Las ocho vidas de Lucía Capítulo 14
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Capítulo 14

Abrí el sobre cuatro convencida de que iban a ser los tres peores días del mes.

La cuartilla decía:

Primera. El jueves pondrás puesto en el mercado. Segunda. Venderás algo hecho con tus manos. Tercera. Lo que saques es tuyo. Cuéntalo.

Se me escapó un ruido, entre risa y protesta, ahí sola en la cocina. Un puesto. En el mercado. La mujer que factura ciento cuarenta euros la hora vendiendo la idea de una vida, plantada un jueves a las ocho de la mañana detrás de una mesa plegable con un mantel de cuadros.

Y por debajo del ridículo, el pánico, que llegó puntual y con su forma exacta: no el de hacer el ridículo, sino el de aburrirme.

El horror antiguo, el de los domingos de agosto a las cinco de la tarde en este pueblo, cuando yo tenía catorce años y me tumbaba en la cama del somier que suena en do a mirar el techo con la sensación física de que la vida estaba pasando en otro sitio y a otra gente.

Eso es la vida pequeña para mí. No es pobreza ni es tedio: es la certeza de estar fuera del sitio donde se decide algo.

Y hay una segunda capa, que es más difícil de admitir.

Yo he construido una vida entera diseñada para que no me pueda pasar esto.

No es solo el trabajo: es el calendario.

Yo tengo el mes de octubre lleno desde julio.

Tengo cenas puestas con seis semanas de antelación, un viaje de trabajo cada tres, una lista de series pendientes que gestiono como un almacén.

Si me quitas una tarde de encima, la relleno en once minutos.

Y llevaba dos semanas en un pueblo donde a las cinco de la tarde no hay absolutamente nada que hacer, con las nueve ventanas abiertas y el limonero haciendo su ruido, y la verdad —la incómoda, la que va en el sobre— es que aquellos huecos no me estaban matando de aburrimiento.

Me estaban dejando pensar. Que es mucho peor.

Quedaba un problema logístico: yo no sé hacer nada con las manos.

Y esa frase, que escribí tal cual en el cuaderno de hule aquella mañana, es una de las cosas más raras que puede decir de sí misma una mujer que se gana la vida montando espacios.

Sé colgar un cuadro a la altura correcta.

Sé calcular cuántos metros de tela necesita una cortina.

No sé hacer una cosa entera, desde el principio hasta el final, que exista después.

Fui al horno a las siete y media de la mañana con la cuartilla en el bolsillo, como quien lleva una receta médica.

Berta estaba sacando la primera hornada.

Le expliqué la condición. Le expliqué que no sabía cocinar nada que no fuera arroz al horno desde hacía cuatro días.

Le expliqué, y esto ya con menos dignidad, que tenía un limonero con unos setenta kilos de limones en el patio y que había pensado en mermelada.

Berta escuchó todo el discurso sin dejar de pasar barras a la estantería.

—¿Tú has hecho mermelada alguna vez?

—No.

—¿Tienes tarros?

—No.

—¿Sabes esterilizar?

—Sé lo que significa la palabra.

Dejó la pala. Se limpió las manos en el delantal. Y dijo la frase que le cambió el rumbo a aquella semana:

—Trae los limones a las cuatro.

El horno de Berta por la tarde es otro sitio.

Por la mañana es un mostrador y una cola de señoras; a las cuatro, con la persiana a media altura y el obrador ya frío, es una nave de baldosa blanca con dos mesas de acero, un amasadora del tamaño de un coche pequeño y una radio con la antena hecha con un alambre.

Y allí manda ella. Eso quedó establecido en los primeros noventa segundos, sin que nadie tuviera que decirlo, cuando yo empecé a colocar los limones en la mesa de acero y ella los movió todos sin mirarme.

—Aquí no. Aquí se corta. —Señaló la otra punta—. Y lávalos con el cepillo verde, no con ese.

—Vale.

—Y quítate eso.

Miré. Llevaba los guantes de algodón blanco puestos. Los llevaba desde que había recogido los limones del suelo del patio y ni siquiera me había dado cuenta de que salía con ellos a la calle.

—Es que la corteza mancha.

—La corteza mancha, sí. —Cogió un limón y lo partió—. Quítatelos, que con eso no vas a notar cuándo está.

Me los quité. Los dejé encima de mi bolso, doblados.

