Las Nuevas Aventuras de Jimmie Dale (Las Crónicas de Jimmie Dale 2) CAPÍTULO XVIII - ALIAS DICK EL INGLÉS #2
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CAPÍTULO XVIII - ALIAS DICK EL INGLÉS #2

—¡Ah, no lo sabes! —Había un curioso arrastre en la voz de Jimmie Dale.

.. y entonces, en un abrir y cerrar de ojos, su mano libre cruzó la mesa, le arrancó el bigote al otro de un tirón y le levantó el sombrero de fieltro blando para apartárselo de los ojos—.

Me refiero a que se ha acabado el juego. .. Dryden.

Hubo un grito ahogado; y el hombre, con los labios temblorosos, se encogió en su silla.

—¡Perro! —Las palabras brotaban ahora rápidas y acaloradas de los labios de Jimmie Dale—.

¡Dick el Inglés, alias Dryden, el cajero del banco!

¡Conque no sabes a qué me refiero! ¡Escucha, entonces, y te lo diré!

Hace seis meses conseguiste un puesto en el banco.

Desde entonces has falsificado firmas a diestro y siniestro en los valores, has falsificado los libros de cuentas y has robado dinero en efectivo y valores.

Día a día, compinchado con tu banda, has traído el botín hasta aquí, viniendo disfrazado por supuesto, como has venido esta noche, ¡porque no convendría que a «Dryden» se le viera por este barrio!

Y le entregabas el botín a Reddy Mull...

dejándolo, si daba la casualidad de que no andaba por aquí, bajo esa tabla suelta de ahí en la esquina.

—¡Dios mío! —El rostro del hombre estaba pálido como la muerte—. ¿Quién... quién eres tú?

—Hoy —prosiguió Jimmie Dale, como si no hubiera oído al otro— llegaste al clímax del plan en el que habías estado trabajando durante esos seis meses.

.. el banco estaba arruinado... y lo poco que quedaba te lo llevaste —hizo un gesto brusco con la mano hacia la bolsa abierta— sustituyéndolo en el último momento por fajos de papel en blanco preparados de antemano.

Y lo hiciste, perro —a Jimmie Dale se le quebró la voz de repente— no solo a costa de la vida de un hombre, sino de su buen nombre y reputación.

Puede que supieras, no sé si lo sabías o no, que Forrester tenía algún problemilla privado con un prestamista, pero no me imagino que eso tuviera nada que ver con que hubieras elegido el banco de Forrester.

Tu objetivo era explotar un pequeño banco donde, con un solo hombre al que ocultarle tus tejemanejes, podías desvalijarlo a fondo; y una confesión falsificada lo bastante ingeniosa como para engañar a cualquiera en cuanto a la caligrafía y la firma, y el hombre encontrado muerto por una dosis de ácido prúsico, con el frasco vacío en el suelo a su lado, no necesitaban ninguna otra prueba para señalarle como el culpable.

Dick el Inglés intentaba ponerse de pie; sus ojos, con una especie de horrible fascinación, clavados en Jimmie Dale.

Jimmie Dale le empujó de nuevo con saña a su asiento.

—¡Sí... perro! —repitió—. Te llevaste tu primer susto cuando descubriste que esas pruebas de suicidio habían desaparecido.

.. incluso perdiste un poco los nervios en tu farol con los inspectores del banco.

.. y te apresuraste a venir aquí en el mismo momento en que pudiste zafarte de la investigación policial preliminar que siguió.

.. Hasta temía que llegaras aquí un poco antes de lo que lo hiciste.

¿Quieres que te dé los detalles de esta tarde y de esta noche?

La trampa estaba lista. Habías mandado a llamar a los inspectores del banco.

Ya tenías preparada la confesión falsificada y tenías listo un pequeño paquete de valores.

Forrester se había marchado a Nueva York.

Le entregaste la confesión y el paquete de valores a tu cómplice, o cómplices, para que los dejaran en la habitación de Forrester.

Me imagino que telefoneaste, o enviaste un mensaje, a Nueva York a Forrester diciéndole que los inspectores del banco estaban en el banco, que pasaba algo, y que se fuera a su apartamento, y, digamos, se reuniera contigo allí antes de ir al banco.

