CAPÍTULO I - SMARLINGHUE #2
—¡Arte un cuerno! —se burló Clancy; y luego rio con ordinariez mientras sus dedos rebuscaban entre la miscelánea de artículos sobre la mesa y de pronto levantaban una jeringuilla hipodérmica—.
¡Este es tu arte, machote! ¡Vamos, pobre idiota, no pensarás que no te conozco!
La cocaína es la única cosa en el mundo por la que vives.
Estás hasta las cejas de ella ahora mismo.
¡Toma, mírame! Supongamos —atrapó la jeringuilla en un agarre rápido entre los dedos de ambas manos—, supongamos que inutilizo este juguetito ahora mismo, y. ..
Con un chillido estridente, Smarlinghue saltó de su silla y arañó como un loco las manos del otro para hacerse con la hipodérmica.
Clancy soltó la jeringuilla con una sonrisa burlona, y empujó a Smarlinghue de vuelta a su silla.
—Oh, sí; claro que eres un artista... ¡un artista de la coca! —comentó con frialdad—. Pero eso es lo que te hace intocable en cada guarida de Nueva York, y así es como me resultas útil... a mí. Bueno, ¿qué dices?
Había una mirada de animal acorralado en los ojos de Smarlinghue.
—Me... me matarían —dijo con voz ronca.
—¡Claro que lo harían! —asintió Clancy con naturalidad—. Si te descubrieran se acabaría el juego, desde luego... por eso precisamente se te paga. Pero —su voz se endureció— si no colaboras, te diré lo que yo te haré a ti. Yo...
—¡No puede hacer nada! ¡Ni una sola cosa! —gritó Smarlinghue enloquecido—. No tiene absolutamente nada contra mí. Nunca he hecho nada, ni una sola...
—Oh, supongo que hay lo suficiente para hacerte sudar —le interrumpió Clancy brutalmente—. Me das la espalda y me encargaré de que se filtre el chivatazo por los canales adecuados de que eres un soplón. Eso también acabaría contigo, ¿verdad? ¡Y bien rápido!
Smarlinghue lo miró, miserable. Una y otra vez su lengua le rodeó los labios. Dos veces intentó hablar... y solo logró murmurar de forma inarticulada.
Clancy se levantó de la mesa, la rodeó y, de pie sobre la figura encorvada en la silla, tamborileó con el dedo sobre la hipodérmica que Smarlinghue tenía en las manos.
—Y eso no es todo —anunció con una sonrisa maliciosa—. O entras y juegas a esto conmigo, o me encargaré de que no vuelvas a conseguir un solo chute de droga, ni aunque tuvieras un millón de pavos para comprarlo... ¡ah, sabía que por ahí te pillaría!
Smarlinghue se puso en pie. El terror de los condenados se reflejaba en su rostro.
—¡No! ¡No! ¡Dios mío... no... eso no! ¡Usted... usted no haría eso! —extendió los brazos hacia el otro.
—Usted lo sabe... he llegado demasiado lejos para vivir sin ella. Si no la tuviera, yo...
—He visto a unos cuantos de los vuestros con ese mono —dijo Clancy de forma malévola—.
No puedes contarme nada nuevo al respecto.
Si valoras tu dosis, con eso basta... depende de ti.
Ya oíste lo que dije. Si buscas esa clase particular de infierno, adelante.
Solo que no te engañes a ti mismo. Cuando yo dé la orden de apretar las tuercas, se te cerrará el grifo para siempre.
Bueno, ¿cuál es la respuesta? ¿Colaboras?
¡Rápido! ¡No tengo toda la noche para perderla aquí!
Las manos de Smarlinghue temblaban violentamente; se sentó en su silla de una manera lastimosa, titubeante.
—¡Sí, sí! —susurró—. ¡Sí! Tengo que hacerlo. ¡Lo haré, señor Clancy, lo haré! Yo... ¡haré cualquier cosa!
Una expresión entre lasciva y ceñuda apareció en el rostro de Clancy, mientras se quedaba observando al otro.
—¡Sabía que lo harías! —gruñó con aspereza—. Bien, entonces iremos al grano... y al asunto de esta noche . ¿Conoces la entrada trasera de la guarida de Malay John?
