Capítulo 16
La ventana del cuarto de costura llevaba veinte años sin abrirse del todo.
Lo descubrí el segundo día de la vida pequeña, cuando por fin entré en aquel cuarto con la intención de quedarme más de un minuto.
Es una ventana de dos hojas, mirando al patio, la mejor luz de la casa: la que le entraba por encima del hombro izquierdo a una bordadora diestra sentada a cuarenta centímetros de la pared.
La hoja de la derecha abría. La de la izquierda estaba muerta, pintada encima de la pintura, con el herraje comido y la madera hinchada por abajo, y para ventilar el cuarto había que forzarla con un tirón que hacía saltar escamas de pintura al suelo.
Se lo dije a Nico por la tarde, en el varadero, como quien no quiere la cosa, y me contestó lo que contestan aquí, que no es «claro» ni «cuenta conmigo» sino un cálculo en voz alta:
—Eso es media tarde. Si la bisagra está buena.
Vino el jueves a las seis, después del mercado, con una caja de herramientas distinta a la de la caldera: más pequeña, de madera, con las esquinas ensambladas a cola de milano y un asa gastada por el centro.
La dejó en el suelo del cuarto de costura y estuvo dos minutos delante de la ventana sin tocarla, mirándola, igual que yo miro un salón cuando entro por primera vez.
—¿Qué ves?
—Que la hicieron aquí. —Pasó el pulgar por la moldura—. Esto es de un carpintero, no de una fábrica. Mira el perfil: eso lo sacó alguien con una garlopa. Y no está mal hecho.
—¿Es antigua?
—De la casa. Cien años, o más.
Empezamos por la pintura. Se quita con una espátula pequeña y calor, sin quemar, levantando escamas: primero el blanco de los años noventa, debajo un verde institucional espantoso, debajo otro verde más oscuro, y al fondo, contra la madera, un azul.
Antes de eso, sin embargo, hubo media hora de una cosa que no me esperaba: negociar con la ventana.
Nico no atacó nada. Quitó primero los tornillos de la bisagra alta, que salieron, y luego los de la baja, que no salieron: la cabeza estaba comida y el destornillador patinaba. Yo, que en Madrid habría llamado a alguien y en el peor de los casos habría dicho «pues se cambia la hoja», sugerí eso.
—¿No es más fácil hacer una hoja nueva?
—Sí.
—¿Entonces?
—Que sea más fácil no quiere decir que sea mejor. —Estaba sacando de la caja un frasquito pequeño con un líquido oscuro—. Una hoja nueva son dos días y madera nueva, que se mueve. Esta lleva cien años quieta. Ya ha hecho todo lo que tenía que hacer.
Echó dos gotas del frasquito en la cabeza del tornillo y esperó.
—¿Qué es eso?
—Aceite y acetona. A partes iguales. —Se sentó en el suelo, con la espalda en la pared, dispuesto a esperar—. Diez minutos.
Y esperamos diez minutos. Los dos, sentados en el suelo de un cuarto de costura, mirando un tornillo. Que es una de las cosas más raras que he hecho en mi vida y una de las que más me han enseñado sobre el hombre aquel: la cantidad de tiempo que estaba dispuesto a no hacer nada para no romper algo.
A los diez minutos el tornillo salió con un chirrido y sin pelearse.
—Ahí está —dijo Nico.
Un azul grisáceo, apagado, precioso, el mismo de la franja de la regala de la barca del fondo del varadero.
—Es el mismo azul.
—Es que es el mismo. —Se agachó a mirarlo de cerca—. Aquí se pintaba todo con lo que sobraba de las barcas. Las ventanas, los bancos, las puertas de los corrales. Una casa de pescador, por dentro, es del color de la barca del que la construyó.
Miré aquella franja de dos centímetros cuadrados de azul de 1920 y tantos debajo de tres capas de otros y pensé, y no me da ninguna vergüenza decirlo, que ese hallazgo vale más que cualquier cosa que yo haya puesto nunca en una casa.
Lo otro apareció media hora después, cuando Nico desmontó la hoja muerta y la puso en el suelo boca abajo para trabajar el canto. En la cara interna del larguero inferior, la que solo se ve si desmontas la ventana entera, había una marca hecha a golpe: dos letras dentro de un rombo. J y A.
—Ahí está el que la hizo.
—¿Sabes quién es?
—No. —Pasó el pulgar por el rombo, limpiándolo—.
Pero está en más sitios. Hay una marca igual en un banco de la casa de Salva y en el timón de un llaüt que restauramos hace seis años, que era del veintiocho.
