Capítulo 7
La segunda vida traía una sola condición y era la peor de todas:
Primera. Irás a comer a casa de Rosario. Te quedarás hasta el final.
«Hasta el final.» Mi abuela ponía todo, había dicho Nico. Pues eso.
Llegué a la una en punto con un bizcocho comprado en el horno de Berta, que me lo despachó con la misma cortesía de mostrador y sin un gramo más, y con la sensación de ir a un examen para el que no se puede estudiar.
Rosario abrió antes de que llamara. Los pisos de esta parte del pueblo tienen la puerta de la calle a un metro de la mesa camilla, así que entrar en su casa fue directamente comer en su casa.
—Ay, filla , ¡y con dulce! No hacía falta. Deja, deja, ponlo ahí. ¿Tienes hambre? Di que sí aunque no.
Su casa es la misma que la de mi abuela con las paredes movidas de sitio y cuarenta grados más de temperatura sentimental.
Tapetes. Fotos. Un mueble entero de fotos, tres estantes, con esa organización de las casas de las señoras que no es cronológica ni temática sino afectiva: los muertos arriba, los nietos en medio, los santos donde caben.
La mesa estaba puesta para dos con el mantel bueno.
Y eso —lo pienso ahora y lo pensé entonces, en el segundo exacto de entrar— es una información completa sobre la vida de una mujer de setenta y nueve años: que le he avisado con un día, que no ha dicho ni una vez «no te molestes», y que ha sacado el mantel de los domingos un martes.
En mi oficio hay un concepto para las casas que se preparan así, aunque nosotros lo usamos para vender: se llama «la casa que te estaba esperando».
Es la primera vez en ocho años que me tocaba estar en una de verdad, y no había cobrado nada por montarla, y no supe dónde poner las manos.
Comimos arroz con costra, que es un plato que exige respeto y silencio los primeros cinco minutos, y hablamos de lo que se habla: del calor, del precio del pescado, de la sobrina de no sé quién que se ha ido a Alemania a trabajar de enfermera y gana un dineral pero está sola, «que eso no lo dicen».
Rosario preguntaba y contestaba ella misma, un sistema muy eficiente que me dejaba tiempo para mirar el mueble de las fotos.
Estuve un rato haciendo el ejercicio que hago siempre en las casas ajenas, que consiste en leer el mueble de las fotos como se lee un organigrama.
Arriba: los muertos. El marido de Rosario, con bigote y traje de los sesenta.
Sus padres, en un retoque de estudio con las mejillas pintadas de rosa.
Una foto de grupo antiquísima en el porche de una casa de campo, con doce personas y ni un solo nombre debajo, que es la manera que tenemos las familias de perder a la gente sin darnos cuenta.
En medio: los vivos. Nietos con toga de universidad americana en fotomontaje, un bebé con diadema, una boda en la playa.
Y repartidas por los tres estantes, con una naturalidad que a mí me hizo un ruido enorme, ocho o nueve fotos de mi abuela.
En la cocina de esta casa. En una excursión con un pañuelo en la cabeza. En la puerta del horno con la madre de Berta. Riéndose en un banquete con un vestido bueno, sentada en el sitio de las tías, que es el que ocupan las mujeres solas en las bodas ajenas.
Y en ninguna estaba mi madre.
Lo comprobé dos veces, disimulando, con la excusa de mirar al bebé de la diadema.
Ni una. Ni de pequeña. En el mueble de las fotos de la vecina que fue amiga de mi abuela cincuenta años no había ni una imagen de la única hija de mi abuela, y sin embargo había dos mías: yo con nueve o diez años en la explanada del puerto con una bici demasiado grande, y yo en la comunión de alguien, seria, con el pelo cortado a tazón.
—Rosario, ¿usted se acuerda de cuando mi madre se fue?
Se le paró la cuchara medio segundo. Después siguió sirviendo, y contestó como se contestan estas cosas en los pueblos, que es contestando a un noventa por ciento:
—Uy, de eso hace ya. —Se limpió las manos en el delantal—.
Maribel era muy suya. Muy lista, ¿eh? Y muy suya.
Aquí entonces las chicas se iban a servir a Valencia o a Alicante y volvían los domingos, y ella dijo que a servir no iba, y en eso tenía toda la razón del mundo.
