Capítulo 3
Amaneció con el cielo fregado y yo desayuné de pie, como en Madrid, solo que en Madrid mi desayuno es un café de cápsula sobre una encimera vacía y aquí fue el mismo café —me había traído las cápsulas y una cafetera de viaje, no le veáis el símbolo, era pura logística— junto a un calendario de cooperativa con los días tachados hasta un martes.
La caja seguía en la mesa. Le había dado la vuelta la noche anterior, la había examinado como examino los muebles en los rastros: caja de archivo antigua, forrada de tela azul, años sesenta o setenta, tirador de latón con marco portaetiquetas, y en el portaetiquetas, una cartulina con una sola palabra en la letra de contar hilos: «Lucía».
El forro estaba rozado en las esquinas y en el canto superior, ese desgaste concreto que hacen las manos cuando abren una caja muchas más veces de las que la mudan.
Eso fue lo primero que me contó la caja antes de abrirse: que ella la había abierto muchísimas veces.
No la abrí después del café. Después del café limpié la cocina, que no estaba sucia. Luego limpié el baño, que tampoco. A las once me sorprendí a mí misma sacando brillo al tirador de latón de la caja con un paño de gamuza, como una loca metódica, y me obligué a sentarme.
La abrí a las once y siete.
Dentro había ocho sobres de pie, apoyados en orden contra el lateral, como fichas de un archivo.
Ocho sobres de papel crema, distintos entre sí —dos más amarillos, uno más basto, uno con el filo dentado de haber sido cortado de un bloc—, y cada uno llevaba, en el frente, un número y un título.
La letra de los números y de los títulos era la de mi abuela.
Las frases no.
Eso fue lo que me hizo el primer agujero.
Los títulos estaban en la letra de ella y en las palabras de otra persona, y esa otra persona era yo.
«1. La vida que dejé aquí.» «2. La vida de la que me fui corriendo.
» «3. La vida perfecta.» Los leí de pie, inclinada sobre la caja, sin tocar nada todavía, con las manos en la espalda como en los museos, y me fui oyendo a mí misma en cada título con un desajuste horrible, el de la voz propia en las grabaciones: eso no lo digo yo, eso lo digo yo, eso no, eso sí.
«8. La vida que aún no sé que existe.»
Sé. Primera persona. No «la vida que aún no sabes»: no sé .
Mi abuela copiando mis frases con su letra de contar hilos, número a número, como quien pasa a limpio el inventario de otro.
En el estudio tenemos un nombre para esto, para el objeto del dueño que se deja a la vista en un piso vestido porque cuenta la casa mejor que todo el atrezo: lo llamamos «la pieza honesta».
Solo se deja una. Mi abuela había dejado ocho.
Saqué el sobre uno. Lo noté grueso, varias hojas, y por el tacto supe que era papel de libreta escolar, y por el papel de libreta escolar me llegó, sin pedir permiso, el verano entero de mis doce años: el patio, la mesa de fórmica verde, el bote de Cola Cao con lápices, y mi abuela en su silla baja con el bastidor, a la sombra del limonero, diciéndome la frase con la que empezaba el juego todos los agostos, la última semana, cuando ya estaba la maleta encima de mi cama.
Dime quién vas a ser.
Así, sin verbo de futuro raro ni ceremonia. Ella bordaba y yo escribía. La regla era una: había que escribir una vida entera, con casa, con trabajo, con gente dentro, y meterla en el sobre, y el sobre se quedaba con ella «para cuando hiciera falta».
—¿Para cuando haga falta qué? —le pregunté una vez, el verano de los disparates, que debió de ser el de los catorce.
—Eso no se sabe hasta que hace falta. —Pinchó la aguja en el borde del bastidor, que era su manera de poner punto y aparte—. Las cosas importantes se guardan sin saber para qué. Como los botones.
—Los botones sí se sabe para qué.
—¿Ah, sí? —Levantó la caja de lata, la de los mil botones sueltos que no cerraban ninguna camisa de la casa, y me la agitó delante como un sonajero—. Cincuenta años guardando y todavía no me ha hecho falta ni uno. Pero el día que me haga falta, ese día, Lucía, yo tendré el botón.
Y se reía con los hombros, sin ruido, y volvía a la aguja.
Yo escribía disparates y verdades mezclados, mordiendo el boli, y ella no miraba nunca por encima de mi hombro, jamás, un pundonor de no mirar que ahora, con la caja delante, se me revelaba como lo que fue: no le hacía falta mirar en agosto. Tenía todo el invierno.
