CAPÍTULO XX -LA TIENDA DE ROPA VIEJA #3
Quince minutos más pasaron, y otros quince.
.. y entonces Jimmie Dale devolvió el antifaz a su bolsillo, se levantó de su asiento y se dirigió a la puerta principal de la tienda.
Había esperado allí una hora entera y más, su único propósito había sido impedir que el Pippin retirara las pruebas de la culpa del Pippin, y la lógica le decía que era inútil esperar más tiempo.
Era justo suponer que el Pippin habría descubierto su pérdida en un plazo de tiempo razonablemente corto tras abandonar lo de Melinoff; y, dando eso por sentado, era absolutamente seguro que el Pippin, si es que iba a volver, habría vuelto sin un instante de demora si creía que su vida pendía de la recuperación de su propiedad.
No había vuelto, y por lo tanto, a la inversa, el Pippin debía de haber sopesado las probabilidades y llegado a la conclusión de que el riesgo inherente a su regreso a la escena de su crimen era mayor que el riesgo que corría de que el gemelo se hubiera perdido en ese lugar exacto.
Tampoco el supuesto razonamiento del Pippin era del todo erróneo.
.. desde el punto de vista del Pippin. Era evidente que no sabía dónde había perdido el gemelo; solo cabía la posibilidad de que lo hubiera perdido en la propia escena del crimen; e incluso si lo había perdido allí, e incluso si regresaba, solo cabía la posibilidad de que fuera capaz de encontrarlo de nuevo.
.. y en contra de esto estaba el gravísimo riesgo y peligro de regresar a lo de Melinoff después de haber logrado escapar a salvo.
Pero cualquiera que pudiera haber sido el razonamiento del Pippin, quedaba un hecho moralmente cierto: cada minuto de demora aumentaba el riesgo de que el gemelo fuera encontrado por otra persona, y si el Pippin iba a volver, habría vuelto mucho antes de aquel momento.
Jimmie Dale cerró a sus espaldas la puerta de la tienda de ropa vieja, cruzó el patio y, utilizando de nuevo la puerta trasera del edificio, llegó a la calle.
Bueno, ¡estaba bastante satisfecho! La hora que había pasado allí importaba poco.
Solo había deseado una cosa... que la prueba de la culpa del Pippin no fuera alterada.
Y en cuanto al resto —sonrió de forma caprichosa mientras echaba a andar a buen paso por la calle— estaba Carruthers, del Morning News-Argus , quien, si en los viejos tiempos había sido uno de los más obstinados e implacables en sus esfuerzos por acorralar a El Sello Gris , era al mismo tiempo, aunque sin saberlo —la sonrisa de Jimmie Dale se ensanchó—, ¡el amigo más íntimo de El Sello Gris y su viejo compañero de universidad!
Si se podía hacer comparecer ante la justicia al Pippin con la misma seguridad por esa vía, ¡por qué dejar al viejo Carruthers y a su periódico sin una "exclusiva"!
Jimmie Dale se abrió paso rápidamente ahora hacia el Bowery, y allí enfiló en dirección al norte de la ciudad.
Dos manzanas más allá, sin embargo, en la esquina ocupada por la taberna Crescent, giró hacia la calle transversal y entró por la puerta lateral de la taberna.
La taberna Crescent, como ya había tenido ocasión de notar más de una vez con anterioridad, era, sobre todo, atenta a las peculiares necesidades de su clientela, de clase un tanto dudosa.
A la vuelta de la esquina del pequeño pasillo, justo al entrar en un salita de descanso antes de llegar al bar propiamente dicho, había una cabina telefónica cuya privacidad difícilmente podía mejorarse.
Abrió la puerta de la cabina, entró y cerró la puerta con cuidado y firmemente a sus espaldas.
Al ser el Argus un periódico matutino, a Carruthers, excepto en muy raras ocasiones, siempre se le encontraba en su oficina hasta altas horas de la noche; pero Jimmie Dale, tras depositar su moneda en la ranura, se vio recompensado con la información de que había topado con una de esas «raras ocasiones».
Carruthers estaba en su casa de Long Island, y no había estado en la oficina en todo el día.
Jimmie Dale se encogió de hombros, buscó el número de Long Island y lo marcó.
No importaba demasiado; era simplemente la diferencia de tiempo, que equivalía, digamos, a la media hora o así que tardaría Carruthers en regresar a la ciudad y actuar.
