Las Nuevas Aventuras de Jimmie Dale (Las Crónicas de Jimmie Dale 2) CAPÍTULO XVII - EL DESFALCADOR
70%

CAPÍTULO XVII - EL DESFALCADOR

En la otra puerta los golpes seguían sonando... y entonces se abrió... y se oyó un coro de exclamaciones ahogadas, horrorizadas y de sobresalto, y el rápido tropel de unos pies irrumpiendo en la habitación.

La ganzúa volvió al bolsillo de Jimmie Dale, y agachado, ahora, con la mano en el pomo, girándolo poco a poco sin el menor ruido, abriendo la puerta centímetro a centímetro, mantenía los ojos fijos en el umbral que comunicaba con la otra habitación.

Podía ver a los tres hombres inclinados sobre Forrester.

Sus voces le llegaban en fragmentos confusos y entrecortados:

—... ¡Muerto!... ¡Dios santo!... ¿Estás seguro?... Tal vez solo se ha desmayado... No, está muerto, ¡pobre diablo!...

Y entonces uno de los hombres, el más joven de los tres, un hombre de complexión delgada, bien afeitado, de ojos oscuros, de unos veintiocho o treinta años, se incorporó de forma abrupta, y lanzó una rápida mirada por la habitación.

—¡Sí, está muerto! —dijo con amargura—. ¡Cualquiera podría verlo! Pero no estaría muerto, y esto nunca habría pasado si hubierais hecho lo que os pedí cuando llegasteis al banco esta tarde. Os pedí que lo detuvierais entonces, ¿verdad?

Uno de los otros —y era evidente que los otros eran los dos inspectores del banco—, un hombre de mediana edad, respondió con seriedad.

—Estás alterado, Dryden —dijo—. Sabes que no podíamos hacer eso...

—Ante la palabra de un cajero contra la del director de la sucursal... ¡por supuesto que no! —le interrumpió el joven de forma mordaz—. Bueno, ahora lo veis, ¿no?

—No podíamos hacerlo entonces sin pruebas —corrigió el inspector del banco con calma.

—¡Pruebas! —exclamó Dryden—. ¡Dios mío..

. pruebas! ¿ Quién dio el chivatazo a vuestra gente para que os pasarais por allí esta tarde?

Fui yo, ¿verdad? ¡Acaso creéis que haría eso sin saber lo que me hacía!

¿No os dije que no quedaba más que el mobiliario de la oficina?

¿No lo hice? Solo estábamos nosotros dos en plantilla, ¿y no os dije que había descubierto que los libros estaban falsificados de principio a fin?

¡Sí, lo hice! ¡Y tuvisteis que sacar vuestros lápices y empezar a hacer una revisión rutinaria, como si no pasara nada!

Bueno, ¿qué encontrasteis? Los valores hechos un desastre, lo que quedaba de ellos.

.. ¡y lo que se suponía que eran veinte mil dólares que llegaron de la ciudad ayer no era más que un fajo de papel en blanco!

—Tú mismo no lo sabías hasta hace media hora, cuando empezamos a cuadrar la caja —replicó el otro con cierta brusquedad.

—Bueno, tal vez no lo supiera —admitió Dryden—; pero sabía lo de los libros.

—Aparte de eso —continuó el inspector del banco—, el señor Forrester estaba en la ciudad esta tarde cuando llegamos al banco y esta es la primera vez que le vemos, así que no habríamos podido hacer nada distinto de lo que hemos hecho en ningún caso.

Menciono esto porque estás diciendo disparates, y esa clase de comentarios, si salen a la luz, no nos beneficiarán a ninguno de nosotros.

No querrás culpar al señor Marner aquí presente y a mí de la muerte del señor Forrester, ¿verdad?

—¡No... por supuesto que no! —dijo Dryden, en un tono más moderado—. No quiero decir eso en absoluto. Supongo que tiene Usted razón... estoy nervioso. Yo... bueno —hizo un gesto brusco hacia el bulto en el suelo—... no estoy acostumbrado a entrar en una habitación y encontrarme eso .

Fue Marner, el otro inspector del banco, quien rompió un momento de silencio.

—Ninguno de nosotros lo está —dijo, y se pasó la mano por la frente—. Un médico no puede hacer nada, por supuesto, pero supongo que deberíamos llamar a uno de inmediato, y avisar también a la policía. Yo...

Jimmie Dale se había escurrido por la puerta hacia el pasillo.

Un momento más y había bajado las escaleras y salido a la calle, otro más y se había subido a su coche con aire de despreocupación.

El coche se puso en marcha, salió de la zona iluminada de la calle principal del pueblo.

