Las ocho vidas de Lucía Capítulo 19
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Capítulo 19

La noticia de que se iban a exponer tres bordados de Amparo Serra en la sala de arriba de la biblioteca tardó, según mis cálculos, cuatro horas en dar la vuelta al pueblo, y volvió a mí en forma de ofertas.

La primera fue la del estanco: que ella tenía en su casa una toalla de bautizo bordada por mi abuela y que la traía.

La segunda, la de una señora que me paró en la plaza para decirme que tenía «un juego de sábanas entero, sin estrenar, de la boda del setenta y ocho».

La tercera, una llamada de una mujer de Xàbia a la que no conozco, que había hablado con su prima, y que ofrecía un mantel de comunión.

Dije que no a las tres. Y me costó, porque una parte de mí, la profesional, veía perfectamente la exposición que se podía montar así: veinte piezas, la sala llena, una retrospectiva de verdad.

Pero la condición decía tres. Y aquí es donde empecé a entender la instrucción como se entiende un plano: mi abuela no había puesto «tres» porque tres fueran suficientes. Lo había puesto porque tres me obligaban a elegir.

Rosario se presentó en la biblioteca el lunes a las nueve con un carro de la compra lleno de cosas que no le había pedido nadie: dos paños de fieltro, un rollo de hilo de nailon, cuatro perchas de madera forradas y una plancha de viaje.

—El fieltro para debajo, que la madera de esas mesas raspa —dijo, sin saludar—. Y esto plancha sin agua, que a lo antiguo con agua le sale cerco.

—Rosario, usted no tiene que...

—Yo tengo setenta y nueve años y toda la mañana. —Se sentó en la única silla de la sala—. Tú a mí me dices dónde y yo te digo si está bien.

Y así fue exactamente como montamos aquella exposición.

Yo he montado espacios con presupuestos de veinte mil euros.

He trabajado con iluminadores, con carpinteros de montaje, con una empresa de Barcelona que alquila peanas a cuarenta euros la unidad por día.

Aquella mañana tenía una sala de cuarenta y dos metros con la mitad ocupada por cajas del ayuntamiento, dos mesas de tablero, tres piezas de bordado y una señora de setenta y nueve años con un carro.

Y salió mejor que casi todo lo que he hecho por dinero.

El paño de altar lo colgamos vertical en la pared del fondo, contra el blanco, con la luz de poniente entrándole en rasante a partir de las seis, que es la hora a la que la gente iba a venir. Rosario, mirándolo desde la puerta, dijo:

—Bájalo dos dedos.

—Está a la altura de la vista.

—A la vista de quién, hija.

Lo bajé cuatro centímetros. Tenía razón: en este pueblo la media de estatura de las mujeres de más de setenta es la que es, y aquella exposición la iban a ver, sobre todo, mujeres de más de setenta.

La sábana a medio bordar la pusimos horizontal, sobre la mesa con el fieltro debajo, con el bastidor y las agujas tal como estaban, y ahí fue donde discutimos.

—Eso hay que terminarlo —dijo Rosario.

—No.

—Es que está a medias, Lucía. Queda mal. La gente va a pensar que se le quedó sin hacer.

—Es que se le quedó sin hacer.

Rosario se calló y se pasó un rato tocando la madera del bastidor.

—Era para la nieta de la Fina —dijo al final—. Se casaba en junio. Se lo devolvió el dinero en marzo, cuando ya no podía con las manos, y no se lo dijo a nadie. —Chasqueó la lengua—. Dos meses estuvo mi Amparo bordando sabiendo que no lo iba a acabar.

—¿Y por qué seguía?

—Pues por eso mismo.

El dechado lo pusimos en la segunda mesa, y ahí Rosario se quedó parada un buen rato, con las gafas en la punta de la nariz, mirando el centro, la parte de la restauración, el trozo de tejido viejo cosido encima del lino nuevo.

—Esto no lo he visto yo nunca.

—Estaba en el fondo del armario. En una caja sin etiqueta.

—Ah. —Se enderezó, y algo le pasó por la cara—. Pues entonces será de aquello.

Escribí las fichas a mano, con rotulador negro, en cartulina crema. Título, técnica, año. En las tres puse el nombre completo, porque la condición era la condición, y en la tercera, después de pensarlo un rato de pie con el rotulador en la mano, puse simplemente: «Dechado. Amparo Serra, 1974».

Rosario leyó las tres fichas de una en una, moviendo los labios, con las gafas.

—Aquí falta una cosa —dijo.

—¿Cuál?

—Que era de aquí. —Se enderezó—. Pon «de Dénia». Porque si no, la gente lee «Amparo Serra» y ya está, y hay muchas Amparos. Y esa era la nuestra.