Los ojos de Smarlinghue se abrieron un poco, asustados. Asintió con la cabeza.
—Muy bien —dijo Clancy roncamente—. No tendrás problemas para entrar ahí.
Y una vez dentro, no tendrás problemas para subir al cuarto privado de Malay.
Me han soplado que Malay y unos cuantos colegas suyos se están preparando para dar un golpecito en la zona alta de la ciudad.
Quiero la información sobre eso... toda .
Se han estado reuniendo en el cuarto de Malay durante las últimas noches, ¿entiendes?
Entran entre las once y media y las doce.
.. tú tienes que llegar allí un poco antes de las once y media.
No tienes nada de qué asustarte, así que no pierdas los nervios.
El propio Malay estará fuera esta noche y no volverá antes de la medianoche; y la puerta no estará cerrada con llave, porque de lo contrario los demás no podrían entrar.
Tienes vía libre. ¿Lo pillas? Una vez en la habitación, hay muchos sitios donde esconderse.
.. y eso es todo lo que tienes que hacer, excepto mantener los oídos y los ojos bien abiertos. ¿Entiendes el plan?
Smarlinghue volvió a asentir... esta vez con desdicha.
—¡De acuerdo! —dijo Clancy de forma cortante—. No volveré a dejarme caer por aquí... a menos que sea necesario. Podría traerte problemas. Puedes entregar tus informes y recibir tus órdenes a través de Whitie Karn en su salón de baile.
—¡Whitie Karn! —La exclamación pareció brotar de forma involuntaria, en un respingo asustado de Smarlinghue.
Los labios de Clancy se torcieron en una sonrisa.
—Vaya sorpresa, ¿eh, Smarlinghue? No sospechabas que fuera uno de los nuestros , ¿verdad?
Y hay más como Whitie Karn. Bueno, esto te enseñará a ser cuidadoso.
Supongamos que Whitie, por ejemplo, corriera la voz de que eres un soplón, ¿eh?
No te vendrá mal tener eso presente de vez en cuando.
—Se acercó a la puerta—. Bueno, ¡buenas noches, Smarlinghue!
Supongo que lo entiendes, ¿no? Deberías ser un hombre muy valioso, y espero mucho de ti.
Si no lo consigo... —Se encogió de hombros, retuvo a Smarlinghue un instante con los ojos medio cerrados y amenazadores, y luego la puerta se cerró a sus espaldas.
Smarlinghue no se movió. Los pasos se alejaron de la puerta y se desvanecieron a lo largo del pasillo.
Pasó un minuto, dos minutos. De pronto, Smarlinghue se remangó el puño de la camisa y se pinchó la piel con la aguja de la hipodérmica.
La puerta, sin hacer el menor ruido, se abrió de par en par. Clancy estaba en el umbral.
—Buenas noches de nuevo, Smarlinghue —dijo con frialdad.
La hipodérmica cayó repiqueteando contra el suelo; Smarlinghue dio un salto nervioso en su silla.
Clancy rio, significativamente; y, esta vez sin cerrar la puerta, se alejó de nuevo a grandes zancadas. Sus pasos resonaron desde el pasillo, la puerta principal se abrió y se cerró, el tacón de su bota repicó en el pavimento del exterior... y todo fue silencio.
Smarlinghue se levantó de su silla, arrastró los pies por la habitación, cerró la puerta y le echó la llave; luego volvió a arrastrar los pies hasta la persiana de la pequeña ventana francesa y, sacando un alfiler de la solapa de su abrigo, cerró el desgarro.
Una nube pasajera oscureció por un momento los rayos de luna del tragaluz; el mechero de gas se atragantó con el aire, chisporroteó, ardiendo con una llama diminuta, azul y sibilante; luego, el sendero blanco volvió a trazarse cruzando el suelo, y la llamarada amarilla de gas brotó de nuevo en su lamentable plenitud.
.. y en el lugar de Smarlinghue se erguía otro hombre.
Atrás quedaron los hombros encorvados, atrás las mejillas hundidas, los labios finos y estirados, las fosas nasales ensanchadas, a medida que los pequeños trozos de cera que lo deformaban eran retirados; y de la metamorfosis, duro y sombrío, tallado como mármol cincelado, se reveló el rostro de. .. Jimmie Dale.