Las Nuevas Aventuras de Jimmie Dale (Las Crónicas de Jimmie Dale 2) CAPÍTULO XVI - UNA OPORTUNIDAD ENTRE DIEZ
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CAPÍTULO XVI - UNA OPORTUNIDAD ENTRE DIEZ

Habían transcurrido tres noches. El viejo Jason había dejado una bandeja con café de sobremesa y un juego de licores en la mesa al alcance de Jimmie Dale.

.. de eso hacía ya toda una hora, y tanto el café como el licor seguían intactos.

Las cosas no marchaban bien. Aparte ya de la total falta de éxito en lo que a La Campana de Alarma se refería, las cosas no marchaban bien.

El destino de Frenchy Virat, el destino del Lobo, y, a esto se sumaba la intervención de El Sello Gris en los planes y propósitos de un tal Gentleman Laroque y de ciertos caballeros situados aún más arriba que Laroque, no habían pasado desapercibidos ni inadvertidos en el bajo mundo.

Y ahora reinaba en él una inquietud extraña, ominosa y de gran alcance.

Era un bajo mundo encabritado por la sospecha, loco de furia, más peligroso de lo que nunca había sido antes.

La mano de Jimmie Dale se introdujo de forma distraída en el bolsillo de su chaqueta de esmoquin en busca de su pitillera.

Encendió un cigarrillo, volvió a reclinarse en el gran sillón de orejas tapizado en cuero, y sus ojos, medio cerrados, vagaron introspectivamente por la habitación lujosamente amueblada, su estudio particular en su residencia de Riverside Drive.

Una vez, hacía muchísimo tiempo, años atrás, hacía tanto tiempo ya que parecía como si debiera haber sido en alguna extraña encarnación anterior, allá en aquellos días en que La Campana de Alarma había entrado por primera vez en su vida, y cuando la conocía únicamente como la autora de aquellas misteriosas cartas, aquellas «llamadas a las armas» dirigidas a El Sello Gris , ella le había escrito: «Las cosas se están poniendo un poco demasiado feas, ¿no crees, Jimmie? Dejemos que se enfríen durante un año».

Un hilo de humo azul se enroscaba perezosamente hacia arriba desde la punta del cigarrillo.

Los ojos de Jimmie Dale se clavaron maquinalmente en la espiral que se retorcía y ondulaba, la siguieron maquinalmente mientras ascendía y se abría en formas brumosas, sinuosas y fantásticas.

.. y la fuerte mandíbula cuadrada se tensó de repente.

¡No era tan extraño que aquellas palabras hubieran vuelto a su memoria aquella noche!

Las cosas estaban «feas» en aquel momento.

.. ¡y él no podía dejar que se «enfriaran» durante un año!

«¡Feas!» Sonrió con una cierta amargura.

¡La comparación se quedaba muy corta! Entonces, al principio, en los inicios de la carrera de El Sello Gris , la policía, era cierto, había mostrado un cierto interés desagradable por trabar un conocimiento más estrecho, pero eso era todo.

Hoy en día, fustigada y blanco de las burlas de una prensa virulenta, enloquecida por sus propios fracasos pasados a la hora de «atrapar» a El Sello Gris , a cuya puerta achacaban un centenar de crímenes y para quien los barrotes de una celda de la muerte en Sing Sing eran la meta si lograban dar caza a su presa, la policía, sin excepción, libraba una guerra incesante y despiadada contra él; y hoy en día, uniendo sus fuerzas a las de la policía, el bajo mundo en todas sus mil ramificaciones, movido por el miedo, por la sospecha mutua, extendía sus tentáculos para atraparle, y depararle un destino mucho más rápido, pero no menos seguro, ¡que el prescrito por los estatutos de la ley!

Sacudió la cabeza. No podía seguir así..

. indefinidamente. El papel era demasiado difícil de interpretar; la doble vida, en una especie de lúgubre e irónica burla hacia sí mismo, traía consigo, incluso en su exitosa interpretación, peligros y riesgos añadidos con cada día que pasaba.

Al igual que había ocurrido con Larry the Bat , cuanto más vivía ahora como Smarlinghue, más difícil se volvía desprenderse de Smarlinghue y vivir como Jimmie Dale; cuanto más confiado y aceptado se volvía Smarlinghue en los círculos íntimos del bajo mundo, más se convertía en una figura en aquellos ambientes sórdidos, y más peligroso se volvía «desaparecer» a voluntad sin levantar sospechas, allí donde la sospecha, tal y como estaban las cosas, se había extendido ya por cada rincón y grieta de los Barrios Bajos, donde cada cual se codeaba con su prójimo con el temor latente de que el otro fuera. .. ¡ El Sello Gris !

La policía no era un enemigo desdeñable, en eso no se engañaba; pero el peligro que suponía la amenaza más grave de los dos, y el más temible, era.

.. el bajo mundo. Y allí en el bajo mundo en los últimos días, allí donde en cada labio torcido y perverso se susurraba: «Muerte a El Sello Gris », había surgido una amenaza todavía mayor.

No podía definirla, era intuición tal vez.