Contestaron al teléfono.
—El señor Carruthers, por favor... sí, personalmente —dijo Jimmie Dale con un tono agradable.
Hubo un momento de espera, luego Jimmie Dale volvió a hablar... su voz seguía siendo agradable, pero alterada en tono y registro a un bajo que distaba mucho de ser el de Jimmie Dale, ¡aunque uno que Carruthers posiblemente recordara!
—¿Señor Carruthers?... Buenas noches, señor Carruthers.
.. Le habla El Sello Gris , y yo... —Una sonrisa receptiva asomó de repente a los labios de Jimmie Dale.
.. Carruthers, por decirlo suavemente, era impulsivo—.
El Sello Gris ... sí. Le oigo perfectamente a Usted.
.. ¿Qué?... ¡No, no es una broma! —la voz de Jimmie Dale se había afilado perceptiblemente—.
Le llamé una vez anteriormente, quizá lo recuerde, aunque hace mucho tiempo, en relación con un cierto collar de diamantes y un.
.. perdone el término... caballero de apellido Markel.
.. ¡Ah, ahora reconoce la voz de El Sello Gris , ¿verdad?
!... No, no se disculpe... Pensé que tal vez pudiera interesarle la posibilidad de otra exclusiva.
.. ¡Sí, exacto!... Le sugeriría entonces que consiga que la policía le acompañe a la trastienda de lo de Melinoff, la tienda de ropa vieja.
.. Sí, pensé que tal vez conociera el lugar.
Quizá, también, conozca a un hombre al que se le suele llamar el Pippin.
.. ¿No? Bueno, no importa. ¡La policía sí lo conoce!
Encontrará las pruebas debajo del cuerpo de Melinoff.
.. ¿Cómo dice?... Sí... un asesinato... ¿Qué?
... Es un gemelo, un gemelo del Pippin, que se le cayó durante el forcejeo.
.. ¿Qué?... No, no sé por qué; le he contado todo lo que sé.
No hay nada más, señor Carruthers... excepto que le aconsejaría que trabaje lo más rápido posible, pues de lo contrario alguien podría tropezarse con el crimen antes que Usted. Buenas noches, señor Carruthers.
Carruthers seguía hablando, frenética, acaloradamente.
Jimmie Dale colgó el auricular con calma, salió de la cabina telefónica y volvió a salir a la calle.
.. por la entrada lateral. Si Carruthers preguntaba a la centralita de dónde procedía la llamada, la respuesta de que era de la taberna Crescent no le serviría de nada ni a Carruthers ni a nadie.
Nadie, ni siquiera en la taberna Crescent, podría aportar ninguna información sobre quién había telefoneado.
En pocas palabras, por tanto, la cosa estaba en manos de Carruthers ahora; al Pippin se le pedirían cuentas; y en lo que a él, Jimmie Dale, respectaba, su conexión con el asunto había llegado a su fin.
Jimmie Dale avanzó rápidamente, doblando de una calle a otra.
Aquí y allá, frente a diversos garitos y en las esquinas, se cruzaba con pequeños grupos de hombres enzarzados en conversaciones a media voz y en susurros.
De ordinario, esto habría interesado a Jimmie Dale, pues los grupos no estaban formados por ciudadanos corrientes, sino por las heces y la escoria del bajo mundo, y era evidente que algo que se salía bastante de lo habitual se había apoderado de repente de los Barrios Bajos como tema de habladurías.
Pero ya eran pasadas las once, y aquella noche, una vez zanjado el asesinato de Melinoff, había terminado, esperaba, con el bajo mundo para siempre.
Solo le preocupaba llegar al Santuario sin más demora y, a partir de ahí, también sin más pérdida de tiempo, llegar a su casa o al club, donde en cualquier momento podía esperar tener noticias de La Campana de Alarma , y donde, lo que era más importante, ella no tendría ninguna dificultad para comunicarse con él al instante.
Dobló la esquina de la calle donde se encontraba el Santuario... y se detuvo en seco. Un hombre que venía a paso ligero desde la dirección opuesta le había agarrado del brazo.
—¡Hola, Smarly! —le saludó el otro—. ¿Te has enterado de las noticias?
