Capítulo 18
La quinta vida traía tres condiciones y era la primera que no hablaba de mí.
Primera. Abrirás el taller. Segunda. Elegirás tres piezas mías y las pondrás donde las vea gente. Tercera. Con mi nombre.
Con mi nombre. Subrayado.
Leí la carta de los dieciséis años a las siete de la mañana, sentada en la cama, y me dio una vergüenza distinta a todas las anteriores. Las otras cuatro me habían enseñado a la cría que fui. Esta me enseñaba a la cría que fui mirándola a ella.
Porque lo que hay en ese sobre, si se lee sin cariño, es una adolescente de dieciséis años que le monta a su abuela una vida mejor.
Con taller, con viajes, con fama pequeña.
Una nieta lista, recién llegada de la ciudad, que ha decidido que la vida de aquella mujer era insuficiente y se la corrige por escrito.
«No estás nunca en la cocina esperando a que alguien venga.
» Yo escribí eso. Se lo escribí a una mujer que en aquel momento tenía sesenta y tantos años, cincuenta de oficio y un archivo de cinco décadas que su nieta no había abierto jamás.
Y ella lo leyó, y en vez de decirme nada en aquellos veranos, apuntó cuatro líneas en el margen con cuatro tintas distintas, a lo largo de vete a saber cuántos años, discutiéndome. Con paciencia. Como se contesta a alguien que todavía no está preparado para oírte.
Las que no se van también eligen. Otra cosa es que se note.
Empecé por la parte fácil, que resultó no serlo.
Llamé a Tono a las nueve de la mañana y le pedí un sitio.
Un sitio cualquiera, dije: una pared, una sala, algo.
Tono, que es un hombre bueno con una agenda de la que se enorgullece, me ofreció en veinte minutos el salón de actos del casal, que tiene doscientas sillas de plástico y un escudo del ayuntamiento de dos metros, y cuando le dije que era una exposición de tres piezas de bordado, hizo una pausa.
—¿Tres? ¿Tres nada más?
—Tres.
—Es que el salón es muy grande, Lucía. Van a parecer tres pañuelos.
—Ya lo sé.
—Espera. —Ruido de papeles—. La sala de arriba de la biblioteca. Está la mitad con cajas, pero es más recogida y tiene la luz de poniente. Ahí hizo la del taller de acuarela una cosa y quedó muy digno.
La sala de arriba de la biblioteca mide cuarenta y dos metros, tiene el techo con vigas, dos ventanas al oeste y unas paredes blancas que llevan repintadas desde el noventa y ocho.
Es, de largo, el mejor espacio expositivo del pueblo, y me lo dio un hombre en camisa de manga corta en cuatro minutos y sin pedir papeles.
Después subí a abrir el taller. Y el taller resultó ser lo otro.
Yo llevaba dos semanas entrando en aquel cuarto: había arreglado la ventana, había barrido escamas de pintura, había abierto el cajón del cuaderno de cuentas.
Lo que no había hecho era abrir el armario del fondo, el empotrado, el de las dos puertas de contrachapado que ocupa toda la pared que no tiene luz.
Dentro había cuarenta y seis cajas.
Cajas de cartón de zapatos, de galletas, de folios, de fruta, apiladas en cinco baldas del suelo al techo, y todas —todas— con una etiqueta pegada en el canto, escrita a mano con la letra de contar hilos, y no ponía «cosas» ni «varios» ni «viejo». Ponía:
«Mantelerías 1971–1979. Muestras y calcos.» «Ajuar Bordes, sin recoger. Cobrado a medias.» «Pruebas de vainica. Las buenas.» «Encargos rechazados por mí.» «Iglesia. Casulla y paño. Fotos.» «Para Lucía si pregunta.»
Me senté en el suelo.
Estuve nueve horas en aquel cuarto y no comí. Lo digo porque no lo he vuelto a hacer nunca, ni siquiera en las semanas más locas del estudio: se me olvidó comer.
