Capítulo 6
El tercer día amaneció con levante y la casa entera se puso a hablar.
Los que vivimos en pisos con las ventanas selladas no sabemos esto: una casa vieja con nueve ventanas abiertas y viento de mar es un instrumento.
La bóveda de la escalera hace de caja de resonancia, las puertas de las habitaciones respiran contra los marcos, y el papel que dejé sobre la mesa de la cocina —el borrador de la lista de la compra— se me fue volando hasta el patio y se quedó enganchado en el limonero como un pájaro tonto.
Cerrar habría sido lo lógico. Pero la condición decía todas, cada mañana, y yo estaba descubriendo en mí una obediencia rara, casi deportiva, a las instrucciones de una muerta.
Lo que me llevó toda la mañana fue el cuarto de mi madre.
Porque estaba entera. La colcha de flores, la mesilla con el tapete, y en la pared, con celo amarillo, un recorte de revista de un actor que a estas alturas debe de tener setenta años y una nieta abogada.
En el armario, ropa colgada: una cazadora vaquera, dos vestidos, una falda plisada del colegio.
En el cajón de la mesilla, un cuaderno de espiral con las tapas forradas de papel de regalo, dos entradas de un cine que ya no existe y un espejito de bolso con la tapa rota.
Mi madre se fue de esta casa a los diecinueve años. Sé la edad, no sé el día. En mi familia hay fechas que no se dicen, se calculan.
Y el cuarto se había quedado así treinta y nueve años, con la ropa colgada, como se queda un sitio del que alguien sale creyendo que vuelve el jueves.
Lo que me revolvió no fue la nostalgia, porque yo no tengo nostalgia de aquel cuarto: no dormí en él jamás.
Fue la lectura profesional, que en esa casa se me disparaba sola y era la única herramienta que tenía.
Un cuarto conservado así no es un cuarto olvidado.
Nadie olvida durante treinta y nueve años una habitación de la casa donde vive, sobre todo si es una casa pequeña y la habitación mira a la calle, que es la mejor.
Aquello estaba puesto. Aquello era una mesa preparada para una invitada, mantenida durante cuatro décadas por una mujer que quitaba el polvo a un recorte de revista con celo amarillo cada semana y volvía a cerrar la puerta.
Y si alguien me necesita voy a ir, aunque esté lejos, aunque sea un lunes. Eso lo escribiría yo un año después, en un sobre, sin saber nada de esto.
Inventarié el cuarto con una minuciosidad que no le puse a ningún otro.
Anoté la ropa prenda por prenda. Anoté el recorte.
El cuaderno de espiral lo abrí, vi la primera línea —era una lista de cosas para llevarse, con una letra grande y redonda que era la de mi madre antes de ser la letra de mi madre— y lo cerré.
Hay archivos que no son míos. Anoté: «Cuaderno personal, sin inventariar por decisión de la heredera», y me gustó cómo sonaba «por decisión de la heredera», porque era la primera decisión que tomaba en aquella casa que no era una tasación.
A la una llamó mi madre, y hay coincidencias que le hacen a una perder la fe en las coincidencias.
—¿Sigues ahí? —dijo.
—Sigo. Estoy con el inventario.
—El inventario. —Un ruido de mechero—. ¿Y qué inventarías, hija? Si ahí no hay nada. Cuatro trastos y humedad.
—Hay bastantes cosas.
—Ya. —Silencio. Estática de televisión—. ¿Has subido arriba?
Y ahí estaba: mi madre, que audita, que no saluda, preguntándome por su cuarto sin nombrarlo, con una voz que se había quedado dos tonos por debajo de la suya.
—He subido —dije.
—Pues eso. —Otra calada—. Tira lo que quieras. Todo. La ropa que se la lleve Cáritas, que estará hecha un asco.
—Mamá, el cuarto está...
—Que la tires, Lucía. —Y luego, más bajo, casi para ella—: A mí no me ha guardado nada esa mujer que yo le pidiera.
Colgó. Yo me quedé con el móvil en la mano en mitad de una habitación de 1985, y por primera vez desde que llegué se me ocurrió una idea que no me gustó nada: que a lo mejor las dos, mi madre y yo, llevábamos toda la vida discutiendo con la misma persona.
Terminé el inventario a las cinco y veinte de la tarde, con veintiséis páginas del cuaderno de hule escritas y una uña rota, que anoté también, en broma, en el margen, y que fue la primera broma que le hice a ella desde el entierro.
