Las Nuevas Aventuras de Jimmie Dale (Las Crónicas de Jimmie Dale 2) CAPÍTULO X - LA PERSECUCIÓN #3
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CAPÍTULO X - LA PERSECUCIÓN #3

—Sí... ¡ a lo mejor es eso! —se mofó el Lobo con crueldad—.

Así que no sabes nada de eso, ¿eh? ¡Tienes una memoria de mil demonios, ¿verdad?

! No sabes nada de la caja fuerte de Spider, ni de una peleílla en la habitación de Spider, ni de saltar por la ventana y echar a correr hacia aquí con toda la banda pisándote los talones.

.. ¡no, claro que no! Nunca habías oído hablar de ello. .. ¡por supuesto que no!

Smarlinghue empezó a retorcerse las manos con nerviosismo una sobre otra. Volvió a sacudir la cabeza con impotencia.

—¡No fui yo! —Se pasó la lengua por los labios—.

¡Te lo juro, no fui yo! Yo... no sé de qué me hablas.

No he salido de esta habitación. ¡Te lo juro!

Alguien intenta cargarme el muerto a mí.

Te digo que no he salido de aquí en toda la noche.

Yo... ¡mira! —Con un ansia repentina y febril, como por inspiración, señaló el pincel, la paleta y el lienzo en el caballete—.

¡Mira! ¡Míralo tú mismo! ¡Puedes verlo por ti mismo! He estado pintando.

Y entonces el Lobo rio... y no fue una risa agradable.

—¡Sí, has estado pintando! —se burló—. ¡Seguro que sí! ¡Lo sé! ¡Solo que has estado pintando un montón más de lo que te creías!

La boca del revólver apuntaba a Jimmie Dale con firmeza, sin vacilar; en el rostro del Lobo había una burla maliciosa y sardónica.

.. pero los ojos del Lobo ya no estaban clavados en el rostro de Jimmie Dale, parecían curiosamente fijos en el suelo a los pies de Jimmie Dale.

Maquinalmente, Jimmie Dale siguió su dirección.

.. y sus ojos, también, se detuvieron en el suelo.

Durante un momento ninguno de los dos habló.

¡El juego se había acabado! La parte superior de su bota estaba empapada de sangre y, resbalando por el lateral de la bota, un pequeño reguero carmesí se acumulaba en un charco sobre el suelo.

—¡ Pintaste un poco de eso en el escalón del portal!

—La risa burlona del Lobo encerraba una amenaza letal—.

Y pintaste una o dos gotas por la calle mientras corrías.

Pensé, cuando escapaste de lo de Spider y se metió esa maldita banda por medio, que iba a perder la partida; pero calculé que te había dado, y llevaba los ojos muy abiertos para comprobarlo.

Y entonces empezaste a hacer el numerito del goteo, ¿lo pillas?

Todavía lo andaba buscando cuando salí del callejón.

.. tú lo recuerdas, Smarlinghue, ¿verdad?

¿Ya has recuperado la memoria, eh?, ¿de que yo iba un poco por delante del resto de ellos?

No tardé ni un segundo en localizar eso en el escalón, y hay algo más en el pasillo.

Bien raro, ¿verdad?... ¡que condujera directo a la habitación de Smarlinghue!

—La risa había desaparecido. El Lobo empezó a avanzar por la habitación.

El gruñido volvía a estar en su voz—. ¡Tú me entregas esos diamantes, y me los entregas. .. rápido!

Pero ahora Smarlinghue parecía una criatura enloquecida y demente, y le agitó los puños al Lobo.

—¡No lo haré! ¡No lo haré! —gritó—. ¡Tú fuiste allí a hacer lo mismo!

¡Yo tenía tanto derecho como tú! ¡Y yo los conseguí .

.. yo los conseguí ! Dijeron que los tenía allí, hoy todos estaban hablando de ellos, ¡y yo los conseguí !

¡Yo gané! ¡Son míos ahora! ¡No te los daré! ¡No lo haré! ¡Te digo que no lo haré!

—¿Ah, no? —El Lobo había llegado hasta Jimmie Dale, y una de las manos del Lobo encontró y sacudió la garganta de Jimmie Dale, mientras la boca del revólver se apretaba con fuerza contra el pecho de Jimmie Dale—.

¡Oh, ya creo que lo harás! ¿Has oído algo de un hombre que ha sido asesinado hoy con la cara destrozada?

Oh, lo has oído, ¿eh? Bueno, resulta que sé que ese hombre era Spider, y uno de estos días, a lo mejor, la policía también descubrirá quién fue.

¿Me entiendes? ¿Y si llamo a algunos de los de esa banda para que vuelvan, y les enseño la pintura que has hecho por el pasillo, ¿eh?

Y entonces, más tarde, cuando los sabuesos se enteren, el viaje a la silla eléctrica será tuyo, ¡y no solo una temporadita a la sombra por reventar una caja! ¿Me entiendes ahora?

Smarlinghue, forcejeando débilmente, apartó la mano del otro de su garganta.

