CAPÍTULO XIV - LA ÚLTIMA CARTA
Habían pasado dos semanas... ¿o eran tres?
¡Cuánto tiempo hacía desde que había encontrado la carta de La Campana de Alarma en el escondite secreto del nuevo Santuario!
Le había parecido entonces que se le había dado una nueva pista, una nueva esperanza; pues, una vez repuesto del asombrado sobresalto al darse cuenta de que ella estaba tan familiarizada con los secretos del nuevo Santuario como lo había estado con el antiguo, le había sobrevenido la idea de aprovechar ese mismo hecho a su favor.
.. que si no lograba llegar a ella o encontrarla por ningún otro medio, podría conseguirlo, en cambio, dejando que ella, sin saberlo, acudiera a él.
Ella había ido allí una vez al Santuario cuando él estaba ausente; era casi seguro que volvería a ir.
.. ¡cuando creyera que él estaba ausente!
Había puesto su plan en marcha. Durante días enteros había permanecido oculto en el Santuario.
.. y no había sacado nada en limpio... y entonces la inacción, unida al conocimiento del peligro al que ella se enfrentaba, por más que sus anteriores intentos de evitarlo hubieran sido todos en vano, le habían hecho insoportable permanecer pasivo por más tiempo, y se había rendido, y había vuelto a salir, peinando y registrando los antros y garitos del bajo mundo.
De eso hacía dos semanas... o tres. ¡Y el resultado final había sido nulo!
Jimmie Dale dejó que el periódico de la tarde se le escurriera de los dedos.
Cayó sobre el brazo de su sillón de orejas, y de ahí al suelo.
No servía de nada. Había estado leyendo de forma maquinal desde que regresara del club hacía media hora, y solo era consciente de forma muy vaga de lo que había estado leyendo.
La bolsa, las noticias generales, los editoriales, se habían fundido unos con otros para formar un amasijo de palabras sin sentido; incluso el artículo principal de la primera página, que proclamaba como inminente la revelación final y completa de lo que se había llegado a conocer como «La Red de los Clubes Privados» —una investigación que, desde sus inicios, él había seguido muy de cerca hasta ahora, ya que prometía implicar y vincular en sociedad con la escoria del bajo mundo nombres que hasta la fecha habían ocupado un lugar destacado en los círculos sociales de Nueva York—, le parecía carente de interés e incapaz de retener su atención aquella noche.
Se levantó de forma impulsiva de su silla, y, recorriendo toda la longitud de la habitación ricamente amueblada, con pasos silenciosos sobre la gruesa y pesada alfombra, descorrió las cortinas, y se quedó mirando por la ventana trasera.
Afuera estaba oscuro, pero pronto las sombras formaron figuras concretas, y, a través del negro espacio del camino de entrada y el patio, la pared del garaje asumió un fondo sólido contra la noche.
Se pasó la mano por la frente con pesadez, y una palidez asomó a su rostro y a sus ojos.
Una vez antes había estado allí, en esa ventana de su estudio, la habitación que ocupaba toda la profundidad de su magnífica residencia en Riverside Drive, y el viejo Jason había estado en la ventana delantera.
.. y habían observado, Jason y él... observado cómo las sombras, que no eran sombras de paredes ni edificios, se cernían sobre la casa.
Esa fue la noche antes de que escapara de la trampa tendida por el Club del Crimen; la noche antes de que el antiguo Santuario ardiera hasta los cimientos, y tanto la policía como el bajo mundo creyeran a El Sello Gris enterrado bajo los muros calcinados y derruidos; la noche antes de que ella, La Campana de Alarma , hubiera ocupado por un momento su lugar, y por un momento. .. hubiera estado en sus brazos.
Una mueca de dolor torció sus labios. ¡Por un momento! ¡Días de alegría y gloria maravillosas! Ya se habían ido; y en su lugar quedaba el vacío y la soledad... y un miedo y un terror inmensos y abrumadores que le encogían a veces, como le encogían ahora, el corazón dejándolo frío.
No hacía tanto tiempo de aquella noche, solo unos meses atrás, pero parecía como si hubieran pasado años y años desde entonces. Había vuelto a marcharse, obligada de nuevo a esconderse por un peligro que amenazaba su vida... un peligro que no le permitía compartir... porque ella le amaba .
El dolor que asomaba a sus labios torcidos se expresó en un grito bajo e involuntario.
¡Porque ella le amaba! Apretó los puños con fuerza.
¿Dónde estaba ella? ¿Quién era el que la acosaba y la perseguía, el que estaba destrozando y arruinando su vida?
¡Dios lo sabía! Y Dios sabía que, empleando todos los recursos de que disponía, él había hecho todo lo posible por llegar a ella.
¡Y lo único que había conseguido había sido la creación de un nuevo personaje en el bajo mundo!