Fue más largo de lo que parece y más corto de lo que debería.
Me faltaban procedencias. Me faltaban, de hecho, casi todas las procedencias, porque la mitad de las cosas de aquella casa me miraban desde su repisa con la boca cerrada, y la fuente de información caminaba por el pueblo con una caja de herramientas y aparecía cuando le daba la gana.
En el margen de la última página escribí once preguntas numeradas.
La once era: «(¿de qué día es la arena?)».
Nico llegó a las siete, avisado por un mensaje mío de tres palabras y ningún signo de puntuación, y con él llegó el problema del día: la firma.
Porque el testamento decía «de forma verificable» y decía «atestiguado», y el notario, muy profesional, me había entregado con la caja una hoja por vida, ocho hojas, cada una con su casilla y su renglón para la fecha y la rúbrica de don Nicolás Arbós Ferrer.
Yo había puesto las ocho hojas en una carpeta, porque a las cosas humillantes hay que darles carpeta.
Se lo enseñé todo. El cuaderno de hule con las veintiséis páginas, las nueve ventanas abiertas desde las ocho, el colchón deshecho como prueba de las tres noches.
Lo puse encima de la mesa con la eficiencia con que presento un proyecto en Chamberí: aquí las partidas ejecutadas, aquí la documentación gráfica, aquí su firma, por favor, y buenas noches.
Nico no cogió el bolígrafo.
Leyó el cuaderno de pie, pasando las páginas despacio, y a mí se me hicieron largas de una manera que no me esperaba, porque no estaba leyendo un documento: estaba leyendo la casa de Amparo Serra escrita por otra persona, y de vez en cuando se paraba en una línea y yo veía perfectamente cuál. Al final cerró el cuaderno y dijo:
—Está muy bien hecho.
—Gracias.
—No era un piropo. Era el problema. —Se sentó, por fin, en la silla desparejada del bar de Salva, la del respaldo que no era tonto—. ¿Tú te has quedado aquí estos tres días?
—He dormido aquí, he abierto las ventanas, he hecho el inventario. Tres de tres.
—Ya. —Se pasó la mano por la mandíbula—. Es que eso no es lo que decía la carta.
—La carta decía exactamente eso. La tengo ahí, en la mesa, con las tres condiciones. ¿Te la leo?
—La carta dice «la vida que dejé aquí». —Lo dijo sin levantar la voz, que fue lo que lo hizo insoportable—. Las condiciones son para saber si lo has hecho. No son lo que hay que hacer.
Sentí el calor conocido subiendo por el cuello, ese que ya me había visitado en la notaría.
—Voy a explicarte cómo funciona un pliego de condiciones, Nico, porque yo firmo unos cuantos al año. Un pliego se cumple o no se cumple. Si tu abuela… perdón, si mi abuela quería otra cosa, tenía tres hojas de papel y un notario carísimo para escribirla.
—Escribió que yo diera fe.
—Escribió que dieras fe de que cumplo las condiciones.
—Escribió que diera fe. —Una pausa del tamaño de un listón—. De lo demás no puso nada, y tu abuela ponía todo.
Nos quedamos los dos en silencio con esa frase en el aire.
Fuera, el levante seguía trabajando y una persiana daba golpes en algún patio del carrer.
Yo me di cuenta, con una lucidez muy incómoda, de que el hombre tenía razón en el fondo del asunto y de que iba a discutírselo igualmente, porque llevaba tres días perdiendo por puntos en mi propia casa.
—¿Y qué se supone que tenía que hacer? Ilumíname. ¿Llorar en el cuarto de costura? ¿Abrazar el limonero? Dime el formato y lo entrego.
—No lo sé.
—Ah, no lo sabes. Estupendo. Un juez que no sabe la ley.
—No sé lo que tenías que hacer tú. —Se levantó, cogió el cuaderno y lo abrió por la mitad, sin buscar, como quien conoce el sitio—. Sé lo que has hecho tú. Aquí pone: «Pastora de porcelana. Tómbola fiestas 1989. Valor sentimental: alto». —Levantó los ojos—. ¿Alto según quién?
—Según el criterio de un inventario.
—¿Y tú qué sientes por la pastora?
—¿Qué quieres que sienta por una pastora de porcelana, Nico?
—Me levanté yo también, porque hay conversaciones que no se pueden tener sentada—.