Lo puse. «Amparo Serra, Dénia.» Y me quedé mirando aquellas tres cartulinas de dos euros que eran, hasta donde yo sé, la primera vez en cincuenta años que el nombre de mi abuela aparecía impreso o escrito en algún sitio junto a una pieza suya.

En las mantelerías iba el escudo del que pagaba.

En los paños de la iglesia iba la parroquia.

En el ajuar de una novia van las iniciales de la novia.

Una bordadora, en su propio trabajo, es el único elemento que no consta.

—Rosario, ¿usted sabe si alguna vez expuso algo?

—¿Quién, tu abuela? —Se rio con la boca cerrada—. Hija, en la parroquia se pusieron los paños en el altar cuarenta años. Y en las bodas se ponía la mantelería en la mesa larga. Eso lo veía todo el mundo.

—Pero con su nombre no.

—Con su nombre no. —Se ajustó las gafas—. Es que eso no se hacía. Tú a la mesa de una boda no vas y pones un cartelito.

Terminamos de colgar a las doce y media.

Y ahí, con la luz de poniente entrando ya un poco, con el paño de altar en la pared del fondo y las dos mesas con fieltro, la sala de arriba de la biblioteca de Dénia, con sus cajas del ayuntamiento amontonadas en la otra mitad, se convirtió durante un momento en un sitio.

Rosario se quedó de pie en la puerta, mirándolo, con el carro vacío.

—Uy —dijo, y se le fue la voz.

Y se dio la vuelta enseguida, y se puso a recoger el rollo de hilo de nailon que ya estaba recogido, y estuvo así un rato, de espaldas, con las manos ocupadas, hasta que se le pasó.

A las seis apareció Nico con la vitrina.

No era una vitrina: era una caja de metacrilato de sesenta por cuarenta que había hecho aquella tarde para el dechado, con un marco de madera por debajo, porque yo se lo había comentado de pasada el sábado en la explanada —que la pieza del setenta y cuatro iba a estar en una mesa abierta, sin protección, y que a mí eso me daba pánico— y él no había dicho nada en ese momento, que es su manera de decir que lo va a hacer.

—El metacrilato lo tenía de una obra —dijo, dejándola en la mesa—. Y la madera es de un recorte. No he comprado nada.

Es un hombre que se disculpa por hacerte un regalo.

Montamos la caja sobre el dechado entre los dos, que es una operación de dos personas y de bastante cuidado: hay que levantar la pieza sin arrastrarla, meter el marco por debajo y bajar el metacrilato sin rozar el bordado. Nos pusimos uno a cada lado de la mesa.

—A la de tres. Con las dos manos, por el fieltro, no por la tela.

—Ya lo sé.

—Ya lo sé que lo sabes. Lo digo por decir algo.

Y ahí levanté la vista y él ya estaba mirándome.

Levantamos. Ajustamos. Y en la maniobra de bajar el metacrilato —que hay que hacer despacio, milímetro a milímetro, porque si lo sueltas de golpe el aire de dentro mueve el hilo— nos quedamos los dos inclinados sobre aquella mesa, cada uno con las dos manos en un canto, con la cara a un palmo de la del otro y una pieza de lino de mil novecientos setenta y cuatro entre medias.

—Despacio.

—Voy despacio.

—Tú tuerces por la izquierda.

—Tuerces tú.

Bajamos los últimos dos centímetros a la vez y encajó.

Y no nos incorporamos.

Es de las pocas cosas de aquel mes que puedo reconstruir segundo a segundo.

Estábamos los dos apoyados en los cantos de un metacrilato, doblados sobre una mesa, sin nada más que hacer con las manos y sin ninguna razón para seguir así.

Yo tenía delante su cara y la parte de la mandíbula donde no se había afeitado bien, y notaba que él tenía la respiración cambiada, y yo tenía la respiración cambiada, y ninguno de los dos se movió durante lo que en tiempo real serán tres segundos y en tiempo interior es una legislatura.

Y entonces, en la escalera, se oyó la voz de Rosario diciéndole algo a la bibliotecaria sobre las llaves.

Nos incorporamos los dos a la vez, sin mirarnos, con esa prisa idiota de los sorprendidos por nadie, y yo me puse a alisar el fieltro por una esquina y él se puso a comprobar el marco por debajo, y estuvimos así medio minuto, cada uno arreglando lo que no estaba roto.

—Queda bien —dijo, con la voz un cuarto de tono más baja.

—Queda muy bien.

—Vale.

Cogió su caja de herramientas. Se paró en la puerta.

—Mañana no puedo venir a la inauguración. Tengo que llevarle el motor a un tío de Xàbia y no vuelvo hasta las nueve. —Se colgó la caja del brazo—. Pero le he dicho a Ximo que venga.

