Capítulo 4
Las condiciones de la primera vida cabían en cuatro renglones, escritas por mi abuela en una cuartilla aparte, con la caligrafía administrativa que reservaba para las cosas serias, la de rellenar impresos y reclamar a la compañía de la luz:
Primera. Dormirás en la casa las tres noches. Segunda. Abrirás todas las ventanas, todas, cada mañana. Tercera. Harás inventario de la casa, a mano, en mi cuaderno del taller. Todo lo que hay y de dónde viene. Lo que no sepas, lo preguntas.
Lo leí dos veces y solté el aire por la nariz, que en mi familia es una carcajada.
Un inventario. De todas las pruebas posibles, a mí, un inventario.
Era como pedirle a un pianista que tocara en la fiesta: humillante precisamente porque sabes hacerlo.
Luego llegué a «lo que no sepas, lo preguntas» y la carcajada se me quedó a medias, porque preguntar significaba gente, y mi abuela lo sabía, y por eso lo había puesto.
Aquella cuartilla tenía más ingeniería que mi máster entero.
Las ventanas de la casa resultaron ser nueve, contando el ventanuco del baño que llevaba pintado y cerrado desde el siglo pasado y que abrí con una espátula y un juramento, porque la condición decía todas y yo seré lo que sea, pero los pliegos de condiciones los cumplo.
A las nueve y diez de la mañana la casa entera estaba en corriente, con las cortinas hinchadas como velas y un ruido nuevo, que era el ruido de siempre: la plaza, las gaviotas del puerto, una radio en el patio de al lado dando las noticias en valenciano, la vida del pueblo entrando por nueve agujeros a la vez, sin pedir permiso, como si la casa fuera suya. Y algo era.
El primer efecto de abrir todas las ventanas de una casa en Baix la Mar es meteorológico. El segundo es social. A las diez menos veinte ya tenía a Rosario en la puerta del patio con una fiambrera.
—He visto las ventanas y digo: ya está la xiqueta con las condiciones.
—Entró sin entrar, quedándose en el escalón, que es la manera del pueblo de respetar y enterarse a la vez—.
Te he hecho arroz al horno, que estarás comiendo cualquier cosa.
¿Has dormido? Tienes cara de colchón malo.
Ese colchón lo compró tu abuela cuando Franco, hija, tíralo, que los muertos no se ofenden por un colchón.
—¿Usted sabía lo de los sobres, Rosario?
—Yo sé lo que se sabe. —Se recolocó la fiambrera, diplomática—.
Que tu abuela estuvo el último año muy ocupada con sus papeles.
Muy ocupada y muy contenta, eso te lo digo: se le veía en la manera de tender.
Una mujer que tiende sábanas cantando es una mujer que ha tomado una decisión.
—Me miró de arriba abajo, rápida, un escáner de vecina—.
Come arroz. Las decisiones de los demás se llevan mejor comida.
Se fue y me dejó la fiambrera y la primera entrada del día para el inventario, aunque esa no la apunté: «Vecina, una. Sabe más de lo que dice. Dice más de lo que parece».
El cuaderno del taller estaba donde decía la cuartilla, en el segundo cajón de la mesa de costura: un cuaderno grueso de tapas de hule negro, con los bordes comidos, donde mi abuela apuntaba los encargos.
Lo abrí por el final y encontré las últimas páginas en blanco, esperando, y las anteriores llenas de su contabilidad de hilo: «Juego sábanas M.G.
, iniciales dobles, entrega S. Miguel». «Mantelería 12, escudo, cobrado».
Cincuenta años de las vidas de otros pasando por sus manos, asentados en columnas.
Puse la fecha en la primera página en blanco, y debajo: «Inventario.
Casa de Amparo Serra». Y estuve mirando el punto donde debía empezar la primera línea con una sensación desconocida en las manos, que tardé en identificar porque venía disfrazada: era respeto.
Iba a escribir en el cuaderno del taller.
Con mi letra de trabajo, la recta. Procuré que no desentonara.
Me puse los guantes para empezar por el aparador, y quiero contar lo de los guantes de una vez, porque ya va tocando.
Son guantes de algodón blanco, finos, de manipular objetos delicados: porcelana, papel antiguo, latón que se marca con las huellas.
En el oficio se usan para eso. Yo los uso para eso y para lo otro, y lo otro lo descubrí hace años, en la primera casa vaciada por una muerte en la que trabajé, cuando me di cuenta de que con los guantes puestos podía coger cualquier cosa —las gafas del difunto, su reloj parado, la foto de la boda— y que era como tocarlas por teléfono: la forma sí, la temperatura no.
La huella no se deja y la huella no se coge.
Desde entonces, cuando el mundo aprieta, yo me pongo algodón.
