Capítulo 17
El tercer día de la vida pequeña me levanté a las siete y no tenía nada que hacer, y eso fue lo que me asustó.
La mermelada estaba vendida. La ventana, arreglada. El inventario, cerrado. Los tres días de la carta cuatro se acababan a la mañana siguiente y yo había cumplido todas las condiciones el jueves a las dos de la tarde. Me quedaba, técnicamente, un día libre.
Hice lo que se hace: me inventé cosas. Bajé a por pan aunque me quedaba media barra. Puse una lavadora con tres prendas. Barrí el patio, que se barre solo si sopla del norte.
En el horno me encontré con Encarna, la de los huevos, que estaba comprando y que me saludó por mi nombre desde el otro extremo del mostrador. Y luego, mientras pagaba, me dijo:
—¿El jueves vienes?
—El jueves ya no. Fue solo aquel.
—Ah. —Cogió su cambio—. Pues qué pena, que el hueco te lo dan seguro. Está el de las plantas que ya se ha puesto a mirarlo.
Salí del horno y anduve treinta metros con una sensación que no supe colocar en ninguna parte.
En Madrid, cuando dejo un proyecto, hay una despedida por correo con emoticonos y a la semana siguiente ya hay otra persona en la reunión.
Aquí, un puesto que existió una sola mañana ya tenía a alguien esperando a que yo no volviera.
A las diez y media, cuando ya no me quedaban excusas domésticas, me senté en el escalón del patio con el café, al sol, y estuve una hora sin hacer absolutamente nada.
Una hora. Sin móvil, sin libro, sin podcast de fondo, sin esa cosa que hacemos todos ahora de escuchar a alguien hablar mientras doblamos ropa para no quedarnos a solas con nuestra propia voz. Una hora mirando un limonero.
Y me gustó.
Esa es la frase entera, y no tengo otra manera de escribirla.
Me gustó. Se me pasó la hora sin darme cuenta, y en algún punto de esa hora se me ocurrió que si conseguía dos encargos al mes de mermelada para el mercado de Ondara —los jueves aquí, los martes allí— y le vendía a Berta la idea de una línea de conservas del horno, y arreglaba el cuarto de arriba para alquilarlo por meses a alguien que trabajara desde casa...
Me levanté de golpe, tiré el café y entré a fregar la taza.
Porque eso es lo que había pasado: en el minuto cincuenta de la primera hora libre de mi vida adulta, mi cabeza había empezado a montar un plan de negocio para quedarme.
Aquí es donde tengo que contar el pánico, y no el ridículo.
Yo esperaba odiar la vida pequeña y lo que me pasó fue peor: descubrir que estaba a tres semanas de que me pareciera suficiente.
Y no por resignación, y eso es lo que una teme.
Por gusto. Por el olor de la corteza en los dedos.
Por saber cómo se llama la señora de los huevos.
Por haber ganado ochenta y siete euros con cincuenta contando monedas en el suelo de un patio y haberlo sentido más mío que cincuenta y cuatro mil brutos anuales.
Y detrás de eso venía el miedo verdadero, el que me tuvo el resto del día fregando cosas limpias, que era este: si esto me gusta, ¿entonces qué he estado haciendo?
¿Qué son los últimos doce años? Porque si resulta que yo era una mujer a la que le hacía feliz vender tarros en una plaza, entonces el piso de Chamberí, la cartera de clientes, la ropa en tres pantones, la cena de los jueves con gente que me conviene y las cinco amigas de brunch no fueron un camino: fueron un desvío larguísimo, carísimo y sin peaje de vuelta.
Es más fácil odiar la vida pequeña. Odiarla te confirma. Que te guste te obliga a revisar la factura entera.
Comí de pie. Por la tarde subí al cuarto de costura, abrí las dos hojas de la ventana nueva, y estuve un rato tocando cosas: el bastidor, la caja de hilos ordenada por encargos, la sábana con la eme y la ge enlazadas a medio bordar.
Encontré, en el cajón de abajo, un cuaderno de cuentas más pequeño que el de hule, forrado con papel de estraza, donde mi abuela apuntaba lo que cobraba.
Precios de 1988 en pesetas y precios de 2015 en euros.
Un mantel de doce servicios con escudo, doscientas horas de trabajo, trescientos euros.
Trescientos euros. Yo cobro eso por ir a ver una casa y decir qué sobra.
Estuve un rato haciendo cuentas, que es mi forma de rezar.
Trescientos euros entre doscientas horas son un euro con cincuenta la hora.
En 2015. Con el salario mínimo por entonces en cinco y pico.
Y en la columna de al lado, en la misma página, la anotación de lo que le costó a ella el material —hilo, lino, bastidor— que había pagado de su bolsillo y que había descontado del precio, no sumado.
Pasé páginas hacia atrás. Los ochenta, los noventa.
Siempre igual: el trabajo por horas valía lo que la clienta consideraba razonable pagar por «una labor», y una labor, en el idioma de este país, es lo que hace una mujer en su casa mientras hace otras cosas.
No es un oficio. Es un adorno de la personalidad, algo entre la afición y la virtud, y a las virtudes no se les pone precio porque entonces dejan de ser virtudes.
Y en la última página con letra, con fecha de hacía dos años, había cinco líneas de una cuenta distinta, sin nombre de clienta:
Casa. Escritura, contribución y luz: pagado. Entierro: pagado y guardado en el banco. Libreta: para ella. Nada a deber a nadie.
Cuatro líneas. Una vida entera de un euro con cincuenta la hora, y el resultado era una mujer que se moría sin deberle nada a nadie y con el entierro pagado por adelantado para no molestar. En mi sector eso se llama «solvencia»; en el suyo se llamaba dignidad, y costaba doscientas horas por mantel.
