Las ocho vidas de Lucía Capítulo 2
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Capítulo 2

La casa de mi abuela huele a cerrado solo hasta que reconoces el resto.

Debajo del cerrado está la cera de los muebles, y debajo de la cera el hilo —el algodón crudo tiene olor, aunque nadie lo crea hasta que ha vivido con una bordadora—, y debajo del hilo, muy al fondo, el limón del patio, que no es olor de frutero sino de árbol: hoja, corteza, tierra regada a última hora.

Me quedé en el recibidor más tiempo del profesionalmente aceptable, con la maleta en la mano, haciendo lo que en el estudio llamamos «lectura de entrada» y lo que en cualquier otro sitio se llamaría no atreverse a pasar.

Había llegado a la una, después de cinco horas de coche de alquiler y una discusión perdida con el navegador, que se empeñaba en llamarle «calle» a lo que en Baix la Mar siempre se ha llamado carrer y a veces, simplemente, «en casa de».

La llave me la dio Rosario, la vecina, que debió de oír el motor porque salió antes de que yo apagara el contacto, con la llave en una mano y un paquete de magdalenas en la otra, y me estuvo un minuto entero sujetándome la cara entre las manos y diciéndome filla , filla , sin soltar las magdalenas, que me hacían un ruido de celofán contra la oreja que todavía oigo.

—Está todo como ella lo dejó —me dijo—. No he tocado nada, solo regar. El limonero, que si no tu abuela baja y me riñe.

Le dije que gracias. Le dije que ya hablaríamos con calma. Llevo un catálogo entero de frases para aplazar a las personas y las uso con todo el mundo, incluso con las que sujetan magdalenas.

Todo como ella lo dejó. Es una frase hecha hasta que entras y ves lo que significa.

Significaba las zapatillas de estar por casa alineadas junto a la puerta del patio, apuntando hacia dentro, listas para unos pies que ya no.

Significaba el calendario de la cooperativa en la cocina, con los días tachados en bolígrafo hasta un martes concreto y los demás en blanco, y una anotación el jueves siguiente: «cita ojos 11h».

Significaba media pastilla de jabón Lagarto gastada con una forma que solo hacen cincuenta años de las mismas manos.

Hice lo que sé hacer. Recorrí la casa como la recorrería para un cliente: planta baja, salón con chimenea tapiada, cocina orientada a este, patio de veintidós metros con limonero adulto —«ejemplar sano, muy productivo», habría puesto en la ficha—, escalera de bóveda catalana, dos habitaciones arriba y el cuarto del fondo.

Fui tasando en voz baja, que es mi manera de no oír otras voces: reforma integral de instalaciones, carpintería exterior a recuperar, humedad menor en el muro norte, techos de tres metros que hoy pagan fortunas los mismos que después cuelgan un ventilador de diseño para taparlos.

Arriba, la primera puerta era la del dormitorio pequeño, el mío de los veranos, y ahí la tasación se me torció por primera vez.

La cama seguía siendo la del somier que sonaba en do, con la colcha blanca de nido de abeja, y en la pared, sujeto con la misma chincheta oxidada, el póster de un grupo que me gustó un verano entero y que ya no le gusta a nadie, ni siquiera a ellos.

Pero lo que me paró no fue el póster. Fue el galán de noche, ese mueble absurdo, mitad silla mitad mayordomo, donde mi abuela me dejaba cada mañana la ropa «aireada»: la camiseta del día colgada de los hombros de madera, como una niña plana esperándome.

Estaba vacío, claro. Llevaba ocho años vacío.

Y sin embargo lo primero que hizo mi cabeza al verlo no fue un recuerdo: fue un cálculo de compradora —«pieza de anticuario, ciento veinte euros, cierra el dormitorio vintage»—, y lo segundo fue el asco por el cálculo, en ese orden, siempre en ese orden, el ojo primero y la persona después, corriendo detrás del ojo por el pasillo, pidiéndole que por favor mire menos.

El cuarto del fondo era el de costura y no pude tasarlo.

Lo intenté. Entré con el ojo puesto en metros y orientación, y el cuarto me desarmó el ojo en dos segundos, como se desarma a un aficionado.

El bastidor grande junto a la ventana, con una sábana a medio bordar —una eme y una ge enlazadas, de alguien que ya no la recogería o que quizá la estaba esperando todavía, no lo sabía—, la caja de hilos con las madejas ordenadas por un criterio que no era el color, y que tardaría semanas en descifrar.

Las tijeras de cigüeña colgadas de su clavo.

Un dedal en el alféizar, boca abajo, como un sombrero diminuto que alguien se hubiera quitado para entrar en casa.

