CAPÍTULO IV - EL COLGANTE DE DIAMANTES #3
El automóvil se puso en marcha. No estaba lejos de la calle 88, pero el automóvil ahorraría tiempo.
.. y el tiempo contaba ahora, cada minuto de él invaluable, si, como había insinuado La Campana de Alarma , él tenía que anticiparse a la jugada que estaba en curso.
Lo del Marleton era en beneficio de Benson.
.. pero el Marleton, a menos que hubiera calculado mal los números, estaba a poco más de una manzana de distancia de la casa que buscaba.
Y luego, además, había otra razón para la prisa.
.. el coronel Milford y su esposa probablemente estarían cenando ahora, y eso dejaba la parte de arriba de la casa a su disposición, puesto que, aparte de la pareja de ancianos, la casa consistía, según La Campana de Alarma , en una sola criada.
Repasó en su mente de nuevo el plano que La Campana de Alarma había dibujado.
Sí, tenía toda la razón, no debería haber ningún peligro, todo el asunto en lo que a él respectaba era casi de una simpleza y una facilidad infantiles.
.. ¡si tan solo llegara a tiempo! Sacudió la cabeza un poco impaciente ante eso; y, como vio que se aproximaban a su destino, consultó su reloj. Eran exactamente las siete y veinte.
El automóvil se detuvo junto a la acera enfrente del hotel familiar de moda. Jimmie Dale se bajó.
—No te necesitaré más por esta noche, Benson —dijo.
Entró tranquilamente en el hotel, cruzó el vestíbulo, avanzó por un pasillo, y salió por la entrada que daba a la calle transversal.
.. entonces aceleró el paso. Atravesó la manzana, cruzó la calzada, dobló la esquina, y un minuto más tarde se estaba aproximando a la casa que ella había designado.
Era una de una hilera. Su paso aminoró hasta convertirse en un paseo displicente de nuevo.
Todavía había bastante luz, y no era en absoluto el único peatón en la calle; ¡un momento de examen preliminar de la fachada, incluso si era superficial, no estaría de más!
Contando los números por delante de él, ya había localizado la casa.
Frunció un poco el ceño. Ardía una luz en la habitación delantera de arriba.
También había una luz en el pasillo inferior, pero eso era de esperar.
¿Por qué la de arriba? ¿Acaso el coronel y la señora Milford ya habían terminado de cenar?
Jimmie Dale llegó a la casa... y despreocupadamente, sin vacilar, subió los escalones.
.. y de manera totalmente despreocupada, haciendo la farsa de tocar el timbre eléctrico, abrió la puerta exterior que no estaba cerrada con llave, entró en el vestíbulo, y, sin hacer ningún ruido ahora, cerró la puerta tras de sí.
Probó la puerta interior de manera tentativa.
Estaba cerrada con llave, por supuesto..
. pero estuvo cerrada solo durante un instante.
De la faja bajo su chaleco salió un pequeño instrumento de acero; hubo un débil y casi inaudible chasquido de protesta proveniente del interior de la cerradura; y, mientras sus dedos giraban el pomo con una presión constante y silenciosa, abrió la puerta ligeramente.
Agachado allí, escuchó. Y entonces, con una sonrisa de alivio asomando a sus labios, empujó la puerta y se coló en el pasillo.
La explicación de la luz de arriba era que probablemente la habían dejado encendida sin darse cuenta.
Seguían cenando, pues oía voces procedentes del comedor de la parte trasera del pasillo.
Silencioso como una sombra ahora, Jimmie Dale, cerrando la puerta interior, cruzó el pasillo y subió las escaleras.
En el rellano se detuvo; y luego avanzó con cautela.
La luz se derramaba por la puerta abierta de la habitación delantera, y siempre existía la posibilidad de que.
.. no, una mirada desde donde estaba, pegado a la pared al borde de la jamba de la puerta, le demostró que la habitación estaba desocupada.
Entró en la habitación a paso vivo, la cruzó con presteza hacia un viejo y pintoresco escritorio de la pared opuesta, y se agachó a su lado.
El cajón inferior derecho, había dicho ella.
El pequeño instrumento de acero con el que había abierto la puerta del vestíbulo seguía en su mano, ¡pero ahora no lo usó!
