Capítulo 9
Volví a las once de la mañana del día siguiente, sin bizcocho y sin excusa, que son las dos cosas que más cuestan.
Me crucé con Berta en la esquina del carrer, ella saliendo del horno con dos cajas de reparto apiladas en los brazos, y ocurrió una de esas coreografías absurdas de los pueblos pequeños: nos vimos a veinte metros, las dos, con tiempo de sobra para preparar la cara.
—Hola.
—Hola. —Recolocó las cajas—. ¿Vas donde Rosario?
—Sí.
—Ya. —Levantó la barbilla señalando calle arriba—. Ayer estuvo toda la tarde en el balcón.
Y siguió andando. Eso fue todo. Cinco palabras que no eran un reproche porque no tenían adjetivos, solo un dato: la señora estuvo en el balcón.
Berta lleva quince años despachando pan en un pueblo de tres mil personas y sabe hacer eso, poner un hecho encima del mostrador y no cobrarlo.
Me quedé mirándola alejarse con sus cajas y pensando que hay gente que te administra la culpa en dosis exactas, ni una miga de más, y que esa gente suele ser la que se quedó.
Me pasé la noche construyendo el discurso, por supuesto.
Soy incapaz de entrar en ninguna habitación sin haber preparado antes lo que voy a decir, y aquella vez me lo trabajé como se trabaja una defensa de proyecto: una versión larga, una versión media y una versión corta por si me interrumpían.
La larga tenía tres partes y una parte tenía subapartados.
En la ducha me la dije entera en voz alta, y sonaba estupenda, honesta, medida, con una frase central que decía «no me fui por trabajo, me fui porque no sabía estar» y que a mí, a las siete y media de la mañana, con el champú en la cabeza, me pareció digna de enmarcar.
Llamé al timbre. Rosario abrió con un delantal distinto y las gafas en la punta de la nariz.
—¡Anda! —dijo—. Justo estaba pensando en ti. Pasa, pasa, que tengo el mercado sin colocar.
Y ya está. Ahí murió mi discurso, en el rellano, atropellado por una bolsa de tomates.
Entré. Coloqué el mercado con ella, que es un trabajo de dos y solo lo parece cuando lo haces con alguien que sabe dónde va cada cosa.
Los tomates fuera de la nevera, «que se mueren de frío», las judías en un cuenco de plástico, los limones en un frutero de rejilla y las patatas en un cajón bajo el fregadero, a oscuras.
Yo pasaba las cosas, ella las guardaba. Estuvimos veinte minutos así, y en el minuto ocho, más o menos, mientras le daba un manojo de acelgas, se me salió sin permiso la versión corta, que era la que no había ensayado:
—Rosario, ayer no tenía ninguna llamada.
Ella siguió metiendo acelgas en el cajón de la verdura.
—Ya.
—Me fui porque no aguantaba estar.
—Ya, hija. —Cerró el cajón. Se incorporó con esa maniobra de las señoras que consiste en apoyar la mano en la encimera y quejarse un poco de la rodilla, para dar tiempo—.
¿Tú te crees que yo no sé cuándo alguien se me va corriendo de casa?
Llevo ochenta años en esta cocina. —Me miró por encima de las gafas—.
Lo que pasa es que ayer no había café hecho. Y hoy sí.
Y señaló la cafetera italiana, que estaba puesta al fuego, con la tapa levantada, ya subiendo.
Hay perdones que se conceden con palabras y hay perdones que se conceden con logística.
Este pueblo funciona con los segundos. Me senté en la silla donde me había sentado el día anterior y me tomé el café que me faltaba, con dos galletas que no pedí, y no dije ninguna de las tres versiones de mi discurso, ni la del champú, ni la de los subapartados.
Lo que hice fue preguntar. Y aquí es donde la segunda vida empezó a cumplirse de verdad, once minutos y un día después de que yo la diera por cumplida.
—Rosario, ¿cómo era ella? Cuando yo no estaba.