Pensé: aquí bordó las iniciales de media provincia y las mías ninguna.

Y a la frase le salió un temblor sentimental que no me podía permitir a la una y media, así que la maté como mato todas las que se me ponen tiernas: con datos.

Las mías ninguna porque yo no tengo ajuar, porque nadie de mi generación tiene ajuar, porque el ajuar es una tecnología obsoleta de transmisión patrimonial.

Ya está. Muerta la frase. Cerré el cuarto de costura y me fui a la notaría con quince minutos de antelación, que son mi versión del valor.

La notaría Camps huele a moqueta nueva sobre edificio viejo, una combinación que en mi oficio llamamos «reforma de dentista».

Don Ernesto Camps resultó ser un hombre de unos sesenta años con las gafas en la punta de la nariz y una carpeta color vainilla que trataba con un respeto casi físico, apartándola del borde de la mesa como se aparta a un niño de un balcón.

No estaba solo.

Junto a la ventana, de pie, con una postura de quien ha llegado pronto y preferiría haber llegado tarde, había un hombre de mi edad, más o menos, con una camisa planchada con más voluntad que plancha.

En mi oficio a los hombres como aquel los llamamos «problema de reforma»: estructura buena, todo lo demás sin actualizar desde 2011.

Vaquero de trabajar, no de parecer que trabaja; manos que no me hizo falta mirar dos veces para catalogar, porque el oficio se les queda a las manos como el hilo se le quedaba al cuarto de mi abuela.

Me sostuvo la mirada como sostienen las vigas viejas, sin hacer ruido y sin ceder un milímetro, y en algún lugar entre su saludo y el mío entendí, sin tener todavía ninguna prueba, que aquel hombre había leído algo mío que yo no le había enseñado.

—Nico —dijo, y me tendió la mano.

—Ya —dije yo.

Porque lo sabía. Ocho años son muchos para una cara y ninguno para una manera de estar de pie.

Nico Arbós. El del astillero. El rectángulo gris de tejado de la foto aérea de Olga tenía nombre, apellido y una mano seca y caliente que soltó la mía medio segundo antes de lo que el protocolo manda, o quizá fui yo, nunca he conseguido reconstruirlo.

—¿Y usted viene…? —empecé, con mi voz de teléfono.

—Viene citado por mí —dijo el notario, señalando las sillas—. Siéntense, por favor. Esto es un poco irregular, se lo advierto. Llevo treinta años en esto y testamentos así habré visto tres. Los tres —añadió, mirando la carpeta vainilla con rencor profesional— de señoras de más de ochenta.

Leyó. Yo heredaba la casa, la libreta y los enseres. Hasta ahí, tres minutos. Después el notario bebió agua, y yo he presentado suficientes proyectos como para saber que nadie bebe agua antes de las buenas noticias.

—Condición primera. La heredera deberá residir en la vivienda de manera continuada durante un mes natural, contado desde la aceptación.

—Un mes —dije—. Trabajo en Madrid.

—Condición segunda —siguió, con la mirada fija en el papel, como quien cruza un puente sin mirar abajo—.

Durante dicho mes, la heredera abrirá, en el orden establecido, los ocho sobres depositados ante mí, dedicando a cada uno un mínimo de tres días y cumpliendo la instrucción que cada sobre contiene, de forma verificable.

—¿Los ocho qué?

El notario levantó por fin la vista.

—Sobres. Hay una caja. La tengo aquí. —La señaló con la barbilla: estaba en el aparador, detrás de él, y era azul, con un tirador de latón, y la reconocí con el estómago antes que con los ojos, que es el peor orden posible—.

Condición tercera. El cumplimiento será atestiguado por don Nicolás Arbós Ferrer, aquí presente, designado por la testadora.

—¿Atestiguado? —Miré a Nico. Nico miraba un punto de la mesa con muchísimo interés—. ¿Esto es legal? ¿Puede un testamento ponerme un… vigilante?

—Puede condicionar la herencia a hechos lícitos y posibles. Se lo dije a su abuela con otras palabras y me hizo cambiar las palabras. —El notario suspiró y giró el documento hacia mí—. Hay una línea que quiso manuscrita. Insistió en que usted la viera con su letra.

La letra de mi abuela era pequeña y recta, de contar hilos. La reconocería en la lista de la compra de un desconocido. Decía:

Que Nico dé fe, porque a él no sabe mentirle.

Estuve mirando la línea el tiempo suficiente para leerla cuatro veces.

Alrededor de la mesa no se movía nadie. Fuera pasó una moto.

Yo noté una cosa caliente y antigua subirme por el cuello, y no era pena, o no era solo pena: era la indignación exacta, milimétrica, de cuando alguien que te conoce te describe.

