Capítulo 8
El varadero huele a algas secas, a gasoil y a madera cortada, en ese orden según te vas metiendo. Es un cobertizo alto de uralita con las paredes abiertas a media altura, y dentro hay barcas en caballetes, con la quilla al aire, como animales grandes en el veterinario.
Me senté en un bidón, entre dos llaüts, con el bizcocho de Rosario envuelto en las rodillas.
Recuerdo eso con una nitidez absurda: la mujer del pliego de condiciones, la que factura por decidir qué sobra en las casas de otros, sentada en un bidón de aceite con un bizcocho de señora en el regazo, mirando el suelo de cemento manchado.
Nico llevaba allí desde antes que yo. Lo vi al minuto: estaba en el fondo, con una barca de unos siete metros, la que le habían dicho de Salva, y no me había dicho nada. Siguió lijando un rato más. Después apagó la lijadora —el silencio que dejan esas máquinas es enorme— y vino.
No preguntó. Y esto es lo que más tardé en agradecerle: no preguntó nada. Ni qué me pasaba, ni de dónde venía, ni si estaba bien. Se paró a un metro y medio, se limpió las manos en el pantalón y estuvo un momento mirando la barca conmigo, como si la barca fuera un paisaje.
Luego me alargó un taco de lija.
—Si vas a estar, ayuda.
Miré el taco. Miré mis manos, que llevaban tres días alternando el algodón blanco con el bolígrafo. Miré otra vez el taco.
—Voy con ropa de calle.
—Es una barca, no un quirófano.
Me levanté. Dejé el bizcocho en el bidón. Cogí la lija.
—¿Y qué hago?
—Aquí. —Puso la palma sobre la tabla, un poco por encima de donde él había parado, en una zona con restos de barniz viejo y manchas oscuras—.
Esto es iroko. Se lija al hilo. Siempre al hilo, en la dirección de la veta.
Si vas en cruz, la madera te lo enseña a la primera capa y ya no hay manera de quitarlo.
—¿Cómo sé cuál es la veta?
—Se ve. —Y como debí de poner cara de urbanita, añadió, sin ninguna condescendencia—: Míralo a contraluz. Ahí. Esas líneas.
Las vi. Estaban ahí desde siempre, como el criterio de los hilos. Empecé a lijar.
Lo hice mal, claro. Al principio apretando demasiado, porque yo hago todo apretando demasiado, y él me dejó apretar dos minutos enteros antes de decir nada, que ahora entiendo que fue pedagogía y entonces me pareció mala idea suya.
—Menos fuerza. El que trabaja es el grano, no tú.
—Si no aprieto no quita.
—Quita más despacio y quita mejor. —Se agachó al otro lado de la tabla, con su propio taco, y empezó a lijar en paralelo, a medio metro—. Tú aprieta si quieres. Luego lo verás.
Lo vi. A los diez minutos mi zona tenía la superficie irregular, con brillos y mates, y la suya era una sola cosa, mate y lisa como la piel del interior de un brazo.
Bajé la fuerza. La lija empezó a sonar distinto, más largo, más parejo, y a los cinco minutos me di cuenta de que había dejado de pensar en el mueble de las fotos de Rosario, y a los diez, de que llevaba cinco sin pensar en nada en absoluto, y eso no me pasaba desde... no sé. No me pasaba.
No fue paz. Fue una cosa mucho más humilde: la lija te obliga a estar en tres centímetros cuadrados.
Tres centímetros cuadrados de superficie, la presión justa, la dirección de la veta.
No caben dentro Madrid, ni la carpeta MN_REF, ni una llamada de cuatro minutos de hace ocho años.
No caben porque físicamente no hay sitio, y en cuanto se te va la cabeza a otro sitio, la mano cambia el ángulo y la madera te lo dice.
Es la primera actividad que he hecho en mi vida adulta que me pilla mintiendo en tiempo real.
—Vas mejor —dijo él, al rato.
—Es que estoy pensando menos.
—Eso es lijar.
Le miré las manos, ya que estábamos. Se las miré de reojo, por partes, como se mira lo que no se quiere mirar entero: los nudillos grandes, una cicatriz blanca en el dorso de la izquierda que le cruzaba dos dedos, las uñas cortadas a lo bruto y ese borde oscuro que no se va aunque te laves, que no es suciedad sino oficio.
