Las ocho vidas de Lucía Capítulo 1
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Las ocho vidas de Lucía

Las ocho vidas de Lucía

Por Marina Velasco

© inepub.com

Capítulo 1

La mujer se echó a llorar en el dormitorio pequeño, delante de una cuna que yo había alquilado el martes.

No era su cuna. No era su hijo. Técnicamente ni siquiera era un dormitorio: hasta hacía once días aquel cuarto había sido el trastero donde el propietario guardaba una bicicleta estática y tres cajas de facturas, y olía a goma y a papel viejo, que es a lo que huelen casi todas las vidas cuando nadie las está mirando.

Ahora olía a algodón lavado. Había una banderola de tela con el abecedario, un móvil de pájaros de fieltro y una luz de las doce y cuarto que entraba sesgada porque yo había pedido la visita a las doce y cuarto por esa luz.

La mujer lloraba sin ruido, con la mano en la barandilla de la cuna, y su marido la miraba como se mira un presupuesto que te puedes permitir por poco.

Yo me quedé en el pasillo, fuera del plano, que es mi sitio.

En este oficio hay una regla que no está escrita en ningún manual y que yo cumplo mejor que nadie: la casa tiene que parecer que te estaba esperando.

A ti. Precisamente a ti. Y para eso, primero, hay que vaciarla de todos los que estuvieron antes.

Se llama home staging y consiste en preparar casas para que parezcan vidas que otros querrán comprar.

Yo lo explico así en las cenas y la gente se ríe, y luego me pregunta, bajando un poco la voz, cuánto se puede subir el precio de un piso con tres cojines y un ficus.

Depende del piso, contesto. Lo que no contesto es lo otro: que los cojines son lo de menos.

Que lo mío no es poner, es quitar. Las fotos del aparador.

Los imanes de la nevera. La medicación de la mesilla, que dice más de una casa que la escritura.

El sofá verdadero, hundido en el lado donde se sentaba siempre la misma persona a ver la misma televisión.

Todo fuera. Y luego, sobre el vacío, una vida de muestra: libros comprados a peso con los lomos en tres tonos de arena, una manta doblada en un tercio exacto, tres limones en un cuenco de barro.

Los limones no fallan nunca. Dan color, dan salud, dan una mañana de sábado que nadie ha vivido.

Llevo ocho años poniendo limones en cocinas ajenas y todavía no me había parado a pensar de dónde me venía a mí ese truco.

Esa mañana tampoco me lo pensé. Esa mañana yo todavía era una mujer con la agenda cerrada y las uñas hechas, y me quedaban unas seis horas de serlo.

—Nos lo quedamos —dijo el marido, en el salón, con la torpeza solemne de quien pide matrimonio en un restaurante—. O sea. Queremos hacer una oferta.

—Hablad con Sonsoles, de la agencia —dije yo, con mi sonrisa de aparejadora de emociones—. Yo solo he vestido la casa.

Vestir la casa. Lo digo así, con ese verbo de modista, y los clientes se quedan tranquilos, porque vestir es un verbo amable. Nadie pregunta qué había debajo.

La mujer me cogió las dos manos en el recibidor. Tenía los ojos hinchados y esa gratitud desordenada de las personas a las que acabas de venderles su propio futuro.

—Es que se nota —me dijo— que aquí ha sido feliz alguien.

Aquí ha sido feliz una empresa de alquiler de mobiliario efímero con sede en Coslada, pensé. Le apreté las manos y le dije que sí, que esas cosas se notan.

Bajé a la calle a las trece cero cinco con el encargo cerrado, el pedido de recogida programado para el lunes —cuna incluida— y un mensaje de Olga en el móvil: «Llámame cuando salgas.

Noticias grandes». Madrid estaba en ese momento de finales de agosto en que la ciudad vuelve a llenarse y todo el mundo finge que le apetecía volver.

Yo también volvía de mis vacaciones, si a lo mío se le podía llamar así: cinco días en Menorca en un hotel que parecía diseñado por mí, cosa que debería haberme hecho gracia y no me la hizo.

No llamé a Olga en ese momento porque me sonó el teléfono antes, con un prefijo que hacía años que no me sonaba: 96.

—¿Lucía Serra? Soy Ernesto Camps, de la notaría Camps, en Dénia. La llamo por el tema de su abuela, que en paz descanse.

En paz descanse. Hay fórmulas que solo existen ya en los prefijos 96. Me aparté a un portal, por hacer algo con el cuerpo.

—Usted dirá.

Mi abuela se había muerto tres semanas antes, un miércoles, mientras yo enseñaba un ático en Arturo Soria.

