Interludio V
(letra de Lucía, dieciséis años)
Este año le toca a la abuela, porque yo me he dado cuenta de una cosa: llevo cinco sobres escribiendo vidas mías y ella nunca escribe la suya, solo pone dos rayas en el margen. Así que este año le escribo yo una a ella. La vida que te habría dado si yo pudiera dar vidas.
En tu vida no te casas tan joven. Te casas si quieres, pero a los treinta y pico, cuando ya sabes.
Tienes tu taller con tu nombre en la puerta, en Valencia o donde tú digas, y trabajan contigo cuatro o cinco chicas y tú les enseñas, porque enseñas muy bien aunque tú digas que no.
Cobras lo que vale tu trabajo, que es mucho más de lo que cobras.
Nadie te dice «Amparo, hazme este que es un favorcito».
Vas a los sitios. A Madrid, a Barcelona, a Italia. Ves los bordados de las iglesias de allí y vuelves con ideas y las copias, y no pasa nada porque todo el mundo copia.
Tu madre se pone buena o alguien la cuida, no tú sola.
No estás nunca en la cocina esperando a que alguien venga.
No sé cómo explicar esto pero es lo que más quiero de tu vida.
Cuando yo llego en julio siempre estás igual, sentada donde la luz, como si llevaras diez meses en esa silla, y yo sé que no es verdad porque haces mil cosas, pero es la sensación que da y a mí me da mucha pena.
En esta vida que te invento tú llegas de la calle y dices «ay, qué día», y yo estoy en tu casa esperándote a ti.
Y eres famosa. Un poco famosa. Sale una foto tuya en el periódico y todo el pueblo dice: mira, la Serra.
(En el margen, en letra de contar hilos, más apretada que otras veces y con distinta tinta en las tres líneas:)
Esta vida me la regalas tú. Yo la tuve a medio bordar.
Lo de la silla no era esperar. Era mirar.
Guapa: las que no se van también eligen. Otra cosa es que se note.
Trescientos euros por doscientas horas. Eso lo sé yo mejor que nadie. Pero mi nombre estaba en la puerta de mi casa.