Las ocho vidas de Lucía Capítulo 10
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Capítulo 10

La tercera vida me la leí de pie en la cocina a las nueve de la mañana y tuve que sentarme antes de terminarla.

No sé cómo explicar lo que se siente al descubrir que has cumplido, punto por punto, la fantasía de una niña de quince años.

Se supone que es una historia de éxito. Es la trama de las películas: la chica de pueblo escribe en un papel lo que quiere ser y veinte años después lo es.

Todo el mundo aplaude en el minuto noventa.

Pero yo no estaba en el minuto noventa. Yo estaba en la cocina de mi abuela muerta leyendo una lista de la compra de mi propia vida, escrita por una cría que tenía los brazos llenos de picaduras de mosquito y que se creía muy original, y estaba tachando mentalmente los puntos igual que se tacha una checklist de obra.

Piso alto, ventanales, luces de noche desde la cama.

Tengo eso. Cuarenta y ocho metros, quinta planta, y en efecto se ven las luces, y en efecto me costó tres años de nóminas y todavía debo la mitad.

Todo blanco y madera clara. Tengo eso; lo tengo tan literalmente que un cliente me preguntó una vez si mi casa era de muestra.

Nada feo por medio. Guardo los cables en cajas de fieltro.

Guardo las bolsas de plástico dentro de otra bolsa dentro de un cajón.

Cuando alguien entra dice «qué bonito» antes de decir hola: eso pasa.

Eso pasa siempre. Es una frase que he oído más veces que mi propio nombre.

Trabajo donde la gente me pide opinión y digo esto sí, esto no.

Maleta de cabina, diez minutos. Ropa buena de poco color: mi armario es una gama de arenas y grises que se puede resumir en tres pantones.

El pelo, de anuncio, gracias a una peluquería de la calle Zurbano y ciento veinte euros cada cinco semanas.

Del novio guapo que viaja se puede decir que hubo dos, uno tras otro, y que la parte de «no discutimos nunca porque estamos muy ocupados» se cumplió con una exactitud que da miedo, hasta el punto de que el segundo y yo lo dejamos en una conversación de once minutos en un aeropuerto y ninguno de los dos levantó la voz ni una vez.

Amigas de brunch: tengo un grupo de cinco.

Nos vemos cuatro veces al año, nos reímos mucho y no sé, por ejemplo, si alguna de ellas está bien.

Esto último es la clase de cosa que una no dice en voz alta y que le pasa a mucha más gente de la que lo confiesa.

Con esas cinco mujeres he compartido pisos, exámenes, rupturas y dos entierros.

Nos queremos. Y sin embargo, cuando quedamos, lo que hacemos es una especie de rueda de prensa por turnos: cada una cuenta su trimestre en formato titulares —el ascenso, la reforma, el niño que no duerme, el viaje— y las demás reaccionamos con los ruidos apropiados.

No mentimos. Simplemente hemos ido acordando, sin hablarlo, un nivel de profundidad que cabe en dos horas y un vermut.

Yo llevo tres años sin decirle a ninguna nada que no tenga solución.

Y ellas, ahora que lo pienso, tampoco a mí.

Aquella cría de quince años lo había pedido tal cual: amigas de esas de brunch . No pidió una amiga a la que llamar un martes a las once de la noche. Pidió el plano general de la terraza.

Y la última línea.

Y nadie sabe nunca si estoy triste. Eso también lo quiero. Que no se me note.

Me quedé mirando ese renglón mucho rato. La niña de quince años lo había puesto al final, después del pelo y del novio, como un deseo más, con la misma letra. Ni siquiera lo había subrayado. Lo había pedido igual que se pide una bicicleta.

Y lo había conseguido, joder. Ese punto lo había clavado.

Cuidado con esta , decía el margen. Yo la abrí a los treinta y cuatro y ella la había leído a los, no sé, sesenta y cinco, y había escrito esas tres palabras con el bolígrafo de los pedidos y luego había cerrado el sobre y lo había guardado veinte años.

