Las ocho vidas de Lucía Capítulo 11
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Capítulo 11

La cena empezó a las nueve y a las nueve y cuatro minutos ya no era mi cena.

Los primeros en llegar fueron Berta, Vicent y Aina, quince minutos antes de la hora, porque en este pueblo la puntualidad se practica en dirección contraria a Madrid. Berta traía la coca en dos bandejas tapadas con un paño y me la puso en las manos en el recibidor.

—Está templada. Si la metes al horno, dos minutos y a doscientos. Más, se seca.

—Gracias, Berta.

—De nada.

Y pasó. Vicent me dio dos besos y una botella de vino, disculpándose por la botella de vino, y me dijo «qué bien está esto» mirando el salón con las manos en los bolsillos.

Aina, cuatro años, entró en la casa como entran los niños en las casas ajenas, que es directamente a lo que no se puede tocar: fue como un misil a la mesa puesta, se paró a un palmo, y se quedó mirando las jarras de conserva con hinojo con una concentración de tasadora.

—¿Eso es una planta de la calle? —dijo.

—Es hinojo.

—Es una planta de la calle. —Miró a su madre—. Mamá, ha puesto plantas de la calle en la mesa.

—Pues sí —dijo Berta—. En Madrid eso se paga.

Fue el primer chiste de Berta en tres días y no me miró al hacerlo, pero yo me lo apunté igual que se apuntan los goles en un partido que vas perdiendo.

A las nueve llegó Rosario con un tupper «por si acaso» —el «por si acaso» de las señoras de esta tierra es un tupper con un kilo de comida para una cena en la que ya hay comida— y Salva con dos botellas de un vino de la cooperativa y su cenicero mental puesto.

A y cinco, Tono, con camisa de manga corta metida por dentro y el aire de estar entrando en un acto oficial.

Y detrás de Tono, en el escalón, con una camisa planchada con más voluntad que plancha, Nico.

—Buenas noches.

—Buenas noches.

Llevaba una caja de madera pequeña bajo el brazo, del tamaño de una caja de zapatos, sin envolver.

—Es para la casa —dijo, y me la dio sin ceremonia, con esa manera de dar las cosas para que no se puedan agradecer mucho—. Estaba en el taller.

La abrí después, cuando ya estaban todos sentados y nadie me miraba. Era un cajón de madera clara, sin barnizar, con las juntas a inglete perfectas y el fondo forrado de fieltro verde. Y dentro, sueltos, todos los botones de la lata de galletas danesas, ordenados por tamaño en cinco compartimentos.

No he sabido nunca qué hacer con ese regalo. Sigo sin saberlo.

La cena fue un desastre y fue lo mejor que ha pasado en aquella casa en veinte años, y las dos cosas son verdad y ocurrieron a la vez.

Empezó bien: el orden del plano se respetó cuatro minutos, hasta que Salva decidió que él en esa silla no estaba cómodo y se cambió con Vicent, arrastrando la silla con un chirrido que me atravesó el esmalte dental.

Aina se sentó encima de una pierna de su madre y de la mía indistintamente.

Tono, en cuanto vio el mantel, dijo «uy, esto es de tu abuela, ¿no?

, esto lo conozco», y le dio la vuelta a una esquina delante de todos para mirarle la vainica por el revés, que es como se examina aquí un trabajo de bordado y es lo que yo había planchado durante cuarenta minutos para que nadie viera.

—Del setenta y tantos —dictaminó—. Cuando hacía las vainicas de ocho hilos. Luego las hacía de seis, por la vista.

Nadie se sorprendió de que el alcalde pedáneo supiera fechar una vainica. Yo sí. Yo me quedé con el cucharón en la mano.

La ensalada de tomate desapareció en cuatro minutos con dictamen unánime de Rosario («poca sal, pero se le echa») y la coca, que Berta había hecho aquella tarde y que era, sin discusión posible, lo mejor de la mesa, la sirvió Vicent en trozos gigantescos que reventaron mi cálculo de raciones.

Del arroz al horno, del que yo estaba orgullosa por primera vez en la vida de algo que hubiera salido de mis manos, Salva dijo:

—Está bueno. Le falta una hora de fuego y una vida de aprender, pero está bueno.

Y luego se comió dos platos, que es la manera que tiene aquí un hombre de retirar lo dicho.

A los diez minutos ya nadie se llamaba por su nombre en aquella mesa: Salva rebautizó la coca como «la coca de la Berta», el arroz como «el arroz de la madrileña» y a mí, dos veces, como «la nieta de la Serra», y a la tercera, sin darse cuenta, como «la Serra» a secas, y hubo un microsegundo en el que Rosario levantó la vista del plato y me miró.