.. pero la intuición nunca le había fallado hasta entonces.

Era una corriente subterránea de la que había ido tomando consciencia poco a poco, la sensación de un poder invisible, dirigente, que movía, influía y controlaba, y que estaba presente, dominante, en cada antro y garito del mundo criminal.

Había habido muchos líderes de bandas y jefes de pequeñas camarillas del crimen, astutos, taimados a su manera, y todos ellos sin escrúpulos, como el Lobo, por ejemplo, que había jurado abierta y jactanciosamente por todos los Barrios Bajos, y al que se había creído durante una temporada, que llevaría a El Sello Gris ante un último ajuste de cuentas.

.. pero ahora se trataba de algo más que eso.

¡Había un cerebro más astuto y una mano más firme trabajando de lo que nunca había sido la del Lobo!

¿De quién se trataba? Sacudió la cabeza.

No lo sabía. Se había adentrado mucho en los círculos más íntimos del bajo mundo.

.. y no lo sabía. Percibía un poder allí; y de una docena de formas distintas e intangibles, seguía siendo una intuición más que nada, había percibido a este «alguien», a este poder, arrastrándose, buscando a tientas, abriéndose camino implacablemente a través de la oscuridad, por así decirlo, hacia él .

Sí, se estaba poniendo la cosa «fea»... ¡peligrosamente fea!

E inevitablemente tendría que llegar un final.

.. algún día. La advertencia le miraba fijamente a la cara.

Pero no podía detenerse, no podía hacer caso a la advertencia, ¡no podía dejar que las cosas se «enfriaran» ahora durante un año, y hacerse a un lado hasta que la tormenta hubiera amainado!

¿Dónde estaba La Campana de Alarma ? Si el peligro que corría él era grande. .. ¡cuál sería el de ella!

Se levantó de repente de su silla, con las manos apretadas en puños hasta que los nudillos se le marcaron como botones de marfil.

¡ La Campana de Alarma ! La mujer que amaba.

.. ¿dónde estaba? ¿Estaba a salvo esta noche ?

¿Dónde estaba? ¡No podría detenerse hasta que esa pregunta tuviera respuesta, cualesquiera que fuesen las consecuencias!

Advertencias, la comprensión del peligro.

.. rio con sequedad, con sombría amargura.

.. no pesaban mucho en la balanza después de todo, ¿verdad? ¿Dónde estaba La Campana de Alarma ?

Sonó el teléfono. Jimmie Dale miró fijamente el aparato durante un momento, como si fuera algún intruso singular y no invitado que hubiera irrumpido sin permiso en su hilo de pensamientos; y luego, inclinándose hacia delante sobre la mesa, descolgó el auricular.

—¿Sí? ¡Diga! ¿Sí? —inquirió Jimmie Dale—. ¿Qué ocurre?

La voz de un hombre, apresurada y en apariencia un tanto agitada, le respondió.

—Me gustaría hablar con el señor Dale... con el señor Dale en persona.

—Le habla el señor Dale —dijo Jimmie Dale con cierta brusquedad—. ¿De qué se trata?

—Oh, ¿es Usted, señor Dale? —La voz se había acelerado de forma perceptible—. No le había reconocido la voz... pero es que hace mucho tiempo que no la oigo, ¿verdad? Soy Forrester. ¿Está... está Usted muy ocupado esta noche, señor Dale?

—¡Oh, hola, Forrester! —La voz de Jimmie Dale se había vuelto más afable—. ¿Ocupado? Bueno, no lo sé. Depende de lo que entienda Usted por ocupado.

—Una hora o dos —sugirió el otro... el matiz de ansiedad en su tono se hizo más pronunciado—.

El tiempo de venir hasta aquí en su coche.

No tengo ningún derecho a pedírselo, lo sé, pero la verdad es que yo.

.. tengo muchas ganas de hablar con alguien, y necesito algo de ayuda económica, y.

.. y pensé en Usted. Me... me temo que aquí hay un buen lío.

Los inspectores del banco se han presentado de repente a última hora de esta tarde.

—Los... ¿qué? —preguntó Jimmie Dale con brusquedad.

—Los inspectores del banco... Yo... no puedo hablar por teléfono. Solo le pido, por el amor de Dios, que venga... ¿lo hará? Estaré en mi apartamento... Usted sabe dónde está, ¿verdad?, en el edificio que hay encima...

—Sí, lo sé —le interrumpió Jimmie Dale secamente; luego, con tono sosegado—: Muy bien, Forrester, iré.

—¡Gracias a Dios! —se oyó la voz de Forrester... y cortó la comunicación de golpe.

Jimmie Dale volvió a colgar el auricular, miró de nuevo el aparato con aire perplejo; luego, llamó al garaje por la línea interior de la casa. No hubo respuesta. Caminó rápidamente cruzando la habitación y pulsó un timbre eléctrico.

—Jason —dijo un momento después, cuando el anciano mayordomo apareció en el umbral en respuesta a la llamada—, Benson no contesta en el garaje. Supongo que estará abajo. Te ruego que le pidas que traiga el coche abierto inmediatamente. Y podrías prepararme un abrigo ligero... Jason.