Se fue a Zaragoza con la hija de los del taxi.
—¿Y volvió?
—Volvió al principio. —Bajó un poco la voz, aunque no había nadie—.
Luego menos. Y luego pasó lo que pasa. —Me miró a los ojos, y ahí Rosario, que habla mucho, hizo lo que hace la gente que en realidad sabe mucho: soltó una sola frase y se paró—.
Tu abuela era una gran mujer, filla . Con las de fuera. A las de dentro las apretaba.
Se levantó a por el pan. Y yo me quedé con eso, con «a las de dentro las apretaba», mirando un mueble de fotos donde mi madre no existía y yo salía dos veces.
Y en el segundo estante, en un marco de plata de los de comunión, estaba mi abuela con un andador.
No lo había visto nunca. No lo del marco: el andador.
Aquel objeto de aluminio y goma gris que llevaba en su vida quién sabe cuánto tiempo, con dos manos encima que yo conocía mejor que las mías, y ella detrás, con una bata que tampoco le conocía, en un pasillo que era este mismo, sonriendo con esa mueca que ponen las señoras cuando alguien les dice «va, Amparo, una foto».
—Del año de la cadera —dijo Rosario, siguiéndome la mirada sin ninguna malicia, sirviéndome más arroz que yo no había pedido—. Mira qué guapa. Se puso muy chula ese día porque venía el fisio nuevo.
—¿La cadera?
—La operación. —Me miró con extrañeza, un cuarto de segundo, y luego se le arregló la cara sola, porque la gente buena arregla la información para que no te haga daño y esa es justo la parte que más duele—. La de hace ocho años, hija. Cuando lo del hueso.
—Ya. Sí.
—Estuvo dos meses con el andador y luego con el bastón hasta Navidad.
—Se sentó, se alisó el mantel, se puso cómoda para contarlo, porque ella lo contaba como una anécdota, como se cuenta una tarde de agosto—.
La primera semana no se podía ni girar en la cama, ¿sabes?
Yo venía a las siete y le hacía la primera, y a las once venía otra vez, y por las noches el chico, que subía después de cerrar.
Nos organizamos bien. Bueno, se organizó ella, que hasta enferma era la que mandaba.
—Se rio—. ¡Y no quería que te dijéramos nada!
«A la nena no la molestéis, que está con un proyecto muy grande.
» Con lo orgullosa que estaba de ese proyecto tuyo, madre mía.
El arroz con costra estaba delicioso. Lo digo porque me acuerdo. Es lo último que recuerdo con sabor de aquella comida: el resto lo mastiqué.
—Sí —dije—. Aquel año fue complicado.
—¡Pues claro, hija! Si aquí lo entendíamos todos. El trabajo es el trabajo. Tu abuela decía: «Si viene, viene, pero que no venga por lástima, que la lástima se le pega a las casas».
Hay frases que te alcanzan con retraso, como los truenos.
Aquella me alcanzó dos segundos después de sonreír.
Que no venga por lástima. Yo no había venido, y no había sido por respetar ningún principio: había sido por Lisboa, por tres días de conferencias y cócteles con gente de la que hoy no recuerdo ni las caras, y por una frase de siete palabras que le dije por teléfono un martes de septiembre —«abuela, es que tengo un proyecto»— y que en aquel momento me pareció una mentira pequeña, del tamaño de una moneda.
Y ella la había repetido. La había cogido, la había hecho suya, y la había ido diciendo por todo el pueblo durante ocho años: mi nieta tiene un proyecto muy grande. Sin sospechar, o sospechando exactamente. Da igual. Yo le había dado el material y ella lo había bordado.
—¿Estás bien? —dijo Rosario—. Se te ha puesto una cara.
—El calor.
—Voy a por el flan. Y no me digas que no, que es del que le gustaba a ella.
Trajo el flan. Comí el flan. Escuché veinte minutos más sobre el fisio nuevo, sobre la escayola de un vecino, sobre cómo mi abuela se empeñó en volver a la máquina de coser antes de tiempo y le tuvieron que esconder el pedal.
Rosario contaba y yo asentía, y por dentro tenía una hoja de cálculo abriéndose sola: ocho años, dos meses de andador, tres visitas al día, las noches el chico.
