CAPÍTULO XIV - LA ÚLTIMA CARTA #2
Jimmie Dale se volvió bruscamente hacia la mesa.
Él también tenía los ojos húmedos. No eran palabras vanas las que Jason empleaba, ni palabras pronunciadas sin una plena consciencia de su significado.
Jason estaba ofreciendo, y llamándolo atrevimiento por hacerlo, su vida a cambio de la suya, de la de Jimmie Dale, si con ello podía proteger al amo a quien amaba.
—Gracias, Jason. —Jimmie Dale volvió a apartarse de la mesa—.
No hay nada que puedas hacer ahora, pero si alguna vez llega el momento.
.. —Miró durante un largo minuto al rostro de Jason; luego volvió a posar las manos en los hombros del otro, y dio la vuelta al anciano con suavidad—.
Ahí tienes la puerta, Jason... ¡y que Dios te bendiga!
Jason salió de la habitación despacio. La puerta se cerró.
Por primera vez desde que había sostenido una carta de ella en su mano, Jimmie Dale se desentendió de ella por un momento.
¡Si alguna vez llegaba el momento! Sonrió de una forma extraña.
El amor y el afecto que habían surgido con los años de servicio de Jason no estaban todos de un solo lado.
¡Por nada del mundo pondría en peligro ni un solo cabello de esa cabeza canosa!
No era falta de fe ni de confianza lo que le frenaba a la hora de hacer a Jason partícipe de toda su confianza.
.. ¡era la posibilidad, siempre presente, de que algún día el castillo de naipes pudiera desmoronarse, de que se descubriera que El Sello Gris era Jimmie Dale, y en la ruina, el desastre, la debacle que debía seguir, cuanto menos supiera el viejo Jason, por su propio bien, mejor!
Era lo único que salvaría a Jason. ¡La acusación de complicidad se caería por su propio peso ante la misma ingenuidad del anciano!
Y entonces Jimmie Dale se encogió de hombros, con una especie de filosofía caprichosa y fatalista, y, al tiempo que abría el sobre de un tirón, se sentó en el sillón de orejas que estaba cerca de la mesa.
¡Otra «llamada a las armas»! Una súplica por algún otro.
.. ¡nunca por sí misma! Sacudió la cabeza.
¡Cuántas veces había albergado la esperanza de que la llamada, por el contrario, demostrara ser lo único que él pedía y por lo que vivía.
.. para ocupar su lugar junto a ella, para ayudarla a ella !
¡Nunca había abierto una sola de aquellas cartas sin la esperanza de que, a pesar de la intuición que le decía que su esperanza era inútil, resultara ser por fin la llamada que le dirigía a él para sí misma!
Tal vez esta vez... desdoblaba con ansia las páginas que había sacado del sobre.
.. tal vez esta vez... ¡no!... una mirada bastaba.
.. distaba mucho de tener relación personal alguna con ella.
—Querido Ladrón Filantrópico —se reclinó en la silla, mientras sus ojos recorrían deprisa los párrafos de apertura, asaltado por una viva sensación de decepción, a pesar de la intuición que le había ordenado que no esperara otra cosa.
.. y entonces de repente, sobresaltado, tenso, se sentó muy erguido, se inclinó hacia delante en su asiento.
No podía leer lo suficientemente deprisa.
Sus ojos saltaban sobre palabras y frases.
«... Están jugando su última carta esta noche.
.. David Archman... es un asesinato, Jimmie.
.. carta firmada por J. Barca... papelero de la Sexta Avenida.
.. Martin Moore... Gentleman Laroque, el gángster.
.. Niccolo Sonnino... la última casa a la izquierda desde la entrada del patio.
.. caja fuerte en la habitación trasera. .. vive solo... esta noche...»
Por un momento Jimmie Dale no se movió cuando terminó de leer la carta, salvo que sus dedos empezaron a hacer trizas las páginas, y los jirones una y otra vez en fragmentos minúsculos.
.. luego, de forma automática, dejó caer los pedacitos en el bolsillo de su chaqueta de esmoquin y, también maquinalmente, alargó la mano hacia el periódico que Jason había recogido y dejado sobre la mesa.
Y ahora un rojo oscuro le ardía en las mejillas, y la mandíbula cuadrada estaba apretada y dura.
¡Extraña coincidencia! Sí, era extraña..
. ¡pero tal vez fuera algo más que una simple coincidencia!
Tenía un interés, un interés muy personal y vital en aquel artículo de la primera página ahora, en aquella asociación de aquellos que pertenecían francamente a la escoria del mundo criminal y aquellos de una ralea más oscura que se ocultaban tras la fachada de la respetabilidad y la alta posición.
Leyó el artículo despacio. No era sino el resumen del caso que había estado bajo investigación durante las últimas semanas, y la sensación que había provocado era tanto mayor cuanto que la publicidad que se le había dado hasta el momento no había hecho más que insinuar oscuramente el alcance de las revelaciones que se avecinaban, mientras que todavía no se había mencionado ningún nombre.
