Las Nuevas Aventuras de Jimmie Dale (Las Crónicas de Jimmie Dale 2) CAPÍTULO XII - EN EL SANTUARIO #2
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CAPÍTULO XII - EN EL SANTUARIO #2

Los ojos de Jimmie Dale barrieron el interior de la habitación con una sola mirada, rápida y exhaustiva.

.. y luego, entornados, pasaron de uno a otro de los rostros de los cuatro hombres que se encontraban reunidos alrededor de la mesa.

Los conocía a todos. El hombre fornido y de pelo entrecano del centro era un policía de paisano de la Jefatura, de nombre Barlow; en el extremo inferior de la mesa Reddy Curley y Haines, su socio, se hallaban frente a frente, Curley tamborileando con los dedos en la superficie de la mesa con indiferencia, Haines frunciendo el ceño y mordiéndose el labio inferior, con una cierta brutalidad grosera en ambos rostros que no resultaba ni agradable ni atractiva; pero fue el anciano de pelo blanco y figura encorvada, de pie a la cabecera de la mesa, en quien se detuvieron los ojos de Jimmie Dale.

¡El viejo Grenville! La mano del hombre, al alzarla para pasársela por los ojos, temblaba de forma palpable; su rostro, aún afable a pesar de su expresión demacrada y extenuada, estaba pálido por la ansiedad y la tensión. Barlow estaba hablando:

—¿Dice Usted que no falta nada más, señor Grenville, excepto el sobre cerrado que contenía los quince mil dólares que el señor Curley le entregó a Usted esta tarde?

El anciano abogado negó con la cabeza.

—No sabría decirle —respondió—. Como le dije, a menudo vengo aquí por las noches a trabajar.

Esta noche un cliente me ha retenido hasta muy tarde en mi casa, así que hace solo, yo diría, un cuarto de hora que llegué aquí.

Les telefoneé en seguida y, a la espera de su llegada, no he tocado nada, así que aún no he examinado ninguno de los papeles.

—No creo que se trate de una cuestión de papeles —observó el hombre de la Jefatura con sequedad.

—Entonces no se han llevado nada más —decidió Grenville lentamente—; porque no había más dinero en la caja fuerte en ese momento... de hecho, raras veces guardo ninguno ahí.

—Bien, entonces —dijo Barlow en tono cortante—, está bastante claro que alguien sabía que esos quince mil estaban ahí esta noche, y que no fue solo un golpe de suerte en cualquier caja fuerte al azar solo porque parecía fácil.

—Se volvió hacia Curley y Haines—. ¿Alguno de ustedes estuvo hablando con alguien por el East Side esta noche que pudiera dar el chivatazo, o pasarlo a otros?

—Nosotros no estuvimos allí en absoluto esta noche —respondió Curley—.

Haines y yo estábamos dando una vuelta en mi coche, y acabábamos de regresar cuando Usted nos recogió en la tienda de camino hacia aquí.

Pero, aun así, supongo que lleva razón. No lo mantuvimos en secreto, y me atrevería a decir que después de haberme guardado el asunto a buen recaudo en el bolsillo interior esta tarde —le sonrió con malicia a Haines—, es posible que se lo haya mencionado a uno o dos.

—Que lo tienes a buen recaudo, ¿eh? Que es tuyo, ¿verdad? —Haines le interrumpió con actitud agresiva.

—¡Seguro! —Curley tenía unos ojillos perversos, de color gris verdoso, y su mirada era poco amistosa mientras la clavaba en su antiguo socio—.

Si quieres refunfuñar, ¡adelante, refunfuña!

Hemos sido muy buenos amigos durante un buen número de años, pero no soy tonto.

¡Claro que es mío ahora! Yo no te pedí que contrataras a Grenville, ¿verdad?

Me conformaba con coger cualquier papelucho con tu firma en el que dijeras que me habías vendido tu parte; pero no, tú tenías que hacerlo con todos los adornos.

¡Pues yo sigo estando satisfecho! Vine aquí a las cinco de esta tarde y le entregué la pasta a tu abogado, y recibí un Contrato de Compraventa perfectamente válido por ella.

.. y eso me deja fuera. Es asunto tuyo y de tu Señor Abogado.

Por qué no le preguntas a él qué va a hacer al respecto, en lugar de intentar pagarla conmigo de la forma en que lo has estado haciendo desde que Barlow nos contó lo que había pasado, y. ..

—El señor Curley tiene toda la razón, señor Haines —la voz del anciano abogado era sosegada, aunque le temblaba un poco—.

La titularidad del negocio ahora corresponde al señor Curley, y Usted tiene derecho a recurrir a mí para obtener una compensación.

Yo... —titubeó un instante—... Yo... yo espero que se pueda recuperar el dinero, de lo contrario. ..

—¿Eh? —inquirió el señor Haines bruscamente.

—De lo contrario —prosiguió el anciano abogado con esfuerzo—, me temo que tendré enormes dificultades para reunir una suma tan grande.

—¡Y un cuerno! —dijo el señor Haines de forma poco caritativa, y se inclinó hacia delante sobre la mesa—. ¡No intente escurrir el bulto! Todo el mundo dice que Usted está bien forrado. Todo el mundo dice que tiene un buen pellizco guardado.

