CAPÍTULO XVI - UNA OPORTUNIDAD ENTRE DIEZ #3
Era el apartamento de Forrester, aquel allí a la derecha del pasillo... su memoria no le había fallado. Era el apartamento de Forrester, y el propio Forrester estaba allí... en el suelo... muerto.
Por un momento Jimmie Dale se quedó rígido y sin hacer un movimiento, salvo que a medida que sus ojos recorrían el apartamento su rostro se volvía duro y tenso, y sus labios se curvaban hacia abajo en líneas afiladas y sombrías en las comisuras de la boca.
—¡Dios mío! —susurró Jimmie Dale.
Había un olor débil, casi imperceptible en la habitación, como a flor de melocotonero.
.. lo notó ahora por primera vez, cuando sus ojos se detuvieron en un frasquito vacío que yacía en el suelo a unos pocos palmos de distancia del brazo extendido del muerto.
Jimmie Dale se adelantó bruscamente ahora, y se arrodilló junto al hombre para realizar un examen apresurado.
Era innecesario... lo sabía incluso antes de realizar la acción.
Sí... el hombre estaba muerto. Alargó la mano y recogió el frasco.
El olor era una prueba reveladora suficiente.
El frasco había contenido ácido prúsico o cianhídrico, probablemente el veneno más mortífero que existía, y el más rápido en su acción.
Volvió a dejar el frasco en el mismo sitio en que lo había encontrado y se puso de pie.
De nuevo, los ojos de Jimmie Dale barrieron el entorno.
La habitación en la que se encontraba era una especie de sala de estar o estudio.
Había un escritorio junto a la pared del fondo, un sofá cerca de la puerta, y varios sillones de orejas cómodos.
Forrester yacía con la cabeza apoyada contra el afilado borde de una de las patas del sofá, como si hubiera rodado y se hubiera golpeado contra él.
Frente al escritorio, al otro lado de la habitación, estaba la puerta que conducía a la segunda estancia del pequeño apartamento.
Jimmie Dale se dirigió hacia ella ahora, y cruzó el umbral.
La habitación en sí no estaba iluminada, pero entraba luz suficiente por la puerta de comunicación como para permitirle ver bastante bien.
Era el dormitorio de Forrester, y no parecía haber sido revuelto en modo alguno.
Lo recordaba perfectamente. Allí también había una puerta que daba al pasillo.
Rodeó la cama y llegó a la puerta. Estaba cerrada con llave.
Jimmie Dale regresó a la sala de estar..
. y se quedó allí en una especie de lúgubre inmovilidad, mirando a la figura en el suelo.
No era un insensible. La muerte, por muy a menudo que la hubiera visto, y en sus fases más trágicas, no le había vuelto insensible, y Forrester le caía bien.
.. pero el suicidio no era la salida de un hombre, era la que tomaba un cobarde, y si despertaba lástima, era una lástima que se mitigaba con la nota de desaprobación más severa, casi despectiva.
¿Qué había ocurrido desde que Forrester había telefoneado, que había empujado al hombre a este extremo?
Cuando Forrester había telefoneado parecía estar lo bastante agitado, pero, al menos, daba la impresión de haber albergado esperanzas de que la súplica que estaba haciendo entonces pudiera sacarle del apuro, y, como prueba de ello, se había notado un inconfundible alivio en la voz del hombre cuando él, Jimmie Dale, había accedido a la petición del otro.
¿Y qué significado tenía aquello de la «ayuda económica»?
¿Acaso, por ejemplo —pues resultaba lamentablemente obvio que si se había desvalijado el banco un hombre inocente no se suicidaría por ese motivo— se había descubierto una mayor parte del desfalco de la que se había calculado, tanta de hecho que, pongamos por caso, la ayuda económica que Forrester había tenido intención de solicitar había aumentado ahora a tales proporciones que se había dado cuenta de la inutilidad siquiera de una petición; o, de nuevo, ¿acaso por alguna razón, desde que había telefoneado, se había vuelto ahora imposible devolver los fondos incluso si obraran en su poder?
Una hoja de papel de notas que reposaba sobre el escritorio atrajo la mirada de Jimmie Dale. Se acercó, la recogió... y sus labios se apretaron, mientras leía las dos o tres líneas miserables que estaban garabateadas en ella:
Lo que queda está en el cajón central del escritorio. Ya solo hay una salida... no veo ninguna otra forma. Pensé que podría conseguir... ¡pero qué importa ya! ¡Que Dios me ayude! Lo siento.