El chico. Nico subiendo a las once de la noche después de cerrar el taller, todos los días, dos meses, mientras yo compartía un plato de bacalao en un rooftop de Lisboa con un tipo de una consultora que me explicaba lo de la marca personal.
Hay una parte de aquella semana que no le he contado a nadie y que voy a poner aquí porque este cuaderno mío ya no sirve para otra cosa.
Yo llamé. Aquel septiembre llamé tres veces, y las tres desde el taxi o desde el aeropuerto, con esa voz alta que se pone en los sitios con ruido, y las tres le pregunté cómo iba.
Y ella me dijo bien las tres veces. Bien, hija, bien.
Se me olvida el detalle que más me cuesta: que la última de esas llamadas duró cuatro minutos y que la corté yo porque estaban embarcando.
Cuatro minutos. Ni siquiera fue una gran traición.
Fue una llamada de cuatro minutos, que es una cosa que hace todo el mundo todos los días, y por eso no hay manera de perdonársela: porque no tiene tamaño.
Las cosas que se pueden contar como historia se perdonan.
Esto no es una historia. Esto son cuatro minutos y una tarjeta de embarque.
—...y el chico le puso la barra en el baño —seguía Rosario—. Un domingo por la mañana, con el taladro, que se puso todo el bloque a asomarse. Y ella venga a decir que no hacía falta.
—¿Y él qué decía?
—Nada. Ese no dice. —Rosario se rio con la boca cerrada—. Ese hace y se va.
Y entonces Rosario dijo, sirviendo el café:
—Lo que no te perdono es que no te quedaras al café el día del entierro. Que te fuiste sin café, hija.
Lo dijo riéndose. Lo dijo con cariño, con ese cariño de pueblo que te clava el cuchillo y te pregunta si quieres azúcar.
Miré el reloj. Y aquí está lo que hice, y lo escribo entero porque me he prometido escribirlo entero:
—Rosario, perdóname. Me tengo que ir. Tengo una llamada de trabajo a las cuatro y media que no puedo perder.
No tenía ninguna llamada. Eran las cuatro menos veinte.
Me levanté con la taza a medias, dije que el arroz estaba de premio, dije que volvía otro día, dije tres o cuatro cosas más de mi catálogo de aplazar personas, y a Rosario se le pusieron los ojos un poco más pequeños, no de enfado: de reconocer algo.
Me acompañó a la puerta con el bizcocho envuelto para que me lo llevara, «que aquí somos dos viejas y no hay quien lo coma», y ella era una.
En la calle, el sol de las cuatro de la tarde caía sobre Baix la Mar como cae sobre todo lo que hacemos mal: sin dramatismo, con mucha luz.
Anduve treinta metros y me paré. Tenía el bizcocho en la mano, envuelto en papel de horno con dos vueltas de celo, del bizcocho que yo misma le había llevado y que ella me devolvía porque en su casa eran dos viejas y una llevaba tres semanas muerta.
Me quedé mirando el paquete en mitad del carrer como una idiota.
Podía volver. Estaba a treinta metros. Se sube, se llama, se dice «me he equivocado, Rosario, no tengo ninguna llamada», y se toma el café.
Hice el cálculo de lo que costaba volver.
No en tiempo: en cara. Costaba entrar en la casa de una mujer que acababa de contarme, sin saberlo, la lista completa de todo lo que yo no hice, y sentarme otra vez frente a ella y que ella me sirviera azúcar.
Costaba estar diez minutos sin nada que hacer con las manos delante de una persona que fue a las siete y a las once durante dos meses.
Y ahí es donde a mí se me nota la costura, que la tengo en el mismo sitio que mi madre. Yo no huyo de lo que me hace daño. Huyo de que se me vea recibirlo.
Guardé el móvil, que no había llegado a mirar ni una vez.
Anduve. No hacia la casa. Bajé por el carrer hacia el mar porque las calles de este pueblo bajan solas, y crucé la explanada, y me metí por la puerta abierta del varadero como quien busca sombra, y no era sombra lo que buscaba.
Un pliego de condiciones. Yo cumplo los pliegos de condiciones. Te quedarás hasta el final.
Once minutos. Me había faltado el café.