Las Nuevas Aventuras de Jimmie Dale (Las Crónicas de Jimmie Dale 2) CAPÍTULO XIX - EL PRINCIPIO DEL FIN
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CAPÍTULO XIX - EL PRINCIPIO DEL FIN

¡Qué lejana parecía la noche pasada, con el asesinato de Forrester y el sórdido desenlace en la habitación de Reddy Mull!

¡Qué lejana parecía incluso media hora atrás esa misma noche!

¡Solo media hora atrás! Entonces, sin más pensamiento que el de una perseverancia tenaz para continuar su búsqueda, sin el menor indicio ni señal de que su búsqueda estuviera más cerca del fin de lo que había estado nunca, había entrado allí, en lo de Bristol Bob, en su papel de Smarlinghue; y entonces, como un claro que se abre entre las nubes, le había asaltado una alegría súbita y asombrosa.

Ahora lo mantenía cautivo. Amenazaba incluso con hacerle olvidar que por el momento era Smarlinghue.

.. olvidar lo que, como Smarlinghue, no se atrevía a olvidar: el papel que desempeñaba.

Se inclinó hacia delante de repente y agarró su vaso de whisky.

.. cuyo contenido había sido derramado previa y subrepticiamente en la escupidera en el suelo junto a su silla.

Se llevó el vaso a la boca, echó la cabeza hacia atrás como si fuera a apurar una última y persistente gota, luego golpeó con el vaso en la mesa, se humedeció los labios —finos y deformados por el maquillaje de «Smarlinghue»— y se los limpió con la manga de su abrigo raído.

Un hombre en la mesa de al lado, muy conocido como el Pippin, joven, vestido de forma llamativa, con unas facciones casi afeminadas que daban un toque añadido de perversidad, por su incongruencia, a su aspecto general, volvió la cabeza y sonrió con maliciosa burla.

Los dedos de Jimmie Dale buscaron con avidez ahora primero por uno y luego por otro de sus bolsillos andrajosos, y finalmente extrajeron una moneda de diez y otra de cinco centavos. Con ellas golpeó con insistencia en la mesa, hasta que un camarero acudió a su llamada y le sirvió otra copa.

Se reclinó entonces en la silla por un rato; ora mirando el licor, como si estuviera ávido por saborearlo, pero ávido, también, por prolongar la expectación, ya que a juzgar por sus actos al parecer no había forma de reponer de nuevo la provisión; ora echando un vistazo por la habitación cargada de humo donde, en la zona pulida del suelo en el centro, una veintena de parejas que reían y gritaban giraban y daban cabriolas en los desenfrenados espasmos del último baile de moda del bajo mundo; ora permitiendo que sus ojos se detuvieran con un repentino ceño fruncido en el hombre de la mesa de al lado.

No tenía nada que ver con el Pippin... ni el Pippin tenía nada que ver con él.

El hombre, mientras se tomaba unas cuantas copas, simplemente parecía encontrar una cierta y malévola diversión en una evaluación despectiva de su persona, la de Jimmie Dale; pero el otro, a pesar de la nueva y feliz euforia que Jimmie Dale estaba experimentando, le molestaba.

.. la ostentosa extensión del puño de su camisa rosa, por ejemplo, para exhibir sus gemelos en forma de serpiente de diamantes, famosos de un extremo a otro del bajo mundo, era eminentemente típica del hombre.

Sin duda, los gemelos eran objeto de envidia para la sociedad en la que se movía el Pippin; incluso eran unos gemelos hermosos, eso era cierto, de diseño oriental, inconfundibles para cualquiera que los hubiera visto alguna vez, y en el bajo mundo se creía en general que las piedras en las que estaban engarzados eran auténticas, pero.

.. Jimmie Dale estaba levantando de nuevo su vaso con vacilación, con una especie de gesto extraño y avaro.

El Pippin se había sacado de un tirón una pitillera del bolsillo, se había metido entre los labios lo que evidentemente era el único cigarrillo que contenía; y entonces, al tiempo que tiraba la pitillera, empujó la silla hacia atrás y se puso de pie.

.. pero en el suelo debajo de la mesa, donde había revoloteado sin ser visto cuando había sacado de un tirón la pitillera del bolsillo, yacía un pequeño trozo de papel doblado.

—Si te quedas por aquí el tiempo suficiente, Smarly —se burló el Pippin, al pasar por su lado en dirección a la puerta—, a lo mejor alguno de esos mirones del autobús para turistas se apiada de ti y te compra otra copa.