Eso era todo... y, sin embargo, por extraño que parezca, de esa manera le había llegado el único destello de alivio que había conocido, pues de la creación de ese personaje habían brotado de nuevo las actividades de El Sello Gris , y con la reanudación de esas actividades, puesto que, como en los viejos tiempos, habían vuelto aquellas «llamadas a las armas» de ella, sabía que, al menos, hasta el momento ella seguía viva y a salvo.
Jimmie Dale se apartó bruscamente de la ventana y empezó a pasearse con rapidez de un lado a otro de la habitación. A salvo... ¡sí! ¿Pero por cuánto tiempo? Hasta ahora había burlado a quienes estaban en su contra, pero ¿por cuánto tiempo podría...?
Se detuvo de golpe junto a la mesa. Alguien estaba llamando a la puerta.
—¡Adelante! —llamó.
Y el viejo Jason entró... y a Jimmie Dale le pareció que debía soltar una carcajada como alguien repentinamente superado y presa de la histeria.
En la mano del anciano mayordomo había una bandeja de plata para tarjetas, y en la bandeja había.
.. pero no hacía falta mirar la bandeja, el rostro del viejo Jason, que mezclaba curiosamente excitación e inquietud, habiéndose desvanecido por el momento la imperturbabilidad del mayordomo, era por sí solo bastante elocuente.
Pero Jimmie Dale, maestro en muchas cosas, era sobre todo dueño de sí mismo.
—¿Y bien, Jason? —Su voz era sosegada y contenida al hablar.
Alargó el brazo y tomó de la bandeja un sobre blanco sin dirección.
Era de ella, por supuesto... incluso Jason sabía que se trataba de otra de aquellas misteriosas epístolas, una de las muchas que habían pasado por las manos del anciano mayordomo, y que en los últimos años habían revolucionado por completo, por así decirlo, su estilo de vida, el de Jimmie Dale—.
¿Y bien, Jason? —Jugaba con el sobre en la mano—. ¿Cómo ha llegado esta vez?
—Venía en otro sobre, amo Jim, señor... dirigido a mí, señor —explicó el anciano mayordomo con nerviosismo—. Lo trajo un chico de los recados, señor. Abrí el sobre exterior, amo Jim, y... y supe enseguida, señor, que... que era una de esas cartas.
—Ya veo. —Jimmie Dale esbozó una sonrisa un poco amarga. Al fin y al cabo, ¿qué importaba el «cómo»? ¡Era de cajón que, como había ocurrido cientos de veces antes, no le serviría de nada en lo que a proporcionar una pista sobre su paradero se refería!— Muy bien, Jason. —Su tono era de despedida.
Pero Jason no se marchó; y hubo algo más en su acto que el de un sirviente bien adiestrado cuando el anciano se agachó, recogió el periódico del suelo y lo dobló primorosamente. Dejó el periódico sobre la mesa con vacilación y empezó a juguetear torpemente con la bandeja de plata.
—¿Qué pasa, Jason? —le instó Jimmie Dale a hablar.
—Bueno, amo Jim, señor —dijo Jason, y el rostro envejecido se tensó de repente—, hay algo que, perdone la libertad que me tomo, señor, me gustaría decir.
No sé de qué van todas estas cartas tan extrañas, y no me corresponde a mí, señor, no es mi lugar preguntar.
Pero una vez, amo Jim, me honró con su confianza hasta el punto de decirme que eran cuestión de vida o muerte; y una vez, señor, la noche en que vigilaron esta casa, pude ver por mí mismo que Usted se encontraba en un gran peligro.
Yo... amo Jim, señor... yo... soy un anciano ya, señor, pero le acuné en mis rodillas cuando era solo un niño pequeño, señor, y.
.. y me perdonará, señor, si me propaso de mis atribuciones, solo que.
.. solo que... —Se le quebró la voz de repente; tenía los ojos arrasados en lágrimas.
Jimmie Dale alargó las manos, ambas, y se las posó con afecto sobre los hombros del anciano.
—Puse mi vida en tus manos aquella noche, Jason —dijo llanamente—. Continúa. ¿De qué se trata?
—Sí, señor. Gracias, amo Jim, señor. —Jason tragó saliva con dificultad; su voz se ahogó un poco—. No es gran cosa, señor, yo... no sé si será siquiera algo; pero por las noches, señor, cuando me quedo despierto esperándole, amo Jim, y Usted no vuelve a casa, yo...
—Pero ya te he dicho una y otra vez que no debes quedarte despierto esperándome, Jason —le reprendió Jimmie Dale con amabilidad.
—Sí, lo sé, señor. —Jason sacudió la cabeza—.
Pero no podría dormir, señor, de todos modos.
.. dándole vueltas a eso, amo Jim, señor.
Yo... bueno, señor... a veces me siento terriblemente ansioso y con miedo, amo Jim, de que le pase algo, y parece como si estuviera completamente solo en esto, y pensé, señor, que tal vez si.
.. si alguien... alguien en quien pudiera confiar, amo Jim, pudiera hacer algo.
.. cualquier cosa, señor, tal vez lo solucionaría.
Yo... soy un anciano, amo Jim, lo que a mí me pase. .. no importaría, y...