Las Nuevas Aventuras de Jimmie Dale (Las Crónicas de Jimmie Dale 2) CAPÍTULO V - «¡MUERTE A EL SELLO GRIS!» #3
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CAPÍTULO V - «¡MUERTE A EL SELLO GRIS!» #3

Saltó hacia la cabecera de las escaleras.

.. una forma oscura se alzó ante él. Jimmie Dale se abalanzó con todo su peso sobre el otro.

Hubo un grito de sorpresa, una blasfemia, el hombre cayó de lado, y Jimmie Dale pasó de un salto.

Un alarido brotó del hombre a su espalda; fue coreado por un coro salvaje desde arriba, como de lobos a los que les han robado su presa; y tuvo eco en los gritos procedentes de las escaleras y los pasillos de abajo.

.. y con la mano izquierda en la barandilla para guiarse, bajando los escalones de cuatro en cuatro y de cinco en cinco, Jimmie Dale descendió.

.. y ahora, apuntando al suelo, su revólver escupió y ladró una feroz advertencia, rasgando con espeluznantes destellos las tinieblas ante él.

Las puertas que estaban abiertas a lo largo de los pasillos se cerraron con apresurados portazos; formas oscuras, como ratas corriendo hacia sus madrigueras, se escurrieron en busca de seguridad; mujeres chillaban y daban alaridos; los niños gemían.

Jimmie Dale siguió corriendo. Por segunda vez chocó contra un cuerpo, y se abrió paso.

Ahora le disparaban desde arriba... pero a ciegas.

.. disparando hacia el hueco de la escalera.

El repiqueteo de los pies que bajaban a toda carrera llegaba a sus espaldas.

.. dos tramos de escaleras detrás de él.

.. calculó que tenía esa ventaja. Alcanzó el vestíbulo de la entrada, donde todo estaba a oscuras, saltó hacia la puerta principal, la abrió, la cerró con un violento portazo.

.. y, girando al instante, corriendo rauda y silenciosamente de vuelta por el pasillo, llegó a la puerta trasera que había dejado sin asegurar, salió disparado y un momento más tarde, tras trepar por una alta valla en el patio trasero, se dejó caer en el callejón del otro lado.

Arrancándose el antifaz, corrió como una liebre hasta aproximarse a la intersección del callejón con una calle transversal.

Y allí, a buena distancia de la calle, se detuvo para recuperar el aliento y arreglar su atuendo desaliñado; luego, adelantándose un poco, escudriñó con cautela a ambos lados.

.. y sonrió con dureza... y salió a la calle.

Estaba a una buena manzana de distancia del edificio.

Desde la dirección de El Nido llegaban sonidos de desórdenes y disturbios.

El silbato de un patrullero sonó estridente.

Quizás había sido una de las situaciones de mayor peligro que El Sello Gris hubiera vivido jamás.

.. pero, aun así, ¡el trabajo de la noche no había terminado!

Aún quedaba el ladrón real. Thorold había dicho que iba a reunirse con el hombre en su oficina, en la de Thorold, dentro de media hora para repartirse las ganancias mal habidas.

La mandíbula de Jimmie Dale se cuadró. ¡El ladrón!

Su mano en el costado se cerró de repente en un puño.

¿Se trataría solo del ladrón, o tendría que vérselas también con Thorold de nuevo?

¿Podría Thorold acudir a la cita? Era una cuestión de saber lo malherido que estaba, y eso no lo sabía.

Jimmie Dale caminó otra manzana, todavía otra más, y luego giró para adentrarse, aunque bastante más arriba, en la calle donde estaba situado el edificio.

Desde allí, muy al fondo de la calle mal iluminada, podía ver a una multitud congregada fuera de El Nido .

Y entonces, mientras permanecía dudando, sonó el estridente repiqueteo de una campana, el golpeteo de cascos, y captó el nombre del hospital en el costado de una ambulancia mientras pasaba a toda velocidad.

.. y, ante eso, dio media vuelta de repente y, cruzando hasta Broadway, tomó un tranvía hacia la zona alta.

Veinte minutos más tarde, cerró tras de sí la puerta de una cabina telefónica en una taberna de la parte baja de la Sexta Avenida y, tras consultar el directorio para buscar el número, llamó al hospital.

—Habla la jefatura de policía —dijo Jimmie Dale con frialdad—. ¿Cuál es el estado del caso del edificio con la cabeza rota?

—Manténgase a la espera un minuto —fue la respuesta; y luego, al poco tiempo—: No es grave, pero sigue inconsciente.

—Gracias —dijo Jimmie Dale.

Colgó el auricular y salió a la calle. Había vía libre, entonces, en lo que a Thorold se refería.

Jimmie Dale caminó hasta la mitad de la manzana y se adentró en el iluminado vestíbulo de un pequeño edificio cuyo segundo piso, situado sobre una sombrerería, se alquilaba para oficinas.

Era allí donde Thorold mantenía lo que él llamaba su «oficina».

