Las Nuevas Aventuras de Jimmie Dale (Las Crónicas de Jimmie Dale 2) CAPÍTULO XIX - EL PRINCIPIO DEL FIN #2
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CAPÍTULO XIX - EL PRINCIPIO DEL FIN #2

Sus dedos, al introducir la nota del Pippin en el bolsillo lateral de su chaqueta, tocaron los fragmentos rotos de otra nota, partículas minúsculas de papel, rotas una y otra vez en finos y diminutos jirones.

.. la nota de La Campana de Alarma ... la nota que parecía haber cambiado de repente toda su vida.

Había llegado como siempre habían llegado sus comunicaciones.

.. sin tender ningún puente en el camino que les separaba, sin proporcionarle, a través del método empleado para su transmisión, ninguna pista que le sirviera de algo, o le proporcionara ningún medio para llegar hasta ella.

Se la había puesto en la mano un golfillo callejero cuando él había entrado por la puerta de lo de Bristol Bob hacía media hora.

Ni siquiera le había hecho preguntas al golfillo.

.. habría sido inútil, vano, estéril en cuanto a resultados.

¡Al menos cien experiencias anteriores se lo habían enseñado!

Podía hacer conjeturas sobre el asunto, sin embargo, si quería; y, a la vista del contenido de la propia nota, conjeturar, con toda probabilidad, con bastante acierto.

La Campana de Alarma se había cerciorado de que no estaba ni en casa ni en el club y, por tanto, había elegido un mensajero que pasara desapercibido para que buscara a «Smarlinghue» por el bajo mundo.

Y no habría habido ningún riesgo. Por primera vez en todos los años que sus cartas habían sido la fuerza motriz, la base fundamental de los actos de El Sello Gris , no habría importado, en lo que a consecuencias peligrosas se refería, que la nota se hubiera extraviado o incluso que la hubieran leído otros.

Ni siquiera necesitaba haberla roto en pedazos, como había hecho por la fuerza de la costumbre, pues aquella noche no había ningún «plan», ningún golpe que llevar a cabo.

La nota, por primera vez, no era una «llamada a las armas»; era lo que él había estado anhelando, esperando siempre, y sin embargo nunca permitiéndose ilusionarse demasiado por temor a acumular para sí mismo una cantidad de decepciones demasiado amargas de soportar.

.. era una nota de esperanza . Solo había unas pocas líneas, unas pocas frases; y no había contenido ninguna fórmula de encabezamiento ni firma.

Para cualquiera excepto para él no significaba nada, no tenía importancia.

Retazos de ella corrían de nuevo por su mente:

«... Es el principio del fin... El camino se está despejando... Estoy muy feliz esta noche, y quería decírtelo...»

¡El fin por fin! El fin de los años de peligro; el fin de ese miedo que siempre le roía el corazón de que tal vez ella no viviera para volver a salir a la luz del sol; el fin de esta doble vida que él llevaba; ¡el regreso a una existencia normal donde los ambientes como el actual, donde los antros y los garitos del bajo mundo, las guaridas secretas que albergaban sus crímenes urdidos en el infierno, el rastro y el hedor del mal, y la pestilencia de la escoria del alma ya no serían en adelante más que un recuerdo!

¡Terminar con todo ello, terminar con todo ello y, en su lugar, conocer su amor. .. porque ella estaba a salvo!

Se quedó mirando a su alrededor, y contempló con extraña incredulidad su propia y miserable indumentaria.

¿Acaso era cierto, acaso era realidad...

aquella figura que el bajo mundo conocía como Smarlinghue, que estaba allí sentada, y que con los dedos sucios jugueteaba con un vaso de whisky en la mesa barata y manchada de licor, y que con ojos entrecerrados y bien simulados, cargados de droga, miraba a aquellas figuras que bailaban allá en la pista, para quienes la ley desde la cuna había sido un enemigo natural, y casi a ninguno de los cuales se le podían achacar crímenes que no fueran de los que iban desde lo insignificante a lo horrendo?

¡Realidad! ¡Sí, era real! Dios sabía las profundidades abismales de su realidad.

¡Habían sido meses y meses de aquello! Aquellas voces de ahí fuera que se elevaban en una algarabía de obsceno regocijo eran las mismas voces que, acalladas en una amenaza más mortal, habían susurrado aquel lúgubre lema: «¡Muerte a El Sello Gris !

» por cada rincón oculto del bajo mundo; ¡estos hombres y mujeres que ahora le rodeaban eran de la misma calaña que aquellos que la misma noche anterior habían abatido y asesinado brutalmente a Forrester, y que, no contentos con el asesinato, habían tramado robar a su víctima su buen nombre también!

La mano de Jimmie Dale se cerró de repente en un puño.

.. su mente se había ido por la tangente, apartándose por el momento de ella.

Bueno, ¡habían fracasado la pasada noche en todo salvo en el asesinato!

Fracasado... y uno de ellos ya había pagado el precio, y otro, en la prisión de Tombs a la espera de juicio, ¡se enfrentaba a la certeza de la silla eléctrica en Sing Sing!

Pero aquellos dos, Reddy Mull y Dick el Inglés, no habían sido mucho más que meros instrumentos.

