Capítulo 12
Se fueron a las doce y cuarto y quedamos tres: Rosario, que no se iba a ir sin fregar, Salva, que no se iba a ir sin terminar la botella, y Nico, que no dijo si se iba o se quedaba y simplemente empezó a apilar platos.
—Deja, deja, que eso ya lo hago yo mañana —dije, con el piloto automático de la anfitriona.
—Mañana es peor —dijo Rosario, ya de pie, arremangándose—. Con el arroz seco no puede ni Dios.
Y se acabó la discusión. En esta casa, y creo que en todas las casas de este pueblo, hay una jerarquía que no depende de quién sea el dueño: manda quien sabe.
Salva se quedó sentado en la cabecera con su copa y una absoluta falta de culpa por no ayudar, y desde ahí dirigió la operación con comentarios técnicos («esa fuente no va al armario alto, que se cae»; «el arroz, en la sartén, que se agarra menos»), y hacia la una se durmió doce minutos en la silla y se despertó continuando exactamente la frase que estaba diciendo.
Rosario hizo carajillos. Dos, para ella y para Salva, con el coñac de mi abuela, que estaba donde ella sabía y yo no.
Yo lavaba, Nico secaba. No lo decidimos: nos pusimos así en cuanto se abrió el grifo, como se ponen dos personas que han hecho eso antes, y aquello fue el primer dato de la noche que me llegó al cuerpo antes que a la cabeza.
Él sabía en qué armario iban los vasos altos.
Sabía que la puerta del bajo de la izquierda no cierra si no la levantas un poco.
Cogió el paño bueno, el de cuadros, que estaba doblado en el cajón del medio, sin abrir los otros dos cajones.
En mi oficio tenemos un nombre para lo que aquel hombre estaba demostrando sin proponérselo: se llama «huella de uso».
Es lo que buscamos cuando queremos saber cómo se vive de verdad en una casa antes de vestirla.
El desgaste del pomo, el picaporte que se abre con la cadera, el sitio donde de verdad se deja el correo.
Nico Arbós, secando una fuente en la cocina de mi abuela, era un mapa completo de huellas de uso, y todas eran de los últimos ocho años.
Y yo, en aquella cocina, era la visita.
Es una cosa muy rara de sentir en una propiedad que acabas de heredar.
No es celos, aunque se le parece. Es más bien el vértigo administrativo de descubrir que la escritura y el uso son dos documentos distintos y que el segundo no lo firma un notario.
Yo tenía las llaves, el papel, el apellido.
Él sabía que el bajo de la izquierda no cierra si no lo levantas.
—Ahí no —dije, cuando fue a guardar la fuente grande en el armario alto.
—Aquí va.
—Salva ha dicho que se cae.
—Salva lleva cuarenta años diciendo que se cae. —La metió. No se cayó—. Tiene un tope detrás. Se lo puse yo.
Desde la mesa, Salva levantó la copa sin abrir los ojos.
—Se caerá.
Rosario se rio con la boca cerrada y contó entonces una historia de las suyas, sin que nadie se la pidiera: que un año, por Nochevieja, mi abuela se empeñó en subir sola una butaca desde el trastero por la escalera de bóveda, ella sola, con setenta y seis años, y que la butaca se le quedó encajada a mitad de tramo y estuvo hora y media allí atrapada, sin gritar, «porque llamar era reconocer», hasta que Rosario la echó de menos en el balcón y subió a ver.
—¿Y qué le dijo cuando la encontró?
—«Rosario, empuja por abajo, que yo ya lo tengo casi.» —Rosario se secó una lágrima de risa—. ¡Casi! ¡Hora y media casi!
Salva se rio con un ruido de motor. Nico sonrió a la fuente que estaba secando.
Y yo también me reí, con la mano en el grifo, y en mitad de la risa me pasó una cosa que no me esperaba, que fue darme cuenta de que era la primera vez que me reía de mi abuela desde que se murió.
No con ella: de ella. De sus manías, de su cabezonería, del ridículo que hacía.
Y que reírse de un muerto es una manera de tenerlo en la habitación que no consigue ninguna misa.
Fregando de espaldas se hablan mejor ciertas cosas, y Rosario lo sabe, y por eso lo dijo entonces y no antes, con el carajillo en la mano y la voz de después de las doce.
—Tu abuela también tuvo su carta, ¿sabes?
Paré el grifo.
—¿Qué carta?
—Una carta. —Se removió en la silla, contenta de tener público y con esa vaguedad deliberada de quien está contando lo que le han permitido contar—.
De joven. Tendría los veintitantos, tu abuelo ya estaba enfermo o casi.
Le llegó una carta y estuvo unos meses distinta.
Distinta de aquí adentro, digo. —Se dio un golpecito en el esternón—.