El armario no era un trastero: era un archivo.
Y estaba montado con un criterio que cualquier documentalista habría firmado.
Las piezas grandes, envueltas en papel de seda con un trozo de tela cosido en el pico —una etiqueta textil, cosida, no pegada, porque el pegamento amarillea—, con el año y el destinatario.
Los calcos de los dibujos, en papel vegetal, en carpetas de gomas, clasificados por motivo: cenefas, escudos, iniciales, motivos vegetales.
Una caja entera de fotografías de piezas terminadas antes de entregarlas, cientos, en papel de revelado de todas las épocas, desde las cuadradas con borde blanco de los setenta hasta las de máquina de centro comercial de hace diez años.
Ella fotografiaba todo lo que salía por la puerta. Cincuenta años.
Yo trabajo en un sector donde el noventa por ciento del oficio se pierde.
Nadie documenta un staging : se monta, se fotografía para el catálogo del inmueble y se deshace, y en dos años no queda ni el archivo.
Y allí estaba una mujer que no había ido a la escuela después de los doce, que cobraba trescientos euros por doscientas horas, con un sistema de archivo de cinco décadas, etiquetas cosidas y control de originales.
En la caja de «Encargos rechazados por mí» había siete sobres pequeños.
Dentro de cada uno, una nota con el nombre, la fecha, lo que le pedían y una línea con el motivo del rechazo.
«Sra. de Ondara, 1983. Mantelería con las armas de una familia que no es la suya.
No.» «Casa Pons, 1991. Quieren pagar en especie por tercera vez.
No.» «B. Sanchis, 2004. Me pide que copie a máquina para abaratar y que ponga que es a mano. No.»
Me reí sola en aquel cuarto, con la nota de 2004 en la mano. Con una carcajada seca y corta que sonó rarísima allí dentro.
Porque yo he dicho que sí a las tres. A las tres, en versión moderna.
He puesto muebles falsos en casas para que parecieran de otra época.
He aceptado cobrar tarde de un cliente que pagaba tarde por sistema.
Y he firmado, más de una vez, informes en los que el adjetivo hacía el trabajo que no hacía el inmueble.
La caja de «Para Lucía si pregunta» la dejé para el final, con la certeza de que iba a ser el golpe del día, y no lo fue: dentro había cosas mías.
Todas mías. Un dibujo de una casa con un limonero, firmado con seis años y una uve de pájaro en el cielo.
Las tres cartas que le escribí desde Zaragoza en octubres distintos, con los sobres abiertos por arriba con abrecartas y guardados con la carta dentro.
Un boletín de notas de segundo de la ESO que yo no le había enseñado nunca —se lo debió de mandar mi madre en una época en que se hablaban— con dos suficientes en asignaturas que ya no existen.
Una foto de mi graduación, recortada de otra foto más grande, en la que estoy yo sola porque la tijera había quitado a los demás.
Y una servilleta de papel de un bar de Dénia, con una lista escrita en bolígrafo, en la letra de contar hilos: «Zurbano 12. Peluquería. Lucía va ahí».
Eso me sentó peor que todo lo demás, y no sé explicar bien por qué. Alguien le dio a mi abuela el nombre de la calle de mi peluquería y ella lo apuntó en una servilleta y la guardó. En una caja etiquetada por si algún día yo preguntaba.
Nadie preguntó nunca. Ese es el resumen de aquella caja: una mujer que llevaba veinte años preparando respuestas.
Las tres piezas las elegí a las siete de la tarde, cuando ya no había luz de poniente y llevaba nueve horas sin comer, y las elegí bien, lo cual es lo único de aquel día de lo que estoy segura.
La primera: un paño de altar de 1969, oro sobre lino, de la caja de la iglesia, con un motivo de espigas que se repite catorce veces y en la catorce, en la esquina de abajo a la derecha, tiene una espiga girada al revés.
Estuve veinte minutos comprobando si era un error.