¿De quién era el cerebro maestro oculto tras ellos, que controlaba aquel poder maligno que atacaba en la oscuridad; que últimamente, aunque invisible, impregnaba el bajo mundo con su presencia; que intuitivamente él había sentido que se extendía, palpando el camino, para agarrarse y, si podía, estrangularle a él, a El Sello Gris ?

Había sentido la amenaza, sabía que existía, y el lema que siempre resonaba en sus oídos, el susurrado «Muerte a El Sello Gris », había adquirido un significado más profundo, le había provocado una sensación de peligro más aguda e inminente que nunca; pero no fue hasta la noche anterior, por primera vez, cuando sintió de igual manera que había tenido algún conocimiento concreto o contacto con aquel nuevo adversario.

Y la noche anterior, si había habido un desafío, él lo había aceptado, y si no había habido ningún desafío, ¡al menos él mismo había arrojado el guante!

Si era esta realmente la organización criminal que se alzaba en su contra, el cerebro maestro que la encabezaba tendría ahora un motivo mayor que nunca para tender una trampa y exterminar a El Sello Gris , pues Dick el Inglés yacía muerto, y Reddy Mull estaba entre rejas, y veinte mil dólares en efectivo que habían planeado conseguir estaban en manos de la policía.

.. ¡gracias a El Sello Gris ! ¡Un motivo añadido!

¡Ahora moverían cielo y tierra para llegar hasta él!

Todo el engaño, todo el ingenio nacido del infierno que poseían se lanzaría contra él ahora, y.

.. El rostro de Jimmie Dale, que había estado adusto y contraído, se relajó de repente.

Bueno, ¡demos todo eso por sentado! ¿Qué importaba ya?

¡Solo estarían dando caza a un mito! Entre ellos y él se interponía ahora la nota de La Campana de Alarma .

«El camino se está despejando... Estoy muy feliz esta noche.

» Ella no habría escrito eso a menos que estuviera muy segura.

Mañana, tal vez, Smarlinghue, y El Sello Gris , y Larry the Bat habrían pasado para siempre al olvido, y solo quedarían Jimmie Dale, y ella , y el amor.

.. ¡y un fantasma dejado atrás en el bajo mundo contra el que el bajo mundo y aquel genio del mal podrían poner a prueba su ingenio todo lo que quisieran!

Experimentó una exaltación, una sensación de libertad tan inmensa que parecía verdaderamente tanto física como mental.

El peligro, el riesgo, la tensión de la doble vida hasta que los nervios estuvieran a flor de piel, la constante ansiedad por la seguridad de ella.

.. todo había desaparecido ahora. «Es el principio del fin.

.. El camino se está despejando»... ella había escrito eso aquella noche.

Y significaba que, negándose, como había dicho, a dejar que él volviera a las sombras, ella había salido victoriosa.

.. sola. Le produjo una pequeña y curiosa punzada de decepción el hecho de que ahora solo fuera a participar en la recompensa; pero la punzada quedó ahogada al aportarle un conocimiento más profundo de su amor desinteresado, de su espléndido coraje y.

.. no encontraba otra palabra... de su maravilla.

Los dedos de Jimmie Dale se deslizaron en el bolsillo lateral de su chaqueta para jugar de nuevo de una forma curiosamente acariciadora con los pequeños fragmentos rotos de su nota.

.. y tocaron de nuevo el trozo de papel que al Pippin se le había caído.

Lo sacó maquinalmente, y volvió a leerlo una vez más.

Una frase parecía haber adquirido de repente un cariz especialmente ominoso.

.. «llega hasta el final si se va de la lengua».

No sabía nada de la autoría de aquellas palabras, pero por lo que conocía del Pippin había una cierta maldad en la palabra «final» que no le gustaba.

El «final» con el Pippin podía significar. .. cualquier cosa.

Volvió a meter el papel en su bolsillo y se quedó un momento mirando su vaso de whisky con aire pensativo.

Bueno, ¿y por qué no? Antes de las diez y media, decía el mensaje; y apenas eran las diez todavía.

En vista de la nota de La Campana de Alarma , había tenido intención de regresar al Santuario, reanudar su propia personalidad y, ya fuera en el St. James Club, o en su casa, esperar más noticias de ella.

No había, en realidad, nada más que pudiera hacer.

.. y, de paso, lo de Melinoff estaba de camino desde lo de Bristol Bob al Santuario.

Sí, ¿por qué no? Si el Pippin tramaba algo sucio, o incluso si ambos, Melinoff y el Pippin, estaban en ello juntos, y la palabra «irse de la lengua» implicaba que a Melinoff había que exigirle de forma estricta que cumpliera con su parte completa de alguna villanía mutua en caso de que mostrara alguna inclinación a titubear, ¡no sería una salida del escenario del todo inapropiada que El Sello Gris se despidiera del bajo mundo haciendo una reverencia final y actuando en el pequeño drama del Pippin, fuera el que fuese aquel drama!

Sí, ¡por qué no! De todos modos pasaba por el local de Melinoff, y no había ninguna razón por la que debiera quedarse más tiempo allí en lo de Bristol Bob.

El segundo vaso de whisky siguió al primero.

.. a la escupidera. De nuevo la raída manga se deslizó por los labios finos y contraídos, y, empujando su silla hacia atrás, Jimmie Dale se levantó de la mesa y se abrió paso hacia la calle.