«La Red de los Clubes Privados», tal y como se exponía en el periódico, operaba una cadena de lo que pretendían ser clubes pequeños, selectos y muy exclusivos, pero que en realidad eran trampas para el juego de la índole más depravada.
.. y su campo de operaciones era muy amplio y sumamente lucrativo.
A los hombres de los que se sabía que tenían dinero, ya fueran neoyorquinos o de fuera de la ciudad, se les «introducía» allí por medio de «socios» cuya reputación y presunta respetabilidad estaban fuera de toda duda.
.. y se les sangraba hasta dejarlos sin blanca; a la vez que, para añadir variedad a las partidas amañadas, orgías, juergas y bacanales del carácter más depravado proporcionaban asimismo la palanca para el chantaje.
.. ¡encontrándose el «socio» aparentemente en un apuro tan grande, y en un predicamento tan desesperado como el «invitado» que había introducido!
El artículo no le decía a Jimmie Dale nada nuevo, nada que no supiera ya, salvo la afirmación de que las pruebas que obraban en poder de las autoridades eran ya prácticamente completas, y que se podía esperar en cualquier momento el arresto y la revelación de la identidad de los implicados.
Dejó el periódico y se puso de pie... y por segunda vez aquella noche empezó a pasearse por la habitación.
Si el artículo no le había dicho nada nuevo, al menos explicaba aquella frase en la carta de La Campana de Alarma : «Están jugando su última carta esta noche».
Tenían que atacar ahora, o nunca... ¡el escándalo no podía estar sino a unas pocas horas de distancia!
Un rostro coronado con su pelo gris se alzó ante él, un rostro bondadoso, serio, fuerte y noble, el rostro de un hombre de honradez intachable e integridad intachable.
.. el rostro de David Archman, el ayudante del fiscal del distrito, que había instituido y a la vez estaba a cargo de la investigación que ahora amenazaba a Nueva York con una convulsión que prometía sacudir más de una estructura social hasta sus cimientos.
Sí, jugarían su última carta, una carta vil, despreciable e infernal.
.. ¡pero qué poco conocían a David Archman!
Le destrozarían la vida; en efecto, como había dicho La Campana de Alarma , sería un asesinato.
.. ¡pero nunca quebrantarían la lealtad inquebrantable de David Archman a los principios y al deber!
Lo habían intentado... ¡mediante amenazas de violencia personal, mediante el ofrecimiento de sobornos en sumas lo bastante grandes como para haber tentado a muchos!
Con el rostro duro, la frente arrugada por un ceño perplejo, Jimmie Dale se acercó a la puerta y echó la llave; luego, descorriendo la cortina que colgaba ante la pequeña alcoba en el extremo inferior de la habitación, se arrodilló ante la caja fuerte achaparrada y con forma de barril, y sus dedos empezaron a juguetear sobre los pomos y diales.
Sí, ahora se trataba de un asunto vitalmente personal; había un incentivo añadido aquella noche que espoleaba a El Sello Gris a actuar.
David Archman había sido el amigo más íntimo de su padre; y él, el propio Jimmie Dale, siempre había considerado a David Archman, y con razón, como algo parecido a un segundo padre.
Su ceño se hizo más profundo... no lo comprendía.
Pero La Campana de Alarma no cometía errores.
Había tenido pruebas de ello en demasiadas ocasiones en las que había pensado lo contrario como para ponerlo en duda ahora.
.. ¡pero el hijo de David Archman en eso !
¡Parecía increíble! El chico, era poco más que un muchacho, apenas tenía veinte años, era y siempre había sido, tal vez, un poco bala perdida, pero que fuera un ladrón, un socio y cómplice de los peores granujas y delincuentes de la ciudad era algo que él, Jimmie Dale, nunca había imaginado hasta ese instante, y ahora, mientras le dejaba atónito, le producía también una sensación de furia despiadada.
.. una furia contra aquellos que apuñalarían como cobardes inhumanos, sin piedad, al padre a través del hijo.
¡Su última carta! La caja fuerte se abrió de par en par.
¡Su última carta era... Clarie Archman, el hijo!
Metió la mano en la caja fuerte, sacó una automática y se la metió en el bolsillo.
No había necesidad de ir al Santuario...
lo que necesitaría lo tenía allí por duplicado, y sería Jimmie Dale, no Smarlinghue, quien interpretaría el papel de El Sello Gris aquella noche.
A la pistola le siguió una docena de pequeñas ganzúas de acero de diferentes tamaños, y tras ellas un antifaz de seda negra y una linterna de bolsillo.
.. el fino estuche de metal con las insignias, que contenía los pequeños sellos de papel adhesivo de color gris en forma de rombo, del que nunca se separaba desde la noche en que lo había perdido y lo había vuelto a recuperar, reposaba ya en un bolsillo interior de su ropa.