Yo hice como que no. Pero me lo llevé a casa, que ya estaba en casa.

Y la conversación hizo lo que hacen las conversaciones en las mesas de pueblo, que es circular sin permiso por asuntos que no le interesan a nadie y le importan a todos.

Se habló del carril bici que va a ninguna parte y de quién cobró por proyectarlo.

De la nieta de una tal Pepita, que ha vuelto de Londres «con un título de esos que no se sabe para qué son».

De si el pescado se ha puesto imposible.

De las casas del carrer Loreto, tres seguidas cerradas, «con las persianas comidas», y de que la de la esquina la compró un belga que viene doce días al año.

—Doce días —dijo Salva, levantando doce dedos imaginarios—. Y el resto del año la calle a oscuras. Antes en septiembre esta calle estaba a las once con las sillas fuera. Ahora sales y parece un lunes de enero en todas partes.

—Es que la gente joven no se puede quedar —dijo Vicent, con la boca llena—. Yo tengo dos primos en Ondara porque aquí no hay para alquilar. Y lo que hay, está en Booking.

—Tú lo que tienes es dos primos vagos —dijo Salva.

—Eso también.

Rosario contó, sin que viniera a cuento, que su hermana había vendido la casa de sus padres en el noventa y siete «por cuatro perras, que entonces esto no valía nada», y que ahora en esa casa hay un apartamento por semanas con una cerradura de esas de número.

Y ahí, por primera vez, noté que la mesa entera se quedaba un momento callada de una manera distinta.

No con rencor. Con una especie de perplejidad compartida, la de la gente que un día se despierta y descubre que la calle donde nació se ha convertido en un producto que ellos no pueden comprar.

Yo iba sirviendo vino y asintiendo. Y por dentro, sin ninguna piedad, mi cabeza profesional iba traduciendo cada frase a su equivalente en el dosier: «tejido residencial con alto porcentaje de segunda residencia», «demanda insatisfecha de alojamiento de calidad», «oportunidad en el frente marítimo».

Se puede odiar una habilidad y tenerla igual.

La mía estaba trabajando sola, debajo del mantel, mientras yo repartía coca.

Aina volcó el centro de mesa a las nueve y cuarenta.

La jarra grande, la del limonero, en un giro de codo perfecto: agua por el mantel, hinojo por los platos, un chorro que llegó al pantalón de Tono.

Hubo tres segundos de silencio de esos en los que una madre calcula la magnitud de la vergüenza y decide si toca reñir o reír. Berta abrió la boca.

Y yo, que llevaba toda la tarde midiendo aquella mesa al milímetro, me oí decir:

—Bueno, ya está estrenado.

Cogí la jarra, la puse otra vez de pie con el poco hinojo que quedaba, y seguí sirviendo por encima del charco.

Rosario echó un paño. La cena continuó sobre un mantel mojado con una mancha verde de clorofila que no se iba a ir jamás, y lo curioso, lo que no había previsto ninguno de mis planos, es que a partir de ahí la gente empezó a apoyar los codos en la mesa.

Se me ocurrió, viéndolo, que llevo ocho años montando mesas que nadie se atreve a estrenar.

Berta se rio dos veces, dijo tres frases seguidas sobre el horno y a las diez y media se levantó, porque Aina tenía sueño de verdad.

Se despidió en la puerta con dos besos rápidos y un «gracias por la cena, ¿eh?

» que era correcto y era de mostrador, y se fue con la niña dormida en el hombro y Vicent detrás, y yo me quedé en el recibidor con la sensación de haber tenido a alguien en casa cuatro horas y no haber hablado con esa persona ni una sola vez.

Fue en el postre cuando pasó lo otro.

Estábamos con los higos y el requesón —que gustaron mucho, para mi tranquilidad— y con la segunda botella de la cooperativa, cuando Tono se limpió la boca, dejó la servilleta y dijo, en ese tono de los alcaldes pedáneos que es mitad conversación y mitad rueda de prensa:

—Bueno, ¿y a vosotros qué os han contado de lo del puerto?

—¿Qué de lo del puerto? —dijo Salva.

—Que hay gente mirando. —Tono se recostó—.

Esta semana han estado dos por la lonja con una tablet.

Y no eran de Costas, que a los de Costas los conozco.

Y el jueves me llamó una que dijo que era de un estudio, preguntando por el planeamiento del frente marítimo.

Cuando llaman por el planeamiento es que ya han comprado algo.