En su lugar, con una exclamación sorda y consternada, mientras sus dedos recorrían el borde del cajón, se dejó caer de rodillas para realizar un examen más minucioso. .. y sus labios se cerraron con fuerza.
¡Llegaba demasiado tarde! El primer roce de sus dedos se lo había indicado, y ahora sus ojos lo corroboraban.
Habían forzado el cajón con una pata de cabra de alguna clase, a juzgar por las hendiduras en la madera.
La cerradura estaba rota, y tiró del cajón para abrirlo.
En el interior yacía la caja de bonos de acero, con la tapa echada hacia atrás, y forzada y retorcida hasta perder su forma. La caja estaba vacía.
Sin tocar la caja, Jimmie Dale cerró maquinalmente el cajón de nuevo y se puso en pie, mirando a su alrededor.
De una forma subconsciente, cuando había entrado en la habitación, había tenido conocimiento de una cierta rareza en el mobiliario, pero entonces su mente había estado centrada únicamente en el trabajo que tenía entre manos; ahora parecía haber una especie de lastimosa congruencia en el entorno propiamente dicho y en la vieja reliquia que había sido robada.
Parecía como si la habitación le hablara de glorias pasadas.
Los muebles estaban pasados de moda y, además, un poco estropeados.
Parecía como si a ellos se aferraran el orgullo y la posición de otros días, una posición que estaba resultando difícil de mantener en los de ahora.
Y creyó comprender. Era una familia de rancio abolengo, la de los Milford de Luisiana, una familia muy orgullosa en la manera en que resultaba noble serlo.
.. orgullosa de su nombre, orgullosa de que sus hijos fueran caballeros, orgullosa de su lealtad a sus propias tradiciones y normas, un orgullo que ni la condición ni la adversidad podían echar a perder.
¡Y ahora el colgante de diamantes había desaparecido!
Comprendía muy bien cómo se habían aferrado a eso, y. ..
Se sobresaltó de repente. ¡Acaso era idiota, como para haber desperdiciado siquiera un momento dando rienda suelta a sus pensamientos! Unas voces le llegaban ahora desde abajo, unos pasos sonaban en el pasillo inferior, hubo un crujido en las escaleras. ¡Ya venían!
Apenas si tuvo necesidad de la rápida y escrutadora mirada que lanzó a su alrededor.
.. el plano que había dibujado La Campana de Alarma estaba trazado vívidamente en su mente.
Retrocedió suavemente a través de unas puertas plegables entornadas hacia la habitación de la parte de atrás.
De esta habitación una puerta, lo sabía, se abría al pasillo.
Su huida, al fin y al cabo, no tenía por qué darle muchas preocupaciones.
Solo tenía que salir al pasillo después de que pasaran y bajar las escaleras.
Le llegó una voz de mujer desde la escalera:
—Querido, debes de haber dejado la luz encendida.
—A menos que hayas sido tú —respondió una voz de hombre con tono de broma afable—. Fuiste la última en estar en la habitación.
—¡Pero estoy segura de que no lo hice! —aseguraron positivamente los tonos femeninos.
Los pasos avanzaron por el pasillo, y desde detrás de las puertas plegables Jimmie Dale vio a una pareja de ancianos entrar en la habitación delantera.
Ambos iban vestidos de etiqueta... y de algún modo, de repente, al verlos Jimmie Dale tragó saliva con dificultad.
El anciano caballero, de aspecto afable, ojos azules y pelo blanco, estaba muy erguido, muy recto a pesar del hecho de que debía de estar cerca de los setenta años de edad, y con la damita de rostro dulce y a la antigua usanza, con el pelo gris, que estaba a su lado, hacían una pareja majestuosa.
.. por más que sus ropas, glorias pasadas como los muebles, se hubieran vuelto un poco raídas, un poco gastadas por el uso.
¡Pero con qué aire cortés las llevaban! ¡Y con qué aire cortés la condujo ahora hasta una silla, y se inclinó sobre ella, y le levantó la cara, y se la sostuvo tiernamente entre ambas manos!
—Qué bien te veo esta noche con tu vestido —dijo, y sus ojos azules brillaron—. Estoy muy orgulloso de ti.
Ella acarició la mano que descansaba contra su mejilla.