—Yo no sé quién le habrá contado a mi abuela lo que yo sé o no sé hacer —dije, con la voz más plana de mi repertorio—. Pero le mentí a un inspector de Hacienda en 2019 y me pidió disculpas él.

El notario tuvo la decencia de no sonreír. Nico no la tuvo del todo: le vi el movimiento en un lado de la boca, breve, enseguida guardado, y decidí que aquel hombre me caía mal con una energía que no me gastaba con nadie desde el instituto.

—¿Y si no acepto?

—La casa se vende y el importe se dona íntegro a la cofradía de pescadores, para la escuela de carpintería de ribera. —El notario pasó la página—. Es la cláusula cuarta.

Miré a Nico. Esta vez me devolvió la mirada, y por primera vez habló más de una palabra seguida:

—Yo no lo sabía. Lo de la escuela. —Una pausa, del tamaño de un listón—. Me parece bien pensado, para que conste. Así no me puedes acusar de querer que digas que no.

Tenía una voz baja, sin prisa, con las eses del pueblo, y aquella sintaxis de quien lija la frase antes de entregarla. Me molestó registrar todo eso. Me molestó estar registrando nada.

—Acepto —dije, y me oí decirlo con la misma sensación del portal de Madrid: la parte de mí que firma sin consultarme, otra vez, tomando la delantera.

Firmé donde me dijeron. Aceptación de herencia, condiciones, inicio del cómputo: un mes desde hoy.

El notario me entregó la caja azul con las dos manos, como se entregan los niños y las urnas, y pesaba menos de lo que pesan ocho vidas, aunque entonces yo todavía no lo formulé así; entonces solo pensé que pesaba menos que mi maleta y que ya era la segunda vez en tres días que cargaba con algo que no había pedido.

En la calle, Nico se puso a mi altura sin ponerse a mi lado, un arte que no sabía que existiera.

—¿Vas a estar en la casa o en un hotel?

—En la casa. Al parecer es obligatorio —dije—. Condición primera.

—La caldera tiene truco. —Se limpió el pulgar en el pantalón—. Me paso mañana y te lo enseño.

—Sé usar una caldera.

—Esa no.

Y se fue hacia el puerto, sin despedirse más, con las manos en los bolsillos, dejándome en mitad de la acera con una caja azul, un mes por delante y la última palabra, que descubrí que no me servía de nada si el otro no se quedaba a oírla.

Mi madre llamó a las nueve y cuarto, cuando yo llevaba una hora sentada en la cocina de mi abuela sin encender más luz que la de la campana, mirando la caja azul como se mira a un animal dormido que no sabes si muerde.

—¿Qué? —dijo. Mi madre no saluda; audita.

—Heredera universal. Con condiciones. —Se lo conté en cuatro frases. Soy hija suya: sé qué formato le gusta la información.

Al otro lado hubo un silencio con estática de televisión de fondo, y luego la risa corta, sin alegría, que en mi familia pasa de madres a hijas como los juegos de café.

—Un mes. Ocho sobrecitos. Y el carpintero de notario de guardia. —Otra pausa. El ruido de un mechero—. Hasta muerta, hija. Hasta muerta.

—Mamá.

—¿Qué? ¿Miento? Cincuenta años manejando a todo el pueblo con hilo de bordar y ahora te maneja a ti desde el nicho, con el papel timbrado y todo. Y tú has firmado. —No era pregunta—. Claro que has firmado.

—Era eso o que la casa se vendiera.

—Que se vendiera. Mira qué desgracia. —Le dio una calada a algo—. Tú verás lo que haces con tu mes. Yo en esa caja no metería ni la mano.

Colgó como cuelga siempre, un segundo antes de que la conversación pudiera irse a otro sitio.

Estuve con el móvil en la mano, en la cocina a media luz, y por hacer algo fregué la taza que había usado, la sequé y la dejé en el escurridor exacto donde estaba.

Después subí la maleta al dormitorio pequeño, el que fue mío los veranos, y no la deshice.

La caja se quedó abajo, en la mesa de la cocina, cerrada.

Dormí mal y a las tres me despertó un golpe suave, rítmico, en la ventana del patio.

Bajé descalza con el móvil de linterna, convencida de que era un postigo suelto, catalogándolo ya —«carpintería exterior: revisar herrajes»—, y era la rama baja del limonero, que con el viento de fuera llegaba justo a rozar el cristal.

Toc. Toc. Sin urgencia, como llaman los que saben que estás.

—Ya voy —dije en voz alta, a nadie, a la una de las madrugadas más raras de mi vida.

Y me volví a la cama sin apuntar el herraje en ninguna parte.