Y me pasé las cinco horas siguientes con las manos metidas en zumo de limón, con dos cortes pequeños en los nudillos que escocían como demonios y con el olor de la corteza rallada metido en los dedos, un olor que, ya lo he comprobado, no se va con jabón: se tiene que gastar.

La mermelada de limón se hace así, para quien le sirva: se lavan, se cortan en cuartos, se les quitan las pepitas —las pepitas se guardan en una gasa, atadas, porque tienen la pectina y sin ellas no cuaja, dato que me pareció una brujería y que es química—, se lamina todo muy fino con el cuchillo, se cubre de agua y se deja reposar la noche entera.

Al día siguiente se cuece con el azúcar hasta el punto.

—¿Y cuál es el punto?

Berta me miró como si le hubiera preguntado dónde está el suelo.

—El punto es cuando está.

—Otra vez.

—¿Cómo que otra vez?

—Rosario me dijo lo mismo con el aceite. «El que pida.»

—Es que es el que pida. —Se encogió de hombros—. Mira, se pone un plato en el congelador. Cuando creas que está, echas media cucharadita en el plato frío y le pasas el dedo. Si el surco se queda, está. Si se cierra, no está.

—Eso es un método —dije—. Eso me lo podías haber dicho al principio.

—Es que eso no es el punto. Eso es una manera de comprobarlo. —Removió el cazo—. El punto lo ves en el borde, en cómo cae de la cuchara. Lo del plato es para las que todavía no lo ven.

Me pasé cuarenta minutos delante de aquel cazo aprendiendo a ver una cosa que no se ve.

Al principio la mermelada cae de la cuchara como cae el agua: en hilo, sin pensárselo.

Luego, según va perdiendo agua, empieza a caer más gorda, y luego a caer a trozos, y hay un momento —y este es el momento— en que ya no cae: se queda un segundo pegada al borde de la cuchara, hace una lengüeta, y se descuelga entera. Berta lo llama «cuando se despide».

—Ahí —dijo, sin tocar nada—. ¿Lo has visto?

—Creo que sí.

—Pues apaga.

Apagué. Puse media cucharadita en el plato del congelador, esperé los veinte segundos y pasé el dedo. El surco se quedó abierto, limpio, con las dos paredes de pie.

Y me hizo una ilusión desproporcionada. Absurda.

Estuve un rato mirando aquel surco de dos centímetros en un plato frío con una alegría que no había sentido en la última presentación de proyecto que gané, y que no era la alegría de acertar: era la de haber visto algo.

Yo me gano la vida viendo cosas. Es lo único que sé hacer, mirar un espacio y saber.

Y llevaba dos semanas en un sitio donde no veía nada, donde el criterio de los hilos me lo tenía que explicar un carpintero y el punto de una mermelada una panadera.

Aquella fue la primera cosa que vi yo sola desde que llegué al pueblo.

Trabajamos hasta las nueve de la noche. Ella hizo, además, cinco docenas de magdalenas de aceite y dos bizcochos de naranja «para que tengas algo que vender que se venda», dijo, con un desprecio absoluto por mis expectativas comerciales sobre la mermelada.

Hablamos poco y de cosas concretas, que es como se habla en un obrador.

De la diferencia entre el azúcar normal y el que lleva pectina, que ella considera «una trampa para vagas».

De por qué no hay que remover la mermelada con cuchara de metal más de lo necesario.

De la etiqueta: yo había diseñado una en el móvil, con una tipografía fina y el nombre en minúsculas, y ella la miró tres segundos y dijo «pon el año y ya».

—Es que si pone solo el año, no se entiende de qué es.

—Se ve de qué es. Es amarilla y hay limones en el tarro. —Cogió mi hoja de etiquetas y la dejó del revés—. Lo que la gente quiere saber es de cuándo es y de quién es. Lo demás lo estás poniendo tú para ti.

Tenía razón, además. He cobrado por diseñar etiquetas peores que aquella discusión.

En algún momento, buscando un cazo, pregunté lo que llevaba dos horas rondándome: si el horno lo había cogido ella o le había caído.

—Las dos cosas. —Berta cerró el armario con la cadera, ese gesto—. Mi madre se lesionó la espalda el año que yo terminé Turismo. Vine tres meses a echar una mano.

—¿Y?

—Y estamos en el mes ciento sesenta y algo.

—Se encogió de hombros—. No es una tragedia, ¿eh?

Que aquí todo el mundo cuenta esto como si fuera una tragedia.

