íbamos extendiendo por toda la casa: sobre las camas, sobre la mesa del salón, sobre el respaldo de las sillas, con papel de seda entre capa y capa.

Lo mojado —fueron nueve piezas— lo dejamos plano en el suelo del cuarto de mi madre, sin tocarlo apenas, porque el lino mojado se rompe si lo estiras.

A los quince minutos me acordé de la biblioteca y me quedé parada con una caja en las manos.

—Las tres piezas están en la sala de arriba.

—La biblioteca está en la calle alta. —Nico ni levantó la cabeza—. Ahí nunca ha entrado agua. En el ochenta y siete tampoco.

—¿Seguro?

—Segurísimo. —Me quitó la caja de las manos y me dio otra—. Esa preocupación te la puedes ahorrar. Tienes cuarenta y seis aquí.

Y así fue como aprendí que en una emergencia lo más valioso que te puede dar alguien no es consuelo: es información fiable sobre lo que no tienes que temer.

A la media hora se fue la luz de la calle entera y nos quedamos con las dos linternas.

A la hora y media yo estaba empapada de arriba abajo, tiritando, con el pelo pegado a la cara, y él tenía la camisa oscura de agua y una raja en el antebrazo de un canto de balda que no se molestó en mirarse.

Y trabajábamos en silencio. Es lo que más recuerdo: que hablamos muy poco, y que lo poco que hablamos fue técnico.

—Esta no la abras. Está mojada por dentro, la abrimos abajo. —Vale. —Pásame la de fotos. Las fotos primero, que se pegan. —¿El papel de seda entre todas? —Entre todas.

Sacamos cuarenta y seis cajas. Perdimos cuatro.

Cuatro cajas de las bajas, las de la esquina del muro norte.

Una era de recortes de tela y no importaba.

Las otras tres eran los calcos: el papel vegetal de las cenefas, los dibujos originales de cincuenta años de trabajo, hechos a lápiz y a tinta china, algunos con las correcciones encima, algunos con la fecha y el nombre de la clienta.

Papel vegetal mojado no es papel: es una masa blanca que se te queda en la mano.

Los saqué igual, uno por uno, por si acaso, y los fui poniendo en el suelo del pasillo, y a los diez minutos había siete u ocho pilas de pasta gris y la certeza de que aquello no había manera.

—Déjalo —dijo Nico, desde el cuarto—. Con eso ya no.

—Es que son los dibujos.

—Ya lo sé. —Apareció en la puerta con la linterna, y por primera vez en toda la noche se paró—. Los dibujos están en las piezas. Todas esas cenefas están cosidas en las casas de medio pueblo. No se ha perdido el dibujo. Se ha perdido el papel.

Me quedé de rodillas en el pasillo con las manos llenas de pulpa.

—No es lo mismo.

—No es lo mismo —admitió—. Pero es lo que hay. Y quedan cuarenta y dos.

Volví al armario.

Y a la una y cuarenta, en la balda de arriba del todo, detrás de la caja de «Iglesia. Casulla y paño. Fotos.», apareció una carpeta que no era una caja.

Una carpeta de gomas, marrón, tamaño folio, con las esquinas dobladas y las gomas ya sin elasticidad. Sin etiqueta. Estaba de canto, encajada, como se guarda una cosa que no se quiere que se vea pero tampoco se quiere tirar.

Estaba seca. Estaba en la balda más alta y estaba seca, y no tenía por qué haberla abierto aquella noche, y la abrí aquella noche, sentada en el suelo del cuarto de costura con la espalda contra la cama y la linterna de cabeza puesta y el agua todavía subiendo por la escalera de abajo.

Dentro había cinco cosas.

La primera era una carta manuscrita, un borrador con tachaduras, con la letra de contar hilos pero más grande, más joven, con las mayúsculas todavía redondas.

Estaba fechada en marzo de 1974 y empezaba: «Muy señores míos: he sabido por la revista Aguja y Arte que ese taller admite alumnas externas... »

La segunda era una carta mecanografiada, en papel con membrete, del Taller de Restauración de Tejidos Antiguos de un convento de Palma.

Fechada en mayo de 1974. Comunicaba a la solicitante que, vistas las muestras remitidas, se le concedía plaza de aprendiza externa por dos años, con alojamiento en la casa de acogida de la calle que fuera, con incorporación el 15 de octubre.

Estaba dirigida a «Sra. Dña. Empar Roig».

La tercera era un carné de identidad viejo, con la foto de mi abuela a los veintiocho años, con el nombre correcto: Amparo Serra Bordes. Guardado ahí, con lo demás.

La cuarta era una hoja arrancada de un cuaderno con una lista de números, sumas y restas, hecha a lápiz: el precio del pasaje, el de la pensión, lo que costaba el material, lo que tenía ahorrado, lo que le faltaba. Y abajo, subrayado dos veces: «con lo del ajuar de los Bordes, llego».