Hay gente que respira hondo. Yo me enfundo.
Así que estaba en el salón, a las doce, con mis guantes blancos, el cuaderno abierto y una figura de porcelana en la mano —una pastora con un cordero, canónica, la tienen todas las abuelas del hemisferio—, dictándome a mí misma en voz baja «figura decorativa, porcelana, mediados XX, procedencia…
», cuando la puerta del patio, que había dejado abierta por la condición segunda, dijo con voz de hombre:
—De la tómbola de las fiestas del ochenta y nueve.
Nico estaba en el escalón, donde Rosario, con una caja de herramientas en la mano y el sol detrás, y no supe cuánto tiempo llevaba allí. Me quité un guante sin decidirlo, lo que en mi idioma corporal es una rendición incondicional, y disimulé metiéndolo en el bolsillo trasero.
—La caldera —dijo, levantando un poco la caja de herramientas, como si la caja de herramientas fuera un salvoconducto, que en los pueblos lo es.
—¿Y tú cómo sabes de qué tómbola es la pastora?
—Me lo contó ella. —Entró, dejó la caja junto a la puerta de la cocina y miró alrededor con un movimiento corto, de comprobación, el que hago yo en las casas que conozco de memoria—.
Le tocó con la última tira de boletos. Decía que era lo único que había ganado en su vida sin trabajar y que por eso le tenía cariño, porque era un cariño que no le había costado nada.
—Se agachó ante la caldera, abrió la tapa—.
El truco es este: hay que darle al piloto dos veces cortas y una larga. Como llamar a una puerta.
—¿Quién llama a una puerta con dos cortas y una larga?
—Ella.
Encendió la caldera al primer intento, claro. Yo apunté mentalmente «revisar caldera con técnico oficial» por pura dignidad, y los dos supimos que no iba a llamar a ningún técnico.
No se fue. Tampoco se quedó exactamente: se desplazó por la planta baja a media distancia de mí, tocando cosas con los ojos, mientras yo retomaba el inventario con el guante puesto otra vez y el otro asomando del bolsillo como una bandera a medio izar.
Al rato me di cuenta de que trabajábamos en paralelo: yo asentaba objetos en el cuaderno y él los ordenaba por dentro, en algún registro suyo, y de vez en cuando la información se le desbordaba y me caía a mí.
—Ese cenicero es del bar de Salva. Se lo llevó ella el día que Salva dejó de fumar, «para quitarte la tentación de delante». Salva fuma desde el noventa y tres en el mismo cenicero de recambio y los dos fingían no saberlo.
—¿Y esto? —Levanté un tarro de cristal lleno de arena.
—Arena.
—Gracias, perito.
—De la playa de la Marineta. —Una pausa de las suyas, de lija fina—. De un día concreto, supongo. No me lo dijo. Había cosas que contaba y cosas que guardaba, y las guardadas se notaban porque las limpiaba más.
Escribí: «Tarro con arena, playa Marineta, día concreto sin identificar».
Y noté que me gustaba escribirlo, que el inventario se me estaba yendo de las manos hacia algo que ya no era una tasación, y que la culpa la tenían a medias la cuartilla de mi abuela y aquel hombre que sabía la procedencia de las cosas como otros saben resultados de fútbol.
Aunque no las sabía todas. En el aparador, detrás de la pastora, estaba la lata.
Una lata de galletas danesas del año de la polca, sin galletas desde el año de la polca, y cuando la moví sonó por dentro con su sonido de siempre, mil botones sueltos, y vi que Nico la miraba con la cara en blanco de quien no tiene ficha.
—Botones —dije—. Cincuenta años guardándolos. No cerraban ninguna camisa de esta casa. Me lo explicó una vez: las cosas importantes se guardan sin saber para qué. —Agité la lata una vez, el sonajero—. Decía que el día que le hiciera falta uno, ese día, ella tendría el botón.
Nico se quedó mirando la lata un momento largo. Luego dijo, más bajo que el resto de la conversación:
—Eso me lo dijo a mí con las maderas. Palabra por palabra. Yo creía que era una cosa de carpinteros.
—Era una cosa de ella.
Asentí yo, asintió él, y por un segundo estuvimos los dos de pie en el salón de una muerta que nos había dicho la misma frase a cada uno por separado, como una agencia con dos clientes que no debían conocerse, y no sé cuál de los dos apartó antes los ojos de la lata.
Apunté: «Lata de botones. Procedencia: la fe».
Luego lo taché y puse «origen doméstico, años setenta», porque el cuaderno era de contabilidad y en la contabilidad no se llora.
A media tarde pasó Salva. Digo «pasó» porque esa es la figura: Salva no visita, transita con paradas.
