Las ocho vidas de Lucía Capítulo 15
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Capítulo 15

El mercado de Dénia se monta los jueves a las siete de la mañana y a las siete menos cuarto ya no hay quien pase por la plaza.

Es un caos con un orden interno feroz que no está escrito en ninguna parte.

Cada uno tiene su sitio desde hace veinte años.

Las furgonetas entran marcha atrás por el mismo callejón en el mismo orden.

El de las aceitunas y el de la ropa interior se odian por una cuestión de metro y medio de acera que se remonta a antes del euro.

Yo llegué con mis dos cajas, mi mesa plegable de Tono y mi silla, y seguí de pie en mitad de todo como un mueble en una mudanza.

Me colocó Berta. Apareció a las siete y diez con un carro de reparto, señaló un hueco entre el puesto de plantas y una señora que vende huevos, dijo «ahí» y se fue a repartir. Ahí me puse.

Y luego me senté en la silla que me había mandado traer Berta y esperé cincuenta minutos sin vender absolutamente nada.

Cincuenta minutos. Con la gente pasando por delante en las dos direcciones, mirando el puesto de plantas de la izquierda y los huevos de la derecha y a mí, cuando me miraban, un segundo y medio y hacia otro lado.

Es una humillación muy limpia, muy antigua, que no se parece a ninguna de las que se sufren en una oficina.

En una oficina te dicen que no con un correo de tres párrafos. Aquí te dicen que no con los pies.

Me fijé, porque no tenía otra cosa que hacer, en lo que hacían los demás.

Encarna, la de los huevos, no decía nada a nadie hasta que la persona se paraba, y en ese momento decía «bon dia» y ya está.

El de las plantas hablaba todo el rato solo, en voz alta, con la mercancía.

Y las dos mujeres del puesto de encurtidos habían puesto un plato pequeño con banderillas partidas por la mitad, gratis, y llevaban desde las ocho sin parar de cobrar.

Fui a la furgoneta de Berta, cogí un cuchillo, abrí un tarro y puse media magdalena partida en un plato con una cucharilla y un cartelito de «pruebe».

Diecinueve segundos. Los conté.

Lo que no había previsto es que el plato de «pruebe» tiene un efecto secundario, que es que hay un porcentaje no despreciable de la población de esta comarca que considera el plato de «pruebe» un servicio público.

Un señor con gorra vino tres veces. Tres.

La primera con cara de duda, la segunda con cara de estar decidiendo, y la tercera directamente sin cara, con la cucharilla ya en la mano, y me dijo «está muy buena» y se fue.

Encarna, desde su mesa, sin levantar la vista:

—Ese es Paco.

—¿Y Paco no compra?

—Paco lleva quince años comiendo de los platos de este mercado. En Navidad le regalamos una caja de turrón entre todos porque nos sale más barato.

A la media hora vino una señora que me tuvo diez minutos explicándome, con detalle, la receta de la mermelada de limón de su suegra, que es mejor que la mía, y que incluye un paso con bicarbonato que no me atreví a discutir. Compró un tarro. Al pagar me dijo:

—Es que a mí la mía ya me cansa.

Yo he presentado proyectos a comités de inversión. Nunca me habían hecho una crítica tan completa y tan cariñosa a un producto mío en el mismo movimiento con el que sacaban la cartera.

—¿Esto es de limón? —dijo una señora, con la cucharilla ya en la boca.

A las ocho y media vendí el primer tarro. A una señora de unos setenta años que se paró, miró el cartel, miró los tarros y me preguntó:

—¿El patio de quién?

—El de Amparo Serra. En Baix la Mar.

—Ah. —Cogió un tarro y lo giró contra la luz, comprobando el corte de la lámina—. ¿Y tú eres?

—La nieta.

—Ya me parecía. —Sacó el monedero—. Dame dos. Y las magdalenas, ¿son de la Berta?

—Del horno, sí.

—Dame seis.

Once euros con cincuenta. Los cogí, di el cambio de un billete de veinte y los metí en una caja de latón que había cogido de casa.

Y sentí una cosa en el estómago que no tengo catalogada en ningún sitio de mi vida profesional.

Yo he cerrado un proyecto de sesenta y dos mil euros.

Sé lo que se siente: se siente como un alivio con burbujas, y dura hasta que te acuerdas del siguiente.

Aquellos once euros con cincuenta fueron otra cosa completamente distinta y me llevó media mañana entender de qué se trataba.