Manos que en mi trabajo, si aparecieran en una foto, tendría que hacer que se salieran del encuadre.
Manos de las que no salen en los catálogos de las casas que yo visto, porque las casas que yo visto son para gente con las manos como las mías.
Bajé la vista a la tabla antes de que me pillara y apreté un poco más de la cuenta, y la madera, otra vez, me lo dijo.
Estuvimos así un rato largo, sin hablar, en el ruido. Es curioso lo que hace el ruido de una lija: no es silencio, así que no obliga a nada, pero tampoco es conversación. Es un país entero donde se puede estar dos personas sin deberse nada.
En una de las veces que levanté la vista para descansar el cuello, la vi.
Al fondo del cobertizo, más allá de la zona de trabajo, en la penumbra donde se amontonan los trastos que no tienen dueño claro, había otra barca.
Pequeña, de cuatro metros y medio o cinco, sobre unos caballetes torcidos, con una lona a medias que dejaba ver la proa.
El casco estaba en un estado que hasta yo, con hora y media de experiencia en el ramo, podía calificar: mal.
Tablas grises, dos cuadernas partidas a la vista, la pintura ida del todo salvo una franja azul en la regala.
—¿Y esa?
Nico tardó en contestar más de lo que tardaba en contestar cualquier otra cosa.
—Esa está aparcada.
—Aparcada.
—Lleva ahí once años.
—¿De quién es?
—Ahora, tuya. —Sopló el polvo de la tabla, sin mirarme—.
Era de tu abuelo. La compró él en el sesenta y ocho y la usó tu abuela hasta que el motor dijo basta.
Salía a la Marineta con ella, a por nada, a estar.
—Se pasó el pulgar por la ceja, un gesto que yo estaba empezando a fichar como su manera de tomar una curva—.
Cuando cerró la nave del abuelo de Salva la trajimos aquí para que no se pudriera a la intemperie.
Se ha podrido igual, pero más despacio y bajo techo.
Estuve un rato mirando la franja azul. En el inventario había veintiséis páginas y ni una sola línea sobre una barca, porque en el inventario yo había puesto lo que había dentro de las cuatro paredes, y a nadie de mi oficio se le ocurre preguntar si la difunta tenía algo flotando en otro edificio.
—¿Se puede arreglar?
—Todo se puede arreglar. —Y ahí Nico dijo la única frase de aquella tarde que sonó a él mismo hablando de sí mismo, aunque a mí me pareció una frase técnica—: La cuestión no es si se puede. Es si alguien va a usarla después. Arreglar una barca para que se quede en tierra es hacerle un mausoleo.
A las siete pasó Salva, que en el varadero no transita sino que patrulla, con las manos a la espalda y la autoridad de quien fue patrón cuarenta años y ahora es sobre todo una opinión con zapatillas. Se plantó ante su propia barca, miró la zona lijada, miró la mía, y emitió sentencia:
—Aquí ha lijado una que aprieta mucho.
—Buenas tardes, Salva.
—Buenas tardes, hija. —Se acercó a la tabla, pasó la mano por mi cuadrante y por el de Nico, comparando, con la cara de un catedrático benévolo—. Bueno. Se nota la escuela. —Y a Nico, señalándome con la barbilla—: A esta ponla en la proa, que en la proa se disimula.
Antes de salir, en la puerta, se giró.
—Oye, chica. ¿Tú sabes lo que hay ahí? —Señaló con la barbilla el banco de trabajo, donde había una radio vieja con la antena hecha con un alambre—. Esa radio la tiene puesta todo el día desde hace quince años, con el fútbol o con lo que sea. —Se rascó la oreja—. Hoy no la ha encendido.
—¿Y?
—Nada. Cosas mías.
Y se fue como se van los de aquí, sin despedirse, comentando algo del viento con alguien que no estaba presente.
Fue él quien habló primero, sin levantar la vista de la tabla, en el tono de quien comenta el tiempo:
—Tu abuela compraba cruasanes los sábados.
—¿Cruasanes?
—Dos. En el horno, a primera hora, los sábados. —Sopló el polvo de su zona—. Ella no los comía. Decía que la mantequilla le repetía.
—¿Y para quién eran?