Me lo dijo Rosario, su vecina, por teléfono, llorando en valenciano, y yo gestioné el asunto como gestiono todo: bien.

Bajé en el primer tren, elegí la caja en cuarenta minutos, encargué las flores, pagué el tanatorio con la tarjeta de empresa por los puntos y me volví a Madrid al día y medio, antes incluso de que el cura terminara de aprenderse el nombre de la difunta.

Amparo Serra. Ochenta y un años. Bordadora.

En el pésame de la funeraria puse «descanse en paz» porque el recuadro era pequeño y porque no se me ocurrió nada que cupiera en ningún recuadro de ningún tamaño.

Mi madre no fue. Pero eso viene luego.

—Verá —dijo el notario, y oí pasar papeles—, su abuela dejó testamento. La instituye heredera universal. La casa de Baix la Mar, el dinero de la libreta, que no es mucho, y los enseres.

—De acuerdo. Dígame qué tengo que firmar y se lo mando por mensajero.

Hubo un silencio educado, de los que preceden a los problemas.

—Es que hay condiciones —dijo—. Y una de ellas es que usted venga.

La lectura ha de hacerse en persona, con usted presente.

Instrucción expresa de la testadora. Muy expresa —añadió, con un tono que en aquel momento no supe interpretar y que con el tiempo aprendería a reconocer: era el tono de un hombre que había discutido con mi abuela y había perdido.

—¿Condiciones? —Me reí un poco, porque reírme un poco es lo primero que hago cuando algo me busca por dentro—. ¿Qué condiciones puede tener una casa de pueblo?

—Prefiero que lo vea usted allí. ¿Le viene bien el jueves?

No me venía bien el jueves. No me venía bien ningún día de aquel mes ni del siguiente: tenía dos áticos, un chalet en Aravaca y la reunión que Olga llamaba «la grande» sin decir de qué.

Dije que el jueves perfecto. Hay una parte de mí que firma cosas antes de consultarme, y suele ser la parte que acierta, aunque tarde años en reconocérselo.

Colgué y me quedé un momento en el portal, mirando la calle.

Luego hice lo que hago siempre que no quiero pensar: ordené.

Ordené la llamada en su carpeta mental —«herencia, trámite, dos días como mucho»—, ordené el jueves en la agenda, moví el chalet al viernes, y para cuando eché a andar hacia el metro ya era otra vez una mujer sin abuela muerta, que es una categoría en la que llevaba tres semanas instalándome con una facilidad que no le deseo a nadie.

Olga me citó a las cinco en el estudio. Atelier Vero ocupa un primero en Chamberí con la puerta pintada del color exacto de la confianza, un verde que costó tres reuniones.

Olga Vero tiene cincuenta y dos años, la agenda de media España y una manera de quererte que incluye plazos de entrega.

Fue la primera persona que me pagó por mirar una casa y decir qué sobraba.

Le debo el oficio, el sueldo y una parte de la manera que tengo de hablar, esa que mi madre llama «tu voz de teléfono».

—Siéntate —me dijo—. ¿Agua, café, cava?

—¿Cava?

—Cava. —Sonrió y empujó una carpeta por encima de la mesa.

En la portada ponía PROYECTO MARINA NORD, en esa tipografía sin remates que usan los que van a mover mucho dinero—.

Un grupo inversor. Hotel boutique , cuarenta y dos llaves, primera línea.

Quieren que Atelier Vero lleve el concepto entero: interiorismo, staging de la promoción, narrativa de marca.

Es lo más grande que ha entrado nunca por esa puerta.

—¿Y el cava?

—El cava es por lo otro. —Se quitó las gafas, que es su manera de ponerse seria—.

Si esto sale, amplío el estudio. Y no quiero ampliarlo con una empleada, Lucía.

Quiero ampliarlo con una socia. Vero y Serra.

Tu apellido en la puerta, tu firma en los proyectos.

Llevas ocho años haciéndome rica; va siendo hora de que te hagas un poco rica tú también.

Hay frases que te llegan a lugares que no salen en el plano.

Tu apellido en la puerta. Mi abuela bordó ajuares cincuenta años: sábanas con iniciales de otras, mantelerías con escudos de otras, y en la etiqueta, cuando había etiqueta, ponía el nombre del taller de un señor de Valencia.

Mi madre limpió casas de otras hasta que la espalda dijo basta y se hizo técnico de farmacia, con uniforme con el nombre de la farmacia.

Yo decoro casas de otros con muebles alquilados a nombre de otros. Serra, en una puerta. La primera.

—¿Dónde? —pregunté, y cogí la carpeta, porque las manos se me van solas al papel cuando la conversación me importa demasiado.