Alguien que se llamaba con jota y con a, que trabajaba en este pueblo hace cien años y que firmaba donde no se ve.
—¿Por qué donde no se ve?
—Porque no es una firma. —Se incorporó—. Es una marca de taller. Lo pones para saber tú que es tuyo. Si sale mal, vienen a buscarte; si sale bien, no viene nadie. —Levantó la hoja y la puso en los caballetes—. En el fondo es lo mismo que hacía tu abuela con las etiquetas de cartón.
Yo tenía en la cabeza, muy nítida, la mesa del despacho de Chamberí y una puerta pintada del color de la confianza.
Vero y Serra. Un apellido en una puerta, a la altura de los ojos, para que lo vean todos los que entren.
Y aquí, a cien años y setecientos kilómetros, un hombre llamado J.
A. que golpeaba dos letras en la cara oculta de una madera para no decírselo a nadie.
No dije nada de eso. Cogí la espátula.
Trabajamos hasta las nueve. Él en la hoja muerta, desmontando el herraje con un destornillador de mango de madera que le había visto usar ya cuatro veces; yo en la moldura, con la espátula, aprendiendo a llevar el ángulo.
La segunda astilla me la clavé a las siete y cuarto, en la base del pulgar, y me la saqué yo sola con las uñas, sin decir nada, y me sorprendió comprobar que me molestó menos el pinchazo que perder los tres minutos.
—Ahora la garlopa —dijo, hacia las ocho—. La hoja está hinchada abajo. Hay que quitarle un milímetro y medio.
—¿Y no vale con lija?
—Con lija estarías hasta mañana. La lija es para terminar; la madera se quita con filo.
—Sacó del cajón una herramienta que yo no sabía nombrar: un bloque de madera oscura con una cuchilla asomando por la suela, con dos asas gastadas.
La puso en el borde de la hoja, apoyó el peso adelante, y de un tirón salió una viruta larga, rizada, continua, que cayó al suelo enroscándose sobre sí misma.
El ruido fue un shhhc limpio, de una sola vez.
Yo he visto trabajar a artesanos en veinte ferias de decoración, con foco y con público. Aquello no se parecía en nada. Aquello fue un hombre quitando un milímetro y medio de una ventana, en una habitación pequeña, a las ocho de la tarde.
—Prueba.
—Ni loca.
—Prueba. —Me tendió la garlopa por las asas—. En este trozo de aquí, que sobra.
La cogí. Pesaba mucho más de lo que parecía, y ese fue el primer error: hice fuerza hacia abajo con los brazos, como con la lija, y la cuchilla se clavó y se quedó parada en seco a los diez centímetros, arrancando una lasca fea.
—Otra vez. No empujes hacia abajo. Empuja hacia delante y apoya el peso en la mano de atrás.
Otra vez. Se atascó otra vez.
—Es que no puedo.
—Puedes. Es el ángulo. —Y entonces se puso detrás.
Se puso detrás y a un lado, sin tocarme, a la distancia de un profesor de conducir. Puso su mano derecha encima de la mía en el asa de atrás y la izquierda sobre mi izquierda en la de delante, y solo hizo dos cosas: bajarme la muñeca de atrás unos grados y quitarme presión de la de delante.
—Aquí menos —dijo—. Y aquí, empuja tú, que la que manda es esta.
Empujamos.
Salió una viruta. No como las suyas; más corta, más gorda, con una interrupción a la mitad. Pero salió entera hasta el final y cayó al suelo enroscándose y el ruido fue casi el mismo.
Nico soltó las manos y dio un paso atrás.
Y estuvimos los dos un segundo mirando aquella viruta en el suelo, entre nuestros pies, como se mira una cosa que ha hecho otra persona.
Yo me giré para decir algo —no sé el qué, se me olvidó por el camino— y me giré más de lo que hacía falta, porque él seguía a un paso y no a dos, y me quedé con la cara a la altura de su cuello y las asas de la garlopa todavía en las manos.
Ninguno de los dos se apartó.
Ahí hubo una decisión, y la tomamos los dos a la vez y en la misma dirección, que es lo peor que puede pasar.
Yo levanté la barbilla dos centímetros. Él bajó la cabeza los mismos dos centímetros.
En el cuarto de costura de mi abuela, a las ocho y veinte de la tarde, con la ventana desmontada apoyada en la pared y el suelo lleno de escamas de pintura verde.
Y a un palmo de distancia, él se paró.