El rostro del abogado estaba ceniciento, y le temblaban los labios; pero había una gran dignidad en el porte de la cabeza del anciano, y en los hombros cuadrados.

—Aun así, y lamentablemente, le estoy diciendo la verdad, a pesar de cualquier rumor o creencia pública en sentido contrario —dijo con voz firme—.

Unos cuantos miles, muy pocos, es todo lo que he podido ahorrar.

Esos están a su disposición, señor Haines, y el resto le prometo procurarlo tan rápidamente como sea posible; pero en pocas palabras, si no se recupera este dinero, y no digo esto para provocar simpatía ni clemencia, sino porque ha puesto Usted en duda mi palabra, habré perdido todo lo que poseo.

El señor Haines frunció el ceño.

—¡Bueno, me alegra saber que al menos tiene Usted lo suficiente! —dijo con brusquedad—. ¡Desde luego le sorprenderá a un montón de gente que quince mil dólares dejen al señor Henry Grenville en la ruina!

Un rubor tiñó las mejillas del anciano abogado.

Hizo ademán de hablar... y, en lugar de eso, se apartó en silencio de la mesa, dando la espalda a los demás.

Se hizo el silencio en la habitación por un momento.

De nuevo los ojos de Jimmie Dale viajaron raudos de uno a otro del grupo.

.. a Curley, sonriendo con malicia a su ex-socio otra vez.

.. a Haines, mordiéndose el labio inferior, y con el ceño fruncido sombríamente.

.. a Barlow, evidentemente incómodo, que trazaba dibujos con el índice sobre el tapete de la mesa con desasosiego.

.. y de vuelta al anciano abogado, cuyos hombros ahora, como si llevaran una carga demasiado pesada para sus fuerzas, se habían caído de forma patética, y en cuyo rostro, a pesar del valiente esfuerzo por controlarse, se había dibujado una expresión de pálida y desolada desesperación.

—¡Miren! —dijo Barlow en tono brusco—. Me parece que pueden arreglar todo esto en otro momento.

No tiene nada que ver con el tipo que dio el golpe, y estoy perdiendo el tiempo.

La Jefatura espera mi informe. Será mejor que ustedes dos se larguen; el señor Grenville no se opondrá, supongo.

.. yo ya tengo la versión de ustedes sobre el asunto, y. ..

Jimmie Dale se retiraba de nuevo por el pasillo.

.. y un minuto después estaba en la calle, y se alejaba arrastrando los pies en dirección al centro.

Sus manos, en los bolsillos del abrigo andrajoso, estaban cerradas en puños, y a través de la palidez del maquillaje de Smarlinghue un rojo oscuro le ardía en las mejillas.

¡El viejo Grenville... y el Rata! La sonrisa que halló cobijo en los contraídos labios de Smarlinghue carecía de alegría.

El anciano se lo había tomado como el caballero que era.

Tal vez no había ocultado el temblor del labio.

.. ¡quién lo haría a los setenta años! ¡No era fácil empezar la vida de nuevo a los setenta!

¡El viejo Grenville... y el Rata! Bueno, ¡el juego aún no había terminado!

Habría un ajuste de cuentas por esos quince mil dólares antes de que amaneciera, y, entre el viejo Grenville y el Rata, ¡tal vez no fuera el viejo Grenville el que pagara!

Apresurándose ahora, corriendo a través de pasajes y callejones igual que había venido, Jimmie Dale se dirigió al Santuario.

Ahora era muy sencillo. El Rata, una vez completado su trabajo, se mantendría muy oculto.

.. ¡durmiendo probablemente, en el entorno inocente de su propia habitación!

Al Rata no sería difícil encontrarle. Era necesario tan solo que, en la pequeña entrevista que se proponía tener con el Rata, ¡«Smarlinghue» hubiera desaparecido!

Llegó al edificio donde, desde hacía meses, aquella habitación de la planta baja, que daba al pequeño y sucio patio de la parte trasera, había sido su refugio, el hogar de Smarlinghue en el bajo mundo, echó un vistazo rápido a ambos lados de la calle para asegurarse de que no era observado, y luego, lanzándose al oscuro pasillo, lo cruzó en silencio, abrió la puerta del Santuario, entró, y cerró y echó la llave a sus espaldas.

Tampoco ahora hizo el menor ruido. A través del tragaluz, en lo alto del techo y muy por encima de la pequeña ventana francesa cuya persiana estaba echada, se filtraba un tenue y tímido rayo de luz de luna.

No iluminaba la habitación; solo disminuía el grado de oscuridad, por así decirlo, dando un contorno borroso y sombrío a los objetos esparcidos por aquí y por allá por la habitación.

.. y a una sombra más oscura entre aquellas otras sombras, una sombra que se movía con rapidez y en el más absoluto silencio, una sombra que era Jimmie Dale trabajando.

Nadie lo había visto entrar... no es que hubiera nada extraño en el hecho de que Smarlinghue entrara en la propia habitación de Smarlinghue, ¡pero no sería Smarlinghue quien saldría!

Nadie le había visto entrar... era vital ahora que no se le oyera moverse por la habitación, y así propiciar la posibilidad de una visita fortuita de algún compañero de edificio, ¡pues ya no sería a Smarlinghue a quien encontrarían allí!