Y luego un día la vi con un sobre en la mano en el mostrador de Correos, que yo iba a por un giro, y la vi darle vueltas al sobre, así, mucho rato. Y se lo volvió a guardar en el bolso.
—¿Y qué era?
—Ay, hija, yo qué sé. —Bebió—. Nunca la echó. Eso sí lo sé, porque a los pocos días le pregunté, tonta de mí, y me dijo: «Rosario, hay cartas que se escriben para saber lo que pondría».
Salva levantó la copa sin abrir los ojos.
—Esa era muy suya.
—Muy suya —confirmó Rosario—. Y guapa, ¿eh?
Guapísima era. Con veintiocho años, en este pueblo, y viuda enseguida, ya te puedes imaginar.
—Chasqueó la lengua, y bajó la voz a ese tono que usan las señoras para las cosas que no se preguntan—.
Yo siempre pensé que allí hubo alguien. En Palma, o por ahí.
Pero mira, con tu abuela, si ella no lo sacaba, tú no lo sacabas.
Palma. Alguien en Palma.
Lo dijo así, entre dos sorbos de carajillo, a la una y veinte de la madrugada de un martes, y sonó a lo que suena: a historia de amor de las de antes, a hombre en el muelle, a mujer joven con un sobre en la mano en el mostrador de Correos decidiendo no ser feliz.
Sonó tanto a eso que ni se me ocurrió que pudiera ser otra cosa.
Lo archivé donde archivamos todos esas cosas, en la carpeta de las abuelas con secreto, junto con la película que hemos visto todos.
Miré a Nico. Estaba secando la fuente del arroz con mucha atención.
—¿Tú sabías esto?
—Sé lo mismo que Rosario.
Que es una frase, me di cuenta después, que puede querer decir dos cosas.
A la una y media Rosario decidió que Salva no podía volver solo a su casa y se lo llevó cogido del brazo, discutiendo los dos por la calle sobre si el arroz de mi abuela llevaba o no llevaba garbanzos, con las voces perdiéndose carrer abajo. Cerré la puerta. Volví a la cocina.
Y quedamos los dos, con el fregadero vacío, la encimera limpia y esa hora rara de la noche en que una casa después de una cena es el sitio más íntimo del mundo.
Nico dobló el paño de cuadros en tres y lo colgó en el asa del horno.
—¿Qué tal ha ido? —dijo.
—Bien. Creo. —Me apoyé en la encimera con los brazos cruzados—. Se han comido todo, se han peleado por el arroz y la niña ha destrozado el mantel. Supongo que eso es un éxito.
—La mancha se quita con sol. Se moja y se pone al sol en el patio, dos días. —Se encogió de hombros—. Lo hacía ella.
—Claro que lo hacía ella.
Nos quedamos un momento en silencio. En el patio se oía el limonero.
Yo tenía las manos todavía calientes del agua, y él, apoyado en el marco de la puerta de la cocina, a metro y medio, con la camisa planchada con más voluntad que plancha y una mancha de vino en el puño, no parecía tener ninguna prisa por irse ni ninguna intención de quedarse.
—El mantel lo elegí porque el bordado era del setenta y tantos —dije, por decir algo—. Y ha venido Tono y me lo ha fechado como un perito. Delante de todos. Con la esquina levantada.
—Es lo que hay. Aquí las cosas tienen dueño y fecha.
—En Madrid las cosas no tienen ni una cosa ni la otra. Por eso funcionan.
—Ya. —Sonrió un poco, muy poco—. Por eso te fuiste.
Y ahí estaba otra vez: la puerta abierta a la conversación que yo no iba a tener a la una y media de la madrugada con un hombre que sabía en qué cajón está el paño bueno. La esquivé por donde las esquivo siempre, que es por el oficio.
—Me fui porque en Dénia no hay trabajo de lo mío.
—Hay una casa de tres plantas en el carrer Loreto que lleva vacía desde que se murió la maestra.
Y otra en la plaza. Y la del médico. —Lo dijo sin ninguna intención, contando, como quien enumera existencias—.
Aquí hay treinta casas cayéndose que valen más que cualquier cosa que se construya nueva.
Lo que no hay es nadie que sepa mirarlas.
—Eso no es un trabajo. Eso es una afición cara.
—Puede.
Se apoyó en el marco con el hombro y se quedó mirando el salón desde la cocina: la mesa a medias, las sillas torcidas, el mantel con su continente verde.
—La casa está bien así —dijo.
—La casa está hecha un desastre.
—Está bien así. —Levantó la barbilla hacia el salón—. Antes de esta noche parecía la foto de una casa. Ahora parece la casa.
Se lo dijo al salón, no a mí, que es la única razón por la que pude aguantarlo de pie. Porque llevaba tres días haciendo lo que mejor sé hacer en aquel sitio y aquel hombre acababa de resumir, en dos frases y sin ninguna maldad, la diferencia exacta entre mi oficio y mi vida.