Es esto: yo había cogido unos limones de un árbol, los había cortado con un cuchillo el martes hasta hacerme dos cortes en los nudillos, los había cocido, los había metido en tarros y había puesto los tarros en una mesa.

Y una desconocida los había mirado, había decidido que sí, y me había dado dinero a cambio.

La cadena completa, de principio a fin, sin intermediarios, sin briefing, sin presentación, sin cliente que dice «¿y si lo vemos en beige? ».

En mi trabajo hay siempre catorce personas entre lo que yo hago y alguien que lo disfruta. Aquella mañana no había ninguna.

A las nueve y media ya había vendido nueve tarros y tres cuartos de las magdalenas, y había descubierto lo segundo: que un puesto de mercado es, sobre todo, un sitio donde la gente habla.

Habló conmigo, en cuatro horas, más gente que en tres semanas de reuniones en Madrid.

Una mujer me contó que su madre y mi abuela hacían la mermelada juntas «cuando el limonero era de las dos casas, que la pared la levantaron luego».

Un hombre me preguntó si iba a vender los jueves siempre o solo este, y cuando dije que solo este, hizo un ruido de decepción muy sincero que me duró todo el día en algún sitio.

Vino Tono a inspeccionar su mesa, se llevó un tarro sin pagar y me dejó, sin que yo le preguntara, un dato que archivé sin querer: que en el ayuntamiento habían pedido «un informe de afecciones» del frente marítimo, «así, sin decir para qué, que ya me dirás».

La señora de los huevos se llama Encarna y estuvo cuatro horas educándome sin que yo se lo pidiera.

Que no ponga el dinero en una caja abierta, que se ve desde lejos: la riñonera, siempre.

Que los tarros hay que girarlos con la etiqueta hacia la calle cada vez que alguien coge uno, porque un puesto desordenado se deja de mirar.

Que si viene alguien a mirar y no compra hay que decirle igual «que vaya bien», porque vuelve a la semana siguiente.

Y que al de las plantas, que es su cuñado, no le fíe nada.

También me enseñó lo del regateo, que no es regateo sino otra cosa: una señora cogió tres tarros y preguntó, sin ninguna vergüenza, «¿los tres a diez?

», y yo, con la formación de ocho años en un estudio donde no se negocia el precio jamás, iba a decir que los precios son los precios. Encarna me miró desde su mesa.

—Diez —dije.

—Diez —dijo la señora, encantada, y se llevó los tres.

—Has hecho bien —me dijo Encarna después—. Uno de los tres se te quedaba aquí a las dos de la tarde. Un tarro que vuelve a casa no vale tres cincuenta: vale cero.

Eso es economía de puesto y es más útil que la mitad de mi máster.

A las diez y media vino un grupo de turistas franceses, hicieron cuatro fotos de mi mesa —del mantel de cuadros, de la caja de fruta bocabajo, de la rama de limonero en el tarro— y se fueron sin comprar nada.

Me hizo una gracia amarga. Llevo ocho años cobrando por producir exactamente esa imagen, y allí estaba, produciéndola gratis por instinto, mientras un jubilado de Ondara me preguntaba si la mermelada llevaba conservantes.

—No.

—Pues me llevo dos, que la de mi mujer se acabó y me tiene frito.

Y a las once menos veinte apareció Nico.

Venía del puerto, con la ropa de trabajo y una barra de pan debajo del brazo, y se paró delante del puesto con las manos en los bolsillos y estuvo un rato mirando la mesa entera, en silencio, como se mira una obra terminada.

—Está bien montado —dijo.

—Es lo que sé hacer.

—No. —Señaló con la barbilla la caja de fruta bocabajo, la que había convertido en segunda altura—. Eso también sabes hacerlo.

Cogió un tarro. Lo giró contra la luz, igual que la señora de las ocho, comprobando la lámina, y yo pensé que en este pueblo la gente examina la comida como en Madrid examinamos las condiciones de una hipoteca.

—¿Cuánto es?

—Tres cincuenta.

Sacó un billete de cinco y me lo dio. Yo me agaché a la caja de latón a por el cambio, y mientras contaba el euro y medio en monedas, oí que decía, en el mismo tono con el que se comenta el tiempo:

—«Quiero un trabajo que se acabe cuando se acaba el día.»

No me moví con las monedas en la mano.

Lo dijo entero. Con la coma en su sitio.

No parafraseando, no diciendo «lo que tú querías era», no.

