Las Nuevas Aventuras de Jimmie Dale (Las Crónicas de Jimmie Dale 2) CAPÍTULO XI - LAS VOCES DEL BAJO MUNDO #2
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CAPÍTULO XI - LAS VOCES DEL BAJO MUNDO #2

La voz cesó abruptamente. En un instante, la manga izquierda del abrigo andrajoso y raído de Jimmie Dale fue remangada, dejando el antebrazo al descubierto.

La aguja hipodérmica pinchó la piel. No se oyó ningún paso; pero la cortina de cretona tembló casi de forma imperceptible, como si alguien, o tal vez solo una corriente de aire procedente del pasillo exterior, la hubiera movido ligeramente.

Jimmie Dale estaba murmurando ahora cosas incoherentes para sí mismo; sus labios, al igual que sus dedos, se movían con espasmos nerviosos.

Pasaron unos segundos... medio minuto. Sin dejar de murmurar, Jimmie Dale, con una caricia propia de un avaro a su oro, acariciaba el reluciente y pequeño instrumento que tenía en la mano.

.. y entonces la cortina fue apartada bruscamente.

Jimmie Dale no levantó la vista, ni pareció ser consciente de la presencia de nadie.

.. pero ya había reconocido las voces de los dos hombres del compartimento contiguo que, lo sabía muy bien, le estaban mirando en aquel momento.

El más pequeño, de ojos negros, agudos, astutos y redondos como cuentas, el principal instigador del plan que se acababa de esbozar, era un hábil y peligroso ladrón de cajas fuertes, conocido como el Rata; el otro, un hombre corpulento y de rostro perverso, con unos ojos tan redondos y desagradables como los de su compañero, era Muggy Ladd, que se ganaba la vida como «peón» de quienes, como el Rata, estaban más dotados que él.

—¿Satisfecho? —inquirió el Rata—. Está hasta las cejas ahora mismo. Foo dijo que llevaba la última hora dándole duro al asunto. —El Rata se dirigió a Jimmie Dale—. ¡Hola, Smarly! —le llamó en voz alta.

Jimmie Dale levantó la cabeza, y parpadeó hacia la cortina de cretona.

—¡Déjame en paz! —se quejó con voz pastosa—. ¡Vete y déjame en paz!

—¡Seguro! —dijo el Rata con jovialidad—. ¡Claro que lo haremos! ¡Dulces sueños, Smarly!

La cortina volvió a caer en su sitio. Jimmie Dale continuó parpadeando hacia ella y murmurando para sí.

El agradable plan del Rata de robar de alguna caja fuerte quince mil dólares no tenía nada que ver con ella .

.. pero implicaba una obligación moral por su parte que no tenía ni el derecho ni la intención de ignorar.

Y el cumplimiento, o el intento de cumplimiento, de esa obligación había adquirido de repente dificultades inesperadas.

Aun mientras escuchaba, y antes de que el Rata hubiera llegado a la mitad de su historia, él, Jimmie Dale, era consciente de que había tomado la decisión de que el Rata no robaría ninguna caja fuerte de quince mil dólares aquella noche si él podía impedirlo, y había tenido la intención de seguir al Rata desde lo de Foo Sen.

Ahora no se atrevía a hacerlo. La precaución de Muggy Ladd, que evidentemente había inducido al Rata a inspeccionar el compartimento de él, de Jimmie Dale, lo había hecho imposible.

El Rata lo había visto allí; y, obligado a fingir para evitar cualquier sospecha de que había escuchado la conversación de los demás, el Rata lo había visto en el estado de alguien que, aparentemente, ya estaba muy bajo los efectos de la droga.

Arriesgarse a intentar seguir al Rata ahora, arriesgarse a ser descubierto por el Rata, suponía arriesgarse no solo a admitir que había estado interpretando un papel, sino a arriesgarse a aquello por lo que había luchado y arriesgado su vida durante meses para establecer: el papel, el personaje de «Smarlinghue» en el bajo mundo.

Ni tampoco, por la misma razón, se atrevería a moverse del lugar durante algún tiempo.

.. allí estaban Foo Sen y los encargados.

Jimmie Dale dejó caer la cabeza sobre la litera, se dio la vuelta pesadamente, de cara al tabique, y se cruzó el brazo sobre el rostro.

Sus labios habían cesado en su movimiento nervioso; estaban apretados, finos y duros ahora.

Ya era bastante malo verse obligado a permanecer inactivo temporalmente, aunque aquello en sí mismo no fuera tan grave, pues todavía era temprano, no mucho más de las nueve, y era lógico suponer que el Rata no haría ningún movimiento hasta pasadas unas horas; pero lo que era mucho más grave era el hecho de que, al no poder seguir al Rata, se vería obligado a resolver por sí mismo el problema de a quién pertenecía la caja fuerte y de quiénes eran los quince mil dólares que constituían el objetivo del Rata.

El Rata se había referido a «el viejo»..

. aquello no significaba nada. «Curley», sin embargo, era un poco mejor.

.. Curley, quien había pagado el dinero al «viejo».

La frente de Jimmie Dale, oculta por su brazo, se frunció profundamente.

Por la objeción inicial de Muggy Ladd a tocar nada que concerniera a Curley, solo podía significar a un Curley.

Él, Jimmie Dale, conocía a ese Curley de vista y, ligeramente, por su reputación.

Curley y su socio, Haines, regentaban una pequeña tienda de venta de licores al por mayor en uno de los barrios más populosos —donde todos lo eran— del East Side; además, Curley tenía influencia como político de distrito, lo que podía explicar muy bien la reticencia de Muggy Ladd; y a Curley se le atribuía un próspero negocio, en ambos sentidos, como matón de distrito y como proveedor de licores.

Desde luego, al menos, se sabía que siempre tenía dinero; e incluso se sabía que en ocasiones lo prestaba libremente a quienes lo necesitaban.

.. a cambio de una contraprestación. Sí, era indudablemente Curley, de Haines a lo mejol acabas en un calabozo de la plolicía y duelmes la mona allí, en vez de en tu cama. Esas son tus cluitas, si eso quieres... ¡muy blien!

Foo Sen sonrió de forma plácida y se marchó.

Un instante más tarde, Jimmie Dale, con los brazos alrededor del cuello de dos chinos, apoyándose pesadamente en ellos, y dando traspiés al caminar, era conducido por un laberinto de pasillos oscuros y estrechos que poco a poco ascendían a un nivel superior.

.. y poco después una puerta se cerró a sus espaldas, y se encontró al aire libre.

A su alrededor todo estaba oscuro, no se veía ni siquiera el resplandor de la luz de una ventana en ninguna parte.

.. pero en lo de Foo Sen había ojos que veían en la oscuridad, y su avance, ahora solo, era a la vez inestable y lento.

Estaba en un callejón muy estrecho entre dos casas.

.. una de las varias entradas ocultas a lo de Foo Sen.

El callejón se abría en una dirección a un pasaje, y en la otra a la calle.

Jimmie Dale eligió la dirección del pasaje, llegó a él, y, todavía dando tumbos y traspiés, avanzó una distancia de unos cincuenta metros; luego, una vez bien alejado de las inmediaciones de lo de Foo Sen, empezó a acelerar el paso.

.. y veinte minutos después, con el ceño fruncido de decepción, se encontraba frente a la tienda de licores de Reddy Curley, solo para descubrir que el local ya estaba cerrado por esa noche.