Las Nuevas Aventuras de Jimmie Dale (Las Crónicas de Jimmie Dale 2) CAPÍTULO XIII - LA HABITACIÓN SECRETA #3
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CAPÍTULO XIII - LA HABITACIÓN SECRETA #3

Haines, pálido como la ceniza, se aferraba al borde de la mesa. Curley, con un brillo mortífero en sus ojillos malvados, se humedeció los labios con la punta de la lengua.

—¿Cómo has entrado aquí y qué demonios quieres? —estalló ferozmente.

—En cuanto a la primera pregunta, no tengo tiempo de contestarla —dijo Jimmie Dale en un tono uniforme—. Lo que quiero es el sobre cerrado robado de la caja fuerte de Henry Grenville... y tengo prisa , señor Curley.

—¡Eres un idiota! —dijo Curley, con una sonrisa burlona—. Está...

—Sí, lo sé —dijo Jimmie Dale, con paciencia premonitoria—, es falso, ¡miserable par de chuchos!

¡Falsos como el resto de la porquería de esa mesa!

Un buen local tienen aquí... todo listo, ya veo.

.. prensa, planchas, herramientas de grabador.

.. ¡no falta nada salvo el resto de la banda!

Aunque, ¡tal vez se les pueda encontrar!

Bueno, pues, ese sobre... ¡rápido! —La automática de Jimmie Dale osciló hacia delante con tono significativo.

—Está en el cajón de la mesa —gruñó Curley—. Maldito seas, quién...

—¡Gracias! —Los labios de Jimmie Dale eran una fina línea—.

Ahora, ustedes dos, colóquense ahí en el centro de la habitación.

.. y si alguno de ustedes hace un movimiento que no se le haya ordenado, ¡le pegaré un tiro como se lo pegaría a un perro rabioso!

—Retiró de un tirón las dos sillas de la mesa y, sin dejar de apuntar a Curley y a Haines, las colocó respaldo contra respaldo—.

¡Siéntense ahí, estiren los brazos a lo largo a ambos lados, con las palmas de las manos tocándose!

—ordenó con sequedad; y, cuando obedecieron —Haines, acobardado, habiendo perdido toda pretensión de valor, Curley maldiciendo con desenfreno— les deslizó las esposas por las muñecas a un lado y, cogiendo el trozo de cuerda del bolsillo que había pensado utilizar para los tobillos del Rata, enlazó hábilmente sus muñecas en el otro lado con un nudo corredizo, que apretó con fuerza.

Se acercó a la mesa.

—La falsificación de billetes de quinientos y de mil dólares se sale bastante de lo normal, ¿verdad?

¡Veo que los que hay aquí en la mesa son de la variedad menor habitual!

—observó con frialdad, mientras tiraba del cajón para abrirlo—.

Sin embargo, los billetes grandes proporcionan una rápida rotación, si se dispone de la maquinaria para producirlos, y si se puede amañar un plan para cobrarlos.

.. ¡después de las horas de banco... y robarlos de vuelta!

¡Vaya, qué es esto! —el sobre cerrado, abierto a tirones por un extremo, evidentemente por el Rata durante su inspección, pero todavía lleno de billetes falsos, estaba manchado de sangre, y en la esquina superior izquierda se veía la clara impresión de una huella dactilar.

Se oyó un golpe repentino contra la puerta.

Ambos hombres, en sus sillas, se retorcieron para mirar... y ahora Curley también había perdido el color.

—¡Dios mío, qué es eso! —susurró.

El fino estuche de metal estaba en la mano de Jimmie Dale. Con las pinzas, se llevó uno de los pequeños sellos grises a los labios, lo humedeció y, sirviéndose del codo, lo presionó con fuerza sobre el sobre.

Se oyó otro golpe furioso contra la puerta... y otro.

—¡Qué es eso! —La voz de Curley era ahora un grito frenético—. ¡Por el amor de Dios, me oye, qué es eso!

Jimmie Dale, debajo de una flecha dibujada a lápiz que indicaba la huella dactilar, estaba garabateando unas palabras en letras de imprenta.

—Es la policía —dijo Jimmie Dale con calma—.

¡Alguien ha asesinado al Rata esta noche!

—Examinó con ojo crítico el sobre que tenía en la mano.

Entre la marca de la flecha y el sello gris se leían las palabras: «Miren en el cuello del Rata.

.. y en los dedos de estos caballeros». Dejó el sobre sobre la mesa.

.. y, cuando la puerta se astilló de pronto y se hundió bajo el terrible golpe de algún objeto pesado, se retiró a toda prisa hacia el otro extremo de la habitación.

Allí, media docena de escalones llevaban hacia arriba, y del techo colgaba junto a ellos un cordel al que iba atado un peso de plomo.

Tiró del cordel con presteza. Un panel sobre su cabeza se deslizó hacia atrás en silencio.

Saltó a lo alto de la escalera y se detuvo un momento.

—Supongo que llevan varios años buscando este lugar —dijo Jimmie Dale en voz baja—.

Y supongo que esta noche cambiará de dueños por última vez.

.. ¡y sin necesidad de ningún Contrato de Compraventa del viejo Henry Grenville!

Pero hablábamos del Rata... y de por qué asesinaron al Rata.

Si el Rata hubiera tenido oportunidad de difundir la noticia de que el dinero pagado por el señor Curley esta tarde era falso, se. ..

Jimmie Dale no terminó la frase. De un salto, cuando la puerta del sótano se desplomó hacia dentro con estrépito, pasó a través de la abertura del panel a la habitación de arriba.

Había luz proveniente del panel abierto a sus espaldas.

.. la suficiente para mostrarle que se encontraba en una pequeña habitación habilitada como oficina.

.. ¡la oficina de Haines & Curley, vendedores de licores al por mayor!

En un instante estaba fuera de la oficina, y corría en silencio a lo largo de toda la tienda.

Se arrancó el antifaz, llegó a la puerta principal, la abrió, salió a la calle tranquila y desierta.

.. y un momento después Jimmie Dale no era más que uno de los muchos que aún, incluso a aquella hora, deambulaban por el Bowery.