Me sequé las manos en el paño de cuadros más rato del necesario.
—Se te ha manchado el puño —dije—. De vino.
Nico se miró la muñeca.
—Ya.
—Con agua fría y sal ahora mismo se va. Si esperas a mañana, no.
—¿Eso también lo hacía ella?
—No sé. Eso lo sé yo. —Cogí el salero de la mesa, y le tendí la mano abierta, con la palma hacia arriba, con la naturalidad profesional de quien pide un objeto en una obra—. Trae.
Y él, después de un segundo, se desabrochó el puño y me dio el brazo.
Ni él se quitó la camisa ni yo se la quité, que quede claro, porque esto es un pueblo y era la una y media de la mañana y las dos personas que estábamos en aquella cocina teníamos entre las dos setenta años y un miedo considerable.
Simplemente estiró el brazo por encima del fregadero y yo le sujeté el puño con la mano izquierda, bajo el grifo abierto, y con la derecha le froté la sal sobre la mancha con el pulgar, en círculos, contra la trama de la tela.
El agua salía fría. Su muñeca estaba caliente. Tenía la piel del interior del antebrazo mucho más clara que el resto y una vena marcada, y a dos centímetros de mi pulgar, la cicatriz blanca del dorso de la izquierda que ya conocía.
Y a los diez segundos me di cuenta de que ninguno de los dos estaba hablando.
Eso es lo que pasa con estas cosas: que hay un momento en que la tarea se acaba y las manos siguen. La mancha se fue en unos veinte segundos y yo seguí frotando cinco o seis más, por asegurar, y después otros tres o cuatro que ya no eran por asegurar nada.
Él no retiró el brazo.
Estábamos los dos de pie delante de un fregadero, a las dos menos veinte de la madrugada, en una cocina con una sola luz encendida, yo con su muñeca en una mano y el pulgar en su puño, y él mirándome hacer con una quietud que no era la de un hombre al que le están quitando una mancha.
—Ya no sale más —dijo, en voz baja.
—Ya lo sé.
Y no le solté.
Tres segundos. Los conté, porque cuento siempre. Tres segundos con el grifo abierto y con esa sensación física, muy concreta, de estar sujetando algo que se puede quedar quieto o se puede mover.
Se movió él: giró la muñeca dentro de mi mano, muy despacio, lo justo para que su palma quedara hacia arriba, y la dejó así, abierta, debajo de mis dedos.
Yo cerré el grifo.
Y le solté el puño.
—Ya está.
—Gracias.
—Tiene que secarse al aire. No se lo planches encima.
—No plancho.
—Ya lo veo.
Y se rio. Fue la primera vez que le oí reírse de verdad, y fue un ruido corto y bajo, casi todo hacia dentro, más un movimiento del pecho que un sonido. Me quedé con eso mucho más tiempo del que le he dedicado a otros hombres enteros.
Cogió su chaqueta del respaldo de la silla. Yo pensé: se va. Y noté, con una precisión que me molestó muchísimo, la forma exacta de no querer que se fuera.
Se paró en el escalón del patio, con la chaqueta en el brazo, y se giró.
—Oye, una cosa. —Se rascó la ceja—. La cena. La mesa, el mantel, las flores de la calle, el sitio de cada uno. —Hizo una pausa muy corta—. ¿Cuál de las ocho eras esta noche?
Yo tenía la respuesta preparada. Tengo respuesta preparada para todo. Y no me salió ni una sílaba.
Nico asintió una vez, como si mi silencio fuera una contestación aceptable —o como si fuera, exactamente, la contestación—, dijo «buenas noches, Lucía» y se fue por el patio hacia la puerta de la calle. Le oí levantar el pestillo, que también sabía dónde estaba.
Me dejaron sola en la cocina con el olor a coñac, a limón y a mantel mojado. En el salón, la mesa seguía puesta a medias, con la mancha verde extendida como un continente pequeño en mitad del hilo blanco de mi abuela.
Fui a por la caja de madera clara con el fieltro verde, la puse en el aparador debajo del espejo, y le levanté la tapa.
Los botones estaban ordenados por tamaño, del más grande al más pequeño, y el compartimento de la derecha, el de los diminutos, estaba lleno hasta el borde de esos botones de nácar de camisa de vestir que no cierran nada y que se guardan igual.
Cincuenta años esperando que hiciera falta uno.
Cerré la tapa. Y me subí a dormir sin recoger la mesa, por primera vez en mi vida adulta, dejando el desastre entero para el día siguiente, con el mantel manchado y las copas sucias y las sillas desparejadas todavía torcidas hacia dentro, en esa posición en que quedan las sillas cuando la gente se ha ido a gusto.