Jimmie Dale, con la punta de la lengua, se pasó a la otra comisura de la boca el trozo de cigarrillo a medio consumir que le colgaba del labio superior, mientras miraba al otro.
Era el Wowzer, ratero y carterista, el antiguo compinche de un tal Dago Jim, quien, en cierta noche, también de un pasado muy lejano, que Jimmie Dale tenía muy buenos motivos para recordar, había matado a Dago Jim en cierto antro infame.
Bueno, si él, Jimmie Dale, iba, a fin de cuentas, a enterarse de la causa del alboroto que parecía haberse apoderado de pronto del bajo mundo, al menos no podría haber pedido un informador mejor o más enterado de todo que el Wowzer.
Y ahora se había despertado su curiosidad.
Por un instante cruzó por su mente la idea de que pudiera ser el asesinato de Melinoff; pero descartó esa idea de inmediato.
¡El asesinato era algo demasiado trillado en el bajo mundo como para causar una conmoción tan extendida!
—¡Hola, Wowzer! —respondió, mientras negaba con la cabeza—. No, no me he enterado de nada.
—Pues ya puedes creerme —dijo el Wowzer—, ¡hay movida! ¡La han atrapado!
—¿A quién? —preguntó Jimmie Dale con tono de perplejidad.
El Wowzer se inclinó hacia delante con aire de secretismo.
—¡A Silver Mag! —dijo.
A Jimmie Dale le pareció como si las garras de una mano helada le asieran de repente el corazón, como si el suelo bajo sus pies se hubiera vuelto repentinamente inestable y que el rostro del Wowzer, cerca del suyo, diera vueltas y vueltas en rápidos e interminables giros.
.. pero también era consciente de que era dueño de sí mismo.
Los músculos de su cara tuvieron un tic.
.. pero fue para expresar incredulidad. Su lengua devolvió la colilla del cigarrillo lánguidamente a la otra comisura de la boca.
—¡Anda ya! —dijo Jimmie Dale—. ¡Cuéntaselo a otro! Silver Mag estiró la pata la noche que hubo aquel incendio allí abajo, en el viejo edificio.
—Sí, la estiró... ¡y un cuerno! —se mofó el Wowzer, con una risa seca—.
De la misma forma que aquel asqueroso soplón del Sello Gris , ¿eh?
Oye, Smarly, te estoy diciendo la pura verdad.
La han pillado husmeando en una de las entradas de lo de Foo Sen hace media hora.
Vamos, a toda la peña desde aquí hasta arriba le han dado el chivatazo.
Te estoy contando lo que hay. Debes de haber estado dormido en alguna parte, o ya te habrías enterado.
—Claro... ¡te creo! —dijo Jimmie Dale con seriedad—. ¿Quién la ha atrapado, Wowzer?
—El Topo —respondió el Wowzer—. Y la tiene ahora allí en su garito.
Pasó un momento antes de que Jimmie Dale hablara.
Parecía tener una sequedad horrible y espantosa en la boca; parecía brotar de su alma y abrumarlo todo un mundo de ironía burlesca y sardónica.
¡El Topo! El Topo era el líder de la banda a la que estaba aliado el Pippin; era en el local del Topo donde el Pippin solía vivir; sería en el local del Topo donde la policía iniciaría su búsqueda del Pippin.
.. ¡y hacía cinco minutos, a través de Carruthers, había azuzado a la policía!
El rostro del Wowzer parecía dar vueltas y vueltas frente a él de nuevo.
¡Alejarse de allí... y pensar ! ¡Podría haber gemido, haber gritado en voz alta!
—¡Oye, gracias, Wowzer, por ponerme al corriente! —dijo Jimmie Dale de forma efusiva.
—Oh, no hay de qué —respondió el Wowzer graciosamente—.
Solo mantenlo en secreto excepto con la peña.
Los sabuesos no están al tanto, y el Topo la vio primero, ¿lo pillas?
¡No va a haber nadie que se meta hasta que a ella le den su merecido!
Y se ha corrido la voz de que no se empuje ni se amontone la gente alrededor de lo del Topo para pillar asientos de primera fila, porque entonces los maderos se coscarían, ¿comprendes? Déjaselo al Topo, ¿me entiendes?
—Claro... te entiendo —dijo Jimmie Dale—. Bueno, hasta luego, Wowzer... y gracias otra vez.
—Hasta luego, Smarly —respondió el Wowzer.