—Vale.

—Y si sobra algo de eso que hace la Berta, guárdame.

Y se fue por la escalera, y le oí saludar a Rosario en el rellano con una normalidad que no tenía ningún derecho a tener.

Yo me quedé sola en aquella sala con tres piezas, dos mesas de tablero y una caja de metacrilato hecha con un recorte.

Y estuve un rato inventándome tareas —enderecé una ficha, moví una silla dos centímetros—, hasta que me di cuenta de que estaba ordenando otra vez, y de que llevaba haciéndolo desde que él había salido por la puerta.

Habíamos parado antes, a las once y media, a comer un bocadillo sentadas en dos cajas del ayuntamiento, y fue entonces cuando le hice la pregunta. Sin preparación. Con la boca llena, de hecho.

—Rosario. Lo de Palma. Lo que me contó el otro día en la cena.

—¿Qué te conté?

—Que a lo mejor allí hubo alguien.

Rosario masticó despacio, mirando la sala.

—Eso lo dije con dos carajillos.

—Ya. Pero lo dijo.

Dejó el bocadillo en el papel de plata, se limpió las manos y se quedó un momento callada, y yo aprendí ese día que Rosario, que habla sin parar de todo lo que no importa, cuando llega a lo que importa hace exactamente lo contrario: se para y elige.

—Mira, hija. Yo te voy a decir una cosa y después no me preguntes más, porque lo que sé lo sé a medias y las cosas a medias hacen más daño que las enteras. —Se ajustó las gafas—. No fue un hombre lo que tu abuela perdió en Palma.

—¿Cómo que no?

—Que no. —Me miró de frente—. Eso lo decís los jóvenes, que todo es amores.

Cuando una mujer de antes se ponía triste, siempre era por un hombre; si estaba contenta, por un hombre; si le daba por mirar el mar, por un hombre.

Y a veces sí. Y a veces era otra cosa, y como no había manera de contarla, pues se dejaba que la gente dijera lo del hombre, que es más cómodo. Que eso lo entiende todo el mundo.

Se me quedó el bocadillo en la mano.

—Entonces, ¿qué era?

—Ahí ya no sé. —Y lo dijo sin dramatismo, encogiéndose de hombros, como quien informa de un límite real—.

Yo sé lo del sobre en Correos porque lo vi con estos ojos.

Y sé que en el setenta y cuatro tu bisabuela se puso mala del corazón y estuvo dos años en esa cama de arriba, la del cuarto de tu madre, y que la cuidó tu abuela sola porque no había nadie más.

Y sé que en esos años ella dejó de hablar de irse a ningún sitio.

—Cogió otra vez el bocadillo—. Lo demás son cosas mías.

—¿Ella hablaba de irse a algún sitio?

Rosario me miró y no contestó a eso.

—Come, que se te enfría lo que no está caliente.

Antes de irse, ya con el carro en la mano, se giró y me señaló con la barbilla la mesa del dechado.

—Oye. Eso que has puesto en la ficha, «mil novecientos setenta y cuatro».

—Es la fecha que lleva bordada.

—Ya lo sé, hija. —Se ajustó el carro—. Digo que qué casualidad.

Y se fue.

Quedé sola en la sala hasta las dos, colocando cuatro sillas por si venía gente el viernes y recolocando las fichas dos milímetros, lo cual es hago cuando en realidad estoy pensando.

No fue un hombre lo que tu abuela perdió en Palma.

Le estuve dando vueltas toda la tarde, y lo que me pasaba con esa frase es que no me cabía.

Yo tenía en la cabeza, desde la noche de la cena, una película entera: el muelle, el sobre en el mostrador de Correos, un hombre esperando al otro lado que se cansó de esperar.

Una historia triste y completa y, sobre todo, comprensible.

De esas que puedes contar en una sobremesa y que todo el mundo asiente.

Y Rosario me la había quitado sin darme otra a cambio.

Se había limitado a decirme: eso que estás pensando, no.

Y encima me lo había dicho con esa observación que llevaba yo desde el mediodía sin poder sacarme de encima, sobre las mujeres de antes y sus tristezas, y cómo cualquier cosa que le pasara a una mujer se traducía siempre al único idioma disponible, que era el de los hombres.

Si estaba triste, por un hombre. Si miraba el mar, por un hombre.

Yo tengo treinta y cuatro años, un máster y un piso a mi nombre, y aquella tarde me di cuenta de que había hecho lo mismo. Me habían dicho «tu abuela tuvo una carta que no echó» y yo, sin pensarlo medio segundo, había construido un novio.

Si no era un hombre, ¿qué era?

La pregunta me duró treinta y una horas. Después llegó el barranco.