—Para el chico. —Pasó la mano por la madera, comprobando—.
O sea, para mí. Empezó cuando yo tenía diecisiete años y trabajaba de aprendiz aquí al lado, y me los dejaba en el poyete de su ventana, en una bolsa de papel, sin decirme nada.
Yo pasaba a las siete. Al principio pensé que se le habían olvidado ahí.
—¿Y durante cuánto tiempo?
Nico se paró un momento a hacer la cuenta, y aquella pausa fue una de las cosas más íntimas que le he visto hacer.
—Diecinueve años.
Dejé de lijar.
—Diecinueve años de cruasanes.
—Los sábados. —Se encogió de hombros—. Un año dejó de comprarlos tres meses, cuando lo de la cadera.
Los compraba Rosario. Los mismos, en la misma bolsa.
Ni ella me dijo nunca que era ella ni yo le di nunca las gracias por nada de esto.
Habría sido... —buscó, y encontró la palabra en algún cajón bien colocado— ...
una falta de respeto. Con esas cosas, aquí, no se hace ceremonia.
Yo tenía la lija parada sobre el iroko y una idea muy incómoda ocupándome toda la cabeza: mi abuela, cincuenta y tantos, sesenta, setenta y tantos años, bajando cada sábado a por dos cruasanes que no se iba a comer, para un chico que pasaba a las siete camino del astillero.
Diecinueve años. Novecientos y pico sábados.
Y yo, que en ocho años no había subido a verla porque tenía un proyecto.
—¿Por qué me cuentas esto? —dije, y me salió más áspero de lo que quería.
Nico levantó la cabeza. Me miró desde el otro lado de la tabla, con el pelo lleno de polvo blanco y esa cara suya sin ninguna prisa.
—Porque acabas de venir de casa de Rosario —dijo—. Y en casa de Rosario está el mueble de las fotos.
Y volvió a lijar.
No dijo más. No dijo «no te tortures», ni «ella lo entendía», ni ninguna de esas frases de manta térmica que la gente te echa por encima para dejar de verte tiritar.
Me dio un dato: yo también le debo algo a esa mujer, y llevo diecinueve años sin saber cómo pagarlo. Aquí tienes compañía. Ahora lija.
Lijé. Y a los pocos minutos, en el borde de la tabla, donde el barniz viejo levantaba una astilla que yo no vi porque estaba mirando la veta y no el canto, se me clavó.
—Ay. —Aparté la mano. Un pinchazo pequeño y limpio en la yema del dedo corazón, con la punta de madera dentro, visible bajo la piel como una raya oscura.
Nico rodeó la barca, me cogió la mano —sin pedir permiso, con la naturalidad de quien coge una herramienta— y la giró hacia la luz.
Tenía los dedos secos y calientes y la piel de la palma como una lija de grano grueso, del tipo que a las de mi oficio nos enseñan a describir como «textura auténtica».
Se sacó del bolsillo una navaja pequeña, la abrió, y con la punta, en dos movimientos, sin hacerme daño, levantó la astilla y la sacó.
—Ya está. —Me soltó la mano. Miró la yema, satisfecha, profesional—. Primera.
—¿Primera de cuántas?
—De las que hagan falta.
Se dio la vuelta y se fue a por su taco.
Yo me quedé con el dedo en alto, mirando el punto rojo minúsculo que ya se estaba cerrando, y con la mano todavía caliente donde él la había sujetado, y en algún sitio detrás de las costillas se me instaló una sensación que no supe archivar y que decidí, sobre la marcha, catalogar como cansancio.
Volví a casa a las ocho, con las manos oliendo a madera y el bizcocho olvidado en un bidón del varadero. Me lavé, me hice una tortilla, y antes de acostarme abrí el cuaderno de hule por la última página y escribí una línea que no era inventario:
«Hoy me he ido a los once minutos. Mañana vuelvo.»
Debajo, en el margen, con paréntesis, añadí:
«(cruasanes: los sábados. Diecinueve años.)»
Y aguanté un rato mirando el paréntesis, que ya era el sexto o el séptimo, pensando que a este paso el cuaderno iba a tener dos libros dentro: uno con lo que hay en la casa y otro con lo que hay debajo. Y que el segundo lo estaba escribiendo yo sin permiso de nadie, ni siquiera mío.