Las Nuevas Aventuras de Jimmie Dale (Las Crónicas de Jimmie Dale 2) CAPÍTULO XXIII - JOE EL JOROBADO #4
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CAPÍTULO XXIII - JOE EL JOROBADO #4

Jimmie Dale, al acercarse a la fachada estridentemente iluminada del salón de baile, encendió un cigarrillo.

El plan, de tener éxito, echaba la culpa sobre Klanner sin lugar a dudas ni reparos, pero eso no era todo; por muy fuerte que fuera ese motivo, Clarke había tenido otro más en mente, y uno que quizás primaba sobre el primero.

Joe el Jorobado lo había definido con suficiente claridad.

Los documentos carecerían de valor para Clarke, ya fuera para venderlos o darles él mismo algún uso, si los planes y acuerdos que contenían se alteraban o modificaban más tarde.

Pero era evidente que un hombre de la posición de Klanner no podía tener ningún interés personal en ellos; era evidente, como lo demostraba el dinero, que estaba trabajando para otra persona, y por lo tanto, la aparición de los documentos en su baúl haría suponer lógicamente que se habían recuperado antes de que él hubiera podido entregárselos a su jefe, y antes de que se hubiera producido ningún daño vital que obligara a cambiar los detalles allí contenidos.

Jimmie Dale empujó la puerta del salón de baile y entró con aires de indiferencia.

Era la estampa habitual, reinaba el bullicio hilarante de costumbre, la atmósfera asfixiante y casi fétida de siempre, donde se mezclaban los olores a cerveza rancia y tabaco.

El local de Baldy Jack siempre era popular, y el lugar, incluso a aquella hora temprana, ya registraba un próspero negocio.

Los ojos de Jimmie Dale, desde la docena de parejas que daban vueltas en medio de los frenéticos pasos de baile sobre el pulido sector de la pista en el centro de la sala, vagaron por las mesitas dispuestas en tres y cuatro filas contra las paredes.

En la cabecera del salón, un hombre de cabello rubio y aspecto arreglado, aunque su ropa delataba a las claras a alguien de circunstancias nada acomodadas, estaba sentado a solas en una de las mesas.

Podía o no ser Klanner. Jimmie Dale caminó hacia el fondo del pasillo y, como si sopesara su elección de asiento, se detuvo junto a la mesa.

El hombre levantó la vista. Había una larga cicatriz dentada en el pómulo derecho del sujeto.

Era Klanner. Jimmie Dale apartó una silla en una mesa vacía justo detrás del hombre y se sentó.

Un camarero, con el delantal manchado de cerveza y balanceando una bandeja chorreante, acudió a tomarle el pedido.

—¡Espuma! —dijo Jimmie Dale, lacónico.

De nuevo, la mirada de Jimmie Dale hizo un barrido por el local, no logró identificar a la persona de un tal Kid Greer y, renunciando al intento, se detuvo de forma especulativa sobre la espalda de Klanner.

Sí, lograba comprender a la perfección por qué La Campana de Alarma no había podido advertir a Klanner que se cuidara, por ejemplo, de Kid Greer.

Semejante advertencia, además de impedir que Joe el Jorobado colocara las pruebas falsas, habría desbaratado su propio propósito; pues, incluso para salvar a Klanner, había que jugar la partida tal como Joe el Jorobado la había planeado.

Tenían intención de "cazar" a Klanner, y si no era aquí, en lo de Baldy Jack, sería en algún otro sitio.

Ella sabía lo que pretendían hacer aquí.

.. pero tal vez no supiera cuándo, cómo o dónde harían el intento si se veían obligados a cambiar de planes.

Jimmie Dale arrojó una moneda sobre la mesa, mientras el camarero depositaba un vaso de cerveza frente a él.

.. y entonces, por encima del borde del vaso, Jimmie Dale reanudó su escrutinio del salón.

Directamente detrás de él había una entrada trasera que daba a un callejón a espaldas del edificio; y entre él y la puerta solo había una mesa, que estaba vacía.

Jimmie Dale, jugando con su caja de fósforos mientras encendía otro cigarrillo, dejó caer la caja, se inclinó para recogerla.

.. y arrastró su silla sin hacerse notar más cerca de Klanner.

Eran ya las diez en punto, la hora de...

sí, el juego había empezado... ¡ahora! Un hombre, al que reconoció como uno de los matones del Topo, se había dejado caer en un asiento a un par de mesas de distancia de Klanner, donde quedaba un espacio despejado entre los dos.

Se produjo un empujón repentino entre los bailarines en la pista.

.. luego un juramento, alzándose por encima de la marea de voces y risas.

.. un remolino de figuras... una mezcolanza de gritos y alaridos de mujeres que ahogaban el chirrido de los violines de los músicos y el aporreo del piano de latón.

Las mandíbulas de Jimmie Dale se trabaron con fuerza.

Había una turba furiosa y forcejeante en el fondo del salón.

.. pero sus ojos no se apartaron ahora ni un segundo del pistolero a dos mesas de distancia.

Klanner, presa de aturdimiento y asombro, se había levantado a medias del asiento, como si no supiera qué hacer.

Los gritos, alaridos, juramentos y berridos se intensificaron.

.. sobrevino el estruendo de un disparo de revólver.