Volví a los sobres con el ojo de trabajo, porque el ojo de trabajo es lo único mío que no tiembla.
Los conté: ocho. Los saqué a medias, uno a uno, sin abrirlos, solo el canto, como se hojea sin permiso.
El papel contaba años: el uno y el dos eran de libreta escolar, con el óxido de la grapa marcado; el tres y el cuatro, de bloc cuadriculado; a partir del cinco, folio blanco doblado en tres, de cuando en casa de mi madre hubo impresora.
Una arqueología completa de mí en papelería.
El seis me hizo dudar un segundo —el papel era distinto, más blanco, más nuevo, y el doblez no estaba vencido como los otros—, pero el seis quedaba a tres vidas de distancia y las condiciones eran las condiciones: en orden.
Lo devolví a su ranura. Hay puertas que una arqueóloga sabe no abrir todavía, y luego están las que no abre porque algo, por debajo del oficio, le dice que esa puerta la está esperando con demasiadas ganas.
Se me puso el cuerpo raro. No triste: avergonzado.
La vergüenza física, dérmica, de saber que existe un archivo de ti escrito por ti en la peor época posible de ti, y que otra persona lo ha leído, releído, gastado por las esquinas, y le ha puesto títulos.
Volví a dejar el sobre uno en su ranura, cerré la caja y me fui de la cocina como quien sale de una habitación donde ha sonado un teléfono que no quiere coger.
Salí a la calle. Necesitaba pan, o necesitaba decir que necesitaba pan.
El horno de la plaza sigue siendo de la familia de Berta, y lo sé porque lo llevaba su madre cuando nosotras teníamos quince años y ahora, detrás del mostrador, con el mismo delantal azul y la misma manera de darle la vuelta a las barras, estaba Berta.
Me vio entrar. Os digo lo que hizo, porque fue una obra maestra de la economía: nada.
Ni un pestañeo de sorpresa. Como si yo hubiera comprado pan el día anterior.
Como si no llevara ocho años sin pisar el pueblo ni cuatro sin contestar al grupo, aquel grupo que se llamó «Les xiques» y luego «Les xiques (y Lucía)» —el paréntesis lo puso ella, y yo me reí un emoticono y no pregunté—, y que un día dejó de sonar en mi móvil porque los grupos no se mueren: se quedan arriba del todo, en silencio, como los pisos piloto.
—¿Qué te pongo? —me dijo.
—Una de cuarto. —Y luego, porque soy incapaz de dejar un silencio en paz—: Berta, yo…
—¿Barra o redonda?
—Barra.
Me cobró. Me dio el cambio en la mano, sin bandeja, con los dedos calientes de horno, y me sostuvo la mirada exactamente un segundo, uno, en el que cupo todo el expediente.
Luego miró por encima de mi hombro y dijo «bon dia, Vicenta, ¿lo de siempre?
», y yo salí a la plaza con mi barra de cuarto y la sensación térmica de haber pasado por caja en más de un sentido.
Berta me enseñó a silbar con dos dedos el verano de los trece, en tres tardes, con una paciencia de la que nadie la habría creído capaz viéndola despachar.
Ella silbaba fatal y enseñaba de maravilla, que es una combinación rarísima y valiosísima, y yo nunca se lo dije con esas palabras porque a los trece no se dicen esas palabras y a los treinta y cuatro, por lo visto, tampoco.
Éramos ese tipo de amigas de verano que se escriben cartas en octubre y postales en enero y luego, con los móviles, mensajes, y luego audios, y luego el grupo, y el grupo fue muriéndose de mi lado como se mueren esas cosas: sin ninguna pelea que poder contar.
Una boda a la que dije que iría y fui —la suya—, un bautizo al que dije que iría y no fui —el de su hija—, y en medio, cuatrocientos «¡ay, tenemos pendiente una llamada!
» míos, escritos con los dos signos de exclamación, que son el ataúd del entusiasmo.
La plaza, a esa hora, era un pasillo de tribunal.
La del estanco me saludó por mi nombre y con el apellido de mi abuela, «la nieta de la Serra», que aquí es como te llaman cuando todavía no te has ganado que te llamen de otra manera o cuando ya no hace falta.
Dos señoras a las que no reconocí me dieron el pésame con los ojos, sin acercarse, con ese cabeceo lento de las procesiones.
Y un hombre mayor, sentado al sol en el banco de la fuente, me miró pasar, se tocó la visera de la gorra y dijo, a nadie y a toda la plaza:
—Ya está aquí la de los sobres.