—Tú... tú también estuviste allí, en... en lo de Spider —se atragantó con astucia—. Estás... estás metido en esto tan... tan hasta el fondo como yo.

—¡Seguro, yo estuve allí! —se burló el Lobo, y volvió a atrapar a Jimmie Dale por la garganta—.

¡Claro que estuve allí... todo el mundo me vio!

Spider era amigo mío, y eso también lo sabe todo el mundo.

Solo iba a hacerle una pequeña visita a un colega, ¿lo pillas?

Y así es como te encontré a ti allí, ¿lo pillas?

¿Hay algo que falle en ese cuento? Es pan comido, ¿verdad?

—Los dedos se cerraron cada vez más sobre la garganta de Jimmie Dale—.

Y ya basta de charla... ¡dame esos brillantes!

—Empujó a Jimmie Dale salvajemente lejos de sí—. ¡Tráelos!

Smarlinghue retrocedió dando tumbos en dirección a los lienzos desordenados en el suelo.

¡Era totalmente cierto! Si el Lobo cumplía su amenaza —cosa que, con toda certeza, haría si no conseguía los diamantes para él—, sería Smarlinghue, y no el Lobo, a quien detendrían por el asesinato de Spider.

Jimmie Dale se agachó, rebuscó entre los lienzos y sacó la caja de caudales.

Bueno, los diamantes tendrían que irse, eso era todo.

.. no le quedaba otra opción. Pero él seguía siendo «Smarlinghue», seguía siendo la criatura de rostro pálido, medio acobardada pero a la vez medio desafiante, que temblaba con una mezcla de rabia y miedo cuando se dio la vuelta de nuevo.

Apretó la caja de caudales contra sí, como si se resistiera a soltarla; pero, también, como si estuviera fascinado por el revólver del Lobo, avanzó a regañadientes hacia el Lobo, que ahora estaba de pie junto a la mesa.

Las manos de Smarlinghue se entrelazaban y volvían a entrelazarse sobre la caja, acariciándola con una horrible codicia y avaricia; y murmuraba, y sus labios no paraban de moverse.

—¿La mitad... me das la mitad? —susurró de forma febril.

—¡Yo te daré... nada! —gruñó el Lobo.

—La mitad... ¿me das una cuarta parte entonces? —gimoteó Smarlinghue.

—¡Suéltala! —El revólver del Lobo se disparó hacia delante apuntando al rostro de Jimmie Dale.

Y entonces Smarlinghue lanzó un grito de rabia impotente y, abriendo la tapa de la caja de caudales de un tirón, arrojó las joyas en un montón rutilante sobre la mesa.

.. y, bailando de forma demencial sobre las puntas de los pies, como un hombre que se ha vuelto loco, lanzó la caja de caudales con furia lejos de sí.

Atravesó el lienzo en el caballete, y cayó al suelo con estrépito.

El Lobo rio.

Pero Smarlinghue había retrocedido ahora, y, acurrucado en la cama, murmuraba por entre unos labios torcidos.

Y el Lobo volvió a reír y, recogiendo las joyas, se las metió en el bolsillo y retrocedió hacia la puerta. Permaneció allí un instante, con los ojos entrecerrados fijos en Jimmie Dale.

—Ya tengo el botín —estaba gruñendo bajo, con crueldad—, y a lo mejor eso me pone un poco más al mando a mí. Pero si alguna vez abres el pico sobre esto, te haré lo que le hice a Spider hoy... y si quieres saber lo que es eso, ¡ve y pídele a la policía que te deje echarle un vistazo! ¿Lo entiendes?

Se oyó de nuevo la risa brutal y burlona, y la puerta se cerró a espaldas del Lobo, y su paso se desvaneció a lo largo del pasillo, y resonó un instante más tarde en el pavimento de la calle.

Pasó un momento antes de que Jimmie Dale se moviera.

.. pero en las facciones contraídas de Smarlinghue asomó una extraña sonrisa.

Se tambaleó un poco por la debilidad al caminar hacia la puerta, echó la llave y, regresando, se agachó y recogió la caja de caudales del suelo.

En el fondo falso, había dicho La Campana de Alarma .

De la faja de cuero extrajo una herramienta de punta afilada.

Hizo palanca con ella por un instante en el interior y por los bordes del fondo, y, aflojando una lámina de metal que encajaba con exactitud en los bordes de la caja, sacó de debajo de ella varias hojas de papel dobladas.

Echó un vistazo a las hojas mecanografiadas, mientras un brillo curioso y amenazador asomaba a sus oscuros ojos, luego se metió los papeles dentro de la camisa; y, dejándose caer en una silla, se desató y se quitó la bota empapada de sangre.

Estaba muy débil; había perdido, debía de haber perdido, mucha sangre... pero aún quedaba algo por hacer... aún había algo que hacer. Todavía quedaba... ¡el Lobo!

Rompió en tiras la sábana de la cama, y se lavó y vendó la herida.