Debía de ser insoportable. Verme cada agosto convirtiéndome exactamente en eso, y no poder decir nada, porque a las de dentro las apretaba pero a esto no se le podía meter mano: yo estaba triunfando. Yo era la nieta que había salido bien.

La condición de la vida perfecta venía en su cuartilla, con la letra administrativa:

Primera. Darás una cena para ocho en esta casa. Con mantel. Segunda. La casa estará como a ti te gusta. Tercera: invita a quien no invitarías.

Las dos primeras eran un regalo y ella lo sabía. Una cena para ocho es mi terreno: yo he montado cenas de treinta para marcas de cocinas, con el pan colocado con pinzas. La tercera era el cuchillo.

Empecé por la parte fácil, que es la que empiezo siempre, y me pasé el día haciendo lo que sé hacer, con una alegría profesional que no había sentido desde que llegué.

Vacié el salón de todo lo que no aportaba.

Metí en el cuarto de arriba dos butacas, una mesita de mimbre, el mueble del teléfono y catorce objetos que no voy a enumerar; a mi abuela le habría dado algo.

Saqué la mesa grande al centro, que estaba arrinconada, y la abrí con sus dos alas.

Ocho sillas: seis de la casa, dos que me prestó Rosario, todas desparejadas, lo cual en Madrid se llama «mezcla intencionada» y se cobra aparte.

Bajé el mantel del armario de la ropa blanca.

Y aquí hubo un momento que no tenía previsto: el armario olía a membrillo, porque mi abuela ponía membrillos secos entre las sábanas, y dentro estaban todas las piezas dobladas con las esquinas en pico, con papel de seda entre capa y capa, y algunas con la etiqueta de cartón todavía puesta, escrita a mano: «M.ª Rosa, 12 servicios, 1994».

Encargos que no se recogieron. Ajuares de bodas que se cayeron.

En algún cajón de aquel pueblo hay una mujer que dejó a un hombre en el 94 y en el armario de mi abuela seguía su mantelería, con las servilletas contadas.

Elegí uno blanco, de hilo, con vainicas a mano en los cuatro lados.

Lo planché en la mesa de la cocina durante cuarenta minutos, y eso es lo que tarda en plancharse un mantel de hilo si se hace bien, con el vaporizador y a doble pasada, y mientras planchaba pensé, con una tranquilidad total, que estaba planchando el trabajo de mi abuela para ponerlo en la mesa de mi abuela, y que aquello era lo más parecido a hablar con ella que había hecho en un mes.

Después vino el menú, que resolví con una cosa que me sale sola: hacer poco y hacerlo brillar. Ensalada de tomate del huerto de Rosario con cebolla tierna. Coca de verduras, encargada en el horno de Berta, porque la coca es de las cosas que no hay que fingir que sabes hacer.

Lo de encargar la coca me costó cuarenta minutos de vueltas por la plaza, que es aproximadamente lo que tarda una mujer adulta con dos carreras en atreverse a pedirle un favor a una amiga de la que se ha ido.

Entré a las seis, la hora muerta del horno. Berta estaba pasando las bandejas del escaparate a la trastienda.

—Berta, ¿podrías hacerme una coca de verduras para mañana? Para ocho.

Siguió con las bandejas.

—¿A qué hora la quieres?

—Sobre las ocho y media.

—Vale. —Metió una bandeja en el carro—. ¿Con atún o sin?

—Sin.

—Bien. —Y luego, sin darse la vuelta—: ¿Ocho quiénes?

Se lo dije. La lista entera, en el orden del plano. Cuando llegué a Nico, Berta paró un cuarto de segundo con la bandeja en el aire —un cuarto de segundo, otra vez, es la unidad de medida de este pueblo— y después la metió en el carro como si nada.

—Rosario te dirá que al arroz le falta sal.

—Ya me lo ha dicho. Me está supervisando.

—Pues hazle caso, que tiene razón. —Cerró el carro—. Y no pongas el mantel bueno.

—¿Por qué no?

