Las ocho vidas de Lucía Capítulo 5
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Capítulo 5

Me desperté a las siete menos cuarto sin despertador, que es la hora a la que me despierto en Madrid, y me quedé veinte minutos boca arriba escuchando un pueblo que llevaba dos horas trabajando.

Esto no lo cuenta nadie de los que se compran una casa en el campo: el desajuste.

Yo tengo un ritmo interno de ciudad, hecho de tramos de veinte minutos, huecos entre reuniones, cafés de pie.

Aquí el día empieza a las cinco y media con los motores del puerto y a las siete ya han pasado el camión del hielo, la persiana del horno, el hombre que barre la plaza y dos conversaciones enteras debajo de mi ventana, y a las nueve y media, cuando yo en Madrid estoy en mi segundo café creyéndome muy productiva, aquí hay gente que ya ha hecho medio jornal y viene a comprar el pan por segunda vez.

La sensación no es de paz. Es de ir con retraso en un sitio donde nadie te está esperando.

A las ocho abrí las nueve ventanas. Ya no me hacía falta contarlas.

El segundo día del inventario descubrí que mi abuela tenía un sistema y que yo no lo entendía.

Empecé por la caja de hilos, que en teoría era lo fácil: cuatro bandejas de madera con las madejas de pie, apretadas, y en el canto de cada una la etiqueta con el número.

Un archivo. Lo mío. Saqué la primera bandeja, la dejé en la mesa junto a la ventana y me preparé para asentar «madejas de algodón, aprox.

300 uds., ordenadas por gama cromática», y entonces las miré de verdad.

No estaban por color. Al lado del 666, que es el rojo y por el que nos reíamos siempre, había un verde oscuro y un crudo.

Después dos azules, muy juntos, y luego un naranja quemado que no pintaba nada allí.

Volví a mirar, con la desconfianza del profesional al que le tocan el oficio: quizá era por número.

No era por número. Quizá por antigüedad, por proveedor, por grosor.

No, no y no. Y sin embargo había orden, se veía a un metro de distancia que había orden, esa vibración que tienen las cosas colocadas por alguien que sabe frente a las colocadas por alguien que ordena.

Estuve cuarenta minutos con las cuatro bandejas.

Las fotografié, hice tablas, probé hipótesis como una idiota.

Al final escribí en el cuaderno de hule: «Caja de hilos.

Cuatro bandejas. Criterio de ordenación: desconocido», y aquella palabra, desconocido, escrita con mi letra recta de trabajo en el cuaderno donde ella había asentado cincuenta años de encargos, me sentó como una bofetada administrativa.

Lo que no sepas, lo preguntas.

—Muy lista —le dije a la casa.

A las once y media apareció el perito.

Vino sin excusa esta vez, que ya era un dato: ni caldera, ni herramientas, solo él con una bolsa de papel del horno y esa manera suya de aparecer en el escalón del patio como si el escalón fuera una zona común.

—Buenos días. Rosario dice que no desayunas.

—Rosario dice muchas cosas.

—Rosario acierta muchas cosas. —Dejó la bolsa en la mesa, se apoyó en el marco de la ventana con los brazos cruzados y miró las bandejas de hilos desparramadas por la mesa, mi cuaderno abierto, mis fotos, mi lista de hipótesis descartadas. Tardó cuatro segundos—. Por encargos.

—¿Perdona?

—Los hilos. No están por color. Están por encargo.

—Se acercó, señaló sin tocar, con el dedo a dos centímetros de la bandeja, y noté que respetaba las cosas de aquella casa con una educación que a mí me faltaba—.

Cada tira es una pieza que hizo. El verde y el crudo, ese es un mantel de la casa de los Bordes; el rojo entra porque llevaba una cenefa.

Cuando terminaba un encargo dejaba los sobrantes juntos, en el orden en que los había usado.

Decía que así, si le pedían otro igual, no tenía que pensar.

Miré las bandejas. Con esa frase, las cuatro bandejas dejaron de ser un archivo desordenado y se convirtieron en otra cosa: en una estantería de libros.

Cada tira de madejas era una pieza terminada, un salón de otra casa, una boda, unas iniciales enlazadas.

Cincuenta años de trabajo puestos de pie, por orden de ejecución, como los tomos de una obra completa.

Y yo había pensado en asentarlos por gama cromática, y eso es lo que se hace con los hilos cuando lo que quieres es que la caja salga bonita en una foto.