—¿Te acuerdas de la primera vez que me lo puse? —Le estaba sonriendo.
—¡Oh, sí! —asintió lentamente con la cabeza—. Es extraño, ¿no crees? Eso fue hace mucho tiempo, cuando nuestros amigos se casaron allá en nuestro viejo estado, y esta noche una vez más, hasta aquí en Nueva York, no se han olvidado de nosotros en este, su aniversario.
Se hizo el silencio durante un instante entre ellos.
Luego él volvió a hablar, con un poco de tristeza:
—¿Te gustaría que volvieran aquellos días, si pudieras?
Ella vaciló de forma pensativa.
—No lo sé —dijo al fin—. A veces creo que sí. Entonces teníamos a John.
—Sí —dijo él, y volvió la cabeza.
La mano de ella, mientras Jimmie Dale observaba, pareció apretarse sobre la de su marido; y ahora, aunque sus labios temblaban, asomó una pequeña sonrisa.
—Pero ahora tenemos su recuerdo, cariño —susurró ella.
Agitado, el anciano caballero se alejó bruscamente de la silla, y Jimmie Dale pudo ver que los ojos azules estaban húmedos.
—Eso es cierto... tenemos su recuerdo. —La voz del viejo coronel tembló.
Y entonces echó los hombros hacia atrás como un soldado en un desfile—.
¡Tut, tut! —la reprendió—. ¡Vaya, esta noche tenemos que estar alegres!
Y ya casi es hora de que nos vayamos. Nosotros también lo celebraremos.
Llevarás el colgante, igual que aquella otra noche.
—¡Oh, coronel! —Había una mezcla de deleite y vacilación en su exclamación—. ¿De verdad crees que debería... que no desentonaría con nuestras circunstancias actuales?
—¡Por supuesto que creo que deberías! —declaró él—. Y mira —echó a andar cruzando la habitación—, yo mismo te lo traeré, y te lo abrocharé alrededor del cuello.
Llegó al escritorio, abrió un pequeño cajoncito en la parte superior, sacó una llave, se agachó hacia el cajón inferior, introdujo la llave, la hizo girar una o dos veces con aire perplejo, luego probó el cajón, tiró de él para abrirlo.
.. y con un grito agudo y repentino metió la mano para coger la caja de bonos de acero.
La ancianita se levantó apresuradamente, sobresaltada, de su silla.
—¿Qué pasa? ¿Qué ocurre? —gritó con ansiedad.
La caja cayó con estrépito de las manos del coronel al suelo.
—¡Ha desaparecido! —dijo con voz ronca—. ¡Lo han robado!
—¡Desaparecido! —corrió como una loca hacia delante—. ¡Robado! No, no... ¡no puede haber desaparecido!
Se miraron durante un instante el uno al rostro del otro, y de los rostros de cada cual miraron a la caja desvalijada en el suelo... y entonces una expresión de pálida miseria se dibujó grisácea sobre la ancianita, y se tambaleó hacia atrás.
Con un grito, que a Jimmie Dale le pareció de una angustia más punzante que ningún otro que hubiera oído antes, el anciano caballero la cogió en brazos y la sostuvo hasta una silla; luego, corriendo a toda prisa hacia el pasillo, llamó a voces a la criada de abajo.
Había una sonrisa despiadada en los labios de Jimmie Dale. Estaba retrocediendo ahora más hacia el fondo de la habitación hacia la puerta que daba al pasillo.
—Me pregunto —se dijo Jimmie Dale con los dientes apretados—, ¡me pregunto si un hombre no estaría justificado si acabara para siempre con ese diablo de Thorold por esto!
Oyó a la criada subir corriendo las escaleras a toda prisa. Ya no podía ver el interior de la otra habitación, pero le llegó una mezcla confusa de voces:
—... La policía... a la puerta de al lado y telefonear... la luz... mientras estábamos cenando...
Jimmie Dale abrió la puerta, se deslizó cruzando el pasillo, se abrió paso silenciosa y velozmente escaleras abajo, y con la única precaución de bajarse el sombrero de fieltro blando hasta ocultarse los ojos, salió con paso audaz por la puerta principal, bajó tranquilamente los escalones, caminó a paso ligero, pero sin aparente precipitación, por la calle. .. y dobló la primera esquina.