Tu cómplice, pues tú te procuraste una coartada quedándote con los inspectores del banco, se coló tras él, o incluso en el oscuro pasillo le aturdió con una porra, luego le hizo tragar el veneno a la fuerza, le dejó en el suelo, colocó el frasco vacío a su lado y dejó la confesión sobre el escritorio.

El plan estaba trazado con mucha astucia.

El golpe en la cabeza de Forrester se justificaba de la manera más obvia.

.. se había golpeado la cabeza, por supuesto, contra la pata del sofá.

.. ¡le encontraron tumbado en esa posición!

Resulta extraño, no obstante, ¿verdad?, cómo a veces los planes más astutos se tuercen de la manera más simple y, sin embargo, más perversa.

¿A quién, dadas las circunstancias, se le habría ocurrido?

A tu cómplice le bastó con colocar un documento ya preparado sobre el escritorio.

Ni siquiera tú mismo te acordaste de advertírselo.

No se le pasó por la cabeza comprobar si había allí pluma y tinta con las que pudiera haberse escrito, o, en su defecto, una pluma estilográfica en el bolsillo de Forrester.

.. y no había ni lo uno ni lo otro. Eso es todo.

.. excepto el nombre del hombre que mató a Forrester.

—Jimmie Dale se inclinó bruscamente hacia delante—. ¿Quién fue?

Dick el Inglés se humedeció de nuevo los labios.

—Yo... ellos... me matarían como... como a un perro si hablara —balbuceó.

—¿ Ellos ? —El monosílabo sonó cortante y duro.

—No lo sé —dijo Dick el Inglés—. Te juro por Dios que es la verdad... nunca lo supe... es una banda muy grande... ninguno de nosotros lo sabe.

—Pero sabes quién trabajó contigo en esto. —Jimmie Dale hablaba con los dientes apretados—. Sabes quién mató a Forrester.

—Sí. —El susurro del hombre era apenas audible.

—¿Quién?

—Reddy... Reddy Mull.

—Sí —dijo Jimmie Dale con su monótono y lúgubre tono—, eso pensaba yo.

Introdujo la mano en la bolsa, donde había un pequeño fajo de valores envueltos en una hoja de papel de notas del banco, le quitó la hoja de papel, y la desplegó ante Dick el Inglés.

—¡Escríbelo! —le ordenó... y la boca de su automática osciló hacia delante para rozar la pluma estilográfica que asomaba en el bolsillo del chaleco del otro—.

Escríbelo... todo... tu propia participación.

.. la de Reddy Mull... ¡toda la historia!

Los labios del hombre parecían haberse quedado secos de nuevo, y su lengua los recorrió una y otra vez.

—¡No puedo! —dijo con voz ronca—. No me atrevo... me matarían. Y... y si no lo hicieran, esto me mandaría a prisión, y tal vez... tal vez a la silla eléctrica.

—Ya te arriesgarás a eso —la voz de Jimmie Dale era baja y uniforme—, pero aquí no te arriesgas a nada... porque no hay opciones. —La automática en la mano de Jimmie Dale avanzó amenazadoramente—. O la exoneración de Forrester... o tú. ¿Lo entiendes? Y tienes que elegir... ahora.

Por un instante los ojos del hombre se encontraron con los de Jimmie Dale, luego se desviaron, como atraídos a su pesar, hacia la boca de la automática de Jimmie Dale; y entonces su mano se deslizó hacia su bolsillo en busca de su pluma.

Desde la sala de billar de la parte delantera llegó un estallido de palmas y aplausos.

.. era evidente que se estaba jugando una partida de algún tipo.

Jimmie Dale, sin apartar los ojos de Dick el Inglés, mientras este último empezaba a escribir con una especie de prisa febril como si el miedo y el miserable deseo de acabar con todo aquello le espolearan, recogió los artículos de la mesa y los metió en la bolsa.

Esperó en silencio entonces... y luego Dick el Inglés empujó el papel hacia él.

Jimmie Dale lo recogió y lo leyó. ¡Estaba todo allí, todo... y la firma esta vez no era falsa! Metió el papel en la bolsa y cerró la bolsa.

Dick el Inglés se pasó la mano por una frente perlada de sudor.

—¿Qué vas a hacer? —preguntó en un susurro.