FLEMING P. FORRESTER.
¡Lo siento! ¡Era un epitafio lastimoso para la vida de un hombre!
¡Lo siento! El rostro de Jimmie Dale se suavizó un poco.
.. el hombre estaba muerto ahora. «Lo siento.
.. Fleming P. Forrester»... había visto esa firma en documentos bancarios cientos de veces en los viejos tiempos; ¡nunca pensó verla en un documento como este!
Se quedó mirando el papel durante un largo rato, y luego, del papel, sus ojos recorrieron el escritorio, luego se desviaron de nuevo hacia Forrester.
.. y entonces, por segunda vez, se arrodilló junto al otro en el suelo.
Por el momento, aquello a lo que se refería como «lo que queda» en el cajón central del escritorio podía esperar.
Ahora había otro asunto. Palpó apresuradamente por los bolsillos del chaleco y la chaqueta de Forrester.
.. y de uno de los bolsillos sacó un trozo de papel doblado.
No era lo que estaba buscando, pero fue todo lo que recompensó su búsqueda.
Desdobló el papel. Estaba sucio y arrugado, y las pocas líneas escritas en él estaban mal trazadas y llenas de faltas de ortografía:
La apuesta ha subido... ¿lo pillas? Seis mil pavos. Me los entregas mañana por la mañana antes de las diez... o soltaré la lengua. Y ya no me queda más papel para escribir más cartas tampoco... ¿lo captas? Esta es la última.
No llevaba firma. Jimmie Dale volvió a leerla.
.. y de pronto se la metió en su propio bolsillo.
Sí, Forrester le había caído bien... ¡lo bastante bien para esto, en cualquier caso!
Tal vez el hombre tuviera una madre... sería bastante malo en cualquier caso.
Y aquellas otras cosas, el frasco vacío, la hoja de papel de notas con su confesión garabateada.
.. ¿qué hay de ellas? Regresó con una especie de extraña y vacilante indecisión al escritorio.
No tenía derecho, por supuesto, a tocarlas a menos que. ..
Sacudió la cabeza con brusquedad, al tiempo que abría de un tirón el cajón central del escritorio.
—Periódicos... publicidad... ¡una inmundicia! —murmuró con furia—. Una oportunidad entre diez, y... ¡ah!
Del fondo del cajón, donde lo habían escondido debajo de un montón de papeles, había extraído un pequeño fajo de documentos sujetos con una banda elástica.
Retiró la banda de un chasquido, y repasó los papeles rápidamente.
En su mayor parte eran bonos y certificados de acciones endosados por sus propietarios, y evidentemente el banco los había retenido como garantía para préstamos.
Y entonces, de repente, Jimmie Dale se enderezó, tenso y alerta.
No tenía ningún deseo, estaba muy lejos de tener el menor deseo de ser sorprendido allí, o de figurar públicamente de ningún modo en el caso.
La puerta de la calle se había abierto y vuelto a cerrar.
Unos pasos, los de tres hombres, le indicaba su oído agudo y entrenado, resonaban en la escalera.
De nuevo le asaltó aquella extraña y vacilante indecisión mientras permanecía allí de pie, a la vez que sus ojos viajaban en rápida sucesión de los valores del banco que tenía en la mano, a la nota sobre el escritorio, al frasco vacío en el suelo, al rostro blanco y vuelto hacia arriba de la forma silenciosa acurrucada contra el sofá.
—Una oportunidad entre diez —masculló Jimmie Dale entre los labios apretados—. Una oportunidad entre diez... ¡y creo que la voy a aprovechar!
Los pasos se acercaban... ya estaban casi a la cabeza de la escalera.
Pero ahora Jimmie Dale había entrado en acción.
.. veloz como un relámpago y silencioso como una sombra en cada movimiento.
El fajo de valores fue a parar a su bolsillo, la hoja de papel de notas le siguió, y, mientras sonaban unos golpes en la puerta, se agachó, recogió el frasco del suelo y se escabulló en la habitación contigua.
.. y al instante siguiente había llegado a la puerta cerrada con llave y estaba trabajando en ella de forma silenciosa y veloz con una ganzúa.