.. otro... el caos reinaba en el lugar. Pareció pasar una hora, un inmenso período de tiempo desde que resonara el primer grito en la sala; había sido tan solo cuestión de segundos.

Jimmie Dale estaba encogido un poco hacia delante en su silla, tenso, inmóvil.

¡Qué estaba demorando a Hoppy Meggs! Era la señal de Hoppy Meggs, ¿no?

... aquellos disparos, dirigidos al suelo, solo buscaban crear pánico. .. debía haber otro disparo que...

El salón quedó a oscuras de repente. Con un salto, veloz en el mismo instante, Jimmie Dale se abalanzó sobre la espalda de Klanner, derribando al hombre contra el suelo.

El fogonazo de un revólver partió en dos la negrura sobre su cabeza; sonó el rugido ensordecedor de un balazo casi en sus oídos que borró por un segundo el resto de los sonidos.

.. y luego llegaron de nuevo los gritos y los alaridos en un ataque de terror y el tropel de los pies: una estampida ciega en la oscuridad hacia las salidas.

Otro disparo del pistolero, como para asegurarse el trabajo por partida doble, le siguió al primero.

.. pero para entonces una parte de la multitud sobrecogida por el pánico se había interpuesto entre ellos, abalanzándose, cayendo, tropezando con las sillas y mesas en su huida hacia la salida trasera.

—¡Rápido! —susurró Jimmie Dale al oído de Klanner. Estaba levantando a medias y arrastrando a medias al hombre—. ¡Rápido, póngase de pie, hombre!

Los rodeaba ahora una turba agitada que empujaba, peleando como enloquecida por alcanzar la puerta; y, cuando Klanner se puso de pie, ambos fueron arrastrados hacia delante y, abalanzándose por la puerta, cayeron precipitadamente al callejón.

Y allí, temiendo que el agente de patrulla de la zona ya hubiera dado aviso de motín, la multitud ponía pies en polvorosa, dispersándose en ambas direcciones por el pasaje.

—¡Rápido! —dijo Jimmie Dale otra vez... y, con la mano en el brazo de Klanner, echó a correr.

Quienes corrían en la misma dirección se desviaron del callejón en la primera calle transversal; pero Jimmie Dale no abandonó el pasaje, y no se detuvo hasta estar a tres manzanas de distancia del local de Baldy Jack.

Klanner jadeaba por el esfuerzo.

—Dios mío... ¡qué significa todo esto! —boqueó—. Yo... me pareció ver un revólver en la mano de aquel sujeto, el que estaba a mi lado, justo cuando se apagaron las luces.

—Probablemente lo vio —dijo Jimmie Dale, sombrío.

—Pero... ¿qué significa? —repitió Klanner con pesadez.

Jimmie Dale tardó un instante en contestar.

Por el propio bien del hombre, probablemente cuanto menos supiera Klanner, mejor.

.. y, sin embargo, debía mantenerlo lejos del peligro durante el resto de la noche.

Tras fracasar en lo de Baldy Jack, era seguro, puesto que todo el plan de Clarke giraba en torno a la muerte de Klanner, que volverían a intentarlo.

Pasada esa noche... si todo salía bien..

. ya no importaría, ¡porque entonces Klanner dejaría de ser un factor a tener en cuenta para Clarke o Joe el Jorobado!

—Significa —dijo Jimmie Dale con gravedad— que ha habido alguna clase de ajuste de cuentas entre pandilleros, y que probablemente se haya cometido alguna atrocidad.

.. un asesinato... ahí dentro. La policía no se detendrá ante nada hasta acorralar a todos los que puedan encontrar que hayan estado en el local de Baldy Jack.

Solo queda una cosa por hacer: mantenga la boca cerrada y escóndase esta noche.

No puede arriesgarse a verse enredado en esto; usted parece un hombre con un trabajo honrado que no quiere perder, y no parece el tipo de persona que merezca cargar con la reputación de frecuentar lugares de esa calaña. ¿Vive cerca de aquí?

—Sí —dijo Klanner, con un tono algo apagado.

—Entonces —dijo Jimmie Dale con calma—, lárguese de este vecindario por esta noche.

No se arriesgue a que lo reconozcan mientras la persecución está caliente.

Vaya al centro, a cualquier hotel que le parezca, y quédese en su habitación.

Podrá ir a trabajar sin problemas desde allí mañana por la mañana. ¿Lleva dinero?

—Sí —dijo Klanner lentamente—. Sí, llevo algo de dinero... y creo que tiene razón. Oiga, ¿quién es usted, de todos modos? Parece estar al tanto de esta clase de cosas, y creo que le debo el pellejo. Si usted no hubiera...

—Soy un hombre que tiene prisa —dijo Jimmie Dale con tono inescrutable... y luego la nota sombría regresó a su voz—. Le estoy dando un consejo de primera mano. Tómelo... y tome ese tranvía que viene por ahí. —Le tendió la mano.

—¡Claro! —dijo Klanner—. Y yo...

—Buenas noches —dijo Jimmie Dale, y cruzó abruptamente la calle para meterse de nuevo en el callejón de la acera de enfrente... pero allí, oculto entre las sombras, se detuvo unos instantes, vigilando hasta que Klanner subió al tranvía rumbo al centro.