.. y en la oscuridad, en dirección a Nueva York, Jimmie Dale, desaparecida ya su despreocupación, se inclinó hacia delante sobre el volante, y el gran coche de sesenta caballos saltó a su ritmo como un purasangre al toque de la espuela, y se lanzó a toda velocidad a través de la noche de forma temeraria.

Sus labios se torcieron en una sonrisa que tenía poco de humor.

Allí atrás en aquella habitación llamarían a un médico, y llamarían a la policía.

Y el médico establecería el hecho de que Forrester había muerto por los efectos de una dosis de ácido prúsico; y la policía establecería.

.. ¿qué? El ácido prúsico era rápido en su efecto.

Si Forrester había muerto por esa causa, ¿cómo lo había tomado él mismo, y de qué lo había sacado?

Lo que la policía vería sería algo muy diferente de lo que él, Jimmie Dale, había visto al abrir la puerta de aquella habitación.

En lugar de las pruebas de un suicidio, había ahora todas las pruebas de un asesinato .

Los inspectores del banco, al entrar en la habitación, sobresaltados ante lo que veían, obsesionados por la ruina del banco, podían aun así haber llegado a la conclusión, bastante natural dadas las circunstancias, de que se trataba de un suicidio; pero la policía, tras diez minutos de investigación desapasionada, adoptaría una teoría muy diferente.

Las mandíbulas de Jimmie Dale se apretaron, mientras sus ojos se entornaban en el veloz hilo de carretera gris bajo los danzantes faros delanteros.

Bueno, ¡la suerte estaba echada! Para bien o para mal, su respuesta a la llamada de teléfono de Forrester se había convertido en el factor vital del caso.

¡Para bien o para mal! Lanzó una carcajada seca a la noche.

Pronto lo sabría... el viejo Kronische, el anciano farmacéutico enjuto y astuto, que se escondía como un zorro en su madriguera en lo más profundo del corazón de los Barrios Bajos, respondería a esa pregunta.

El viejo Kronische tenía un historial conocido tanto por la policía como por el bajo mundo.

.. y no gozaba de la confianza de ninguno de los dos, y era temido por ambos.

Pero era listo... listo con una inteligencia diabólica.

Solo Dios sabía lo que tramaba en las largas horas del día y de la noche entre sus retortas y tubos de ensayo en su asqueroso y maloliente cuchitril; pero todo el mundo sabía que del viejo Kronische se podía obtener cualquier cosa de naturaleza química si se desembolsaba el precio, que no era pequeño, y si el viejo Kronische quedaba satisfecho con las credenciales de su futuro cliente.

Sí... ¡el viejo Kronische! El viejo Kronische era el hombre, el único hombre; no cabía la menor duda ni cuestión al respecto.

.. la cuestión era cómo llegar hasta el viejo Kronische.

Jimmie Dale sacudió la cabeza en un gesto rápido y de impaciencia, como irritado porque su cerebro no respondiera al instante a su demanda de formular un plan.

Parecía bastante sencillo, el viejo Kronische era perfectamente accesible.

.. pero, no obstante, distaba mucho de ser sencillo.

No podía acudir al viejo Kronische como Jimmie Dale, los acontecimientos en la habitación de Forrester habían dado un giro muy feo.

Si, como Jimmie Dale, había tenido motivos para mantenerse al margen del asunto antes, ahora era imperativo que lo hiciera.

.. o podría verse envuelto en una situación muy comprometida, tan comprometida, de hecho, que las consecuencias podrían llevar a cualquier parte, y «cualquier parte» para Jimmie Dale, para El Sello Gris , para Smarlinghue, podría significar la ruina, el fracaso y el desastre.

Ni, mucho menos, podía arriesgarse a acudir al viejo Kronische como Smarlinghue.

No podía fiarse del viejo Kronische. ¿Cómo, si el viejo Kronische decidía «hablar», iba Smarlinghue a justificar ninguna relación con lo que había ocurrido en la habitación de Forrester?

¿Cuánto tardarían, aunque solo fuera por poner a Smarlinghue bajo vigilancia, en descubrir que Smarlinghue no era más que un papel que encubría a. .. ¡Jimmie Dale!?

Y entonces el rostro tenso y contraído de Jimmie Dale se relajó un poco.

Su cerebro se había arrepentido de su obstinación, al parecer, y volvía a funcionar.

Había una forma, una forma muy segura en lo que a que el viejo Kronische fuera «hablador» se refería, pero una forma muy peligrosa desde cualquier otro punto de vista.

Supongamos que acudía al viejo Kronische. .. ¡como Larry the Bat !