—Voy a ocuparme de que esto... y tú... lleguéis a manos de la policía —dijo Jimmie Dale con brusquedad—.

Nos iremos de aquí en un momento... por la ventana.

Hay un patrullero que pasa por el final del callejón de vez en cuando, y confío en que, con la ayuda de un trozo de cuerda y un pañuelo de bolsillo a modo de mordaza, te encontrará allí.

Mi método puede que sea un poco tosco, pero tengo mis propias razones para no entrar contigo en una comisaría.

Pero antes de irnos, todavía queda ese asunto de.

.. los de arriba. Necesitaban a un falsificador muy hábil para este trabajo y que no fuera reconocido.

.. ¡y consiguieron al mejor! ¿Quién te trajo de Inglaterra?

—Un amigo de allí, uno de los «peces gordos», me lo propuso —respondió Dick el Inglés con pesadumbre.

—Sí... ¿y aquí? —le instigó Jimmie Dale—. ¿Quién te metió en el banco de aquí?

—No lo sé. —Dick el Inglés negó con la cabeza—. Yo me presentaba ante un hombre llamado Chester. Él preparaba la historia que yo tenía que contar, y me dijo que fuera al banco y solicitara el empleo, y que ya estaba todo arreglado.

—Me gustaría conocer a «Chester» —dijo Jimmie Dale en tono severo—. ¿Dónde vive?

—No lo sé —repitió Dick el Inglés—. ¡Te digo que no lo sé! Son gente importante... ¡Dios mío, me buscarán las cosquillas por esto, si no lo hace la ley! No sé dónde vive... él siempre venía a mí. Al único que conozco es a Reddy Mull, y...

Su voz quedó ahogada por un estallido de aplausos más fuerte y prolongado procedente de la sala de billar, en el que se mezclaban gritos, voces y el atronador golpeteo de las culatas de los tacos contra el suelo.

—¡Un buen tiro! —dijo Jimmie Dale, con una sonrisa lúgubre.

—Sí —dijo Dick el Inglés—, un buen tiro... pero en su voz se había deslizado un tono nuevo, un tono como de triunfo malicioso.

Los labios de Jimmie Dale se apretaron de repente con fuerza y dureza.

Sí, él también lo oía ahora... tal vez demasiado tarde.

.. lo que el otro veía . El alboroto que había ahogado todos los demás ruidos había disminuido.

.. la puerta a sus espaldas había sido abierta con llave y en ese momento se abría lentamente.

Y entonces Jimmie Dale, tan rápido como el pensamiento, cerró los dedos sobre la bolsa, se arrojó bordeando la mesa y se tiró al suelo.

Hubo el estruendo de una detonación, una llamarada de fuego, cuando Reddy Mull, metiendo la mano por el umbral parcialmente abierto, disparó.

.. un grito salvaje, cuando el tiro, destinado a él, a Jimmie Dale, encontró otro blanco directamente detrás de donde había estado parado.

.. y Dick el Inglés, tambaleándose sobre sus pies, se precipitó hacia delante sobre la mesa, arrastrándola consigo al suelo.

Todo había sucedido en el tiempo que tarda un reloj en hacer tictac.

Se oyó de nuevo el estruendo de una detonación, cuando Jimmie Dale disparó a su vez.

.. a la bombilla de la luz eléctrica a un par de metros de él en la pared.

Se oyó el tintineo de los cristales al hacerse añicos.

.. y la oscuridad. Siguieron gritos, voces, un alarido desde la puerta de Reddy Mull, una ráfaga de disparos del revólver de Reddy Mull, el tropel de muchos pies desde la sala de billar.

.. y Jimmie Dale, en la oscuridad, se descolgó en silencio por la ventana hasta el suelo.

Llegó a la calle; y, cinco minutos más tarde, a varias manzanas de distancia, entró en el reservado privado de una taberna del Bowery. Allí, Jimmie Dale añadió otro papel al contenido de la bolsa. Con las letras en mayúsculas de imprenta y mal trazadas, el papel decía lo siguiente:

CON LOS SALUDOS DE

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—Y supongo —se dijo Jimmie Dale a sí mismo con gesto lúgubre— que si le paso esto a la policía, la policía atrapará a... Reddy Mull.