Yo gano lo mío, tengo mi casa pagada, y en enero cierro dos semanas y me voy.

Lo único malo del horno es la hora de levantarse y que la gente cree que te ha pasado algo.

—Yo no creo que te haya pasado nada.

—Tú tampoco has preguntado en quince años. —Lo dijo sin subir la voz, colocando el cazo, sin dejar de hacer lo que estaba haciendo—. Pásame el colador.

Le pasé el colador.

Y a los dos minutos, con esa manera suya de soltar las cosas de espaldas y en mitad de otra faena, dijo:

—Él sí preguntó.

—¿Quién?

—Nico. —Removió—. En enero. Vino a por el pan, como todos los días, y ya de salida dijo: «¿Sabes algo de la Lucía?». Así, mirando la puerta. —Se encogió de hombros—. Y yo le dije que no, porque no sabía nada, y él dijo «ya» y se fue.

—¿Y por qué me cuentas eso ahora?

—Porque estás partiendo limón con un cuchillo de treinta centímetros y quiero que te distraigas un poco menos.

Y no volvió a hablar del tema en cuatro horas.

Y en algún momento entre el tercer y el cuarto cazo pasó lo que tenía que pasar, que fue que nos reímos.

Fue por una tontería: yo estaba laminando limón con el cuchillo grande, con una lentitud de cirujana, poniendo la mano en garra como había visto en un vídeo, y ella llevaba veinte minutos observándome de reojo hasta que ya no pudo más.

—Lucía.

—¿Qué?

—Que a este ritmo el jueves es el de la semana que viene.

Y me quitó el cuchillo, y en cuatro movimientos hizo lo que yo llevaba dos minutos intentando, y luego me lo devolvió y me dijo «venga», y yo lo hice más rápido y me salió fatal, y entonces ella soltó una risa corta por la nariz y dijo «bueno, más rápido y peor, eso también es un progreso», y yo me reí, y ella se rio, y estuvimos las dos riéndonos en un obrador vacío con la radio puesta y las manos pegajosas, cuatro o cinco segundos.

Cuatro o cinco segundos, y se cortó.

Berta se dio la vuelta hacia la amasadora y se puso a limpiar una superficie que ya estaba limpia. Yo volví al cuchillo. Y así seguimos, cordiales, técnicas, eficientes, «pásame el colador», «esa etiqueta al revés no», hasta las nueve de la noche.

Salí con veintiocho tarros de mermelada de limón, cinco docenas de magdalenas, dos bizcochos y una caja de cartón que me dio ella con los tarros vacíos de repuesto «por si acaso».

En la puerta, con la persiana ya subiendo para que yo pasara con las cajas, dije lo que llevaba cuatro horas queriendo decir:

—Berta, gracias. De verdad. Esto no…

—Son treinta y dos euros de azúcar y tarros.

—…vale.

—Te los cobro porque si no, no vuelves. —Bajó la persiana un palmo. Y luego, ya casi para dentro, sin ninguna inflexión—: A las siete menos cuarto en la plaza. La mesa te la deja Tono, se la he pedido yo. Y llévate una silla, que ocho horas de pie no las aguanta nadie.

La persiana bajó del todo.

Me fui carrer arriba con dos cajas y las manos oliendo a limón, y me costó llegar a casa porque me paraba a descansar cada veinte metros, y en cada parada me miraba las manos, que las tenía rojas, con dos cortes en los nudillos y la piel tirante, y no reconocía ninguna de las dos.

En casa las metí en agua fría un rato, y eso es lo que se hace, y luego me senté a la mesa de la cocina con los veintiocho tarros delante, alineados en la penumbra, y me dolía la espalda de una manera nueva —de una manera baja y ancha, no la del portátil, que es otra, más alta y más mezquina— y tenía las uñas con un ribete amarillo de corteza que no se iba.

Estuve un rato mirando los tarros. Ahí estaban: veintiocho objetos que no existían el lunes.

Le hice una foto. No para nadie, ni para el grupo del estudio, ni para las cinco amigas de brunch, ni para ninguna parte donde se ponen las fotos. Solo para tenerla. Todavía la tengo.

Y a la mañana siguiente me levanté a las seis menos cuarto sin despertador, con un nerviosismo absurdo en la boca del estómago, el mismo que tengo antes de presentar un proyecto de doscientos mil euros, y me sorprendí a mí misma delante del espejo del baño pensando: ¿y si no compra nadie?