No se apartó: se paró. Que es distinto y es mucho peor. Se quedó donde estaba, con la respiración cambiada, mirándome la boca durante un segundo entero, y después dijo, muy bajo:
—El pestillo.
—¿Qué?
—Que hay que ponerle el pestillo antes de que se haga de noche. Si no, no cierra y entra el relente.
Y se agachó a por el destornillador.
Yo dejé la garlopa en el suelo con un cuidado excesivo, que es lo que hace una mujer de treinta y cuatro años cuando necesita dos manos ocupadas y treinta segundos, y cogí la espátula, que no hacía ninguna falta a esas alturas, y me puse a rascar una moldura que ya estaba rascada.
Él volvió a la hoja.
Y así estuvimos hasta las nueve y veinte: uno en cada punta de un cuarto de tres por tres, dándole a cosas que ya estaban hechas.
Terminamos a las nueve y veinte, con la ventana funcionando, las dos hojas cerrando a la vez y el pestillo entrando sin forzar.
La abrimos y la cerramos cuatro o cinco veces, por el gusto, que es una cosa que hace la gente cuando arregla algo y que yo no había hecho nunca porque yo no arreglo: yo sustituyo.
Recogiendo las herramientas, con el cuarto lleno de escamas de pintura y virutas, le hice la pregunta que llevaba dos horas haciéndome:
—¿Y por qué te dedicas a barcas? Con esto ganarías más. Hay lista de espera en Madrid para gente que sepa hacer esto. Te lo digo en serio: seis meses de espera y lo que pidas.
Nico cerró la caja de herramientas.
—Porque las barcas se usan.
—Las ventanas también se usan.
—No es lo mismo. —Se incorporó, y ahí noté el cambio de temperatura antes de entender de dónde venía—.
Una ventana la puedes tener mal veinte años y no pasa nada, ya lo has visto.
Una barca mal hecha se hunde. Con gente dentro.
Eso hace que el oficio sea otra cosa. En una barca no puedes disimular una junta, porque el agua encuentra todos los sitios donde has hecho trampa, todos, siempre.
Es el único trabajo que conozco en el que no se puede mentir.
Lo dijo demasiado seguido y demasiado deprisa para ser él. Yo, que llevo ocho años oyendo a gente defender sus decisiones ante inversores, tengo el oído hecho a esto: cuando alguien te da tres argumentos buenos por el precio de uno, es que está discutiendo con otro.
—Vale —dije—. Pero yo no te he preguntado por qué es mejor. Te he preguntado por qué tú.
Se quedó quieto un momento con la caja en la mano.
—Porlo cual es hay aquí —dijo, por fin, y esta vez sí sonó a él: cinco palabras, planas, sin ningún argumento detrás—. Buenas noches, Lucía.
Y se fue.
Bajé con él hasta la puerta del patio, por educación y por otra cosa, y en el escalón, ya de espaldas, se paró.
—Lo de Madrid. —No se giró del todo—. Lo de los seis meses de espera y lo que pidas.
—Lo decía en serio. Te podría dar cuatro teléfonos mañana.
—Ya lo sé. —Un silencio corto—. Me lo dijeron hace once años. Un tío de una empresa de rehabilitación de Valencia, aquí mismo, en el varadero. Buen sueldo, contrato, coche.
—¿Y?
—Y que no. —Se frotó la nuca—. Buenas noches.
Se fue por el carrer. Yo cerré la puerta y me quedé un rato con la mano en el pestillo, sumando: once años.
Nico tendría veinticinco. Y un hombre que a los veinticinco dijo que no a un sueldo, un contrato y un coche, y que a los treinta y seis se lo sigue explicando a una desconocida en el rellano de su casa con tres argumentos de más, no ha dicho que no una vez.
Lo dice todos los días. Y hay días que le sale peor.
Yo subí, cené de pie, y luego subí otra vez al cuarto de costura porque había que barrer las escamas de pintura antes de irse a dormir.
Barrí despacio, con las ventanas nuevas abiertas de par en par —las dos hojas, por fin, las dos— y el patio metiéndose en el cuarto por primera vez en veinte años.
El suelo era una arqueología: blanco de los noventa, verde institucional, verde oscuro y, entre todo aquello, las virutas rubias de esa misma tarde, que era la única capa nueva que se había añadido a aquella casa desde que yo llegué.
Y cuando iba a echar el recogedor a la basura, saqué de en medio la viruta larga, la nuestra, la que se había cortado por la mitad, y me la quedé.
No sabía qué hacer con ella. La dejé en el alféizar, al lado del dedal boca abajo, y allí siguió, y allí seguía cuando pasó todo lo demás.