Las Nuevas Aventuras de Jimmie Dale (Las Crónicas de Jimmie Dale 2) CAPÍTULO VIII - A LA UNA Y MEDIA #2
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CAPÍTULO VIII - A LA UNA Y MEDIA #2

El rostro del hombre se había vuelto de un blanco calcáreo. Miró a su alrededor con desesperación, como si buscara alguna vía de escape.

—¡ Mon Dieu ! —susurró—. ¡ Larree ze Bat ! ¡Es El Sello Gris ! Es...

—¡Ah, corta ya con el rollito de hablar francés! —le interrumpió Larry the Bat con brusquedad—. No tienes que venirme con esas, Virat. Habla en neoyorquino, ¿lo pillas?

Virat se humedeció los labios con la punta de la lengua.

—¿Qué quieres aquí? —preguntó con voz ronca.

—Oh, no mucho —dijo Larry the Bat con aire desenfadado—. Pensé que a lo mejor te figurabas que me tocaban algunos de esos bonos.

—¡Bonos! No sé nada de ningunos bonos —dijo Virat en voz baja—. No sé de qué estás hablando.

—No lo sabes, ¿eh? —inquirió Larry the Bat de forma ominosa—.

Pues entonces te ayudaré a refrescar la memoria.

Pero a lo mejor será mejor que coja tu arma primero, ¿eh?

—Al igual que había hecho con Meighan, sacó un revólver del bolsillo de Virat—.

¡Gracias! —dijo. Empujó a Virat con la boca del revólver hacia la mesa, y le obligó a sentarse en una silla.

Se sentó frente a Virat, y sonrió desagradablemente—.

¡Ahora suéltalo! ¡Te has cargado a Magpie esta noche!

—¡Estás chiflado! —se mofó Virat—. Hace un mes que no veo a Magpie.

—Y con esto lo hiciste. —Larry the Bat, como si no hubiera oído la negativa del otro, se metió la mano en el bolsillo, y empujó de golpe una pequeña, mortífera y ensangrentada cachiporra, el trozo de tubería de plomo forrado de cuero que había encontrado bajo el lavabo, a través de la mesa y bajo los ojos de Virat.

Con un grito agudo y los ojos desorbitados, Virat se encogió hacia atrás.

—¡Seguro! ¡Ahora sí que hablas! —aprobó Larry the Bat con complacencia—. Pero eso no es todo. Oye, ¡tienes mucha cara! ¡Te pensaste que me la jugarías, verdad, con ese sello gris en la bota de Magpie! —La voz de Jimmie Dale volvía a ser mortalmente fría—. Bueno, ¿qué hay de eso?

—¿Qué quieres? —masculló Virat.

La sonrisa de Jimmie Dale no invitaba a nada bueno.

—Ya te lo he dicho una vez, ¿no? ¡Qué te crees que quiero! Si tengo que cargar con la culpa, quiero algunos de esos bonos... ¡eso es lo que quiero!

Una expresión de alivio se extendió por el rostro de Virat.

—De acuerdo —dijo apresuradamente—. Yo... eso... eso es justo. Yo... yo te los traeré. —Hizo ademán de levantarse de la silla, sus ojos viajando instintivamente hacia la puerta.

—¡Tú siéntate! —le invitó Larry the Bat fríamente.

—Pero... pero dijiste... yo... yo iba a buscarlos —titubeó Virat.

—¡Seguro! —dijo Larry the Bat—. ¡Esa es la idea! Y oye, tengo prisa. No están ahí, Frenchy... ¡busca más cerca de casa!

A Virat le temblaban las manos mientras se desabrochaba el chaleco. Pasó la mano por detrás de la espalda, por debajo del chaleco, sacó un paquete plano y lo dejó sobre la mesa. Empezó a desatar el cordel.

—¡Espera un minuto! —dijo Larry the Bat en tono afable—. ¡Ya no tengo tanta prisa, ahora que les he echado el ojo! Puedes contarlos después... la mitad para ti, y la mitad para mí. Cuéntanos cómo preparaste el golpe.