—Ya —dije.

—¿Lo apuntas?

—Lo apunto.

Y lo apunté, en silencio, y él no dijo nada mientras yo lo apuntaba, que le agradecí sin decírselo. «Caja de hilos: ordenada por encargos, cronológica. Cada tira = una pieza. Preguntar cuáles.» Cerré el paréntesis del final, y luego lo abrí otra vez y añadí: «(preguntar a quién)».

La mañana siguió así, y aquí está el problema que tardé dos días en formular: cada objeto de aquella casa tenía una historia, y la historia la tenía él.

El molinillo de café que yo daba por decorativo llevaba treinta años moliendo la mezcla de la cooperativa porque mi abuela decía que el molido de bolsa «venía dormido».

La silla desparejada de la cocina venía del bar de Salva, de la reforma del noventa y ocho, y era la única en la que mi abuela se sentaba a comer porque las otras «tenían el respaldo tonto».

Hasta la disposición de los muebles, que yo había leído profesionalmente como «distribución heredada, poco optimizada», tenía su lógica: el sillón estaba a cuarenta centímetros de la pared, cosa que a mí me parecía un error de principiante, porque así la luz de la ventana le entraba por encima del hombro izquierdo, que es por donde tiene que entrarle la luz a una bordadora diestra.

Cuarenta centímetros de mala distribución que eran, en realidad, cincuenta años de oficio.

Cada vez que él soltaba una de estas cosas, yo apuntaba y sonreía y me iba poniendo, por dentro, de un humor muy específico que tardé en identificar porque no lo tengo catalogado casi nunca: humillación.

No la humillación aparatosa de quedar mal en público.

La otra, la de estar en tu propia casa —en la casa que acabas de heredar, con tu apellido en el testamento— y necesitar que un desconocido te vaya diciendo qué es cada cosa.

Yo entro en casas ajenas y en veinte minutos sé quién vive ahí, si el matrimonio duerme junto, si el niño es del primero, si hay dinero nuevo o dinero viejo o dinero fingido.

Lo mío es leer casas. Y en aquella no pasaba de la portada.

A la una y cuarto, con el molinillo en la mano, cometí el error.

—Esto lo tenía en la repisa alta —dije—. Me acuerdo perfectamente. Yo me subía a la silla para bajárselo por las mañanas, y ella me decía que no me subiera y me lo dejaba hacer.

Nico levantó la vista de la ventana, donde estaba comprobando un herraje sin que nadie se lo hubiera pedido, y me miró un segundo de más antes de contestar.

—Eso no era el molinillo. Era el bote de la manzanilla.

—Era el molinillo.

—El molinillo pesa cuatro kilos y ella tenía la muñeca de la caída del ochenta y siete.

—Volvió al herraje, sin ninguna intención, que fue lo peor—.

Nunca lo subió a la repisa. Estaba donde está ahora, en el mármol, al lado del fuego.

Lo que había arriba era el bote de la manzanilla y la caja de las medicinas, para que no le llegaran los nietos.

Los nietos. En plural. La fórmula de una casa con muchos niños, que no era esta.

Yo tenía el molinillo en la mano. Y aquí viene lo que me pasó, que no fue rabia, aunque hubiera preferido rabia: fue vértigo.

Porque busqué el recuerdo otra vez, lo puse debajo de la luz, y el recuerdo tenía la silla, tenía el olor, tenía la voz de ella diciéndome «baja de ahí» sin ninguna intención de que yo bajara.

Todo verdadero. Todo menos el objeto. En el hueco donde yo llevaba veinte años poniendo un molinillo había un bote de manzanilla, y si eso se movía, ¿qué más se movía?

Es una sensación que solo he tenido dos veces en la vida, y la otra fue cuando me llamaron para decir que se había muerto: el suelo no se abre, el suelo hace algo peor, que es ondularse un poco y quedarse quieto, como si te avisara.

—Vale —dije.

—No te lo digo por…

—Que sí, que vale.

Dejé el molinillo en el mármol, al lado del fuego, en su sitio de siempre y de nunca. Y entonces hice lo que hago.

—Voy a sacar unas fotos para el seguro —dije—. De todas las estancias. Es un trámite del inventario.

—¿Del seguro?

—De la aseguradora. Para el valor de los enseres. —Me oí explicarlo con dos datos de más, que es mi marca de fábrica—. Es lo normal cuando hay una herencia con bienes muebles.