La frase exacta, tal y como está escrita a bolígrafo en la segunda hoja de una carta que yo redacté a los catorce años en la mesa de fórmica del patio y que llevaba veinte años cerrada en un sobre en la casa de una mujer que ya no está.

Le di el cambio. Le miré a la cara. Nico Arbós me sostuvo la mirada sin ninguna maniobra: no había desafío, no había disculpa, no había esa cosa horrible de la gente que suelta una bomba y después pone cara de bomba.

Había otra cosa, más tranquila y mucho peor, que era la cara de alguien que ha decidido dejar una puerta abierta y esperar sentado.

Se me secó la boca. Literalmente: se me secó la boca, y noté la lengua pegada al paladar, y tuve que tragar antes de poder decir nada.

Y lo que dije fue:

—Tres cincuenta, con el cambio.

—Gracias.

—A ti.

Se guardó el tarro en el bolsillo de la chaqueta, dijo «hasta luego» y se fue hacia el puerto con su barra de pan.

Encarna, desde su mesa, lo siguió con los ojos hasta que dobló la esquina.

—Ese ha venido andando desde el varadero a comprar mermelada —dijo, sin dirigirse a mí exactamente—. Con lo que le gusta a él el dulce.

—¿No le gusta?

—Hija, ese hombre desayuna café solo desde el año noventa y siete. —Colocó una huevera—. Y no ha comprado en el mercado en su vida. Que yo llevo aquí veintidós años.

Y siguió con sus huevos como si no acabara de dejar un cadáver encima de mi mesa.

Y yo no pregunté.

He pensado mucho en eso. He tenido tiempo.

Yo soy una mujer que pregunta: audito facturas, releo contratos, llamo al proveedor para que me confirme por escrito lo que ya me ha dicho por teléfono.

En ese momento tenía delante a un hombre alejándose por una plaza y podía haber dicho tres palabras —«Nico, ¿tú las has leído?

»— y la respuesta habría cabido en una sola.

No las dije. Y no fue por orgullo, ni por prudencia, ni por elegancia.

Fue porque no quería la respuesta todavía.

Porque si preguntaba, y él decía que sí, se acababa algo: se acababa la posibilidad de seguir tres días más como estaba, vendiendo mermelada en una plaza, con un hombre que sabía quién había querido ser yo a los catorce años y que se había pasado el mes anterior enseñándome a lijar al hilo sin decírmelo nunca.

Hay preguntas que una no hace porque ya sabe la respuesta. Y hay otras, las peligrosas, que una no hace porque sabe que la respuesta va a obligarla a decidir algo.

Vendí hasta la una y media. Recogí a las dos, con la ayuda de la señora de los huevos, que me enseñó a plegar la mesa por el lado que no te pilla los dedos. Volví a casa con la caja de latón sonando.

Conté el dinero sentada en el suelo del patio, con la espalda contra el limonero, como me habían dicho que hiciera.

Ciento diecinueve euros con cincuenta céntimos. Menos treinta y dos de azúcar y tarros, ochenta y siete con cincuenta.

Ochenta y siete euros con cincuenta.

Yo tengo un sueldo bruto de cincuenta y cuatro mil euros al año más variable. Aquella tarde estuve sentada en el suelo de un patio contando monedas de dos euros en montoncitos de diez, y las conté dos veces, y anoté la cifra en el cuaderno de hule con la fecha al lado.

Es el único dinero que he ganado en mi vida del que sé exactamente de dónde ha salido cada moneda.

Me habían sobrado cuatro tarros. Los repartí antes de que se me pasaran las ganas: uno para Rosario, que me lo agradeció con una hora de conversación que le costó más a ella que el tarro a mí; uno para Encarna, la de los huevos, que me lo cambió por media docena y me dijo «así se hace»; uno para Berta, que lo dejó encima del mostrador sin mirarlo y dijo «vale».

El cuarto lo dejé en el poyete de la ventana de la calle, en una bolsa de papel del horno, a la hora en que un hombre pasa camino del astillero.

No puse nota. Aquí, con estas cosas, no se hace ceremonia.

A la mañana siguiente la bolsa no estaba. Y en su lugar, en el poyete, había un trozo de madera lijado del tamaño de un naipe, con las cuatro esquinas redondeadas y la superficie tan suave que parecía otra cosa, ni papel ni piedra. Sin ninguna letra. Sin nada escrito.

Lo tuve en el bolsillo del pantalón cuatro días seguidos, y me lo pasaba entre los dedos como se pasa una moneda de la suerte cada vez que hablaba por teléfono con Madrid.