.. ¡a los de los paseos por los barrios bajos les vuelven locos los artistas fracasados!

—¡Vete a freír espárragos! —le soltó Smarlinghue con educación, por una comisura de su boca torcida.

Los ojos de Jimmie Dale siguieron al otro.

El Pippin, abriéndose paso entre las mesas, llegó a la puerta y salió a la calle.

Y entonces los ojos de Jimmie Dale se desviaron hacia el trozo de papel que había debajo de la mesa contigua.

No era nada probable que tuviera la más mínima importancia o significado, y, sin embargo.

.. Jimmie Dale estiró el pie, acercó el papel hacia él y, agachándose, lo recogió.

Lo desdobló y comprobó que contenía varias líneas escritas a máquina.

Frunció el ceño, perplejo, al leerlas; luego volvió a leerlas y su ceño se hizo más profundo.

Melinoff tiene el género. Llega hasta el final si se va de la lengua. No más tarde de las diez y media de esta noche.

Jimmie Dale levantó la vista y la paseó por el ruidoso y desenfrenado salón de baile.

¿Qué significaba exactamente el mensaje?

El Pippin era un mal actor... literal y metafóricamente.

El Pippin, si se le preguntaba, probablemente se habría seguido definiendo como actor; pero, aunque todavía era joven, su carrera en los escenarios había terminado hacía varios años de forma bastante abrupta.

.. ¡con un año de cárcel! Jimmie Dale no recordaba los detalles del delito concreto del que el Pippin había sido declarado culpable, salvo que había sido por robo.

No obstante, no importaba mucho. El Pippin de hoy, tal como se le conocía en el bajo mundo, al cual estrato de la sociedad había gravitado inmediatamente tras su salida de prisión, era todo lo que revestía interés en ese momento.

Se había asociado a una banda dirigida por un tal Steve Barlow, comúnmente conocido como el Topo, y bajo tan augusto patrocinio y protección ya tenía en su haber más de un «trabajito» de primera magnitud.

El Pippin, en una palabra, era un tipo tan feo como desagradable.

Los ojos de Jimmie Dale siguieron recorriendo el sórdido salón de baile.

¿Qué era lo que el Pippin debía obtener de Melinoff, y por lo que, de ser necesario, el Pippin debía «llegar hasta el final»?

¡Ni el propio Melinoff estaba libre de culpa, tampoco!

¿De qué iba el asunto? Melinoff era un ropavejero y chatarrero, y, como ocupación secundaria, a veces una ocupación secundaria muy rentable, se sabía que actuaba como «perista» de artículos robados.

Había bordeado durante años la delgada línea que le separaba de la policía, y luego, atrapado in fraganti al fin, había cambiado de ocupación por una más útil durante una estancia un tanto prolongada en Sing Sing.

Después de aquello, los asuntos de Melinoff no habían prosperado.

Su esposa, que era honrada aunque su marido no lo fuera, y que ya era una anciana, se las había visto y deseado con la destartalada tienda y el escaso negocio que lograba despachar; se las había visto tan apurada, de hecho, que era un milagro que hubiera conseguido mantener un techo sobre su cabeza.

Había muerto unos meses después de la salida de prisión de su marido.

Melinoff, aunque no hubiera tenido ninguna otra virtud, al menos había amado a su esposa, y el Melinoff de antaño, entonces un hombre bastante vivaz para sus años, ya no existía, y era una figura decrépita, de hombros encorvados, sucia y de barba gris la que ahora se paseaba arrastrando los pies por la tienda de ropa vieja, apático ante las «gangas», donde antes había sido un hombre cuya agudeza solo era igualada por la especie de astucia ávida y la baja ruindad con la que había dirigido su negocio.

Una sonrisa, mitad adusta y mitad caprichosa, parpadeó en los labios de Jimmie Dale.

Había vidas extrañas, corrientes subterráneas extrañas, trabajando siempre y sin cesar allí en el bajo mundo, allí donde la molienda del molino humano encontraba su lugar.

Melinoff, el Pippin, cada una de aquellas figuras que giraban allá en la pista, cada uno de aquellos hombres y mujeres cuyas risas se elevaban roncas desde las mesas, o cuyos susurros, mientras bajaban las cabezas y las mantenían muy juntas, parecían algo sórdido y depravado, habían conocido un camino extraño y tortuoso; y, sin embargo, el más extraño, el más tortuoso de todos ellos, era. .. ¡el suyo propio!