Nico se encogió de hombros y siguió con el herraje. Y yo subí a por el móvil y estuve veinticinco minutos haciendo fotos de la casa de mi abuela.

Las hice bien. Las hice como se hacen las fotos que van a una carpeta de referencia: pegada a la pared del fondo para coger la profundidad de la crujía, contraluz controlado, una vertical por estancia y una general, y en el patio esperé cuatro minutos a que una nube pasara para que el limonero no saliera quemado.

En el visor, la casa de mi abuela quedaba preciosa.

La bóveda de la escalera, la carpintería de los balcones con la pintura reventada en capas —«azul original, dos verdes encima, muy documentable»—, los suelos hidráulicos del salón, esos que ahora se pagan a precio de arte y que aquí llevan cien años debajo de las zapatillas de una señora.

Cada foto que hacía era, y lo sabía mientras la hacía, el tipo de imagen que un dosier de Marina Nord llama «identidad del lugar»: la textura del sitio, lo autóctono, lo que hay que preservar en tres detalles para poder derribar lo demás.

—Sales tú —dije, cuando Nico se coló en el encuadre del patio.

—Perdón.

Se apartó. Yo hice la foto sin él.

Después subí al dormitorio, cerré la puerta, y allí, sentada en la cama del somier que suena en do, con el póster del grupo que ya no le gusta a nadie a mi espalda, abrí la carpeta de trabajo del móvil y las moví todas.

Una a una, con el pulgar, de «Recientes» a la carpeta que se llamaba MN_REF. Marina Nord, referencias.

Cuando terminé estuve un rato con el teléfono bocabajo sobre la rodilla. Abajo se oía a Nico probar el postigo que acababa de arreglar: abrir, cerrar, abrir, cerrar. Un ruido de alguien que comprueba las cosas hasta que le responden bien.

El teléfono vibró contra mi rodilla. Olga, cómo no; Olga tiene un sexto sentido para llamar en el minuto exacto en que has hecho algo por ella.

—Dime que estás viendo lo que yo creo que estás viendo.

—Estoy viendo suelo hidráulico original en casas particulares —dije, y me oí la voz de teléfono saliéndome sola, cálida, competente, esa voz—. Palmeta pequeña, dibujo de cenefa. Y carpintería de balcón con la pintura en capas. Cuatro capas, se leen a simple vista.

—Ay. Ay, Lucía. —La oí sonreír a doscientos kilómetros—. Eso es dinero. Eso es la primera página del dosier.

—Es lo que hay.

—¿Y la gente? El sitio, el ambiente. Necesito saber si esto tiene alma o si es otro pueblo bonito y muerto.

Me quedé un segundo con la mirada en la pared del dormitorio, donde la chincheta oxidada sujetaba el póster.

—Tiene alma —dije—. Todavía viven pescadores. Hay un varadero en activo.

—¿Un varadero en activo? —Un silencio corto, de los que en Olga significan que está apuntando—. Eso es maravilloso y es un problema. Los inversores van a querer el varadero en las fotos y no en el solar. Ya lo hablaremos. Sigue.

Colgamos. Yo no había dicho ni una sola mentira.

Podría haber pasado un polígrafo con las tres respuestas, palabra por palabra.

Y sin embargo seguí sentada en la cama de los veranos con una sensación física en la garganta, como cuando tragas una pastilla sin agua suficiente y se te queda a mitad de camino, ni dentro ni fuera.

Los inversores van a querer el varadero en las fotos y no en el solar. Anoté la frase en algún sitio de mí donde suelo guardar las cosas que ya sé que van a doler más tarde.

Bajé. Le dije que gracias por lo del postigo.

Él dijo que era un cuarto de hora. Yo dije que le invitaba a un café con el molinillo que sí estaba donde estaba, y él dijo que otro día, que tenía la barca de Salva en el varadero con la quilla al aire, y se fue, y yo quedé sola en una casa que ya tenía dos versiones: la que estaba inventariando en un cuaderno de hule con la letra recta, y la que estaba archivando en una carpeta con siglas.

Aquella noche regué el limonero otra vez. Estuve un rato largo con el barreño vacío en la mano, mirando el árbol a oscuras, y me dije la frase que llevaba todo el día esperando turno: es trabajo, y trabajo es lo que hay que hacer para que exista lo demás.

El limonero no contestó. Empezaba a notarse que en aquella casa nadie me llevaba la contraria de frente, que es la manera más incómoda que hay de no darte la razón.