.. una herida superficial, pero bastante fea, según pudo comprobar, justo por encima de la rodilla.

Y entonces, una vez hecho esto, cogió un trozo de tela húmedo, volvió de nuevo a la puerta, la abrió, y miró hacia fuera.

No había nadie a la vista, ni se oía ningún sonido.

El pasillo estaba lúgubre; un solo mechero de gas lo iluminaba, y estaba al mínimo.

Había unas pequeñas manchas, manchas oscuras en el suelo.

.. pero el Lobo ya se lo había dicho. Se pasó la mano por la cabeza.

.. estaba un poco mareado. Luego, de forma lenta, laboriosa, limpió las manchas del pasillo. .. y una del escalón del portal.

De nuevo en su habitación, volvió a cerrar la puerta con llave.

Una sensación de agotamiento absoluto se estaba apoderando de él.

.. pero todavía quedaba algo por hacer. Otro trago de brandy lo reanimó, le despejó la cabeza.

Se sacó los papeles del bolsillo y los leyó entonces.

Allí estaban los detalles, minuciosos, exactos, con los nombres de los implicados, nombres de aquellos que «cantarían» lo bastante rápido como para salvarse a sí mismos una vez que estuvieran en las garras de la ley, de dos de los misterios de asesinato más famosos que Nueva York hubiera conocido; los detalles de dos, y, sin terminar, los detalles parciales de otro.

Eran las pruebas que la policía llevaba tiempo buscando.

Era la sentencia de muerte para el Lobo. .. por asesinato.

El rostro de Jimmie Dale, muy pálido ahora, estaba adusto y contraído.

Spider había llegado demasiado tarde... para salvarse.

Empezando a temer al Lobo, como La Campana de Alarma había explicado, había empezado a redactar un registro de aquellos días pasados, con la intención de mantenerlo sobre la cabeza del Lobo para su propia protección, depositarlo en algún lugar donde saliera a la luz si se cometía algún ataque contra él.

.. solo que el Lobo había asestado el golpe antes de que Spider hubiera terminado de escribir todo lo que pretendía, antes de habérselo contado a nadie o de haber advertido al Lobo de que aquellos papeles existían.

Demasiado tarde para salvarse... y sin embargo, si el Lobo acababa pagando la pena por asesinato, ¡acaso importaba si le condenaban por quitar otra vida que no fuera la de Spider Webb!

¡Era como un sombrío castigo por poderes!

Spider, al menos, no había llegado demasiado tarde. .. ¡para eso!

Durante un momento más, Jimmie Dale permaneció allí sentado, con la mirada fija en los papeles que tenía en la mano.

Estaban sin firmar, el nombre de Spider no aparecía por ninguna parte.

.. Spider había sido lo bastante ladino para tratar solo con crímenes en los que no había tenido participación personal.

No había nada, ni siquiera caligrafía, tal como estaban los papeles ahora, para dar a entender que procedieran de Spider; y por lo tanto, cuando salieran a la luz, el Lobo no podría abrigar la menor sospecha de que guardaran relación alguna con lo sucedido esa noche.

Tampoco el Lobo, juzgado por otro crimen, mencionaría jamás lo sucedido esa noche.

Sería lo último que haría el Lobo. El Lobo había traicionado al bajo mundo, y el bajo mundo, si se enteraba, no se lo perdonaría fácilmente.

.. e incluso en una celda de la muerte, aferrado a la esperanza de que le conmutaran la pena, el Lobo nunca correría el riesgo de que saliera a la luz su culpa añadida por el asesinato de Spider.

El papel de «Smarlinghue» en el bajo mundo estaba a salvo.

Y ahora los labios de Jimmie Dale tuvieron un extraño tic.

Los papeles estaban sin firmar. Sacó de la faja de cuero la fina caja de metal, las pinzas, y un sello de papel gris adhesivo en forma de rombo.

.. y, sosteniendo el sello con las pinzas, lo humedeció con la lengua, y lo presionó sobre la última hoja.

¡Ya estaba firmado! ¡Firmado con una firma que la policía. .. y el Lobo... conocían bien!

Se puso en pie tambaleándose y, cogiendo la caja de caudales vacía, soltó el zócalo de la pared cerca de la puerta, escondió la caja de caudales, y palpó los bolsillos de su traje de etiqueta.

.. había allí un sobre en blanco, lo recordaba, en el que había metido algunos apuntes.

.. un sobre, y el pequeño portaminas de oro en el bolsillo del chaleco de etiqueta.

Los encontró y, de rodillas en el suelo, escribiendo las letras en mayúsculas de imprenta, dirigió el sobre a la jefatura de policía, dobló e introdujo los documentos en el interior, y cerró el sobre.

Volvió a colocar el zócalo en su sitio y se puso de pie... pero se agarró a la pared con la mano para no caerse.

—Mañana —dijo Jimmie Dale débilmente... mientras se abría paso a tientas de vuelta por la habitación hacia la cama—. Yo... supongo que estoy hecho... hecho polvo... por esta noche.