Mira, te voy a contar una cosa. Yo tengo cuarenta y una casas al año.
Cuarenta y una. Cada una de esas casas la ha vivido alguien, y en muchas se ha muerto alguien, y en todas hay una pastora de porcelana con su tómbola detrás.
Si yo sintiera lo que hay que sentir por todas las pastoras del mundo, no habría terminado un solo encargo en ocho años.
Se aprende a hacer esto sin abrir las cajas. Se aprende porque si no, no se puede.
—Ya lo sé.
—No, no lo sabes. Tú tienes un pueblo entero de tres mil personas y las procedencias te las sabes todas de memoria porque estabas delante cuando pasaron. Eso no es una virtud. Eso es no haberte movido.
Lo dije para hacer daño y lo hizo. Se le tensó algo en la mandíbula, muy poco, lo justo para que yo lo viera y me arrepintiera medio segundo antes de tiempo, que es como me arrepiento siempre.
—Puede ser —dijo, sin subir la voz—. Pero yo no estoy inventariando tu casa.
—Es una casilla del inventario.
—Es una casilla de tu inventario. Ella no tenía casillas. —Cerró el cuaderno—. Mira, Lucía, no te estoy pidiendo un teatro. Al revés. Es que llevas tres días haciendo una casa como haces las de Madrid.
El aire de la cocina se paró.
—¿Y tú qué sabes cómo hago yo las casas de Madrid?
Y ahí, por primera vez desde la notaría, vi que a Nico Arbós se le movía algo por dentro: un cálculo rápido, un paso atrás mental, la cara de alguien que se ha adelantado a su propio permiso.
Duró medio segundo. Después se apoyó en el respaldo de la silla y contestó a otra cosa, con una calma que ya no era la misma calma:
—Tu abuela no pedía teatro. Ya tenía el mejor del pueblo.
—Dejó el cuaderno en la mesa, a la distancia justa para que yo pudiera alcanzarlo—.
Sesenta años haciendo ajuares para bodas en las que no la sentaban a la mesa.
Sabía perfectamente qué es hacer las cosas por fuera muy bien.
No le hacía falta que su nieta viniera a demostrárselo.
No supe qué contestar. Lo he pensado mucho después, y creo que no supe qué contestar porque en aquella frase había dos golpes, y yo solo vi uno.
El que vi fue el evidente: que me estaba llamando fachada.
El que no vi, el que llevaba dentro y no se abrió hasta semanas más tarde, era la primera parte.
No le hacía falta que su nieta viniera a demostrárselo.
Cómo sabía él lo que a mi abuela le hacía o no le hacía falta de mí.
Cuánto tiempo hay que pasar en la cocina de una mujer para saber eso.
Aquella noche solo me llevé el golpe evidente, y me lo llevé entero.
—Firma o no firmes —dije—. Pero decide, porque son las ocho y media y mañana me toca la número dos.
Cogió el bolígrafo. Firmó. Escribió la fecha con esa letra de imprenta pequeña de los que están acostumbrados a rotular medidas en una tabla, y me devolvió la hoja.
—He firmado que has cumplido las condiciones —dijo—. Es lo que puedo firmar.
—Es lo único que hay que firmar.
—Vale. —Se quedó un momento en la puerta del patio, con el levante metiéndose en la casa—. Por cierto, la del molinillo eras tú.
—¿Qué?
—Lo de subirte a la silla. Eso pasó. Yo te vi hacerlo una vez desde la calle, tendrías diez años, con la ventana abierta como hoy. —Cambió el peso de un pie al otro—. Bajabas el bote de la manzanilla. Lo demás del recuerdo es verdad.
Y se fue, otra vez, dejándome de pie en mi cocina con la última palabra en el bolsillo y sin ningún sitio donde gastarla.
Fregué la taza. La sequé. La guardé. Después subí, y en el rellano de la escalera me paré delante de la puerta del cuarto de costura, que llevaba tres días cerrada porque yo la había cerrado el primer día. Puse la mano en el picaporte. Estuve así lo que dura una respiración larga.
No la abrí. Pero apagué la luz del rellano desde dentro de la decisión, si eso se entiende: no como quien huye, sino como quien deja algo para mañana sabiendo que mañana existe.
Abajo, sobre la mesa de la cocina, la caja azul esperaba con siete sobres de pie y uno tumbado, ya vacío, encima de los otros. Un archivo abierto. Un expediente en curso.