Interludio IV
(letra de Lucía, catorce años)
La abuela dice que también hay que escribir las vidas que no queremos, para saber por qué no las queremos. Así que esta es la vida pequeña.
La vida pequeña es la de aquí. Te levantas y ya sabes lo que va a pasar todo el día.
Bajas al horno, y la del horno te conoce, y le preguntas por su madre.
Barres. Haces la comida y la comida se come.
Por la tarde hay que hacer una cosa nada más, una, y cuando la acabas se acabó.
La gente te llama por tu nombre en la calle y a veces por el de tu abuela.
Los domingos hay paseo. En agosto hay fiestas y todo el mundo se pone lo mismo.
Es una vida en la que no pasa nada y por eso no la quiero.
En una vida así no hay manera de saber si vales.
Si nadie te compara con nadie, ¿cómo sabes si eres buena en algo?
Aquí las mujeres son buenas cosiendo o haciendo la comida y nadie les da un premio nunca, y se mueren y se acabó, y a los diez años ya no sabe nadie qué sabían hacer.
Pero (esto lo escribo porque en el sobre se puede escribir todo) hay dos cosas de la vida pequeña que sí quiero.
Una es que aquí el trabajo se acaba. Mi madre allí trabaja y luego llega a casa y sigue con la cara del trabajo puesta, y a veces contesta mal a la tele.
La abuela cuando termina un mantel lo dobla y lo mete en su papel y ya está, se acabó el mantel, y se sienta en el balcón.
Yo quiero eso. Quiero un trabajo que se acabe cuando se acaba el día.
Y la otra es que aquí las cosas las hace alguien. El pan lo hace la madre de Berta, con las manos, y tú te lo comes y sabes de quién es. Yo no sé de quién es nada de lo que hay en mi casa de Zaragoza.
Pero igualmente no la quiero, que quede claro. La escribo para que se sepa que la he mirado bien y he dicho que no.
(En el margen, en letra de contar hilos:)
Vale. Yo también dije que no.
Los premios los reparte quien no cose.
Guarda esta. Esta la vas a querer leer.