—Otra vez con el hotel —dijo Rosario.

—Yo no he dicho hotel.

—Tú has dicho hotel —dijo Salva, señalándolo con el tenedor—. Lo que pasa es que lo has dicho en alcalde.

Se rieron. Y luego, como pasa siempre con estas cosas, la mesa se dividió sola, sin necesidad de que nadie eligiera bando en voz alta.

—A mí que venga lo que sea —dijo Vicent, encogiéndose de hombros—. Aquí de octubre a mayo no hay ni para el pan. Si un hotel da cuarenta puestos, pues cuarenta puestos.

—Cuarenta puestos de cuatro meses —dijo Salva.

—Cuatro meses es más que cero meses.

—Eso lo dices tú porque tienes el sueldo del ayuntamiento.

—¡El del ayuntamiento soy yo! —protestó Tono.

—Tú eres otra cosa, Tono. Tú eres el que firma.

—Salva se recostó, disfrutando—. Y yo te digo una cosa: cuando esto pase, y va a pasar, lo primero que se llevan es el varadero.

Siempre. Porque el varadero está en primera línea, es feo, huele y no da dinero.

Y luego ponen una foto grande de una barca de madera en el recibidor y todo el mundo tan contento.

Hubo un silencio de dos segundos, y en esos dos segundos yo tuve tiempo de reconocer la frase, casi palabra por palabra, en la voz de Olga por teléfono: van a querer el varadero en las fotos y no en el solar .

—Bueno, tampoco nos pongamos —dijo Tono—. De momento son dos con una tablet.

—De momento —dijo Salva.

Todos miraron a Nico, porque era lo lógico, porque el varadero era él. Nico masticó, tragó, se limpió la boca y contestó lo mínimo:

—Yo tengo un arrendamiento de la cofradía hasta el treinta y uno. Lo demás son conversaciones.

—Muy bien dicho —aprobó Tono, aliviado.

—Muy poco dicho —dijo Salva.

Y Nico se encogió de hombros con esa manera suya de cerrar un tema sin discutirlo, y yo, mientras servía el postre, entendí dos cosas a la vez: que aquel hombre llevaba tiempo sabiendo que esto le iba a llegar, y que había decidido no gastar energía en pelearse con un rumor.

Estábamos con los higos y el requesón cuando Tono, que no soporta los silencios largos, volvió a la carga por el otro lado.

—Lucía, tú que estás en lo tuyo en Madrid. ¿Eso cómo funciona? Si viniera aquí un grupo de esos, ¿qué es lo que miran?

Todos los tenedores se quedaron a media altura.

Y yo, con la boca seca, contesté la verdad. Toda la verdad, además, que es lo más elegante que sabe hacer una cobarde:

—Miran tres cosas. La primera, cuánto suelo pueden juntar.

La segunda, qué es lo que no se puede tocar, porque eso lo van a usar en la publicidad.

Y la tercera, cuánta gente del pueblo va a estar a favor.

—Serví miel sobre el requesón—. Eso último lo miran más que nada.

Si el pueblo está a favor, todo va rapidísimo.

—Ostras —dijo Tono.

—Pues ya sabes lo que te toca —le dijo Salva—: ponerte en contra tú primero, no vaya a ser.

Se rieron. La conversación se fue hacia una historia antiquísima de una promotora que quiso hacer apartamentos en los años ochenta.

Y yo tenía en la mano derecha el cuchillo con el que estaba partiendo un higo, y noté con toda claridad que se me paraba, un cuarto de segundo, sobre la fruta.

Un cuarto de segundo. En una mesa de siete personas, con dos conversaciones abiertas y el ruido de los platos, un cuarto de segundo no lo ve nadie.

Levanté los ojos.

Enfrente, en la casilla que da a la ventana del patio, Nico Arbós me estaba mirando.

No con sospecha. Esa es la parte que me sigue costando contar: no había ninguna sospecha en su cara.

Estaba mirándome como se mira algo que se te ha movido en la mano, con esa atención muy quieta, la misma que le había visto ponerle a una tabla al contraluz para encontrarle la veta.

Sostuvo la mirada medio segundo más de lo que sostiene la gente.

Y luego cogió su vaso, se lo llevó a la boca, y le contestó a Tono una cosa cualquiera sobre los amarres.

Yo terminé de partir el higo. Serví el requesón. Le pregunté a Rosario por su hermana de Ondara.

Y por debajo del mantel manchado, en la mano izquierda, tenía el pulgar apretándome la yema del dedo corazón, justo donde tres días antes se me había clavado una astilla, hasta que dolió.