Tras subir las escaleras y desembocar en un estrecho pasillo, que estaba iluminado en un extremo por una sola bombilla incandescente, Jimmie Dale se detuvo ante una puerta que rezaba la leyenda: HENRY THOROLD—AGENTE.

Los labios de Jimmie Dale se curvaron en líneas sombrías.

¿Agente... de qué? Echó un rápido vistazo a ambos lados del pasillo, introdujo su pequeño instrumento de acero en la cerradura y abrió la puerta.

Entró y cerró la puerta sin volver a echar la llave; y, utilizando su linterna ahora, avanzó y penetró en una especie de oficina interior que estaba separada del resto de la habitación mediante unos tabiques.

Había allí un escritorio de tapa plana, una silla giratoria, un sillón, uno o dos dibujos bastante buenos en las paredes y una alfombra suave y mullida bajo los pies.

Thorold era demasiado astuto como para exagerar nada.

.. era simplemente profesional, con un aire de éxito modesto.

Jimmie Dale se apropió de la silla giratoria detrás del escritorio.

¡Media hora desde que había salido del edificio de vecinos!

No tendría que esperar mucho, puesto que ya había consumido casi, si no del todo, ese tiempo, y el ladrón tendría sin duda todos los alicientes para ser puntual.

Dejó su linterna, encendida, sobre el escritorio, y, sacando su automática del bolsillo, la examinó.

Aún quedaban dos cartuchos en el cargador.

Guardó el arma en el bolsillo lateral de la chaqueta y empezó a clasificar los papeles y cartas que le había quitado a Thorold.

Abrió una —una carta—, echó un vistazo a su contenido.

.. y asintió. Era a la que La Campana de Alarma había hecho referencia.

Devolvió las demás al bolsillo, empezó a leer la que tenía en la mano y de repente, inclinándose hacia delante, apagó la luz con un chasquido.

¿Era un paso subiendo por las escaleras?

Escuchó ahora con profunda atención. Sí, se acercaba.

Dejó la carta sobre el escritorio y se puso el antifaz.

El paso se oyó todavía más cerca. Ahora se había detenido ante la puerta.

Y entonces la puerta del pasillo se abrió y se cerró.

Jimmie Dale se quedó inmóvil, excepto su mano, que se deslizó hacia el bolsillo de la chaqueta, y del bolsillo de la chaqueta al escritorio de nuevo.

La puerta se cerró suavemente... un hombre había entrado en la habitación exterior.

.. y sin duda un hombre que no era ningún extraño en el lugar, porque avanzaba sin vacilar en la oscuridad hacia la puerta divisoria.

El hombre estaba en la oficina interior ahora, pasando junto al escritorio, tan cerca que Jimmie Dale podría haber estirado el brazo y tocarle.

Hubo un suave sonido de roce mientras la mano del hombre buscaba el interruptor de la luz eléctrica por la pared, un clic, la habitación se inundó de luz de golpe; y, con un grito ahogado, parpadeando allí bajo el resplandor, con los ojos clavados en el rostro enmascarado de Jimmie Dale. .. se erguía el coronel Milford.

Y entonces el anciano se tambaleó y se agarró al respaldo del sillón para sostenerse... sobre el escritorio reposaba el colgante de diamantes, destellando bajo la luz.

—¡Dios mío! —susurró—. ¿Qué significa esto?

—Significa, coronel —dijo Jimmie Dale con suavidad—, que Thorold no pudo venir, que el viejo Jake descubrió que uno de los diamantes estaba turbio y tenía una imperfección, y que el trato se fue a pique.

.. y significa, coronel, que nunca más se verá Usted en la necesidad de robar los diamantes de la señora Milford; hay una carta aquí que. ..

—¡La carta! —El anciano avanzaba dando traspiés hacia el escritorio. Extendió la mano hacia la carta, dudó, como si temiera que Jimmie Dale solo le estuviera atormentando y no fuera a dársela jamás... y entonces, con un pequeño grito de asombrosa alegría, se la arrebató.

—Si yo fuera Usted, la destruiría —sugirió Jimmie Dale con calma—. No imagino que Thorold o el viejo Jake vuelvan a molestarle nunca más, pero hay montones de «Thorolds» en Nueva York. —Hizo un gesto hacia el colgante—. Eso también es suyo, coronel.

El anciano manoseaba la carta una y otra vez, como para convencerse a sí mismo de que en verdad obraba en su poder; y en sus ojos azules, que viajaban del colgante a Jimmie Dale, asomó una luz mitad asombrada, mitad nostálgica.

—No sé por qué ha hecho esto por mí, ni quién es Usted, señor —dijo con la voz quebrada—. Pero al menos comprendo que, de alguna manera extraña, se ha interpuesto Usted entre esos hombres y yo. Usted... Usted conoce la historia, entonces?

—Solo en parte —dijo Jimmie Dale con una sonrisa, sacudiendo la cabeza—. Pero no hace falta que Usted...