Y entonces, por primera vez, Virat rio, aunque todavía un poco nervioso.

—Sí, eso es jugar limpio —accedió con avidez—.

Yo... me temía que fueras a llevártelos todos.

Te lo contaré. Fue fácil. Le di el soplo a Magpie de que un tipo llamado Kenleigh tenía los bonos allí, en su apartamento.

Yo no podía reventar la caja fuerte de Kenleigh, pero era pan comido para Magpie, ¿lo pillas?

Él reventó la caja. Yo estaba con él, y le robé ese alfiler suyo de diamantes falsos, y lo dejé allí para que no hubiera ninguna duda sobre quién había dado el golpe, y luego nos largamos a su guarida para repartir.

.. y le di con la porra en la cabeza. No me veía mirando el cañón de una pistola entonces, y entregando cincuenta mil.

.. y además, con Magpie quitado de en medio, tenía una buena coartada.

—Virat rio brevemente—. Ahí es donde entras tú.

Todo el mundo sabía que le tenías ganas.

Lo único que tuve que hacer fue... bueno, lo que dijiste que hice.

Si no te hubieras coscado, y que me aspen si entiendo cómo lo hiciste, el asunto no habría tenido vuelta de hoja.

Estaba clarísimo que Magpie había robado el botín, y que tú te lo habías cargado y te habías largado con los bonos.

—Oye —dijo Larry the Bat con admiración—, ¡eres un tipo muy listo! Pero ¿cómo sabías que ese Kenleigh tenía la mercancía?

—Eso no es asunto tuyo, ¿verdad? —respondió Virat, un poco desafiante—. Tú ya tienes lo tuyo.

Larry the Bat pareció sopesar las palabras del otro, con una curiosa sonrisa en los labios.

—Bueno, a lo mejor no lo es —admitió—. Dejémoslo correr, y repartamos el botín. ¡Cuéntalos!

Virat volvió a coger el paquete y empezó a desatarlo.

.. y de nuevo la mano de Jimmie Dale se deslizó en su bolsillo.

Y entonces, tan rápido como un parpadeo, mientras las manos de Virat se juntaban sobre un nudo, Jimmie Dale se inclinó sobre la mesa, se oyó un clic, y las esposas de acero quedaron cerradas en las muñecas del otro.

Se oyó un grito de furia y un juramento de Virat.

—Esa es tu entrada, Meighan —llamó Larry the Bat con calma—. ¡Sal y échale un vistazo!

Con una palidez cadavérica extendiéndose por su rostro, mirando como un demente, mientras Meighan, levantándose de detrás del sillón, avanzaba hacia la mesa, Virat se encogió en su asiento.

—¿Lo conoces? —inquirió Larry the Bat.

El detective se inclinó bruscamente hacia delante.

—¡Dios mío! —exclamó—. Es... no, no puede...

—A lo mejor —murmuró Larry the Bat— lo reconocerías mejor si no estuviera tan arreglado. —Le arrebató las gafas de la nariz a Virat, y le arrancó de un tirón el bigote negro y la perilla.

—¡Kenleigh! —dijo Meighan con la respiración entrecortada.

—A lo mejor —dijo Larry the Bat, con una sonrisa torcida—, hay algo que se le haya olvidado contarte, pero él no pretendía ocultar nada en su confesión.

.. ¿verdad, Frenchy? Y a lo mejor hay una o dos cosas más en los años que ha estado haciéndose pasar por Kenleigh que te contará, si se lo pides. .. ¡con amabilidad!

Larry the Bat bordeó la mesa y, encañonando a Meighan con su revólver, retrocedió hacia la puerta.

—Bueno, ¡hasta la vista, Meighan! —dijo en voz baja, desde el umbral—. ¡Acuérdate de mí cuando te cuelguen la medalla en el pecho por esto!

Y entonces Jimmie Dale dejó el revólver de Meighan en el suelo de la habitación, cerró la puerta por fuera con una ganzúa, y bajó las escaleras.