La pregunta la pilló con la cuchara del azúcar en el aire y le hizo algo en la cara que no había visto en dos días: la puso seria.
—Uy. Esa pregunta.
—Es que yo la conozco de agosto —dije—. Cincuenta agostos, o los que sean. La conozco con la casa arreglada y el arroz hecho y la nieta en casa. No sé cómo era en febrero.
Rosario dejó la cuchara. Miró un rato la mesa. Y me contó a mi abuela en invierno.
Me contó que se levantaba a las seis y media aunque no tuviera nada que hacer, «porque a las siete ya no era de noche del todo y le daba rabia perderse eso».
Que en enero, cuando no había encargos, bordaba igual: hacía piezas que no le había pedido nadie y las guardaba, o las regalaba en bautizos de gente a la que apenas conocía.
Que los martes iba al cementerio con un cubo y un cepillo y le limpiaba la lápida a mi abuelo y, ya puestos, las dos de al lado, «porque unos vecinos son unos vecinos».
Que veía un concurso de la tele a las nueve y contestaba a las preguntas en voz alta y acertaba muchas, sobre todo las de geografía.
Que en las fiestas del pueblo no bajaba a la verbena pero se ponía en el balcón con una silla y se estaba hasta las dos.
Y me contó, sin darle importancia, que los sábados por la tarde escribía cartas.
—¿Cartas a quién?
—A gente. —Rosario hizo un gesto vago con la mano, el gesto universal de «asuntos de otro»—. Le gustaba escribir. Tenía la letra bonita, con esas mayúsculas. Pedía los sellos en el estanco de veinte en veinte.
Anoté eso mentalmente sin saber por qué. Veinte sellos. Después, mucho después, aprendería que en aquella casa las cosas importantes siempre se me presentaron así: como un dato de cocina, entre las acelgas y el azúcar, y yo pasando de largo con el café en la mano.
—¿Y hablaba de mí? —dije, y me odié un poco por preguntarlo, porque es la pregunta de una niña de nueve años con la voz de una mujer de treinta y cuatro.
Rosario se rio.
—¿Que si hablaba de ti? —Se echó atrás en la silla—. Hija, en esta cocina yo he visto fotos tuyas de casas que no eran tuyas.
—¿Qué?
—Las que salían en las revistas. Ella iba al quiosco.
Se compraba la revista esa de decoración, la gorda, y me traía la página y me decía: «Mira, Rosario, este salón lo ha hecho la nena».
—Sacudió la cabeza, divertida—. Y yo le decía: Amparo, que aquí no pone su nombre en ningún sitio.
Y ella: «Ya, pero está». Y venga a enseñarme cortinas.
A mí, que tengo las mismas cortinas desde el año del terremoto.
Se me quedó la taza a medio camino.
Porque eso sí lo sé: en los reportajes de esas revistas no aparece el nombre del stager .
Aparece el arquitecto, a veces el interiorista, casi nunca la mujer que ha decidido que ese salón se fotografíe con un jarrón y sin un sofá.
Cinco o seis veces al año, un trabajo mío sale publicado, y yo me entero por el grupo del estudio, y me alegro doce segundos.
Mi abuela compraba la revista. La gorda, que vale seis euros. Y le enseñaba las cortinas a una vecina que no distingue una cortina de otra.
—¿Cómo sabía cuáles eran míos?
—Ay, eso ya no sé. —Rosario removió el café—. Alguien se lo diría.
Alguien. En este pueblo, «alguien» es siempre una persona concreta a la que nadie nombra por cortesía.
Me quedé hasta la una y media. Comí allí otra vez, aunque no tocaba, y esta vez me quedé al café, y al segundo café, y a un rato de televisión con el volumen alto en el que Rosario contestaba las preguntas del concurso en voz alta y acertaba las de geografía, y en algún momento de ese rato me di cuenta de que llevaba media hora sin mirar el móvil ni una sola vez, que en mi caso es una constante vital.
Al despedirme, en la puerta, me cogió del brazo.
—Oye. Lo del entierro, lo del café. —Chasqueó la lengua—. No te lo dije para hacerte daño.