Y la quinta era un billete.

Cartón amarillento, del tamaño de un naipe grande, con la franja azul y el ancla en la esquina. Compañía, trayecto, fecha. Dénia–Palma. 11 de octubre de 1974. Asiento 14.

Sin picar.

Y no había nada más. Lo miré todo dos veces, con las manos temblando de frío y de lo otro. No había ninguna carta de un hombre. No había una foto de nadie. No había ni una línea, en ninguno de aquellos cinco papeles, que hablara de otra persona.

Solo una mujer de veintinueve años que había leído un anuncio en una revista de labores, que había mandado sus muestras con un nombre que no era el suyo para que en su pueblo nadie se enterara de que lo estaba intentando, que había sido admitida, que había hecho las cuentas a lápiz hasta el último duro y que había comprado un billete de barco para irse sola a aprender un oficio que ya sabía hacer mejor que casi nadie.

Y que se quedó.

Porque en el setenta y cuatro su madre se puso mala del corazón y estuvo dos años en la cama del cuarto de arriba, y no había nadie más.

Nico llegó a la puerta con dos cajas y se paró.

—Ven —dije—. Ven, ven, ven.

Se sentó en el suelo a mi lado, empapado, con la linterna de cabeza torcida, y yo le leí en voz alta las cinco cosas, por orden, a la una y cincuenta de la madrugada, tiritando tanto que tuve que parar dos veces.

Le leí la carta con las tachaduras. Le leí la de la admisión.

Le enseñé el carné con la cara de mi abuela a los veintiocho años, con el pelo recogido y las cejas de mi madre. Le leí la lista de los números.

Y le puse el billete en la mano.

—No hay ningún hombre —dije—. Rosario tenía razón.

No hay ningún hombre en toda la carpeta.

—Me oí la voz rara, alta, con esa vibración de cuando una lleva tres horas de pie en el agua—.

Se iba a estudiar. Sola. Con nombre falso para que no lo supiera nadie.

Y no se fue porque se puso mala su madre y le tocó a ella.

Le tocó a ella porque estaba aquí. —Se me quebró en la última—.

Y a mí me tocó a mí y yo dije que tenía un proyecto.

Nico no dijo nada.

No dijo «no es lo mismo», ni «tú no podías saberlo», ni «ella lo entendía», ni ninguna de las cuatro o cinco frases que se dicen en ese momento y que yo, si hubiera estado del otro lado, habría dicho también, porque son las que hay.

Lo que hizo fue levantarse.

Bajó. Le oí moverse por la casa a oscuras con el agua todavía en el suelo del recibidor, un ruido de puertas, un arrastre.

Volvió a los cuatro minutos con la estufa vieja de butano del cuarto de arriba, la encendió, la puso a metro y medio de mí, orientada, y salió otra vez.

Volvió con una toalla del armario de la ropa blanca —la reconocí, era de las buenas, del armario que huele a membrillo— y con la manta de cuadros del sofá.

Me puso la manta por los hombros. Se puso detrás de mí, de rodillas, y me secó el pelo con la toalla.

Sin decir absolutamente nada. Con las dos manos, desde la nuca hacia delante, con esa presión de quien seca algo que se puede estropear, un rato largo, hasta que dejó de gotearme por el cuello.

Yo tenía el billete de 1974 en la mano y estuve todo ese rato mirándolo, con la manta encima y la estufa delante y aquel hombre detrás secándome el pelo con una toalla que había planchado mi abuela, y no lloré, y no hablamos.

A las dos y cuarto el agua de la calle empezó a bajar y a las tres había parado del todo, y eso es lo que hacen las riuades: se van tan deprisa como vienen y dejan el barro.

Nico se levantó, dobló la toalla en tres, la dejó en el respaldo de la silla y dijo:

—Mañana hay que sacar las nueve piezas mojadas al sol antes de las once.

—Vale.

—Y hay que abrir todas las ventanas.

—Todas —dije—. Eso ya lo sabía.

Se rio con ese ruido corto suyo, casi todo hacia dentro. Cogió su chaqueta mojada, se paró en la puerta del cuarto y se giró.

—Lucía.

—¿Qué?

—Ella tenía cuarenta y nueve años cuando se murió tu bisabuela. —Se pasó el pulgar por la ceja—. Y no se fue tampoco entonces. Yo llevo dándole vueltas a eso desde que has empezado a leer.

Y bajó, y le oí abrir la puerta de la calle y arrastrar algo en el recibidor para que el agua saliera mejor, y luego el pestillo, que también sabía dónde estaba.

Me quedé en el suelo del cuarto de costura, con la manta, la estufa encendida y cuarenta y dos cajas por toda la casa.

El billete tenía una arruga en diagonal, muy marcada, del tipo que hace un papel cuando se dobla y se desdobla muchas veces.