Se plantó en la ventana del salón, la abierta, con los antebrazos en el alféizar y una bolsa de red con dos berenjenas, y estuvo un cuarto de hora emitiendo dictámenes sin que nadie le pidiera ninguno: que las persianas de la casa eran las mejores del carrer porque las había repasado él con Amparo hace dos veranos, «lámina a lámina, como se repasan las cosas»; que el somier de arriba había que tirarlo, coincidiendo con Rosario sin haberse consultado, lo cual en este pueblo constituye jurisprudencia; y que yo era clavada a mi abuela de joven, «pero en seco», matiz que no me atreví a pedirle que desarrollara.
—¿Y las berenjenas? —pregunté, por participar.
—Del huerto de mi cuñado. —Las levantó, las miró con severidad—. No valen nada. Pero regaladas están buenas.
Me las dejó en el alféizar y siguió su tránsito. Apunté las berenjenas en la lista de la compra mental y a Salva en ninguna parte, porque hay gente que no cabe en los cuadernos.
Fue entonces, con el sol ya del mediodía plano en el patio, cuando me vio anotar el limonero por la ventana —porque lo anoté; la condición decía «todo lo que hay», y el limonero era, de largo, lo que más había— y se apoyó en el marco de la puerta con los brazos cruzados y una pregunta que le venía creciendo desde hacía rato:
—¿También vas a etiquetar el limonero?
—El limonero, el primero. —Ni levanté la vista—. «Ejemplar adulto, sano, muy productivo. Procedencia: anterior a mí.»
—Anterior a todos. Ya estaba cuando la casa era del tío de tu bisabuelo. —Descruzó los brazos—. ¿Y a mí me vas a apuntar? Estoy dentro de la casa. Técnicamente soy algo que hay.
—Tú eres atrezo. El atrezo va en otra hoja.
—Atrezo. —Lo repitió despacio, dándole la vuelta a la palabra como a una pieza que no sabe si comprar—. ¿Eso qué es, en tu oficio?
—Lo que se pone en una casa para que parezca vivida y se retira antes de entregarla.
Me salió más afilado de lo que quería, o exactamente igual de afilado de lo que quería, ya no lo sé.
Él asintió una vez, muy despacio, cogió su caja de herramientas y ya en el escalón, de espaldas, con la mano en el marco, dejó la réplica donde las dejan los que saben esperar, una línea más tarde de donde se la espera:
—Pues que no se te olvide retirarme a tiempo. Que luego los de la mudanza lo cobran aparte.
Y se fue hacia el puerto por segunda vez en dos días, otra vez con la última palabra en mi poder y otra vez sin que me sirviera de nada.
Comí el arroz de Rosario de pie, contra la encimera, y estaba tan bueno que me senté, lo cual dice más de aquel arroz que cualquier cosa que yo pueda escribir aquí.
Por la tarde inventarié la cocina y la mitad del salón, con las ventanas abiertas y la radio del patio de al lado de fondo, y a las siete me sonó el móvil con un mensaje de Olga: «¿Cómo va mi señora que mira?
¿Primeras impresiones del puerto?». Lo leí dos veces.
Contesté: «La lonja es de 1927 y la trama urbana del frente marítimo está intacta, muy poca sustitución.
Mañana más». Todo verdad. Ni una palabra mía dentro.
Estaba aprendiendo una gramática nueva, la de contestar con datos para no contestar, y todavía no sabía que aquella gramática tiene un precio y que lo cobran con intereses, más adelante, todo junto.
Al caer el sol cerré las nueve ventanas en orden inverso, la del baño la última, con su espátula y su juramento, ya casi cariñosos.
La casa se quedó en silencio otra vez, pero era otro silencio, uno con el día entero dentro.
Me senté a la mesa de la cocina con el cuaderno de hule y repasé la jornada como repaso las obras: partidas ejecutadas, pendientes, imprevistos.
En la página, mi letra recta de trabajo había empezado a hacer una cosa rara en los márgenes, una cosa que no le conocía: anotaciones entre paréntesis que no eran tasación.
«(preguntar a Rosario por el criterio de los hilos)».
«(el 666 era el rojo)». «(¿de qué día es la arena?)».
Miré la última línea escrita, releí el paréntesis, y dejé el cuaderno abierto por esa página, encima de la mesa, con el bolígrafo dentro haciendo de marcapáginas, como lo dejaba ella.
En el patio, ya a oscuras, se oía el limonero. Salí con el barreño que había visto junto a la pila, lo llené y regué el árbol despacio, dándole tiempo a la tierra, hasta que el olor subió —hoja, corteza, tierra regada a última hora—, ese olor exacto que era el fondo del fondo de la casa.
De día se pierde el agua.