—Ya lo sé.
—Sí, mujer, sí que te lo dije para hacerte un poco de daño. —Se rio, con la boca cerrada, igual que se ríe Nico, y a mí me llegó tarde la sospecha de que a lo mejor no era él quien había aprendido de ella—. Pero poquito. Y ya está pagado.
Nico firmó la segunda hoja aquella tarde, en el varadero, con las manos llenas de polvo, sin hacerme ni una pregunta y sin leerse el cuaderno. Puso la fecha, la rúbrica, y me devolvió el papel.
—¿No vas a interrogarme?
—¿Has vuelto?
—He vuelto.
—Pues ya está. —Se guardó el bolígrafo detrás de la oreja—. Esta era esa.
Volví a casa con la segunda hoja en la carpeta y con una sensación rara en el pecho, y la palabra que se me venía era ridícula pero era la que había: orgullo.
Un orgullo pequeñito, de tamaño doméstico, del que no se puede poner en ningún currículum.
Había vuelto a una casa de la que me había ido mal.
Nada más. A los treinta y cuatro años, con un máster y cuarenta y una casas al año, aquello me pareció, y me sigue pareciendo, un logro más grande que cualquiera de los que tengo en LinkedIn.
Duró hasta las once y cuarto de la noche.
A esa hora vibró el móvil en la mesa de la cocina, donde yo estaba tomándome una infusión con el cuaderno de hule abierto por la página de las once preguntas. Olga no llama a las once y cuarto. Olga manda audios a las once y cuarto.
«Lucía, cielo, perdona la hora. Reunión de mañana adelantada, los inversores quieren ver material bruto. ¿Me puedes mandar lo que tengas del frente marítimo? Con el móvil vale, no hace falta que sea bonito. Sobre todo la zona del varadero y la lonja, que es donde está el debate. Un beso, duerme.»
Estuve mirando el mensaje un rato largo.
No me tembló el pulso. Fui a la carpeta MN_REF.
Tenía dentro cuarenta y siete fotos. Descarté las de la casa —esas no eran del encargo, esas eran otra cosa que ya no sabía nombrar— y me quedé con las once del frente marítimo que había hecho el día anterior de vuelta del varadero, con el sol bajo: la lonja de 1927 con su rótulo de azulejo, la fila de casas bajas del carrer de la Mar, la explanada, y tres del cobertizo, dos de fuera y una de dentro con la barca de Salva en caballetes y una figura al fondo, desenfocada, que era un hombre lijando y que no se distinguía como nadie en concreto salvo para quien lo conociera.
Las miré una a una en la pantalla. Después seleccioné las once y le di a enviar.
Tardaron cuarenta segundos en subir. Los conté, porque conté algo, como cuento siempre.
Olga contestó a los dos minutos: «GENIAL. Esto es exactamente lo que necesitaba. Eres un tesoro. 🙏».
Cerré el chat. Y entonces hice la cosa pequeña, la que no me perdonaría después: entré en el chat de Olga, seleccioné las once fotos y les di a eliminar.
«¿Eliminar para todos?» No, claro que no.
Eliminar para mí. Desaparecieron de la conversación, con su hueco discreto — Se eliminó este mensaje —, y la pantalla se quedó limpia, y las fotos siguieron donde tenían que estar, que era en el ordenador de Olga y en la reunión de la mañana siguiente y, dentro de tres semanas, proyectadas a dos metros de altura en una sala de Madrid ante ocho señores con la misma camisa.
No borré nada. Solo me quité de delante lo de haberlo hecho.
Lavé la taza de la infusión. La sequé. La guardé.
Y al subir la escalera se me ocurrió, con esa claridad tonta que dan las once y media de la noche, que la culpa tiene la misma estructura que las casas de este pueblo: se construye para arriba, sobre lo que ya había, porque en el suelo no hay sitio.
Tenía la planta baja desde hacía ocho años y era grande y estaba amueblada.
Aquella noche le puse el primer piso.