—Eso es lo mejor. Costa de Alicante, zona en plena revalorización, un puerto pesquero monísimo que está pidiendo a gritos que alguien lo cuente bien.

Necesito que te acerques con discreción antes de que se anuncie nada, hagas el levantamiento previo, fotos, mediciones, ambiente.

El scouting completo. Los inversores presentan a final de mes y quieren el informe con tu ojo. Con tu ojo, Lucía, me lo han dicho así.

—Una cosa más —dijo, bajando la voz sin necesidad, porque en el estudio no quedaba nadie—.

Discreción absoluta. Los inversores no quieren ni un rumor antes de la presentación: en cuanto un pueblo huele hotel, los precios se ponen de puntillas y el proyecto se encarece un veinte por ciento.

Has firmado confidencialidad con el estudio, pero te lo digo a la cara porque contigo las cosas van así: allí no eres Atelier Vero. Eres una señora que mira.

—Una señora que mira —repetí—. Ponlo en mi tarjeta nueva.

Abrí la carpeta. Lo primero era una foto aérea.

Reconocí el puerto antes de leer nada, como se reconoce una cara en un grupo aunque hayan pasado veinte años: por la manera de estar colocada.

La escollera. La lonja. El castillo arriba, con su color de pan tostado.

Y en la esquina inferior derecha, pegado al varadero, un rectángulo de tejado gris con dos barcas fuera, que la foto no nombraba y yo sí sabía nombrar.

—Dénia —dije.

—¿La conoces? —Olga se puso las gafas otra vez, contenta—. Mejor todavía.

Y ahí estuvo. Ahí exactamente, entre su pregunta y mi respuesta, en un despacho verde de Chamberí a las cinco y veinte de la tarde, estuvo el momento en que pude decirlo.

Mi abuela acaba de morirse ahí. El jueves tengo notaría a doscientos metros de tu foto aérea.

Ese tejado gris es el astillero donde un hombre al que no veo desde hace ocho años restaura barcas de madera. Tres frases. No dije ninguna.

—De oídas —dije—. Veraneé cerca, de cría.

No fue una decisión. Fue más rápido que una decisión, que es como se toman las peores.

Dos pájaros de un tiro, me expliqué a mí misma mientras Olga descorchaba el cava: voy al notario, resuelvo lo de la casa, hago el levantamiento, vuelvo con la sociedad debajo del brazo.

Nadie tiene por qué mezclar los papeles.

Llevo toda la vida sin mezclar los papeles.

Es mi mejor habilidad y mi manera de dormir por las noches.

El cava estaba bueno. Brindamos por Vero y Serra.

Olga me contó el calendario —informe firmado antes del día treinta, presentación con inversores— y yo lo apunté todo con mi letra de trabajo, que es recta y no se parece nada a la otra, a la que me iba a encontrar tres días después metida en una caja azul.

Esa noche, antes de la maleta, abrí el portátil en la cama y estuve un rato con el satélite.

Hice zum sobre el puerto como quien baja una escalera a oscuras contando los peldaños: la escollera, la lonja, la explanada donde sacan los barcos con el tractor.

El rectángulo gris del varadero tenía la puerta abierta en la foto, congelada para siempre en un mediodía de algún año, y dentro se intuía una forma alargada en caballetes que podía ser cualquier barca y no lo era, porque los pueblos pequeños no tienen cualquieras.

Medí con la herramienta del mapa la distancia entre ese tejado y la casa de mi abuela.

Doscientos noventa metros. Cerré el portátil un poco más fuerte de lo que se cierran los portátiles.

Después hice la maleta en mi piso de Chamberí, que es un cuarenta y ocho metros con la luz estudiada y las estanterías en tres tonos de arena, y que se parece tanto a mis propios stagings que una vez una amiga me preguntó, muy seria, cuánto pedía por él.

Metí ropa para una semana, aunque el notario había dicho un mes y yo había decidido no oírlo.

Metí el portátil, el cargador, las zapatillas de correr que llevo a todas partes desde hace años con una fidelidad que ellas no me devuelven, porque no he corrido jamás.

Y al final, encima de todo, con la naturalidad de quien no se está mintiendo, metí las dos herramientas de mi oficio: los guantes de algodón blanco de manipular objetos delicados y el medidor láser.

Cerré la maleta. Desde la cocina, el cuenco de barro me devolvió la mirada. Lo había comprado en un rastro para una sesión de fotos y se había quedado. Dentro había tres limones, ya un poco tristes, comprados hacía dos semanas para nadie.

Los tiré a la basura antes de acostarme. El cuenco lo dejé donde estaba, vacío, en el centro exacto de la encimera, como en las fotos.