Berta se dio la vuelta por fin, se apoyó en el mostrador con las dos manos, igual que se apoyaba su madre, y me miró con una paciencia que tenía algo debajo y que no supe leer entonces.

—Porque vas a estar toda la noche mirando el mantel.

Salí de allí con el encargo hecho y con la sensación exacta de haber recibido un consejo de amiga y una bofetada, envueltos en el mismo papel. Puse el mantel bueno, claro. Todavía no estaba yo para hacerle caso a nadie.

Arroz al horno, receta de la propia Rosario, supervisado por ella con una crueldad de examinadora. Y de postre, higos con requesón y miel, que es un postre que se monta en cuatro minutos y parece que has estudiado en Suiza.

El arroz me lo enseñó Rosario aquella misma tarde, en su cocina, y fue la clase magistral más humillante que he recibido en mi vida profesional.

—Pon el sofrito.

—¿Cuánto aceite?

—El que pida.

—Rosario, dígame una cantidad.

—El que pida, hija. —Me quitó la botella y echó un chorro que en Madrid sería un escándalo—. Ese.

Así todo. La cantidad de agua: «la que veas».

El tiempo de horno: «hasta que suene». ¿Hasta que suene qué?

Hasta que suene. Yo, que llevo el móvil lleno de aplicaciones de medir, que tengo un láser en el aparador y una plantilla de Excel para el presupuesto de una casa de trescientos metros, me pasé dos horas frente a una mujer de setenta y nueve años que cocinaba con un sistema de unidades entero basado en la mirada y que acertaba siempre.

—Es que yo necesito números —dije, en algún momento, medio en broma.

—Los números son para los que no van a repetir. —Le dio la vuelta a la cazuela con el trapo—. Tú vas a repetir. Ya te saldrá.

Tú vas a repetir. Se lo dijo al arroz. Yo me lo llevé a casa igual.

Las flores no las compré: corté rama de limonero y una brazada de hinojo del margen del camino, y las puse en tres jarras de conserva distintas, porque el número impar y el recipiente humilde son dos trucos que yo cobro a doscientos euros la hora.

Y a las siete de la tarde, con la casa oliendo a mantel planchado y todo colocado, me senté a hacer el plano de la mesa.

Es lo primero que hago siempre. Un folio, un rectángulo, ocho posiciones y los nombres en su sitio.

En las cenas de clientes eso decide el éxito del proyecto: quién se sienta enfrente de quién, quién queda de espaldas a la cocina, dónde va el que habla mucho para que no eclipse al que paga.

Se me da tan bien que en el estudio lo llaman «el ajedrez de Lucía».

Puse los nombres. Rosario. Salva. Berta. Vicent. La niña, Aina, que va donde va su madre. Tono, el alcalde pedáneo, porque en un pueblo si das una cena y no invitas a Tono, das dos cenas: la tuya y la que se comenta. Ya iban seis. Yo, siete.

Faltaba uno. Y en la casilla de enfrente, la mejor, la que da a la ventana del patio, mi bolígrafo llevaba parado un minuto largo.

Invita a quien no invitarías.

Podría haberme escaqueado con elegancia: Tono cumplía técnicamente el requisito, Salva también.

Habría firmado cualquiera. Pero el margen no decía «invita a alguien incómodo».

La orden estaba escrita para una persona concreta por una mujer que sabía qué nombre me iba a costar escribir, y llevaba veinte años esperando a que lo escribiera.

Escribí «Nico».

Y luego, porque soy quien soy, hice tres versiones más del plano cambiándolo de sitio: en la esquina, lejos, en diagonal.

En la esquina quedaba raro. Lejos quedaba obvio.

En diagonal, con el respaldo hacia la cocina, quedaba exactamente como lo que era: como una mujer que ha movido a un hombre tres veces de silla.

Lo devolví a la casilla de enfrente, en la primera versión, la buena, la que había salido sola. Puse el folio bocabajo sobre el aparador, debajo del espejo, encima del medidor láser, que seguía allí con la lente contra el mármol desde el primer día.

Dos cosas bocabajo. Empezaba a tener sitios en aquella casa.