Aceleré el paso con mi barra bajo el brazo. Doce horas en el pueblo. La notaría había sido a puerta cerrada, éramos tres personas y una caja, y ya estaba yo en el banco de la fuente, catalogada y con título. En Madrid pagas fortunas a agencias enteras para conseguir la mitad de esa difusión.
De vuelta, la caja seguía en la mesa. Claro que seguía en la mesa. Pero hay un estado en el que las cosas te esperan, y esa caja había cambiado a ese estado, y las dos lo sabíamos.
Olga llamó a las cuatro, con el manos libres del coche y ese eco de túnel que le pone a todo un dramatismo de telediario.
—Cuéntame. ¿Cómo lo ves?
—Bien. Bonito. —Miré por la ventana del patio—. Mucha luz.
—¿Has podido acercarte al puerto?
—Todavía no. He llegado ayer, Olga.
—Ya, ya. Sin agobio. —Que en Olga significa: con agobio—.
Te cuento el calendario cerrado: los inversores presentan el treinta.
Necesito tu informe firmado el veintiocho como muy tarde, con levantamiento, reportaje y tu lectura del sitio.
Sobre todo tu lectura, Lucía. Esta gente compra números, pero firma relatos.
—Un intermitente, un bocinazo lejano—. ¿Necesitas algo de aquí?
—No. Lo tengo todo.
—Socia —dijo, y me colgó con un beso sonoro, y yo me quedé con la palabra puesta, como se te queda un abrigo bueno que todavía no sabes llevar.
El veintiocho. Conté con el calendario de la cooperativa delante: el mes del testamento acababa el mismo fin de semana. Dos relojes, me dije, la una encima de la otra, y tú entre medias, que es donde te gusta estar, no me mientas, llevas toda la vida facturando por estar entre medias.
Y entonces hice la cosa de la que no me siento orgullosa, o no me sentía, entonces, aunque tardé semanas en llamarla por su nombre. Subí a por el medidor láser. Bajé. Y medí el salón de mi abuela.
Lo medí bien, además, que es lo peor. Con oficio.
Punto rojo en la pared del fondo: seis con cuarenta.
Giro. Cuatro con noventa y cinco. Altura: tres con diez, y el corazón me hizo la cuenta sin permiso —tres con diez, aquí los de Marina Nord ven «volumen singular», ven vigas vistas, ven doce páginas de dosier—, y mientras el láser ponía su punto rojo sobre el zócalo que mi abuela fregó de rodillas cincuenta años, yo iba dictando cifras a la aplicación con mi voz de teléfono, en la casa en silencio, y en algún momento me vi.
Hay un espejo antiguo junto al aparador, con el azogue comido por los bordes, y me vi dentro: una mujer con un aparato en la mano, apuntando con una luz roja a la pared de su abuela muerta, tres días después de enterrar…
no. Tres semanas después de enterrarla y tres días después de heredarla, que ya no sabía ni llevar la cuenta de mis propios lutos.
Apagué el láser. Lo dejé en el aparador, debajo del espejo, y le di la vuelta, la lente contra el mármol, como se pone bocabajo una foto que no puedes ni guardar ni mirar.
—Es trabajo —le dije al espejo. El espejo, con muy buen criterio, no contestó.
Cené la barra de cuarto con aceite y sal, de pie, y un tomate del huerto de Rosario que me encontré en una bolsa colgada del picaporte del patio, sin nota, porque en este pueblo las notas se consideran un exceso de las capitales.
Fregué el plato. Lo sequé. Lo guardé. Comprobé que la puerta estaba cerrada, cosa que en Madrid hago una vez y aquí hice dos, no porque tuviera miedo de que entrara alguien sino, entiendo ahora, de que saliera algo.
Y a las once y siete de la noche, doce horas exactas después de haberla abierto por primera vez, me senté a la mesa de la cocina, acerqué la caja azul y saqué el sobre número uno.
«La vida que dejé aquí.»
Lo abrí con el cuchillo del pan, porque las tijeras de cigüeña seguían en su clavo del cuarto de costura y hay herramientas que no se le quitan a un muerto tan pronto.
Dentro había tres hojas de libreta escolar, dobladas en tres, con los renglones marcados de apretar el boli, y en el margen de la primera hoja, en letra pequeña y recta, de contar hilos, mi abuela había escrito algo.
Puse las hojas planas sobre la mesa, debajo de la luz de la campana, y me dispuse a leerle la letra a una niña de doce años que no sabía que me estaba escribiendo a mí.