Cerré el cuaderno con una cosa atravesada en el pecho y bajé antes de que se me pusiera peor.
Olga llamó a las nueve y veinte, cuando yo estaba terminando de cenar.
—Tengo malas noticias y noticias muy buenas, ¿por cuál quieres empezar?
—Por las malas.
—Los inversores adelantan la visita. Quieren venir a ver el emplazamiento antes de la presentación. En persona. —Un ruido de papeles—. El día veintitrés. Con lo cual necesito tu informe el veinte, no el veintiocho, porque me lo tengo que estudiar.
Miré el calendario de la cooperativa. Estábamos a catorce. El testamento acababa el treinta.
—El veinte es imposible.
—Lucía.
—Es imposible, Olga. Estoy con un tema familiar, ya te lo dije.
Tengo la herencia abierta, tengo trámites y tengo un plazo legal que no me he inventado yo.
—Me oí decirlo con una voz muy plana, muy limpia, la de negociar—.
Puedo darte el informe el veinticinco. Y el veintitrés, cuando vengan, no cuentes conmigo para acompañarlos.
Hubo un silencio de tres segundos que en Olga es un vendaval.
—¿Cómo que no cuente contigo?
—No voy a hacer de guía turística de un grupo de inversores por este pueblo.
—Cielo, es tu proyecto.
—Es mi informe. La visita la puede llevar Marcos.
—Marcos es el otro senior, y es exactamente el hombre para eso—.
Además, os conviene. Si aparezco yo con vosotros, la gente de aquí me va a asociar.
Y yo he estado dos semanas preguntando cosas por el pueblo con la boca pequeña.
Si me ven el día veintitrés con cuatro señores con una tablet, en dos horas lo sabe todo el mundo y os subo el precio del suelo un veinte por ciento. Tú misma me lo dijiste el primer día.
Otro silencio, este distinto. Este era Olga haciendo cuentas.
—Tienes razón —dijo por fin—. Qué cabeza tienes, madre mía. Que vaya Marcos. Tú el informe el veinticinco y ya está.
—Perfecto.
—¿Y la buena? No me has preguntado por la buena.
—Dime.
—Han pedido tu nombre para la escritura de la sociedad. —La oí sonreír—. O sea que esto va en serio, Lucía. Vero y Serra. Estoy con el notario la semana que viene.
Colgamos.
Me quedé en la cocina con el móvil todavía caliente en la mano y con una sensación que tardé un rato en poder mirar de frente, porque venía disfrazada de eficacia.
Yo acababa de hacer una cosa muy buena. Objetivamente muy buena: había ganado cinco días de plazo, me había quitado de encima la visita del veintitrés y había protegido el proyecto con un argumento impecable. Cualquiera del estudio habría aplaudido esa llamada.
Y todo lo que había dicho era verdad. Cada frase, por separado, era verdad.
Tengo un tema familiar. Verdad. Tengo un plazo legal.
Verdad. Si me ven con vosotros, os sube el precio del suelo.
Verdad, y además la mejor razón del mundo para no ir.
Yo no había mentido en ningún punto de aquella conversación, y sin embargo, si alguien la hubiera transcrito y la hubiera puesto encima de una mesa, no habría en ella una sola línea que dijera lo que estaba pasando de verdad, que era que a mí se me había parado el cuchillo sobre un higo en mi propia cena, que había escrito un informe de seis páginas contra mi propio proyecto y no lo había mandado, y que me daba pánico que aquellos hombres pisaran una plaza donde yo sabía el nombre de la mujer que vende huevos.
Hay una manera de mentir que consiste en decir solo cosas verdaderas y ordenarlas para que apunten a otro sitio. Es mi especialidad profesional. Con eso se venden casas: no se miente en la ficha, se elige qué se fotografía.
Y aquella noche, por primera vez, me oí hacerlo a mí. Con esa voz plana, competente, tan bien engrasada.
Fregué el plato. Lo sequé. Lo guardé.
En el bolsillo del pantalón tenía el trozo de madera lijado, con las cuatro esquinas redondeadas, y me di cuenta de que lo había estado frotando con el pulgar durante toda la llamada.
Nico vino a firmar a las diez, de camino a su casa, mojado de la garúa que ya había empezado. Le puse la hoja en la mesa y el bolígrafo encima.
—¿Cómo ha ido la vida pequeña? —dijo, mientras ponía la fecha.
Y yo, que había pasado el día entero fregando cosas limpias por no contestarme esa pregunta a mí misma, le dije la verdad porque estaba cansada:
—Mal. Me ha gustado.
Levantó la vista.
—¿Y eso es malo?
—Es carísimo. —Me apoyé en la encimera—. Si me hubiera parecido un aburrimiento insoportable, el lunes me habría vuelto a Madrid encantada de la vida y con la conciencia tranquila. Ahora tengo que explicarme a mí misma por qué me voy.
Nico dejó el bolígrafo en la mesa, sobre la hoja firmada. Tardó en contestar lo que tarda él, que son dos o tres segundos más de lo que tarda cualquiera.
—Eso lo dices como si tuvieras que elegir hoy.
—Tengo que entregar un informe el veinticinco.
—Vale. —Se echó la capucha—. Pero eso es una fecha de un informe. No es una fecha tuya. —Abrió la puerta del patio, y ya con la lluvia de fondo, sin ningún énfasis—: Quedan cuatro sobres. Yo de ti no decidiría nada hasta el ocho.
Se fue.
Y yo me quedé en la cocina pensando que aquel hombre acababa de decirme, con toda la naturalidad del mundo, que esperara al final de una caja de cartón azul para decidir sobre mi vida entera. Y que lo peor no era que lo hubiera dicho.
Lo peor es que me pareció sensato.