No lo es: está bordada con el mismo cuidado y con el hilo cambiado un tono.
Es una firma. Es una mujer de veinticuatro años metiendo su marca en la cara oculta de una madera, igual que J. A.
La segunda: la sábana con la eme y la ge enlazadas del bastidor. A medio hacer. Con las agujas todavía puestas y el hilo colgando. Sé perfectamente lo que estaba haciendo al elegirla, y lo volvería a hacer.
Y la tercera fue la que apareció en el fondo del armario, detrás de todo, en una caja de cartón de folios sin etiqueta, que era la única sin etiqueta de las cuarenta y seis.
Dentro había una pieza pequeña, de unos cuarenta centímetros, envuelta en papel de seda: un dechado.
Un dechado es un muestrario, un paño donde una bordadora practica todas las puntadas que sabe; se hacen de aprendiza, y llevan el nombre y la fecha.
Este llevaba las dos cosas, bordadas a punto de cruz en la esquina de abajo:
Amparo Serra. 1974.
Y no era un dechado de aprendiza. Tenía treinta y una puntadas distintas, algunas que yo no había visto ni en el resto del archivo, todas ejecutadas con una limpieza obscena, y en el centro, un motivo de restauración: un trozo de tejido antiguo, deshilachado, cosido encima del lino y reintegrado con hilo nuevo, imitando la trama original.
Eso no es un muestrario de aprendiza. Eso es un porfolio.
Lo sé porque yo he hecho el mío. Todas lo hemos hecho: cuando quieres entrar en un sitio, no mandas lo que sabes hacer bien; mandas lo que ese sitio hace, aunque no te lo hayan pedido, para que vean que ya lo tienes.
El mío tenía doce páginas y me costó tres fines de semana, y llevaba dentro un proyecto de una vivienda que no existía, montado con muebles de mi propia casa y fotografiado en el salón de una amiga.
Aquella pieza de cuarenta centímetros era lo mismo.
Una mujer de veintinueve años en un pueblo de la costa, sin más formación que la de su madre, que había averiguado —vete a saber cómo, en 1974, sin nada— qué es lo que hace un taller de restauración de tejidos, y se había puesto a practicarlo sola en las noches que le dejaran los encargos, y había fabricado con sus manos la prueba de que podía.
Nadie le encargó ese trabajo. Nadie se lo pagó. No servía para nada más que para enseñarlo.
Y estaba en el fondo de una caja sin etiqueta, detrás de todo, en el único sitio del archivo que no constaba en ninguna parte.
Y debajo, en el fondo de la caja, había un sobre.
Un sobre alargado, de color crema, con una franja azul en el borde y un logotipo impreso en la esquina: un ancla estilizada y unas letras que decían el nombre de una naviera. Estaba abierto por arriba, con el corte limpio de un abrecartas.
Vacío.
Le di la vuelta dos veces. Miré dentro contra la luz. Nada. Un sobre de naviera vacío, guardado durante cincuenta años en el fondo de la única caja sin etiquetar del archivo mejor organizado que he visto en mi vida.
Lo dejé en el alféizar, con el dedal y la viruta.
Bajé a las ocho, comí lo primero que encontré de pie en la cocina y me senté con la carta de los dieciséis años otra vez, la que le escribí a ella.
La leí entera dos veces, y luego leí los márgenes, que en este sobre eran cuatro y estaban escritos con tintas distintas —en momentos distintos, quiero decir, a lo largo de años— y me paré en el último:
Trescientos euros por doscientas horas. Eso lo sé yo mejor que nadie. Pero mi nombre estaba en la puerta de mi casa.
Y en aquel momento leí esa línea como quien lee una respuesta digna de una mujer humilde a la fantasía de una nieta pretenciosa. Como si dijera: yo no necesitaba un taller con mi nombre, me bastaba con mi casa.
Tardé todavía dos días en entender que no era una frase de conformidad.
Era la respuesta a una pregunta que yo no había hecho.